Selección de Grandes Crímenes: El misterio de la promesa cumplida (2/2)

La motocicleta no tenía placas, y la marca estaba escondida bajo una leyenda de reguetón. El mensajero era alto, vestía ropa sencilla, llevaba identificación de la empresa de mensajería, y no se quitó el casco”

  • Actualizado: 01 de febrero de 2026 a las 00:00
Selección de Grandes Crímenes: El misterio de la promesa cumplida (2/2)

MICHEL. Se llama Christie Michel Gómez de Roy; es una mujer bonita, agradable, psicóloga, esposa y madre, y es fiel lectora de esta sección de diario EL HERALDO. Es de San Pedro Sula, en el norte de Honduras, y soñó grandes cosas en Estados Unidos. Pero, la tarde fatídica del 12 de junio de 2024, Juan Demetrio Hudson, un paciente con historial de violencia y agresividad peligrosa, atacó a su esposo James Roy en la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital Baptista del Noreste de San Antonio, Texas, donde trabaja como asistente médico y cuidaba del señor Hudson. Este le causó lesiones graves en la cabeza. Se trata de un crimen, y no hacerles justicia a las víctimas es un crimen mayor, como en el caso de “El misterio de la promesa cumplida”.

Al hombre lo encontraron en el baño de su apartamento, había comido alitas, a las que era adicto, y la Policía descubrió que él no pidió alitas esa noche. Cuando revisaron los videos de las cámaras de seguridad del edificio, encontraron que un mensajero en moto llevó la comida. La motocicleta no tenía placas, y la marca estaba escondida bajo una leyenda de reguetón. El mensajero era alto, vestía ropa sencilla, llevaba identificación de la empresa de mensajería, y no se quitó el casco. Le entregó la comida a uno de los guardias, diciéndole que se había retrasado con otros pedidos, y le pidió que lo subiera al apartamento de Fulano de Tal. En el video se ve cuando el guardia mete algo en uno de los bolsillos de su pantalón.

“Son alitas -le dijo el mensajero-; de parte de Mireya”.El guardia le dijo todo esto a la Policía. Y los videos confirmaron sus palabras. Llegó al sexto piso, tocó el timbre del apartamento, y le dijo al inquilino:

“De parte de Mireya”.

El hombre sonrió. En su celular, la Policía encontró dos llamadas a Mireya; pero, sin respuesta. Estaba en una fiesta. Llegó horas después, y encontró el cuerpo.

“No le envié alitas -les dijo Mireya a los agentes de la DPI-. Puedo probarlo... Es más, él no sabía que yo llegaría a verlo; quería darle la sorpresa. Teníamos una relación... especial, de esas de amigos con derechos, y nunca, nunca, le hubiera hecho daño; ni a él ni a nadie”.“¿Quién cree usted que le envió las alitas envenenadas?”.

“No sé... Tal vez en la empresa de envíos saben”.

“Ninguna empresa recibió pedido de entrega de algo en esa zona esa noche... Ninguna. Y menos la empresa que supuestamente fue responsable del envío”.

Celular

“La investigación criminal es una ciencia -dice Gonzalo Sánchez, el primero de los criminalistas más sabios que hay en Honduras-; cada detalle de la escena del crimen habla, dice algo, nos grita datos que debemos interpretar despacio, con sabiduría de sabuesos policiales. En la sabiduría del investigador criminal, está el éxito de la lucha contra el delito”.

Por supuesto, Gonzalo Sánchez es el maestro de maestros de la Criminalística en Honduras, y los agentes que investigaban este caso volvían siempre a las enseñanzas de Gonzalo; recordaba que hablaban entre sí, y se preguntaban:

“¿Qué haría el abogado Gonzalo en este caso?”.

Y, poco a poco, fueron armando un rompecabezas que solo tenía principio: la muerte de aquel hombre.

“Muchas veces, en la investigación de un crimen, ayuda mucho conocer mejor a la víctima” -les enseñó el maestro; y los agentes empezaron a hurgar en la vida privada del hombre envenenado. El teléfono celular les sirvió de mucho.

“Hay más de trescientas sesenta llamadas a este número -dijeron-; y todas por WhatsApp. Pero, no hay mensajes”.

“Seguramente los borró”.

“Ahora, ¿cuántas llamadas recibió de este número?”.

“Más de cuatrocientas en el mismo período: un año trece días”.

“¿Cuál es el segundo número con el que más se comunicaba?”.

“Este; pero, las llamadas son pocas... Y está el de Mireya, que no pasa de cien hechas, y de ciento veinticinco recibidas en un año”.

“Entonces, veamos quién es la dueña de este número”.

