FURIA. El golpe fue brutal. Aquel hombre desquiciado saltó de la cama con los ojos desorbitados, el rostro deformado por la ira y bufando como un toro. En su cerebro trastornado por las drogas solo había una idea: destruir, hacer daño, golpear, matar. No era la primera vez que se comportaba como una bestia sin control. Era un criminal convicto. Era un hombre peligroso. Era un asesino en potencia. Y, a pesar de su siniestro historial, seguía en la calle, consumiendo drogas, portando armas ilegales, robando, desafiando a la Policía, golpeando a su mujer, atacando a quienes solo deseaban ayudarlo. ¿Por qué? ¿Quién engendró a aquel horrible remedo de Charles Manson y de Jeffrey Dahmer? ¿Por qué no estaba encerrado para siempre? Por supuesto, estas preguntas no tendrán respuesta y sus víctimas irán por el mundo cargando con el miedo, con la decepción, con la injusticia y con las secuelas dolorosas de la tragedia en la que los hundió una bestia humana llamada Juan Demetrio Hudson; con la complicidad cínica de autoridades que defienden el prestigio, el dinero y el “buen nombre”, a costa del sufrimiento de aquellos a los que debió proteger.
A pesar de que es experto en artes marciales, y que mide casi dos metros de estatura, James Roy nada pudo hacer para defenderse. No estaba en la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital Baptista del Noreste, de San Antonio, para usar su fuerza sino para cuidar a un paciente, para salvar vidas. Además, no sabía que aquel gigante era más peligroso que un hipopótamo del Congo o que un cascabel del desierto. No supo en qué momento, John Demetrio saltó sobre él, lo abrazó con fuerza por la cintura y, en una fracción de segundo, lo lanzó contra la puerta de vidrio de la UCI. Una enfermera gritó asustada. La cabeza de James se estrelló contra el vidrio y el golpe fue tan fuerte que perdió el conocimiento. Cuando cayó al suelo, aquel aprendiz de Ed Gein saltó sobre él, estrelló su cabeza contra el piso y empezó a estrangularlo. Nadie podía hacer nada para ayudar a James Roy. La Muerte reía en la Unidad de Cuidados Intensivos y los testigos estaban paralizados. Fueron necesarios tres hombres para dominar al criminal, pero el daño ya estaba hecho. De poco había servido que James, impulsado por ese instinto natural que nos lleva a proteger la vida en momentos desesperados, se girara un poco para minimizar el daño; apenas pudo contener las manos asesinas y aquellos escasos segundos sirvieron para que Juan Demetrio replanteara su ataque, decidido a destruir, a quitar una vida, a dañar para siempre a una familia. Vino al mundo para hacer el mal y el mal lo aplaudía como a uno de sus mejores hijos. Lejos de ahí Michelle Gómez de Roy estaba en paz, cuidando de su hijo de apenas un año y meses. Cuando llegó al hospital, su esposo no era el mismo que salió aquella mañana de su casa, y ya no lo sería jamás.
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EMERGENCIA
La risa demencial que deformaba los asquerosos labios de Juan Demetrio Hudson hacía juego con su mirada torva de serpiente asesina. Lo habían contenido; su víctima estaba en el suelo y él parecía satisfecho de su obra, como aquellos hombres sin corazón que asesinaron a miles y miles en Auschwitz... ¿Qué importaba? Era solo un inocente más. ¿Y no están los inocentes en el mundo para hacer con ellos y contra ellos todo lo malo que sea posible? ¡Nada iba a detener al súper hombre llamado John Demetrio! ¡Nada iba a detener a aquella súper bestia!; ni siquiera el fiscal, la Policía o los jueces. Y ahora, James Roy era un trofeo más en su juego de muerte. Estaba allí, en el suelo. Respiraba, pero ¿qué seguía después? ¿Dónde estaba? ¿Por qué tenía tanto dolor? ¿Por qué sufría? ¿Estaba a las puertas de la muerte? ¿Qué pasaría con su esposa y su hijo si él moría? ¿A quién le importaría una viuda más, un huérfano más? Haciendo el bien, encontró el mal. Ni la paradoja de Fermi es más compleja.
Lo levantaron del suelo. Todos estaban asustados. Lo pusieron en una silla de ruedas y lo llevaron a Emergencia. James se reía descontroladamente, sin motivo alguno. La tomografía computarizada descubrió daños severos. Tenía distensión y esguince cervical, daños en los músculos romboides, contusión grave en el cuero cabelludo y lesiones generales... Pero, había algo más... Y alguien decidió callar. Algo había pasado en el cerebro y el daño era como una semilla que pronto iba a germinar.
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DESESPERACIÓN
Fue varios días después. Una espera angustiosa. Michelle cuidaba de su esposo, pero notaba que nada mejoraba. Dormía más de dieciséis horas diarias, presentaba fatiga extrema, dejó de comer, se notaba confundido, sudaba de forma excesiva, tenía pérdida de memoria, la pupila izquierda dilatada exageradamente y no respondía a la luz. Aquel día, 12 de julio de 2024, el mal se incubó en su cerebro y ahora brotaba un monstruo que destruiría su vida... y la de su familia. Michelle lo llevó a emergencia del hospital donde trabajaba y donde había sido víctima de aquel ataque brutal. Lo admitieron en emergencia. Todo iba de mal en peor. Sus compañeros y su supervisor estaban preocupados por él. Lo que le había pasado a James podía pasarles a ellos; y ya había sucedido en otros hospitales, incluso, de la mano funesta y criminal de Juan Demetrio Hudson.
