Tegucigalpa, Honduras.- Al día siguiente de un primer entrenamiento, casi todos hemos bajado las gradas de lado y agarrados al pasamanos.
Los muslos protestan, la espalda reclama y el cuerpo entero parece pedirnos que volvamos al sofá, aunque ese dolor sea la señal de que algo en nosotros empezó a cambiar. Esa incomodidad, tan poco agradecida, suele ser el primer peldaño de la superación.
Usted conoce bien ese momento en que el cuerpo o la mente piden parar, y también lo fácil que resulta darles la razón. ¿Y si la incomodidad que acompaña cada proceso difícil fuera la llave secreta de la superación?
En 1993, K. Anders Ericsson, Ralf Krampe y Clemens Tesch-Römer estudiaron a violinistas de una academia de Berlín y hallaron que los más destacados acumulaban más horas de práctica deliberada, una tarea que ellos mismos describían como exigente y poco placentera, lo que sugiere que mejorar pasa por tolerar cierto fastidio.
La psicoterapeuta Helen Maradiaga considera que “toda mejora real empieza donde quisiéramos parar (...) muchas personas toman esa incomodidad por señal de que van mal encaminadas”.
¿Y si ese fastidio inicial fuera el peaje que toda mejora cobra a la entrada?Robert Bjork, de la Universidad de California, ha descrito desde los años 90 las “dificultades deseables”, condiciones que vuelven más torpe la práctica al principio y que, según su trabajo, podrían dejar un aprendizaje más duradero.
Empiece por ponerle nombre a lo que siente. Pregúntese si lo que lo descoloca es el cansancio de un esfuerzo que avanza o el dolor agudo de algo que lastima.
Fíjese después una regla de 10 minutos. Cuando llegue la tentación de parar, aguante 10 minutos más antes de decidir, porque según Maradiaga “casi siempre las ganas de abandonar bajan de volumen si se les concede un poco de tiempo”.
Dedique luego un tramo de su práctica a lo que peor le sale, sea el ejercicio más difícil de la rutina, la pronunciación de ese nuevo idioma o la parte del informe que más se resiste, pues en ese terreno suele ser donde más se aprende.
Anote, al cerrar el día, qué le costó y qué logró, aunque sean dos líneas. “Lo que se escribe deja de parecer poco y empieza a verse como progreso real”, enfatiza la entrevistada.
Ninguno de estos gestos pide hazañas, apenas un poco de paciencia repetida. Mañana, cuando las gradas vuelvan a cobrarle la cuenta, bájelas despacio y de frente, sin agarrarse al pasamanos.
Esa tirantez —sea en el cuerpo o en la vida— es la superación llamando a la puerta.