Crímenes

Selección de Grandes Crímenes: El doctor Gilberto (Parte II)

Lo dicho: Cada loco con su tema
01.05.2022

TEGUCIGALPA, HONDURAS.- Este relato narra un caso real.Se han cambiado los nombres.

Resumen. Un niño, huérfano, es acogido en una radio del barrio Abajo, en Tegucigalpa, pero un día tiene que escapar porque le encuentran un costal lleno de cadáveres mutilados, con heridas suturadas y las tripas de fuera. Y muchos años después, la Policía encuentra un brazo humano en una cuneta; una semana más tarde, encuentran una pierna, y el forense dice que pertenece al dueño del brazo; y, pasados unos días, encuentran un cuerpo al que le falta un brazo y una pierna.

Los detectives creen que están ante un delincuente organizado, que raptó a su víctima, la mató y después la desmembró, en un acto de crueldad que solo se puede explicar aduciendo que el criminal es un psicópata incurable.

En Dactiloscopía, los técnicos logran identificar a la víctima: un hombre llamado Ambrosio. En el Registro Nacional de las Personas está la dirección de Ambrosio, una aldea de Danlí, El Paraíso. Los detectives se preparan para ir hasta allá y seguir con la investigación del misterio.

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¿Qué fue lo que pasó con Ambrosio? ¿Cómo pudo caer en manos de un criminal tan despiadado? ¿Qué motivos tenía el asesino para quitarle la vida? ¿Por qué se está deshaciendo de las partes del cuerpo de aquella forma? ¿Quién es el criminal? ¿Conocía este a su víctima?

Todas estas preguntas se las hizo el equipo de agentes que investigaban el caso, pero no tenían respuesta. Sin embargo, cuando supieron el nombre y la dirección de la víctima, fue como si encontraran la punta de la madeja, y viajaron a Danlí.

Cuando llegaron a la aldea donde supuestamente vivía Ambrosio, los policías buscaron la casa. Era una casita de bahareque y adobe, con techo de teja y que estaba en ruinas. El patio en el que se levantaba era amplio, lleno de árboles, pero estaba sucio y descuidado. Varias gallinas picoteaban por aquí y por allá, y dos cerdos se bañaban en lodo, durmiendo su pereza. Dos perros dormitaban en un corredor de piso de tierra, y apenas si levantaron la cabeza cuando vieron llegar a los policías. Y esto, por lo flacos que estaban.

Saludaron los policías, y del interior oscuro de la casita salieron dos mujeres que parecían, más bien, dos fantasmas. Eran altas y flacas, muy flacas, y de una edad que no podía precisarse, pero que para un buen observador era muy antigua. Una estaba encorvada, tal vez a causa de las penas y del hambre, y la otra arrastraba los pies al caminar, como si las desgracias que vivían en aquella horrible soledad pesara mucho sobre sus hombros.

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“Perdone, señora -les dijo uno de los detectives-, estamos buscando la casa de un señor que se llama Ambrosio de Tal... y nos dijeron que vive aquí”.

“Vivía, señor -respondió la más alta de las mujeres, mientras se sentaban en una banca larga y sucia-; vivía...”

“¿Saben algo de él? ¿Saben dónde lo podemos encontrar?”

“¿Y para qué lo buscan? Si se puede saber”.

“Pues, es que necesitamos hablar con él”.

“Mire, señor -dijo la segunda mujer-, eso sí que no se va a poder”.

“¿Por qué?”

“Porque mi hermano está muerto”.

“¿Muerto?”

“Sí...”“Ah, ya. ¿Y cómo murió?”

Las hermanas se miraron, y había una horrible tristeza en sus ojos hundidos y sin brillo, como ojos de muerto.

“Es que mire... Nosotras no sabemos qué es lo que hizo mi hermano como para que la Policía lo ande buscando, pero les vamos a decir lo que sí sabemos”.

“A ver” -dijo el detective.

“Mi hermano se enfermó... De repente fue que se enfermó Ambrosio... Él era el único hombre de la casa, y desde que cayó con ese mal, pues, mire, todo se vino abajo...”

“Ya veo, señora”.

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LAS HERMANAS

“Pero nos van a perdonar que no les ofrezcamos nada, porque aquí no tenemos ni para comer”.

“No se preocupe, señora... No se preocupe”.

