Este relato narra un caso real. Se han cambiado los nombres.
CONSULTA. A las seis de la mañana, de un viernes gris y frío, llegó a la consulta del doctor Emec Cherenfant, en el Hospital Shenalú, de Comayagüela, un hombre joven, de unos treinta y seis años, alto, de piel clara, ojos color miel, atlético y atractivo. Le dijo al doctor Cherenfant que necesitaba su ayuda.“A ver -le dijo el doctor-. ¿En qué puedo servirle?”Un poco nervioso, el hombre bajó la mirada; pero, de pronto, dijo:
“Es que... quisiera que usted me ayude a...”Y, con acento nervioso, le explicó al doctor Cherenfant su necesidad. Deseaba que la parte física de su naturaleza masculina fuera un poco más grande.
“Es algo que se puede hacer -le dijo el doctor; sin embargo, siempre debo avisarles a los pacientes que este tipo de cirugía, con el tiempo, puede tener efectos adversos, como deformación, infección y, aunque en casos aislados, disfunción eréctil parcial... ¿Ya consultó con su urólogo?”
“Sí -respondió el hombre-; pero, no me dijo nada de eso, doctor. Le pedí que recomendara un cirujano plástico, y él me dijo que, si algún día él llegara a necesitar de un cirujano plástico, el único en el que podría confiar es en Emec Cherenfant... Por eso, estoy aquí. En el Hospital San Jorge me dijeron que usted pasaba primero por Shenalú”.
“¿Por qué desea hacerse esa cirugía?” -le preguntó el doctor.
“Pues, porque me gustaría que fuera más...”
“¿Qué más le dijo su urólogo?”
El paciente sacó unos papeles impresos de una carpeta del Colegio de Ingenieros.
“Bueno, doctor... -murmuró-. Aquí está la remisión que me dio el urólogo... Y me dijo que, en su propia opinión, yo no necesitaba de ese tipo de cirugía; pero, si insistía en hacérmela, pues, que viniera donde usted”.
El doctor Cherenfant leyó el expediente; primero, una vez; luego, otra, más despacio. Aunque no había mucho que leer, estaba claro que el urólogo tenía razón. Sin embargo, el paciente buscó su ayuda, y él tenía que examinarlo. El examen duró unos minutos. Cuando el paciente bajó de la camilla, y regresó a la silla, el doctor, le dijo:
“Estoy de acuerdo con el urólogo. No necesita usted esa cirugía. Pero, si usted insiste, le propongo algo, que será menos invasivo, que no afectará en nada, y que, más bien que mal, le agregará unos dos o dos centímetros y medio; tal vez tres”.
“No lo entiendo, doctor” -dijo el paciente, con algo de brillo en los ojos a causa de la alegría.
“Podemos reducir su pubis; veo que tiene algo de grasa en él; podíamos decir grasa extra, y que sirve de poco. Si retiramos grasa de su pubis, podríamos ganar casi tres centímetros; aunque debo aclararle que el tamaño natural, no va a cambiar; pero, con un pubis más delgado, ganará un alargamiento en la parte superior, y le servirá según sus deseos”.
“Pero, el alargamiento...”
El doctor lo interrumpió.
“También podemos realizar una microcirugía -le dijo-, para extraerlo de su interior, dependiendo de la longitud de salida y de la inclinación del hueso ilíaco, que le daría un alargamiento de la parte visible, de tres a cinco centímetros; y para aumentar el grosor hay que realizar un trasplante autógeno de tejido adiposo; esto significa trasplante de su propio tejido adiposo, y no se trata de inyectar grasa, por decirlo de alguna manera...”
“¿Cuál es más segura para mí, doctor?”
“Pues, reducir el pubis, es mi primera recomendación, ya que usted está un poco más allá del tamaño normal, que viene siendo quince centímetros, y usted tiene un centímetro extra... Su urólogo ha sido muy detallista, y el examen lo confirma. Con la reducción del pubis, quedará satisfecho”.
“Está bien, doctor... Me pongo en sus manos”.
“Bien -dijo el doctor Cherenfant-, necesito que se haga estos exámenes; solo es rutina... Pero, debo estar seguro... Con la anestesia no se juega. Y, cuando tenga los resultados, viene, y programamos la cirugía...”
“¿Cuál es el costo, doctor?”
“Hablaremos de eso después”.
El doctor Cherenfant le dio cita para una semana. El hombre no volvió. El lunes siguiente, diez días después de la consulta, dos agentes de la Dirección Policial de Investigaciones, DPI, esperaban al doctor en su clínica del Hospital San Jorge, en el Barrio La Bolsa, de Comayagüela.
“¿En qué les puedo servir?” -les preguntó a los policías, cuando estuvieron sentados frente a él, y él le había dicho a “Alexa”:
“Alexa, Paul Muriat”.
Alexa respondió de inmediato, y, poco después, empezó a oírse “¿Quién será?”. El doctor bajó el volumen, y uno de los agentes, dijo:
“¿Conoce a este hombre, doctor?”
Y le mostró una fotografía. El doctor lo reconoció en el acto.
“Sí -respondió-, es uno de mis pacientes...”
“Era, doctor” -interrumpió el segundo agente.
“¿Era? No entiendo...”
“Es fácil de entender, doctor... -replicó el policía; y, mostrándole una segunda fotografía, agregó-: Mire”.
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El doctor Cherenfant, acostumbrado, como todo médico, a ver a la Muerte de frente, no se sorprendió; sin embargo, retuvo el aliento unos segundos, viendo la foto. Allí estaba su paciente de hacía diez días.“Está claro que murió por asfixia, y con grandes dolores -dijo el doctor-; tiene contracción en los músculos faciales, y un gran terror”.
