Tegucigalpa, Honduras.- Hay hombres que pasan buena parte de su vida intentando explicar las cifras de un país, pero que, cuando llega la hora de hablar de sí mismos, descubren que las respuestas más importantes no están en los números.
Están en la memoria de una madre, en el amor de una esposa, en las conversaciones con los hijos, en una Biblia abierta, en un café preparado por sus propias manos y en esa fe que permanece incluso cuando la vida obliga a despedirse de alguien que se ama.
Mauricio Díaz Burdett, una de las voces que durante años ha analizado la deuda, la pobreza, el presupuesto y las desigualdades de Honduras, se sienta esta vez frente a nosotros sin el traje del economista ni la distancia del personaje público.
Tiene 68 años y una historia llena de aprendizajes. Y, curiosamente, confiesa estar “nervioso” por esta entrevista. Admite que una parte de sus manos “está fría”. Y quizá ahí comienza a aparecer el Mauricio que pocas veces vemos: el hombre de fe, esposo, padre, hijo y amigo; el amante de las matemáticas, de la música, de los buenos desayunos y de esas pequeñas cosas que, sin hacer ruido, terminan construyendo una vida.
A su edad, mira hacia atrás con gratitud, pero también con la humildad de quien sabe que todavía tiene cosas por aprender. Habla de sus padres, Pablo Díaz Urquía y María Cristina Burdett; de sus hermanos, de su abuelo Max, de la familia que construyó y de las enseñanzas que ahora intenta entregar a sus hijos, Liliana, Elena y Jonathan.
Pero hay una ausencia reciente que atraviesa esta conversación de una manera inevitable. Hace apenas unos meses perdió a su madre, quien estaba por cumplir 96 años. Hablar de ella le cambia el tono de voz. Sus ojos adquieren un brillo especial y, casi sin darse cuenta, una sonrisa se le dibuja en el rostro.
La recuerda llamándolo “mi lindo pajarito”, aquel apodo que nació en los días en que él llegaba a verla con café, pan, leche y pequeños detalles que para ella significaban tanto. Vuelven a su memoria sus visitas, sus manos, sus preguntas y aquella respuesta que tantas veces le dio: “Pronto, madre, pronto”.
Mauricio habla de su madre con lágrimas contenidas, pero también con una profunda paz. Porque si algo atraviesa su historia es la fe: la convicción de que Dios ha acompañado sus pasos, incluso en los momentos más difíciles y dolorosos. Y cuando se le pregunta por el hombre que queda cuando desaparecen los cargos, los títulos y el reconocimiento público, responde con sencillez: queda un hombre que quiere seguir haciendo su mejor esfuerzo por Honduras.
Hoy, en Tictac, Mauricio Díaz Burdett deja por un momento los números, los análisis y los informes para hablarnos de aquello que verdaderamente lo ha construido: su familia, sus recuerdos, sus miedos, sus errores, sus sueños y esa fe que, según sus propias palabras, ha convertido su vida en un milagro.
Andrea Bocelli está entre sus favoritos, pero su playlist también incluye a Luis Miguel, Julio Iglesias, Laura Pausini, Shakira y Taylor Swift. Sobre Bad Bunny, Mauricio considera que la música debe ser “constructiva”.
Entre recuerdos, familia y fe: Mauricio Díaz Burdett en Tictac
Si hoy no tuviera que presentarse como economista, analista, director ni como una voz pública, ¿cómo se presentaría Mauricio?
Como un hombre de fe. Soy un creyente intenso de las cosas de Dios y también un hombre de familia. Ya no soy un joven, he tenido una sola esposa y tengo tres hijos: dos hijas y un hijo. Me considero una persona que todavía tiene sensibilidad por lo que ocurre en Honduras. Intento ser un hombre propositivo, con muchos errores, pero reconociendo que esos errores tienen que superarse.
¿Qué cosas pequeñas de la vida disfruta muchísimo y probablemente nadie imaginaría de usted?
Me encanta reírme de mí mismo. Me gusta bromear. Me apasiona leer la Biblia. Me gusta trabajar. Y hay algo que casi nadie sabe: cuando era niño iba a los cumpleaños con corbatín, medias altas, zapatillas y camisa cuadriculada. Otros niños decían: “¡Ey, mirá cómo se viste ese cipote! ¡Qué raro!”. Yo me sentía fatal. Pero cuando llegaba el momento de jugar y me trataban igual que a los demás, yo era otro indito, otro catracho disfrutando de las cosas.
Quiero llevarlo muchos años atrás. Si cerramos los ojos y volvemos a la infancia, ¿qué es lo primero que aparece cuando piensa en Mauricio niño?