“Pues, siguiendo con la historia, mire usted... Mi hermano amaneció tosiendo un día... Y tosía, y tosía; tosía y tosía... ¡hasta calentura le dio! Entonces nosotras le dijimos que lo íbamos a llevar al hospital, allá en Tegucigalpa, al Hospital Escuela, y él, como estaba enfermito y debilito, pues, se dejó llevar; porque, mire usted que ese Ambrosio era de su ley y no le hacía caso a ninguna mujer... Solo a mi mamá... Y mire que era tan tal, que no votó por esa señora, la presidenta que tenemos, porque dijo que él no iba a votar nunca por una mujer, y que si ella ganaba, pues allá los que se dejaran mandar de ella, porque a él no lo iba a mandar ninguna mujer, y que la única mujer que podía mandarlo era mi mamá, pero que ya se había muerto... Así era de macho mi hermano...

”El detective sonrió.

“Pues, así fue que lo llevamos a Tegus... Vendimos unas gallinitas y un chancho, para ajustar los pasajes, y lo llevamos al hospital... Allá nos dijeron que tenía tuberculosis, y que ya estaba muy mal, y otro dijo que tenía esa enfermedad que anda dando... el corvirus que le dicen...”

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Hizo una pausa la mujer para ver a su hermana, que respiraba con dificultad, y agregó:

“Allá lo dejamos, pero cuando nos veníamos para la aldea, nos dijo una enfermera que mi hermano acababa de morir de un paro... Y nos dijo que lleváramos el ataúd... Pero, nosotras le dijimos que éramos muy pobres, y que no podíamos llevarlo de regreso a la aldea porque no teníamos dinero, y entonces, le dije que mejor lo enterraran allí, en el mismo hoyo donde entierran a la gente que nadie va a traer... Y allí lo dejamos, porque no teníamos nada más que para el pasaje de regreso... Y allí se quedó mi hermanito, muerto... y no lo volvimos a ver...”

Se miraron entre sí los detectives, y empezaron a imaginarse un millón de cosas en torno a aquel caso, que se estaba volviendo más misterioso conforme se iba aclarando.

“¿Así fue que murió su hermano?” -preguntó el detective a cargo del caso.

“Así, señor... Y yo no sé que mi hermano haya cometido falta como para que la Policía lo ande buscando”.

Nada dijeron los policías y se despidieron.

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TEGUCIGALPA

¿Qué estaba pasando con aquel caso? ¿Cómo era posible que Ambrosio hubiera muerto en el hospital? ¿Por qué su brazo apareció en un lado y su pierna en otro?

Llegaron los detectives a la morgue del Ministerio Público y se entrevistaron con el forense.

“No sabemos cómo fue que este señor terminó en las calles, si dicen sus hermanas que murió en el hospital”.

“Pues, debe tener sentido lo que les dijeron las hermanas, porque al revisar el cuerpo, o sea, lo que encontraron después los policías, hallé algo extraño”.

“Y, ¿qué es, doctor?”

“Un olor a formol, y a otros líquidos con los que se preservan los cuerpos en la Facultad de Medicina”.

“¿Cómo dice, doctor?”

“Pues, que este cuerpo estuvo sumergido en esos líquidos, para preservarlo y para que sirva a los estudiantes de medicina... Además, el estado de la piel me dice que tiene al menos un mes de muerto, y no se ha descompuesto, como ustedes ven”.

“Entonces, este cuerpo...”

“Alguien lo sacó de las pilas de la Facultad de Medicina”.

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MISTERIO

Los policías no hallaban qué hacer. El misterio se aclaraba, y se enredaba al mismo tiempo, pero habían avanzado en la solución del caso, y no se iban a rendir hasta resolverlo.

Ahora sabían que no estaban ante un crimen, no en el sentido en el que ellos habían pensado, y que tal vez no estaban ante un asesino; sin embargo, quien sacó aquel cuerpo de la pila donde lo conservaban para que sirviera de estudio a los nuevos profesionales de la Medicina, debía tener sus motivos, y tal vez uno de esos motivos era odio contra Ambrosio.

En los archivos del hospital corroboraron la historia que les contaron las hermanas, y supieron que Ambrosio murió de tuberculosis y covid-19, aparte de que estaba desnutrido y padecía otros males. Entonces, ni fue raptado, ni fue asesinado. Pero, ¿cómo terminó en las calles, y en partes?

