RESUMEN. A doña Lilliam López la llamaron al Ministerio Público porque una antigua conocida “se sintió amenazada de muerte por ella”. El fiscal estaba decidido a acusarla y a enviarla a la cárcel. Pero, los fiscales no son todopoderosos. Bueno, ya casi no. Y doña Lilliam regresó a su casa, con la seguridad de que más temprano que tarde la llevarían a la cárcel. Su abogado defensor, de la Defensa Pública, le aseguró que eso no pasaría. Pero, deseaba conocer la historia de doña Lilliam. Sin embargo, el fiscal le había leído parte del Código Penal.
ARTÍCULO 207
El particular que amenazare a otro con causar un mal a él o a su familia, en su persona, honra o propiedad, sea que constituya delito o no, será sancionado con reclusión de seis meses a dos años, y además, a las medidas de seguridad que el juez determine.
“¿Amenazó usted directamente a la señora Castro, doña Lilliam?”.
“No; claro que no, abogado”.
“Bien. Entonces, no hay de qué preocuparse. Escúcheme bien: Para que se considere un delito de amenaza, ésta debe ser clara y concreta; directa, y debe generar un temor real en la persona amenazada. Además, para probar un delito de amenaza, hay que presentar evidencias, pruebas que demuestren la existencia de la amenaza. A veces, en estas pruebas hay testimonios de personas que vieron la amenaza, grabaciones de audio o video, y cualquier documento relacionado. Pero, nada de eso hay en su caso. Por eso, doña Lilliam, no debe preocuparse. Sin embargo, me gustaría que me cuente por qué le dijo a la maestra... lo que le dijo.
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LA HISTORIA
Doña Lilliam se quedó en silencio por mucho tiempo. Pensaba. Recordaba. Y su rostro iba cambiando con cada segundo porque, muchas veces, los recuerdos duelen como una basura en los ojos. Miró al abogado con ojos húmedos, a causa de las lágrimas que ya empezaban a salir de su corazón, y le dijo:
“Fue hace mucho tiempo, abogado. Yo solo tenía siete años. Tenía un hermano mayor; y un hermano de apenas dos años; y mi mamá estaba embarazada de su cuarto hijo. Yo la oía discutir con mi papá por Marcia; y es que Marcia como que se le metía hasta por los ojos a mi papá; y mi mamá era celosa. Aunque mi papá decía que nada tenía que ver con aquella mujer. Yo no entendía nada de esas cosas. Pero, una mañana, mi mamá amaneció mal. La noche anterior estaba bien, llevaba bien su embarazo, y no tenía problemas. Mi papá se había ido al trabajo, y estábamos en la casa mis hermanos y yo”.
Calló por un momento. Dicen que recordar es volver a vivir; pero, también, recordar es, muchas veces, volver a sufrir. Y como decía mi santa madre: “¿Quieres aborrecer? Acuérdate del mal que te han hecho”. Y, en muchas personas, este consejo calza como anillo al dedo; aunque se nos ha enseñado que hay que perdonar, y dejar todo en manos de Dios. Y eso fue lo que hizo doña Lilliam. Pero, vamos por partes.
“Esa mañana mi mamá empezó a quejarse de unos dolores en el vientre -dijo doña Lilliam, después de un largo silencio, en el que se heló el café en su taza; el café que había probado una sola vez-. Se quejaba mucho, y empezó a gritar. Llamamos a una de mis tías, hermana de mi mamá, que vivía cerca de nosotros, y cuando llegó, encontró a mi mamá en el suelo, en un gran charco de sangre. Se estaba vaciando. Como pudimos, la subimos a la cama; pero, de nada sirvió. Seguía sangrando. Llamamos a la Cruz Roja. En ese tiempo era difícil, porque no había teléfonos públicos, ni nada parecido. Mi mamá está pálida, débil, y agonizaba. En ese momento, me llamó y me dijo: “Hija, no vayás a olvidar esto que te voy a decir: A mí quien me quita la vida es Marcia. Marcia”.
