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Tegucigalpa, Honduras.- Lorena Lazo llegó a Nueva Med buscando trabajo como enfermera, pero la plaza que esperaba encontrar ya estaba ocupada.
En aquella entrevista, realizada junto a otras ocho mujeres, le ofrecieron convertirse en asesora de ventas, un puesto para el que no tenía experiencia, aunque le aseguraron que recibiría capacitación.
El lugar, recuerda, lucía lujoso y acogedor, además de que la oferta económica terminó por convencerla.
“Nos dijeron que el salario base era de L8 mil lempiras más comisiones, que podíamos hacer hasta L40 mil y con eso nos enrolaron a todas”, recordó.
Lazo, enfermera de profesión, aseguró que sus conocimientos sobre salud fueron utilizados para una labor que tenía como objetivo convencer a las personas de comprar tratamientos, cuya eficacia desconocía.
“Me hacían pasar por la doctora para darles información, hacerles y leerles el examen a las personas, a los pacientes”, relató.
Pero lo que terminó por hacerla cuestionar su permanencia en la clínica fueron las instrucciones que, según cuenta, recibía para conseguir que las personas aceptaran los tratamientos. “Nos decían que les metiéramos miedo a los pacientes”, contó.
Lorena Lazo (nombre ficticio para proteger su identidad) accedió a otorgar una entrevista a EL HERALDO Plus y LA PRENSA Premium luego de la publicación de la serie periodística “Estafas Médicas”.
La joven trabajó durante un corto período en Nueva Med y decidió contar lo que observó y las indicaciones que recibió mientras estuvo dentro de la clínica.
Para vender, un grupo de colombianos les enseñaron a acercarse a las personas sin que la conversación pareciera una venta.
"Lo primero era cómo teníamos que tratar a los pacientes, nos dijeron que teníamos que ser amables, siempre sonrientes, teníamos que primero terapearlos, ganarnos su confianza", contó.
"También nos dijeron que ahí llegaban personas de mucho dinero, que a esas personas teníamos que convencerlas sí o sí de adquirir los tratamientos que ellos ofrecen", agregó.
"Ninguno de los asesores sabíamos de qué medicamentos ellos estaban hablando, no teníamos acceso a nada, ni a ir a otras áreas ni nada", agregó.
Poco a poco aparecían las preguntas sobre la salud y los hábitos, desde si había padecido covid-19 hasta cuánta agua tomaba, si fumaba, bebía alcohol o consumía bebidas energéticas, qué enfermedades había en su familia y si hacía ejercicio.
La información tenía un propósito, pues antes de ofrecer cualquier tratamiento había que conocer a la persona y, sobre todo, determinar qué clase de cliente tenían enfrente.
En la clínica, aseguró Lazo, ni siquiera utilizaban la palabra paciente. “A los clientes no los llamaban pacientes... sino que le llaman perfil”, recordó.
Según la exempleada, también les enseñaban a fijarse en la capacidad económica de cada persona y las tarjetas de crédito servían como una señal. Algunas tarjetas eran vistas, según su relato, como indicios de que alguien tenía dinero para pagar.
“Nos decían que a esas personas (que tenían ese tipo de tarjetas de crédito) sí o sí les teníamos que sacar dinero”, aseguró.
Incluso, recordó que la clínica tuvo que implementar una rifa de una caminadora en la que las personas que mostraran sus tarjetas de débito o crédito podrían participar, una dinámica que, según ella, también permitía identificar quiénes tenían esos medios de pago y de qué tipo.
Los adultos mayores eran, en su experiencia, algunos de los clientes más comunes y vulnerables, mientras que otros perfiles eran considerados atractivos por aparentar ser empresarios o personas con capacidad económica.
Una vez identificado el perfil llegaba el examen que, según Lazo, se convertía en la principal herramienta para continuar la venta.
Lo llamaban resonancia magnética biocuántica y consistía en que la persona colocara su mano derecha sobre un dispositivo conectado a una computadora y, después de un sonido que simulaba una evaluación, aparecían resultados sobre diferentes partes del organismo.
“Eso -la máquina- tira todas las partes importantes de nuestro organismo como el sistema renal, el sistema nervioso, el sistema pancreático, le tira hasta el sistema de ginecología, hasta eso le tira”, relató.
La exempleada aseguró que los resultados solían mostrar algún problema, incluso en personas que aparentaban estar saludables y llevaban buenos hábitos. Recordó casos en los que aparecían referencias a hígado graso, hipertensión o problemas pulmonares.
