Este relato narra un caso real. Se han cambiado algunos nombres.
LA DESGRACIA. La mañana del 12 de julio de 2024, James Roy salió de su casa hacia su trabajo, como todos los días, confiando en que las cosas estarían bien, y que se dedicaría a cuidar a sus pacientes con la gran responsabilidad que implica ser asistente médico en la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital Baptista del Noreste de San Antonio, en Texas. Su esposa Christie Michelle Gómez de Roy, de raíces hondureñas y judías, se quedó en la casa cuidando a su hijo de apenas un año. De origen judío sefardí, su padre, don Macario Gómez, es de Santa Bárbara, en el occidente de Honduras, y desciende de tatarabuelos que vinieron huyendo de la persecución que los reyes católicos, Fernando e Isabel, lanzaron contra los judíos en la España de los primeros viajes de Cristóbal Colón. Una historia apasionante de miles de personas que llegaron a Santa Bárbara, hace siglos, y se convirtieron en hondureños de corazón. Y de aquellos inmigrantes desciende Michelle Gómez, ahora De Roy, que soñó maravillas en su nueva vida en una nueva tierra; como sus abuelos hace tanto tiempo; sin embargo, la Desgracia, así, con mayúscula, pronto convertiría aquellos sueños en pesadilla; en angustia, en desesperación; y, más aún, en frustración, en decepción y en tristeza profunda ante la injusticia que nace de la tragedia; esa que marca para siempre la vida de los inocentes, que a nadie le hacen mal, y que, haciendo lo bueno, esperan solo lo bueno. Pero, el Mal, como un ente siniestro y destructor, rondaba la vida de Michelle, de su hijo, y de su esposo... Y ese día, 12 de julio de 2024, se manifestaría de una forma brutal; y más cruel todavía, por la forma en que el hospital llevó el caso de uno de sus mejores empleados, víctima de un ataque criminal. Y es que, en la mayoría de los casos criminales, los criminales tienen cómplices, y muchos de estos cómplices son instituciones creadas para hacer el bien, vencer al mal, luchar contra el dolor y la muerte, y valorar la vida por sobre todas las cosas. Eso es un hospital. Así deben actuar sus autoridades; sin embargo, la desidia, el desinterés, y la avaricia y el poder del dólar los convierte en criminales tan despiadados como el que destruyó la vida de Michelle y su familia. Es por esto que Emec Cherenfant, en su libro “El niño que hizo llorar a Dios”, pone esta pregunta en boca de su personaje Nilo al-Hakim, de apenas siete años: “¿Dónde está Dios cuando el inocente sufre?”. Una pregunta cuya respuesta siguen esperando millones alrededor del mundo.
DEMETRIO
La ambulancia se abría paso a fuerza de sirenas en las congestionadas calles de San Antonio. Llevaban prisa; tenían que salvar una vida, y cada segundo perdido era un paso más hacia la muerte de John Demetrio Hudson. Un buen samaritano lo encontró tirado en la calle, con altas dosis de estupefacientes, esas sustancias psicoactivas, legales o ilegales, con alto potencial de abuso, que estimulan el sistema nervioso central, y causan adicción y graves daños personales y sociales. Y el buen samaritano llamó al 911. Nadie iba a cruzarse de brazos para esperar la muerte de este hombre. Había que luchar por salvarlo, sin conocer o saber lo que había sucedido. Pero, ¿qué había pasado con John Demetrius? ¿Por qué estaba en aquella situación? No mostraba signos de haber sido atacado violentamente; no tenía heridas ni contusiones, y no se trataba de un ataque cardíaco o de otro tipo. Pero, su vida estaba en peligro. Después se supo que había golpeado a su esposa, que le hizo mucho daño, y que, después, quiso terminar con todo, consumiendo la muerte...
Cuando le daban los primeros auxilios, nadie pensaba más que en salvarlo; sin embargo, no era la primera vez que Demetrio visitaba un hospital. Su afición a las drogas lo dominaba por completo, y su historial médico era amplio. Pero, una vida es valiosa, y hay que luchar por preservar la vida. Así que, esa mañana, fue llevado a toda velocidad al Hospital Baptista del Noreste, que era el más cercano al lugar donde lo encontraron; pero, allí no conocían de su historial médico y criminal. Y, aunque lo hubieran conocido, el primer deber del médico es salvar vidas, no juzgar a sus pacientes.
En Emergencia lo estabilizaron; alguien dijo que aquel hombre sufría a causa de una sobredosis de una sustancia peligrosa y, siendo que sus padres tienen una buena posición económica y son reconocidos en la sociedad, era lógico suponer que, por eso, John se libró de la justicia, ya que estaba acostumbrado a la violencia, y trató de terminar con la vida de otras personas, según datos de la Policía. Había algo más: John Demetrio debía ser salvado de sí mismo. Aquellas sustancias lo destruirían sin remedio. Dada su condición y el tipo de sustancia que utilizó, fue trasladado a la Unidad de Cuidados Intensivos. Había que estabilizar a aquel hombre de casi dos metros de estatura, fornido, fuerte. La Policía, que en todo está, conocía su historial de violencia y también era conocido por otros hospitales, pero ignorado por quienes lo atendieron en la Emergencia del Hospital Baptista del Noreste. El paciente fue remitido al personal de la Unidad de Cuidados Intensivos, sin saber que John Demetrius era de cuidado, por sus repentinos accesos de violencia, muchas veces despiadados, destructivos, y, por supuesto, tan peligrosos como criminales. Y James Roy, el esposo de Michelle, de un metro noventa y cinco centímetros de estatura, confió en que los medicamentos especiales que le estaban aplicando al paciente, y que solo en esa Unidad pueden usarse en casos como el de John, lo mantendrían tranquilo, y que le ayudarían a recuperarse y a salvar su vida. Y James estaba allí para cuidar de él; para ayudarlo, para vigilar que evolucionara bien, y para que se recuperara. Era su trabajo, y siempre lo hizo con amor; porque el trabajo del médico debe tener siempre este ingrediente maravilloso: el amor por sus pacientes.