Le hicieron análisis de sangre, tomografías, electrocardiograma y una resonancia magnética. Era el procedimiento normal para descubrir qué era lo que estaba pasando en el cerebro golpeado de James Roy. Pero la desgracia siempre suma desgracia. La resonancia descubrió traumatismo cráneo encefálico, con síndrome de conmoción cerebral, estado mental alterado, daño cervical derecho y más y más lesiones. El neurólogo se tomó su tiempo, el mínimo, y dio su diagnóstico. Luego, le dio el alta. Sin embargo, tal vez equivocada o maliciosamente, la resonancia magnética que le presentaron a Michelle no era la de James, era de otro paciente, de otra raza, de otra edad... Y el neurólogo no se interesó en aquel detalle que saltaba a la vista como el sol en el cielo. Dio su diagnóstico, envió a James a su casa y como si nada. Eran daños leves. Ya se recuperaría. Nada de qué preocuparse a pesar de que todo se agravaba en James. El 12 de septiembre otro médico dijo que la gravedad de su lesión cerebral era leve, a pesar de los síntomas persistentes y debilitantes que presentaba el paciente.
¿Qué estaba pasando? ¿Por qué no atendían como era justo a James Roy? ¿Por qué minimizaban el daño y los síntomas graves que presentaba? ¿Por qué no lucharon como es debido para salvarlo de aquellas consecuencias terribles del ataque criminal? ¿Qué trataban de esconder en el hospital? ¿Por qué no le dieron el tratamiento necesario, oportuno y efectivo en casos como el suyo? ¿Por qué lo estaban condenando al sufrimiento y... hasta la muerte? Porque llegaron las convulsiones. La obra maestra de John Demetrio se adornaba con el desinterés y la complicidad del hospital, con la ineptitud, el desinterés y la falta de profesionalismo del neurólogo que lo diagnosticó con una resonancia magnética de otro paciente, sabiendo que no era la de James. Y no es la primera vez que esto sucede en la práctica de la medicina en lugares donde vale más el dinero que la salud y la vida del paciente. Muestra de esto es que, un día, un niño de nueve años que se quebró un brazo jugando, fue llevado al quirófano sin hacerle estudios de los golpes que presentaba en la frente. No parecían graves. Un chichón, una raspada y nada más, a pesar de que alguien vio que el niño tenía las pupilas dilatadas. Pero, era urgente que los padres depositaran el dinero de la cirugía y de los gastos hospitalarios, del anestesiólogo y todo lo demás. Una vez hecho el depósito, empezó la operación. La anestesia hizo su trabajo. La caída había sido grave. La cabeza chocó contra el suelo. No solo se quebró el brazo. Había contusión cerebral. Inflamación severa. Y la anestesia lo convirtió en vegetal. La justicia, toda una señora, no señaló a nadie. Los médicos se repartieron el dinero mal ganado y los padres se llevaron al niño a su casa; luego, a un hospital público porque no podían atenderlo como necesitaba... Y, hoy, el niño sigue con respiración asistida y alimentándose por una sonda. La negligencia también mata y James Roy pronto comprobó esto en carne propia. Su mal era mayor cada día, pero el hospital lo obligó a volver al trabajo. Lo más grave de esto era que el médico que obligó su regreso ya tenía quejas ante la Junta Médica, y nunca evaluó a James para estar seguro de que estaba bien. Tenía que trabajar, porque no podían regalarle el salario. Nadie lo examinó, a pesar de la grave lesión cerebral documentada hasta la saciedad.
“Soy la esposa de James y lo amo
-dice Michelle, con ojos tristes, rostro desencajado y la indignación y la impotencia brotando por sus poros- es mi compañero de vida y el padre de mi hijo. Soy testigo de su deterioro, del agravamiento de sus síntomas, de su sufrimiento, de los efectos del daño que le causó ese criminal llamado Juan Demetrio Hudson, pero también del daño que le causó el desinterés del hospital de darle el tratamiento correcto en el momento indicado; del mal que le hizo el neurólogo al diagnosticarlo y darle de alta con los exámenes de otro paciente.
¿Qué seguía en esta tragedia? ¿Qué había pasado en el cerebro de James durante los treinta minutos que estuvo inconsciente? ¿La estrangulación que sufrió evitó que llegara el oxígeno a su cerebro? ¿Sus lesiones neurológicas eran irreversibles? ¿A dónde lo llevó la lesión cerebral traumática con pérdida de conciencia, el síndrome postconmocional y las lesiones inespecíficas de la cabeza y la epilepsia provocada que nunca antes padeció? Pero, ¿qué falta? La tragedia es mayor y debe ser un ejemplo para quienes sufren la injusticia, porque no se debe patear al caído, porque nadie está libre de pasar por el mismo mal, aunque, por desgracia, la justicia es tan escasa que no alcanza para todos en un mundo para todos dividido. Y en ese hospital hay quienes quieren enterrar la tragedia de James Roy porque el prestigio vale más que una vida, de la misma manera en que aquel hospital enterró su responsabilidad en la destrucción del cerebro del niño que debió ser evaluado por golpes en la cabeza antes de aplicarle la anestesia.
¿Es ésta la justicia que salva al mundo? ¿Hasta cuándo las víctimas irán de mal en peor a causa de la maldad de unos pocos? ¿No ha cometido un crimen el hospital en contra de James, mientras Juan Demetrio sigue por ahí, ahogándose en drogas, haciendo daño y riéndose de aquellos a los que destruye con su maldad, peor que la de Joseph Mengele, Timothy McVeigh y hasta de Alma Cleotilde Grand Pérez, la siniestra bruja Cleo?
Michelle Gómez de Roy sufre. Su padre, don Macario, sufre con ella. Su mamá lleva en su corazón el dolor de su hijo. Y lo peor es que la desgracia no termina y el crimen sigue sin castigo, haciendo mayor la tragedia
CONTINUARÁ LA PRÓXIMA SEMANA