Era lo que debían investigar los policías.

Con esta información, fueron a la Facultad de Medicina. Quiso la casualidad, que a veces existe, que encontraran a una aseadora que estaba limpiando un salón, y le preguntaron si había visto o escuchado algo extraño en aquel lugar, ese donde guardaban los cadáveres que usan los estudiantes para aprender.

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“No -les dijo la mujer-, yo no he visto nada... pero fíjense que aquí cerca pasa siempre un doctor, un muchacho que anda vestido de blanco, como sus compañeros, y que pasa estudiando, y se queda hasta en la noche, y entra allí, donde están las pilas con los cuerpos, y a mí se me hace raro porque los que vienen aquí, vienen a lo que vienen, sacan el cuerpo, lo estudian, y lo traen de vuelta, pero él se queda solo, y se mete allí, y allí se está, y yo no sé qué es lo que hace”.

Con esta información, los detectives supieron que iban por bien camino. Hablaron con el decano, pidieron permiso para vigilar el lugar, y no tardaron en encontrarse con un doctor joven, que salía del salón donde están las pilas.

“Queremos hablar con usted” -le dijo el policía, identificándose.

“¿De qué? -preguntó él, sin alterarse.

“¿Qué hace usted allí?”

“Estudio”.

“Y, ¿qué estudia?”

“Medicina”.

“¿Cómo se llama usted?”

“Gilberto”.“Gilberto, ¿qué?”

“Me llamo Gilberto”.

“Pero, ¿tiene apellido?”

“¿Dónde está su placa?”

“La perdí”.

En ese momento llegó un médico, el encargado de aquella área de la Facultad, y se extrañó de ver allí a los policías y a aquel estudiante que vestía nítidamente de blanco, y se comportaba con educación y elegancia.

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“Es que encontramos a este joven que dice que es estudiante de Medicina, pero no tiene placa, ni dice su apellido... Solo dice que se llama Gilberto. ¿Lo conoce usted, doctor?”

“No -dijo el doctor-; no lo he visto nunca”.

“¿Puede hablar con él?”

El doctor se acercó al muchacho.

“¿Qué hace usted aquí?” -le preguntó, amablemente.

“Estudio aquí, doctor”.

“Ah, ¿y qué hacía allí, en ese salón?”

“Hago autopsias, doctor”.

“Ah, ¿hace autopsias?”

“Sí, doctor -respondió Gilberto, alegremente-; eso es lo que hago”.

“Ah, ya. Y, ¿cómo le quedan las autopsias?”

“Muy bien, doctor... Viera...”

El doctor se volvió a los detectives.

“Se ve que este muchacho está alterado mentalmente; o sea, que tiene problemas mentales... Por supuesto, no es estudiante de Medicina”.

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Los detectives le preguntaron a Gilberto.

“Queremos que nos diga algo” -le dijeron.

“Dígame”.

“¿Qué pasó con el cuerpo que encontramos en pedazos en las calles? ¿Por qué lo sacaste de aquí?”

“Ah, es que me lo llevé para mi casa... Yo vivo allí, por el río Choluteca, a una orilla, por la Primera Avenida; y me llevé el cuerpo para mi casa porque allá se me hacía más fácil hacerle la autopsia. Me lo llevé, lo abrí, le saqué las tripas, los otros órganos, y lo costuré bien... Pero, cuando quise deshacerme del cuerpo, vi que pesaba demasiado, y como no había comido en tres días, porque soy demasiado pobre, pues, entonces le corté un brazo y me fui a botarlo a una cuneta; después le corté una pierna, y la fui a botar; y cuando vi que el cuerpo pesaba menos, entonces me lo eché encima, y lo fui a dejar por ahí...Eso fue... Pero, mire, doctor... La autopsia me salió bien; perfecta, diría yo”.

NOTA FINAL

El doctor Gilberto vive ahora en una institución para enfermos mentales. Sabe mucho de medicina, por lo mucho que ha leído sobre el tema, y allí lo conocen como el doctor Gilberto. Es tranquilo, servicial y platica poco. Nunca le ha hecho daño a nadie, con excepción de algunos gatos, ratas y perros... Y al cadáver de Ambrosio.¡Y este es un éxito más de la DPI! Aunque usted no lo crea.

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