Selección de Grandes Crímenes: Los últimos deseos 1/2

"La amenaza es un delito y este procede de una persona hacia otra. Y el sentirse amenazada no es más que eso, un sentimiento, una sensación que no voy a explicar desde el punto de vista de la psicología, pero sí desde el del Derecho Penal"

  • Actualizado: 11 de enero de 2026 a las 00:00
Selección de Grandes Crímenes: Los últimos deseos 1/2

INTRODUCCIÓN. Empieza 2026. Gracias a Dios vemos un nuevo año y quiero agradecer a los lectores y lectoras de esta sección de diario EL HERALDO por su lealtad de tantos años. Gracias. Les deseo un año feliz, lleno de éxitos, con la bendición de Dios. Veamos hacia el futuro, haciendo lo correcto delante de Dios y de los hombres, siendo buenos padres, buenos esposos y esposas, siendo buenos amigos, siendo bondadosos y solidarios con quien nos necesite. Y que Dios nos ayude a seguir siempre hacia adelante, con la frente en alto, a pesar de las adversidades. Deseo sinceramente que Dios bendiga sus vidas. Gracias por seguir con diario EL HERALDO. Feliz 2026.

ACUSACIÓN

“¿Sabe usted, señora, que las amenazas de muerte son un delito grave?”.

“No entiendo de qué amenazas me está hablando”.

“De lo que usted dijo contra la señora Marcia Castro”.

El abogado defensor, asignado al caso por la Defensa Pública, intervino.

“Señor fiscal -dijo-, mi representada fue citada aquí para una entrevista sobre un tema del que ni siquiera se tiene una acusación y protestó por la forma en que usted está tratando de intimidarla. Si ha leído bien el informe, mi representada en ningún momento ha amenazado de muerte a nadie”.

“Pero está claro que su representada odia desde hace mucho tiempo a la señora Castro, quien vino a pedir protección porque se siente amenazada por la señora Lilliam”.

“Señor fiscal, ha dicho usted: ‘Se siente amenazada’. No ha dicho: ‘Ha sido amenazada’. La amenaza es un delito y esta procede de una persona hacia otra. Y el sentirse amenazada no es más que eso, un sentimiento, una sensación que no voy a explicar desde el punto de vista de la psicología, pero sí desde el del Derecho Penal: No significa nada, señor fiscal, y, por tanto, le solicito amablemente que ponga fin a esta entrevista incómoda y que proceda contra mi representada en el momento en que el Ministerio Público tenga indicios, evidencias, pruebas de amenazas a muerte de parte de mi representada hacia otra persona. En mi opinión, esta entrevista no es más que una pérdida de tiempo”.

El fiscal se quedó en silencio mientras leía una y otra vez algo que estaba escrito en una larga hoja de papel.

“Tengo copia de esa declaración, abogado -dijo el defensor-, y, como usted sabe, en ningún momento, la señora Castro dice que mi representada, la señora Lilliam, la ha amenazado de muerte”.

El fiscal miró al defensor y se dirigió a la señora Lilliam.

“Señora López -le dijo-, ¿qué motivos tiene usted para malquerer, o, mejor dicho, para odiar a la señora Castro?”.

El defensor dijo de inmediato:

“Mi representada no responderá a esa pregunta por consejo directo de esta defensa, y por considerarla innecesaria en este procedimiento innecesario. Si el señor fiscal presentará una acusación, por favor, muestre en qué se basa para mantener aquí a mi representada. De lo contrario, le solicito que le permita retirarse”.

“La señora Castro se siente en peligro”.

“Todos estamos en peligro en Honduras -respondió el abogado defensor-, y no por eso andamos acusando a las personas en el Ministerio Público. En este caso, mi representada no manifiesta ningún deseo, interés o intención de hacerle daño a nadie”.

El fiscal se puso de pie.

“Quiero que entre a esta oficina la señora Castro”.

El defensor dijo:

“Solicito que, ante testigos, la señora Castro repita su declaración”.

Hicieron llamar a la señora Castro. No la encontraron.

“Se fue hace más de media hora, abogado” -le dijeron al fiscal.

“Bien -dijo este-, vamos a esperar. Por el momento, señora, debo recordarle que no es legal andar amenazando de muerte a las personas”.

“Protesto, señor fiscal -dijo el defensor-. Muéstreme, por favor, en su escrito, que es exactamente igual al mío, el párrafo o la línea donde se puede leer que mi representada amenazó a alguien”.

El fiscal cerró la carpeta.

“Vamos a esperar” -dijo.

“Podemos irnos, doña Lilliam” -dijo el defensor.

Y, doña Lilliam, una mujer menudita, de largo pelo negro, de cincuenta y seis años recién cumplidos, de piel trigueña, ojos pequeños, afectados del Síndrome de Crohn, quejándose del dolor en sus huesos a causa de la artritis y la fibromialgia, aumentados por la tensión a que acababa de someterla el señor fiscal, se puso de pie con dificultad, y, después de despedirse amablemente, salió de la oficina, seguida por su abogado defensor.

“Vaya tranquila -le dijo este-. No hay ningún problema”.

“Yo no amenacé a nadie -dijo ella-. Se lo aseguro, abogado”.

“Lo sé, señora”.

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CALLE

Salieron de las oficinas del Ministerio Público y el abogado se ofreció a llevar a doña Lilliam hasta un lugar seguro donde pudiera tomar transporte hacia su casa.

“¿Desde cuándo conoce usted a doña Marcia? -le preguntó, poco después-. Ella ya es una señora, mayor que usted unos veinte años”.

“Veintidós, abogado. Exactamente eso” -respondió doña Lilliam.

“Entonces, la conoce bien”.