Fue entonces cuando comenzaron sus dudas y algunas compañeras que llevaban más tiempo trabajando en la clínica, contó, le dijeron que aquel examen no funcionaba y que prácticamente todas las personas recibían resultados similares.
“Nosotras no teníamos que comentar nada porque íbamos a meternos en problemas. Solo hacíamos lo que ellos -los colombianos- nos decían y ya”, recordó.
Si aparecía un supuesto problema en el hígado, por ejemplo, las asesoras podían orientar la conversación con el cliente hacia un tratamiento y, cuando la persona dudaba, recurrían a las consecuencias que podía tener no atender aquel padecimiento.
"Siempre nos decían que les metiéramos miedo a los pacientes, que les dijéramos que iba a terminar el problema del hígado en cirrosis o en cáncer, porque ya estaba en el medio a tener cirrosis, que si no se trataba la cirrosis iba a tener cáncer, y más que todo nos ponían a decir ese montón de mentiras, para que la gente se asustara y adquiriera el dichoso tratamiento", contó la fémina.
Su relato coincide con lo recopilado por EL HERALDO Plus y LA PRENSA Premium cuando periodistas se infiltraron como pacientes. Tras someterse al examen que supuestamente hacía una radiografía de su estado de salud les dijeron: "Ha estado incrementando la grasa en el hígado, puede volverse graso, después puede llegar a una cirrosis y el síntoma que da es cuando usted ya está en un problema de cáncer”.
"Uno los presiona -a los pacientes- prácticamente los obligábamos, lavándoles el cerebro y mintiéndoles sobre que se van a morir si no adquieren el tratamiento, esas son como las palabras que a las personas las alertan", agregó la mujer.
Dijo que cuando una persona no compraba, el problema no terminaba con su salida de la clínica, ya que la presión regresaba hacia las propias asesoras que se hacían pasar por médicos.
"Cuando las personas no aceptaban el tratamiento, siempre nos decían que qué barbaridad, siempre nos regañaban, bueno, a unas las trataban peor que a otras, porque habían dejado ir, así decía la colombiana, que habían dejado ir un perfil excelente para que esa persona adquiriera el tratamiento, y eran unas regañadas horribles cada vez que una persona no aceptaba el tratamiento", relató.
La venta, además, tenía su propia estrategia de precios porque según la exempleada, les enseñaban a partir de montos elevados y comenzar a reducirlos mediante supuestos descuentos hasta encontrar una cifra que convenciera al cliente.
El mínimo al que podían llegar, aseguró, era de unos 500 dólares, alrededor de 13,000 lempiras, aunque cada reducción también implicaba menos comisión para la asesora y menos productos naturales o consultas para el cliente.
Esto coincide con lo recopilado por este equipo de investigación, pues a los periodistas infiltrados, quienes se hicieron pasar por esposos, les ofrecieron el tratamiento por 48,000 a cada uno, pero con las rebajas les quedaba a 25,000. Todo basado en diagnósticos falsos.
La presión por vender también tiene una razón económica para las asesoras. Lazo contó que para las supuestas médicos la comisión es del 5% de las ventas, es decir, un tratamiento de 30,000 lempiras significaba 1,500 lempiras para quien haya convencido al cliente.
Cuando el cliente no tenía todo el dinero, existía la posibilidad de reservar el tratamiento con 1,000 o 2,000 lempiras y la asesora recibía 100 o 200 lempiras de comisión.
La entrevistada aseguró que durante el tiempo que permaneció allí logró una reserva de 2,000 y otra de 1,000 lempiras, por las que recibió 300 lempiras en total.
A medida que conocía más sobre la forma en que, según su relato, se abordaba a los clientes, la promesa de ganar hasta 40,000 lempiras perdió atractivo.
Había aceptado el empleo porque necesitaba trabajar, pero dijo que no quería hacerlo a costa de engañar a otras personas.
"Yo no aguanté tanta injusticia y estafa, yo no soy para estafar gente, no aguanté que me siguieran pagando para mentir y decidí renunciar", contó.
Lazo decidió compartir su testimonio con EL HERALDO Plus y LA PRENSA Premiumluego de que este medio reveló cómo Nueva Med, en Tegucigalpa, y Medisan, en San Pedro Sula, operan con diagnósticos falsos para insistir a pacientes en tomar tratamientos costosos y de dudosa eficacia.
Gracias a esas denuncias, la Agencia Técnica de Investigación Criminal (ATIC) realizó una inspección de Nueva Med, mientras que la Dirección de Protección al Consumidor presentó información sobre todas las denuncias recibidas para que procedieran penalmente contra las clínicas responsables.