“Si hay algún riesgo de que el paciente se vuelva violento -le dijo una doctora a James-, hay que aplicar el protocolo de seguridad”. “Acuérdese de que ayer cambiaron los protocolos de seguridad para con el paciente que tiene un historial agresivo”. Pero, nadie sabía a quién estaban recibiendo.
Este protocolo, que recién se había implementado en el hospital, implicaba usar esposas, “chachas” de acero, para inmovilizar al paciente mientras sufren un ataque de ira y se vuelven violentos. Había sucedido otras veces. Pero, John estaba tranquilo, respiraba normalmente y, al parecer, dormía. James lo cuidaba. “Es un hombre muy alto y fuerte -le dijeron-, y es mejor que lo cuide alguien como él, y no la otra enfermera que está de guardia en la Unidad de Cuidados Intensivos, que es pequeña y no tiene fuerza”.
James sabía hacer su trabajo. Estudió para servir a sus semejantes. Pero, no le informaron que John era un hombre de cuidados especiales, por lo peligroso que se volvía; y por su historial de violencia, ya muy conocido. Y un hombre fuerte, fornido y de casi dos metros de estatura, con sustancias estimulantes en las venas, podría desatar su ira en cualquier momento, y destruir una vida para siempre. James Roy solo deseaba ayudarlo.
LA LLAMADA
Michelle Roy estaba en su casa, afanada en sus asuntos; acababa de dormir a su niño, y seguía con sus afanes. Su esposo llegaría a eso de las ocho de la noche, cenaría, compartiría con él, y seguirían su vida normal, de trabajo, de lucha y de sueños y esperanzas. Estaban pagando ya su propia casa, y cada centavo era oro puro para ellos. Es lo que pasa con quienes desean salir adelante. Sin embargo, una sombra maligna rodeaba sus vidas; y esa sombra se materializó de repente. El teléfono de Michelle sonó. Era normal. Pero, la llamaba alguien del Hospital Baptista. Y no era su esposo. Aquello le extrañó mucho; y más, porque, al contestar, hubo un momento de silencio. Era un silencio tenso, señal de que algo no andaba bien.
“Es sobre tu esposo” -le dijeron.
A Michelle se le detuvo el corazón en el pecho. La mujer que ama siempre tiene un sexto sentido.
“¿Pasa algo con mi esposo?” -preguntó, alarmada.
En un momento se secó su garganta, se dilataron sus pupilas y el corazón empezó a dar tumbos en su pecho.
“¿Qué pasa con mi esposo?” -preguntó de nuevo.
Se tardaron otro poco en responderle. Al final, le dijeron.
“Hubo un incidente... con un paciente...”.
Michelle reprimió un grito. La angustia empezaba a dominarla.
“¿Un incidente? -dijo-. ¿Qué incidente? ¿Qué me están diciendo con eso? ¿Qué le pasó a mi esposo?”.
El niño dormía. Ella pensó en su hijo. Lo que acababa de escuchar era angustiante y la llenó de temores. ¿Su niño se quedaría sin padre? ¿Era eso posible? ¿Es que, acaso, Dios los había abandonado? ¿Qué tan grave era aquel “incidente” del que nada más querían decirle? Su esposo no podía faltar en su vida. Ella lo amaba. Y el padre de su hijo no podía faltar... ¡No! Y es que bien sabemos la enorme falta que hace un padre en la vida de un niño; en la vida de una niña.
LA TRAGEDIA
John Demetrius estaba agitado; movía brazos y piernas, y la fuerza de su respiración aumentaba. En un momento abrió los ojos; los grandes y negros ojos, llenos de algo extraño; algo que no podría describirse bien, pero que es antesala de un estallido violento. Y la violencia en un hombre como él, de casi dos metros de estatura, es, muchas veces, mortal. ¿Quién podría sostenerse ante un gigante furioso y descontrolado, lleno de sustancias peligrosas y de medicamentos, cuyos efectos son impredecibles? ¿Ante un hombre que ya ha atacado muchas veces a inocentes indefensos?
Se despertó. Algo hervía en su interior. Ira, deseo de hacer daño; sed de matar. Se incorporó en la cama, como un leviatán que se despierta dispuesto para destruir... James lo miró. Corrió hacia él, para acostarlo de nuevo, ya que no se había recuperado. Pero, John Demetrius tenía la fuerza de un súper hombre; de un hombre en el que la droga multiplica las fuerzas, opaca la razón, y desata el dolor y la muerte.
“No” -le dijo James, preocupado; pero, Demetrio no entendía las razones. Era una máquina sin control; una máquina destructora; una máquina que podía dar la muerte con su fuerza descomunal. Lejos del Hospital Baptista, Michelle soñaba despierta con tiempos mejores, con grandes bendiciones; con un bonito futuro para su hijo. La realidad, tan insensible, como la cobra de Egipto, pronto la sacaría de sus sueños; y de una manera cruel