“Ya tenemos el nombre”.

“Ya lo sé; pero, ¿quién es? ¿Qué tipo de relación tenía con la víctima? ¿Por qué se llamaban tanto?”.

“Aquí hay un dato interesante. Del número de esta mujer, han salido doscientas veintitrés llamadas a este número; y del teléfono de la víctima, fueron hechas sesenta y dos en nueve meses a este mismo número; y recibió, setenta y tres... Este es el nombre del dueño”.

Investigación

Este, y muchos casos más, publicados en esta sección de diario EL HERALDO, son prueba del profesionalismo de los agentes de la Dirección Policial de Investigaciones (DPI). Y quienes investigaban aquel envenenamiento con estricnina, lo hacían con esa pasión que solo está en quienes aman lo que hacen.

“Hay un dato interesante -dijo uno de los agentes-, y es que este número es el del esposo de la mujer que llamaba tanto a la víctima”.

Momentos después, una patrulla de la DPI salió rumbo a una zona exclusiva de la colonia Lomas del Guijarro.

“Somos la DPI, señora -le dijo el agente a cargo del caso-; sabemos que usted y el señor Tal y Tal, se llevaban muy bien; y sabemos, también, que no tenían relación de trabajo... solo de amistad; y que este señor era muy amigo de su esposo”.

La mujer era alta, de piel blanca, llevaba el pelo rubio, brillaban con tristeza sus hermosos ojos verdes, y se puso pálida cuando el policía le habló de aquella forma.

“Antes de hablar con su esposo, necesitamos que usted nos diga qué tipo de relación tenía con este señor... Y, nos ayudaría mucho si usted sabe quién podría ser el causante de su muerte; o si sabe de alguien que quisiera hacerle daño”.

La mujer empezó a temblar. Los agentes estaban de pie en la sala de su casa. Ella se dejó caer en un sillón.

“Ya no vivo con mi esposo -dijo-; nos estamos divorciando”.

“Entiendo... Su esposo se dio cuenta que usted y su amigo, el señor Tal y Tal, tenían una amistad muy especial, y eso los separó”.

La mujer abrió más los ojos. Estaba asustada.

“¿Cómo sabe usted eso? ¿Hablaron con mi esposo?”.

“No hemos hablado con él, señora. Tenemos reporte de Migración que salió del país; hizo escala en Miami, voló a Los Ángeles, y, suponemos, que sigue allí... Y salió de Honduras tres días después del entierro de su amigo... Y sabemos que estuvo en la funeraria solo diez minutos, que les dio el pésame a los padres y demás familiares del difunto, y se retiró. En los videos de la funeraria, la vemos a usted y a él; pero él no se acercó a usted; aunque usted lo veía con insistencia”.

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La mujer empezó a llorar.

“Usted estaba enamorada de la víctima, ¿no es así?”.

La mujer calló por largos segundos. Al final, viendo hacia el piso, dijo:“Enamorada, lo que se dice enamorada, no”.“Su esposo se dio cuenta que usted y él...”La mujer movió la cabeza hacia adelante.

“¿Le gustan las motocicletas a su esposo?”.

La mujer arrugó la frente.

“No, señor... Que yo sepa, no”.

“¿Había visto esta moto antes?”.

El agente le mostró una fotografía del video de seguridad del edificio donde vivía la víctima.

“No”.

“Y, ¿puede imaginar quién es este hombre?”.

Le mostró una segunda foto. La del mensajero. Ella se quedó viéndola fijamente.

“¿Lo reconoce?” -le preguntó el detective.

“No”.

“Creo que sí, señora... Tenemos fotos de su esposo, y las hemos comparado con esta, y, aunque hay muchos cuerpos parecidos...”

Le mostraron una foto más, en la que estaban el mensajero, y su esposo.

Este era joven; de unos cuarenta y tres años, alto, como el mensajero, y fornido, como aquel. Pero, el mensajero llevaba guantes, casco de motociclista, mangas largas cubriendo sus brazos, y ropa sencilla, con la caja de los envíos a la espalda. En el video se notaba que se quitó la caja con naturalidad, como si tuviera experiencia en hacerlo.

“Hable, señora -le dijo el agente-, antes de que el fiscal nos pida llevarla a la DPI, y los periodistas pregunten cosas desagradables”.La mujer suspiró. Una empleada doméstica llegó a la sala para decirle que era hora de ir a traer los niños a la escuela; y ella le dijo que le dijera al chofer.