Siempre en el calor de mi madre, de mi padre y de mis hermanas y hermanos. Somos 18 hijos, por lo menos los que llevamos el apellido de mi padre, y era difícil tener una relación con tantos hermanos. Mi hermano mayor, que ya murió, podría haber sido mi padre por la diferencia de edad, pero, irónicamente, es con quien también tenía y sigo teniendo una identidad muy grande.
Mi abuelo Max Burdett era como mi maestro. Le gustaba la historia y las matemáticas, como a mí, y me explicaba muchas cosas relacionadas con la guerra. También le gustaban los caballos y a mí también. Mi padre a quien catalogo como un “hombre muy amoroso” era un hombre de negocios y también era bueno en matemáticas y física.
Mauricio no se considera chef, pero presume de sus “frijoles guisados de ensueño” y huevos con loroco. También disfruta bailar, aunque ahora lo hace con más cautela.
¿Qué le enseñaron en casa que con los años entendió que era mucho más importante de lo que imaginaba?
El principal aporte de mi familia fue enseñarme que hay un solo Dios, que es todopoderoso y que es una compañía permanente, perfecta y necesaria para todo ser humano. También aprendí que el amor puede resolverlo todo. Y aprendí que la disciplina para estudiar y para salir adelante era indispensable.
¿Quién es esa persona a la que usted puede llamar incluso sin saber exactamente qué quiere decirle?
Después de Dios están mi esposa (Liliana Andino) y mis hijos. Hace poco murió mi madre y a mi esposa, que es médica, le tocó la parte dura de tener que decirme: “ya no”. No me dijo “ya murió”, pero cuando me dijo “ya no”, lo supe. Sé que también fue muy duro para ella decírmelo, pero fue la forma más suave en que alguien podía haberme dado esa noticia. Y esos no son momentos de debilidad, son momentos de fortaleza.
¿Qué es lo que más extraña de su mamá?
Ella me puso un apodo. Me decía “mi lindo pajarito”, porque yo podía compartir con ella las cosas que le gustaban. Le llevaba café, pancito, leche... Extraño su presencia, sus visitas, el estrechón de manos, recibir su amor y contestar algunas preguntas, como cuando me decía: “¿Cuándo vas a regresar?” y yo le decía: “Pronto, madre, pronto”.
La extraño, no me da pena decir que muchas veces me salen lágrimas. Ahora mismo las estoy conteniendo. Pero es algo bonito, algo que vale la pena expresar porque honro su memoria.
¿Qué defecto suyo reconoce sin necesidad de pensarlo demasiado?
Soy muy exigente. Y eso es pesado, porque a veces uno incorpora cargas que ni uno mismo puede llevar.
¿Qué le da miedo?
Tengo temor por mi seguridad. Me da miedo perder a mi familia. Tengo una esposa que es sobreviviente de cáncer, una hija sobreviviente de cáncer y otra hija que casi muere hace poco tiempo. Y tengo otro miedo muy importante: ser un mal hombre. No le tengo miedo a la muerte. Ya no soy un jovencito, eso significa que he vivido y he disfrutado muchas cosas.
¿Qué cosa de su vida agradece profundamente, aunque no siempre la diga en voz alta?
La paciencia de mi esposa. Soy una persona un poco difícil. No soy violento, ni en palabras ni en ninguna otra cosa, pero soy complicado. Y ella es médica, así que también tiene sus propias presiones.
Si mañana desaparecieran el cargo, el título profesional, el micrófono y todo aquello por lo que la gente lo reconoce, ¿qué quedaría de Mauricio?
Yo creo que quedaría la esencia misma, que para mí es la más importante: un hijo de Dios como cualquier otro, que ha intentado hacer su mejor esfuerzo en las cosas que le corresponden y que todavía espera poder apoyar causas. Espero seguir siendo Mauricio, el que se levanta en la mañana y disfruta hacer su propio café.
Si hoy tuviera que resumir al hombre que es, no al profesional, no al director del Fosdeh... simplemente a Mauricio, ¿quién es?
Un hombre de fe, que piensa que Dios ha hecho un milagro en mi vida y en la vida de todas las personas que amo.
Después de todo lo que ha vivido, ¿qué cosas todavía quiere experimentar? ¿Todavía tiene algo pendiente?
Sí. Mi sueño es poder trabajar hasta el último día de mi vida... Me gustaría ser futbolista, ja, ja, ja. No quiero ser un señor amargado. No quiero ser un señor que lastime. No quiero ser un hombre malo.
¿Está en paz con el hombre en el que se ha convertido?
Sí. Me siento en paz, me siento tranquilo.