Mi tía Lina le preguntó:
“¿Por qué decís eso?”.
“Ayer me mandaron una comida; dijeron que era de mi amiga Nelly; pero, ahora me acuerdo que Nelly es gran amiga de Marcia; y Marcia está enamorada de mi esposo... Yo me comí todo, y allí venía algo. Y eso es lo que me está matando. A mí, quien me quita la vida es Marcia”.
Doña Lilliam calló una vez más. Lloraba.“Mi mamá murió vaciada en sangre. Murió en la cama, antes de que llegara mi papá. No sé quién le avisó. Yo me acuerdo bien cómo se movía el niño adentro de mi mamá. La barriga le saltaba, como si el niño no se quisiera morir. Pero, se murieron los dos. Mi mamá le había dicho a mi tía que me cuidara; que me dejaba con ella. Que ella sabía que mi papá se iba a llevar a los varones. Pero, que la niña tenía que quedarse con ella, mi tía Lina. Y así fue”.
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Hubo otro momento de silencio.
“Enterramos a mi mamá y a mi hermano que no nació; y me fui a vivir con mi tía Lina. Mi papá se llevó a los dos varones. Yo no sé para dónde, abogado, porque no supe de mi papá por un tiempo; como seis meses después del entierro de mi mamá”.
EL PADRE
Doña Lilliam siguió diciendo:
“Le fueron a avisar a mi tía Lina que tenía que ir a la casa de mi papá, porque mi hermanito de dos años y medio había muerto, y teníamos que ir al entierro. Mi tía preguntó cómo era que había muerto, si estaba bueno y sano cuando se lo llevó mi papá. Pero, no le dijeron nada. Y, cuando lo vimos en el ataúd, mi hermanito tenía moretones en la cara, la frente hinchada, y un ojo como salido. Dijeron que se había caído; y, en aquellos tiempos, nadie averiguaba nada; y enterramos a mi hermano cerca de donde dejamos a mi mamá. Hoy ya no sabemos dónde están las tumbas; porque se perdieron hace tiempo, y ya ni sé donde vamos a coronar el Día de Muertos”.
Ahora, las lágrimas se derramaban por las viejas mejillas de doña Lilliam. El abogado le dio un pañuelo, pero, de poco sirvió.
“Me acuerdo que, una mañana, oí a mi tía Lina hablar con el esposo. Estaba lavando el maíz para las tortillas. Yo iba al molino, que estaba cerca de la casa. Y mi tía le decía al marido que fue que la mujer de mi papá, la nueva mujer que tenía, a poco más de seis meses de haber muerto mi mamá; que fue la mujer la que no soportaba al niño, y que lo agarró y lo estrelló en una pared. Y después, lo volvió a agarrar, y lo estrelló otra vez. Y, ya en la tercera vez que lo estrelló en la pared, mi hermano dejó de gritar, de llorar y de moverse; estaba agonizando. Y así estuvo hasta que se murió. Y la mujer dijo que era que se había caído, y que ella no sabía cómo”.
“¿Quién le dijo esas cosas a su tía Lina?” -preguntó el abogado.
“Una sobrina de ocho o nueve años, que vivía con mi papá y la mujer”.
El abogado esperó.
“Y, la mujer, ¿quién era?
Doña Lilliam esperó antes de contestar, con un murmullo:
“Marcia” -dijo.
“Mire, Carmilla -me dijo el abogado-, yo me estremecí con aquella confesión. ¿Cómo era posible eso? Entonces, entendí que hubiera aquellos sentimientos en el corazón de doña Lilliam”.