“No sé qué me pasó -dijo-; mi esposo siempre estaba trabajando, con sus amigos o en fiestas y reuniones; y me dejaba sola, después de diez años de matrimonio. Me casé con él cuando yo tenía veintidós años; y tenemos dos hijos... Yo lo he amado; y sé que él siempre estuvo enamorado de mí... Pero, me sentí sola. Desde hacía mucho tiempo no me atendía, y su amigo era especial y atento conmigo... Y nos enredamos en una relación peligrosa que duró más de un año”.

“Y su esposo lo supo...”

“Hace unos tres meses... Entonces, se fue de la casa; me dejó aquí por los niños, y me asignó una cuota mensual, muy generosa”.

“¿Pelearon cuando él se dio cuenta?”.

“En realidad, no; pero, él estaba herido, muy herido... Yo le pedí perdón; me arrodillé, lloré, supliqué y nada... Él no me iba a hacer daño... Y se fue”.

“¿Por qué le suplicó usted?”.

“Porque lo amo; es el padre de mis hijos... Aquello solo fue... una estúpida aventura”.

“¿Usted envió las alitas con veneno?”.

“¡No! Nunca haría eso... es verdad que deseaba alejarme, desde antes de que mi esposo lo supiera; y mucho más cuando todo se descubrió”.

“Pero tenemos reportes de llamadas entre usted y el señor Tal y Tal, de hace una semana”.

“Sí... A veces, yo me sentía desesperada”.

“¿Se vieron?”.

“En los dos meses después de que se fue mi esposo, solamente tres veces nos vimos... Él ya no quería nada... Tenía miedo”.

“¿Por qué tenía miedo? Tenemos reportes de que hablaba por teléfono con su esposo... Incluso, hay dos llamadas, una perdida y otra que hizo la víctima, y habló con su esposo treinta y nueve segundos, y fue la noche en que murió”.

“Ellos eran amigos desde pequeños, y eran socios en tres empresas; y los papás de los dos son socios en varias empresas más”.

“Bien. Se lo pregunto otra vez: ¿Por qué el señor Tal y Tal tenía miedo de seguir viéndose con usted?”.

La mujer guardó silencio; se limpió las lágrimas y dijo sin ver a los agentes:

“Un día, yo le comenté que mi esposo me había dicho que estaba muy enamorado de mí; que me amaba; y que, si algún día yo lo engañaba con otro, él no me haría daño a mí; pero, que... sí le haría daño al que le quitara a su esposa”.

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“¿Eso le dijo?”.

“Sí. Mi esposo me lo repitió muchas veces en diez años de casados”.

“Y, ¿cree usted que su esposo es capaz de cumplir esa promesa?”.

“Estoy segura” -respondió la mujer, después de otro rato de silencio.

“¿Le gusta cocinar a su esposo?”

“No, nunca se acercó a la cocina...”

“Estuvimos en casa de sus padres, y ya sabemos eso...”

Ella calló.

“Seguimos la ruta de la moto, esa noche, y no entregó ningún pedido más... Y se perdió en la salida a El Tablón, más allá de Residencial Honduras y la UTH. No hay más cámaras... Y no vimos que la moto regresara a la ciudad por ninguna entrada... Revisamos las cámaras de la zona de Loarque, El Tizatillo, y nada...”

“No sé, señor”.

“¿Dónde vivía su esposo después de irse de aquí?”

“Con mis suegros”.

“¿Tiene algún apartamento de soltero?”

“No, que yo sepa...”

“¿Es este el vehículo de su esposo?”

Le enseñaron una fotografía. Una camioneta Land Cruiser Lexus...“Sí, es uno de sus carros... Bueno, casi es su favorita esa camioneta”.Los policías tenían videos de la entrada y salida de este vehículo, del garaje de la casa de los suegros de la mujer. El día del crimen llegó a las cuatro de la tarde. Y los padres dijeron que salió de la casa esa noche a trotar. Las cámaras lo grabaron cuando regresó a la casa, a eso de las siete de la noche.

Nota final

Si aquel hombre es el asesino; si cumplió la promesa hecha a su esposa, ¿cómo probar su delito? Dos vehículos salieron de la casa; pero no se ve quién iba en ellos. Y regresaron tarde. Las hermanas dijeron que ellas habían salido, cada una en su carro. Los policías se estancaron. La investigación sigue adelante.

“Sabemos que él es el asesino -dice el agente a cargo del caso-, pero, no podemos probarlo todavía. Por supuesto, siempre hay alguien que sabe algo. Regresó de Estados Unidos tres meses después del viaje. No se ha reunido con su esposa, y se divorció por poder con un notario. Nosotros estamos pendientes de que cometa un error, una indiscreción porque estamos seguros de que alguien conoce su secreto. La moto, por supuesto, no la encontramos... Pero va a caer”

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