“¿También es forense usted, doctor, aparte de cirujano plástico?”
“Soy médico -respondió el doctor, entrelazando los dedos de las manos sobre el abdomen-. Luchamos por la Vida; pero, conocemos la Muerte”.
“Murió envenenado, doctor” -dijo el primer agente.
“Estricnina, doctor -intervino el segundo-; y tenía veneno en el cuerpo como para matar a un elefante”.
“Ya veo -dijo el doctor-; pero, ¿en qué puedo servirles? ¿Por qué han venido a mi consulta?”Uno de los agentes mostró otra foto. Era un recibo de pago por la realización de varios exámenes de laboratorio. Los que le recomendó el doctor.
“No retiró nunca los exámenes, doctor” -dijo uno de los policías.
“¿Cuándo murió?” -preguntó el doctor.
“Ayer domingo, doctor -respondió uno de los policías-; en su apartamento de Lomas del Guijarro... El forense dice que debió sentirse mal a eso de las ocho de la noche, porque es el momento en que llamó desde su celular al 911; pero, cuando le contestaron, no dijo nada, y la operadora, colgó. Llamó por su propia cuenta, por si se trataba de alguien que necesitara ayuda, y no de un bromista, como sucede muchas veces, y nadie tomó la llamada... Fue hasta las once y media de la noche que lo encontraron, ya sin vida. Una amiga suya llegó a visitarlo, después de salir de un bar, y llevaba algo para seguir celebrando con él. Le preguntamos si lo llamó antes, y dijo que no; que ella sabía que estaba en su casa, y que le daría la sorpresa. Le preguntamos cómo entró al apartamento, y ella dijo que tenía llave... Confirmamos sus palabras con las cámaras de seguridad”.
Veneno
“¿Cómo ingirió la estricnina?” -preguntó el doctor.
“El forense dice que este hombre debió sufrir mucho, poco antes de las ocho de la noche, cuando empezó a hacer efecto el veneno... Hiperreflexia, asfixia, contracción de los músculos faciales... Y carne de alitas de pollo con barbacoa, chile y miel, papas fritas, cebollas caramelizadas y Coca Cola... No le dio tiempo de terminar el postre: flan de vainilla con coco... Encontramos restos de esta comida en una mesita que está frente al televisor, en la sala del apartamento... La muchacha dijo que lo encontró en el baño, posiblemente fue allí a tratar de vomitar, cuando empezó a sentirse mal... Y su teléfono celular estaba en la alfombra, cerca del sillón donde estuvo sentado viendo televisión mientras comía. Fue allí donde empezó a sentir el efecto del veneno, llamó al 911, fue al baño... y allí quedó... La muchacha llamó a emergencias, y de allí llamaron a la Policía. Ya no había nada qué hacer por él”.
El doctor Cherenfant, que, como todo médico, es curioso, es, además, aficionado a la criminalística, y el caso de su paciente del alargamiento... le interesaba.
“¿Cómo llegó el veneno hasta él?” -preguntó.Uno de los agentes, respondió, exclamando:“¡Ah!, ese es el misterio, doctor... Un buen misterio, en el que estamos trabajando”.
El doctor lo miró.
“Y yo, ¿en qué puedo servirle a la Policía?” -dijo.
“Queremos saber hasta dónde lo conocía usted, si le platicó algo extraño, como si tuviera enemistad con alguien, alguna relación no convencional... Cualquier detalle que nos ayude en la investigación”.
El doctor Cherenfant contestó, después de rascarse la cabeza con la yema de dos dedos. La música seguía sonando, suave, acompasada, relajante.“Pues, además de necesitar de mis servicios profesionales, no me dijo nada de su vida privada”.
“¿Qué servicios profesionales necesita de usted, doctor?”
El doctor lo explicó en pocas palabras. Los detectives se miraron por un momento.
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“¿Eso quería?”
“Así es”.
“¿Le explicó por qué?”
“No son necesarias muchas explicaciones de los pacientes; de su vida privada, quiero decir”.
“Entiendo... -dijo el agente-. Veo que ya vamos metiéndonos en el misterio...”
“¿A qué se refiere?”
“Doctor... ¿necesitaba eso este hombre?”
“En mi opinión, no”.
“Bien... Vamos adelantando... -dijo el policía, como si pensara en voz alta-. Si este hombre quería hacerse algo allí, y, según lo que vimos en la morgue, lo que dice usted y lo que nos dijo el forense, no creemos que lo haya necesitado... Pero, o era vanidad, o alguien necesitaba más... O es que él quería darle más a alguien... Y, ese alguien debe estar en los contactos de su teléfono celular”.
El doctor no dijo nada.
“Pero, alguien, que tal vez esté también en su lista de contactos, lo quería muerto...”
“A ver -dijo el doctor Cherenfant-; explíqueme”.
“Sabemos que no se suicidó -dijo el agente-. Sabemos que no pidió alitas de pollo; pero, sabemos que era adicto a las alitas en barbacoa, chile y miel, al flan de vainilla con coco, a las cervezas Heineken y a las sodas... También había vino helado en su refrigeradora, sidra y Calúa... Pero, él no pidió alitas...”
“Y, a pesar de que no las pidió, comió alitas frescas esa noche...” -dijo el doctor.
“Como su última cena” -exclamó el detective.
CONTINUARÁ LA PRÓXIMA SEMANA