NOCTURNA
“Yo solo oí lo que decía mi tía Lina. Y fue hasta mucho tiempo después, cuando yo tenía trece años, que le pregunté. Y ella me dijo que “esa mujer es mala”. Solo eso... Mi tía Lina murió hace unos diez años... Pero, yo ya me había ido de la casa, porque yo quería ir a la escuela, y ella, que era pobre, o yo no sé por qué, me decía que, si quería ir a la escuela, que comprara unos bananos y me pusiera a vender, para que tuviera mi propio dinero, y me pudiera mantener... Y fue por esos días que un amigo del esposo de mi tía, un hombre horrible, mal hablado, borracho y fumador, se metió en mi cama y me agarró a la fuerza. Y, como quedé embarazada, mi tía me corrió... Pero, así, me obligó a estar con aquel hombre, que me trataba mal... Después me di cuenta que era primo hermano de Marcia... Y él se reía de mí, me golpeaba, me daba dos lempiras para que me fuera al hospital a parir, y ni caso me hacía... Nunca estaba conmigo, y andaba con otras mujeres. Entonces, me fui a la calle; al mercado, a vender para poder comer y darle comida a mi hijo. Fue allí donde conocí a doña Toyita; y ella me ayudó. Me llevó a su casa, con mi hijo; y me enseñó a hacer donas. Ella vendía donas en el mercado; y así, me ayudé. Pero, un día, aquel hombre me encontró, me agarró otra vez a la fuerza, y me embarazó... Yo no sé por qué tanta desgracia...”
Se limpió las lágrimas, y esperó largo rato para agregar:
“Pasaron los años. Yo no sabía leer ni escribir. Pero, quería aprender. Y me matriculé en la escuela ‘noturna’; allí, cerca de la casa de doña Toyita, a la que nunca voy a dejar de agradecerle lo que hizo por mí”.
“¿Vive, doña Toyita?”.
“Sí... Y me ayudó a criar a mi último hijo... Yo me di otra oportunidad, cuando me dejé definitivamente del primer hombre; el papá de mis primeros tres hijos, porque era grosero, irresponsable y mujeriego. Pero, a la que le va mal por la mañana, le va mal por la tarde. El hombre era bueno; pero tenía miedo de meterse a problemas con el papá de mis hijos, que lo amenazó... Y se fue para Nicaragua, porque de allá era... Y me dejó a mi hijo... Al último”.
“¿Por qué dice doña Marcia que se siente amenazada de muerte?”.
“Pues, es que cuando entré la “noturna”, allí estaba ella. Estaba aprendiendo a leer. Y no la había visto por años. Y, al verla, me acordé de lo que me dijo mi mamá, que a ella quien le quitaba la vida era Marcia; y me acordé de mi hermanito, que murió porque lo estrellaron en la pared... Yo no sé decirle, abogado, si es verdad que ella fue... Solo oí lo que me dijo mi tía Lina... Y me dio miedo, y me dio cólera... Y la maestra, que era conocida mía, me vio, y se dio cuenta que yo me puse mal... Entonces, le dije: “Es que esa mujer que está allí, en la primera silla de la fila, se llama Marcia, y es la mujer que le quitó la vida a mi mamá... Fue mi mamá que me dijo que quien le quitaba la vida a ella era Marcia... Y dicen que fue la que estrelló a mi hermanito de dos años en la pared, hasta que murió... Es lo que dicen... Y yo le digo lo que oí de boca de mi mamá”.
Doña Lilliam se tomó el café helado.
“La maestra le dijo todo esto a Marcia... Y ella me fue a denunciar por amenazas... Y ya sabe usted el resto de la historia, abogado”.
“No tiene que preocuparse de nada”.
NOTA FINAL
Doña Lilliam vive; lleva dentro de sí el mismo dolor. Accedió a que se contara su historia. Y su abogado defensor colaboró con gusto para escribir este caso. El fiscal se negó a recibirme: Dijo que “Carmilla no es bienvenida en el Ministerio Público”. Marcia está en silla de ruedas, a causa de un cáncer de cadera. No quiso hablar conmigo. Solo le dijo a uno de sus hijo: “Para qué escarbar en los malos recuerdos”. El papá de doña Lilliam vive en el occidente del país. Doña Lilliam quisiera verlo; porque nunca más lo vio después de enterrar a su hermano. Y quisiera ver a su hermano mayor. Pero no recuerda cómo es.