Tegucigalpa, Honduras.- Su hijo lleva en el bolsillo una máquina diseñada para que no pueda soltarla. Cada “me gusta” le da un pequeño golpe de dopamina; cada silencio, una punzada de duda. Y mientras usted cree que solo está chateando con sus amigos, su autoestima se está jugando en una plaza que nunca cierra.
Las redes conectan, fomentan la autoexpresión y dan acceso a información ilimitada, pero también alimentan expectativas poco realistas, inseguridades y ansiedad.
El psicólogo Emerzon Castillo, sostiene que “el uso excesivo de pantallas está relacionado con mayores tasas de depresión y soledad en adolescentes, especialmente en mujeres”, por la comparación constante y la presión de proyectar una imagen perfecta.
TikTok e Instagram, de contenido eminentemente visual, exponen a diario a los jóvenes a cuerpos idealizados y estilos de vida inalcanzables. A ello se suma un factor biológico, según el psicólogo social Jonathan Haidt, “el sistema de recompensa del cerebro es sumamente sensible durante la adolescencia, lo que hace que los likes, los comentarios y las comparticiones tengan un peso emocional similar al de la validación en la vida real”.
Cuando la autoestima depende de la aprobación digital, surgen ciclos de duda y dependencia, incluso adicción a la dopamina de cada “me gusta”; su ausencia puede derivar en una espiral depresiva.WhatsApp y Facebook mantienen amistades, pero a costa de mayor exposición a contenidos dañinos, acoso cibernético y fatiga emocional.
La presión por responder al instante genera estrés, y el miedo a quedarse fuera de las conversaciones (FOMO) refuerza una dependencia poco saludable.Los neurólogos recuerdan que el cerebro adolescente aún desarrolla el control de impulsos y la regulación emocional. El uso excesivo de pantallas sobreestimula los centros de recompensa y aumenta la vulnerabilidad a las conductas adictivas.
El riesgo
El fácil acceso a la pornografía puede distorsionar la visión de las relaciones, la intimidad, el sexo y la imagen corporal, y generar expectativas irreales sobre el amor, el consentimiento y la conexión emocional.Las redes no son ni enemigas ni aliadas; su impacto depende del uso.
La clave, apuntan los expertos, está en la orientación atenta de los padres, las aplicaciones de monitoreo y de reducción de tiempo en línea y una disciplina firme pero afectuosa. El reto exige además el esfuerzo de educadores y sociedad. Se trata, en definitiva, no de temer al mundo digital, sino de preparar a las nuevas generaciones para navegarlo con seguridad, criterio y bienestar.