“No tan bien, abogado. Era vecina de mi mamá. Yo solo tenía siete años, y es que, según parece, y yo no estoy segura de eso, Marcia estaba enamoriscada de mi papá y detestaba a mi mamá”.

“Ah”.

“¿Tuvo problemas con su madre por el enamoramiento con su papá?”.

“Que yo sepa no -contestó doña Lilliam-. Yo solo era una niña de apenas siete años, como ya le dije... Mi papá y mi mamá tenían sus problemas, como todo el mundo. Mi papá tomaba a veces, trabajaba duro, y mi mamá, en ese tiempo, estaba embarazada de su cuarto hijo”.

“En ese tiempo. ¿Qué quiere decir con eso?”.

“Pues, en el tiempo en que murió”.

“¡Ah! ¿Murió su mamá?”.

“Sí, abogado. Mi mamá está muerta, desde hace cuarenta y ocho años”.

El abogado hizo un gesto de asombro.

“¡Hace mucho tiempo!” -exclamó.

“Sí, abogado... Hace mucho tiempo”.

El abogado dejó que pasaran unos momentos de silencio. Lágrimas de dolor rodaban por las mejillas de doña Lilliam, marcadas por el sol.

“Usted se quedó sola”.

“No... Sola, como quien dice, no, abogado. Mi mamá me dejó a cargo de su hermana, una tía mía con la que vivíamos”.

El abogado estaba más interesado en la historia. Marcia Castro dijo en el Ministerio Público que se sentía amenazada de muerte por parte de doña Lilliam y quería que ella fuera castigada. Era una mujer entrada en años, ya en muchos años. Setenta y cinco, tal vez más; sin embargo, se notaba robusta, su pelo aún era negro, caminaba erguida, brillaban sus ojos llenos de vida y trabajaba sin descanso, como persona que no se rinde ante el tiempo.

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ELLA

“Usted dice que se siente amenazada de muerte por parte de esta señora llamada Lilliam” -le dijo el fiscal esa tarde en que llegó al Ministerio Público.

“Sí, señor” -respondió ella.

“Veamos bien las cosas -dijo el abogado-. ¿Usted se siente amenazada de muerte o ha sido amenazada de muerte por doña Lilliam? Acláreme ese punto, por favor”.

“Me siento amenazada de muerte, señor” -contestó doña Marcia.

“Explíqueme por qué”.

“Ella le dijo a la maestra de la escuela nocturna, donde estamos aprendiendo a leer y a escribir, porque yo hasta ahorita aprendo, y ya vieja, mire usted”.

“Entiendo, señora. Explíqueme por qué es que se siente amenazada de muerte por la señora doña Lilliam y, dígame, qué tipo de relación es la que tiene, ha tenido, o tuvo con ella”.

Doña Marcia se quedó muda por largos segundos. Era como si pensara bien lo que iba a decir o como si recordara.

“La conozco desde que era una niña -dijo de pronto-, tenía como unos seis o siete años”.

“Ajá”.

“Sí, siete años tenía... estoy segura”.

“Y usted tenía muchos más que ella”.

Doña Marcia se quedó pensando por otro momento. Luego dijo:

“Quince más, abogado. Yo tenía veintidós o veintitrés... Ya iba entrado a los veintitrés”.

“Era usted mucho mayor que ella”.

“Sí”.

El abogado suspiró.

“Dígame, ¿qué pudo motivar a la señora Lilliam sentimientos negativos que a usted la hayan llevado a hacerla sentirse amenazada?”.

Doña Marcia se quedó con la boca abierta. Su placa, hecha de blancos dientes de cerámica, brillaron a la luz de la oficina. El abogado le habló de una forma que ella apenas pudo seguir, y apenas pudo entender. Fue por eso que el fiscal le dijo:

“¿Por qué, en su opinión, doña Lilliam siente algo feo contra usted?”.

“¡Odio, abogado! -gritó ella-. ¡Odio es lo que siente esa mujer por mí! Y por eso es que tengo miedo que me haga algo o que me mande a matar”.

El fiscal esperó a que la señora se calmara.

“¿Le hizo usted algún daño a doña Lilliam? ¿Le hizo usted algún daño a alguien cercano a ella?”.

“¡No! ¡No! -respondió doña Marcia de inmediato-. Yo no le he hecho mal a nadie en mi vida. Ella me odia porque, dicen, y es que dicen, que yo y el papá tuvimos unos amores y eso no es verdad... Mentira de toda mentira”.

“¿Desde hace cuánto tiempo se dicen esas cosas?”.

“Pues... desde hace como cincuenta años... Fíjese usted... Cuando ella era chiquita y yo tenía veintidós... o veintitrés años... Y a mí para nada que me gustaba ese hombre... o sea, el papá de Lilliam, porque ya estaba casado y los hombres ajenos son un problema”.

“¿La enamoraba el papá de doña Lilliam?”.

“¡Uy!”.

“No entiendo”.

LILLIAM

Las lágrimas seguían rodando por sus mejillas.

“Mi madre ya está muerta” -repitió.

“Lo siento mucho” -dijo el abogado.

“Me dejó con esa tía que le digo, quien ya está muerta también”.

El abogado hizo una pausa.

“Me interesa su caso, y me interesa su historia, doña Lilliam -le dijo-. Si gusta, podemos tomar un café por aquí cerca, si es que no tiene usted compromisos, así me cuenta todo”.

Lilliam no lo pensó mucho. Se limpió las lágrimas con el dorso de una mano y dijo:

“Está bien, abogado... Le voy a contar por qué es que yo llevo este odio tan feo en mi corazón contra esa mujer”.

CONTINUARÁ LA PRÓXIMA SEMANA

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