Tegucigalpa, Honduras.- Casi todos hemos sentido, al caer la tarde del domingo, cómo la cabeza se pone a trabajar por adelantado, repasando reuniones, correos y pendientes que aún no existen. Se conoce como síndrome de los lunes, nombre popular que ningún manual clínico recoge como diagnóstico.
Usted que lee esto hoy reconoce esa fatiga sin causa visible y quizá la ha tomado siempre por una falla personal o por señal de que su trabajo no le conviene.
La psicoterapeuta Helen Maradiaga considera que “cuando la rutina no deja espacio para decidir, la mente deja de sentirla propia y la vive como obligación ajena”, y lo ajeno, aunque pese lo mismo, agota más que lo elegido.
Una pista la dieron Matthew Killingsworth y Daniel Gilbert, quienes en 2010 publicaron en Science un estudio con más de 2,000 adultos consultados desde el teléfono durante el día, y hallaron que la mente divagaba cerca de la mitad del tiempo, con menos bienestar asociado, lo que sugiere que buena parte del síndrome se arma en la espera.
Entre las frases que uno se repite por dentro, “no me da la vida” figura entre las más dañinas, y Maradiaga la describe como “una conclusión disfrazada de queja, porque lo que se repite en voz baja termina pareciendo un hecho”.
Pesa casi igual la exigencia de sentir entusiasmo, ya que quien se reprocha su desgana le suma una segunda fatiga a la primera, y la especialista recuerda que “sentir pereza es humano, y juzgarse por ella es lo que la agranda”.
Empiece por identificar con precisión lo que siente, porque para Maradiaga “lo que se nombra con precisión pierde filo, y decir ‘temo no rendir’ alivia más que decir ‘odio los lunes’”.
Escoja después una tarea de hoy que dependa solo de usted y tenga algún sentido propio, por modesta que sea, pues recuperar un poco de mando suele aliviar la presión.
Anote en una hoja lo que de verdad toca hacer, con sus horas y sus límites, ya que lo concreto asusta menos que lo difuso y deja a la imaginación sin material.
Reserve además un cierre deliberado para el próximo domingo, y la psicoterapeuta plantea “darle a la mente una señal clara de que el descanso terminó bien, para que no lo siga buscando de madrugada”.
La cabeza que se adelanta también puede aprender a esperar. Sin ensayos previos, el lunes suele resultar un día bastante más pequeño de lo anunciado.