Acta de independencia: la pluma, no el cañón

Valle mismo lo advirtió, la independencia no se agotó en 1821, exige sacrificio permanente: “Si queremos que Centroamérica, nuestra digna Patria, sea una nación independiente, libre y feliz, es necesario que hagamos todos los sacrificios que exige la independencia”

  • Actualizado: 15 de septiembre de 2026 a las 10:26
Acta de independencia: la pluma, no el cañón

Tegucigalpa, Honduras.- Hoy, mucho antes de que saliera el sol sobre el territorio hondureño, ya había palillonas ensayando el último giro de su bastón, bandas de guerra afinando el tambor que despertará a barrios enteros y soldados alineando sus botas para el desfile que arrancó con la primera luz del 15 de septiembre.

El presidente, como cada año, seguramente dirigirá su mensaje a la nación.

Pero permítame preguntarle algo antes de que retumbe el primer tambor: ¿Qué es, en realidad, lo que estamos celebrando? ¿La palillona que marcha con precisión de reloj, el batallón que desfila con el pecho henchido o algo mucho más frágil y menos vistoso: una hoja de papel firmada en la penumbra de una noche de hace dos siglos por hombres que, si hemos de creer a la historia, temblaban ante lo que estaban a punto de firmar?

Los símbolos nacionales, instrumentos de construcción de identidad

La verdad es sencilla y, por eso mismo, desgarradora. Honduras no nació al ritmo de una banda marcial.

En realidad, nació de una frase, un documento entero con carácter de una sola oración fundacional, escrita por mano hondureña, en un salón ajeno, bajo una bandera que no era la suya.

¿Ha leído usted nuestra Acta de Independencia?

La historia

Esa mano pertenecía a José Cecilio del Valle, jurista nacido en Choluteca a quien la posteridad apodó, entre el cariño y la reverencia, “el Sabio”.

La noche del 15 de septiembre de 1821, mientras las campanas de Guatemala repicaban sin descanso y una muchedumbre eufórica desbordaba los corredores del Palacio Nacional, Valle tomó asiento junto a una mesa en medio de aquel tumulto e hizo lo único que ningún militar ni prelado presente sabía hacer con igual destreza: Valle escribió... No escribió un decreto de venganza ni un manifiesto de rencor contra la Corona española, sino un documento de una mesura casi insólita, como quien esbozara una sola frase que dejó constancia de nombres, escuchó voces contrarias y aplazó las preguntas más espinosas en vez de resolverlas a golpes.

¿No es acaso una forma poco común de heroísmo fundar una nación con la pluma y no con el acero?

El Acta, por cierto, “se conserva, con su texto original, hasta el presente, sin haber sufrido alteraciones posteriores”, precisa el historiador Mario Argueta.

Imagínelo usted en ese instante preciso, no como estatua fría de bronce, sino como hombre de carne y nervios bajo una presión insoportable: la tinta secándose con exasperante lentitud, el bullicio del salón demasiado espeso para pensar con claridad y, aun así, logrando una prosa que habría de sobrevivir a todos los que gritaban a su alrededor esa misma noche.

Años atrás ya había dejado escrita la sentencia que los centroamericanos todavía repiten sin siempre recordar de quién procede: “la independencia absoluta es nuestro primer derecho y el fundamento de los demás”.

No era un adorno retórico, sino, más bien, el principio que guiaba toda su obra, el mismo que introdujo con sigilo en el Acta de Independencia, tejido con tal destreza en su lenguaje administrativo que los diputados apenas percibieron hacia dónde los conducía aquella redacción aparentemente inofensiva.

“Existe consenso respecto a que fue el abogado Valle quien redactó el Acta independentista”, aclara Argueta.

El historiador destaca, además, que el punto tercero del Acta remitía la decisión final a las mismas juntas electorales que habían elegido a los últimos diputados centroamericanos ante las Cortes españolas, porque Valle sostenía que los reunidos esa noche en Guatemala no tenían autoridad legal para decidir en nombre de todo el istmo sin consultar antes a las provincias. Y el temor, digámoslo sin rodeos, pesó aquella noche más que el fervor.

El texto que Valle redactó no es un himno encendido a la libertad; se parece, más bien, a un acuerdo legal magistralmente cauteloso que proclamó la independencia en principio, mientras dejaba, sin mayor estridencia, al mismo capitán general de nombramiento español, Gabino Gaínza, al frente del gobierno precisamente la mañana siguiente.

Algunos lectores de hoy encuentran ese pacto decepcionante, incluso timorato. El propio Valle fue explícito sobre este cálculo, recuerda Argueta. El Acta buscaba actuar “para prevenir las consecuencias que serían temibles en el caso que la proclamase de hecho el mismo pueblo”; el propio texto del Acta alude al “clamor que viva la Independencia, repetía de continuo el pueblo que se veía reunido en las calles, plazas, patios, corredores”.

¿Por qué mejor no entenderlo como una alegoría de cómo llega casi siempre el cambio verdadero? No como un rayo que parte el cielo en dos mitades, sino como una brasa transportada con sigilo de una mano temblorosa a otra, cada portador temeroso de ser quien la deje morir, hasta que, contra todo pronóstico, esa brasa sobrevive lo suficiente para convertirse en incendio imposible de sofocar. Porque el tiempo demostró que eso fue.

Lo que pocos recuerdan, sin embargo, es que aquella noche no hubo unanimidad, sino una votación reñida: 23 votos a favor de la independencia contra 7, señala Argueta. Firmantes de la clase alta capitalina como Mariano de Beltranena, Mariano de Aycinena y los hermanos Larrave veían con simpatía la anexión al Plan de Iguala mexicano, que ese mismo día 15 el periódico El Genio de la Libertad reforzaba anunciando la inminente llegada a Guatemala de una fuerza militar mexicana al mando de Vicente Filísola.

Ese criterio, apunta Argueta, fue el que eventualmente prevaleció en la votación. Esa noche, sin saberlo del todo, Guatemala alumbraba ya la línea que dividiría para siempre a conservadores y liberales.

¿Qué significó ese incendio para la generación que lo heredó?

Para Francisco Morazán, nacido en Tegucigalpa apenas una década después de que Valle comenzara a destacar como jurista, la independencia jamás fue la meta final, sino el disparo de salida hacia un proyecto todavía más vasto y más doloroso: la unión del istmo entero bajo una sola bandera.

El adelantado Morazán luchó y finalmente murió por ese sueño inconcluso, pero nos legó una frase que encierra algo más duradero que cualquier unión política, y conviene detenerse en ella justo ahora que se aproxima el desfile: “La grandeza de un pueblo no se mide por la extensión de su territorio, sino por la dignidad y el honor de sus hijos”, escribió.

Y si el Acta lleva el sello de la cautela jurídica, la obra de Morazán lleva el signo contrario: se identificaba, recuerda Argueta, con lo popular y la educación colectiva.

Dos siglos después, en un país que con frecuencia se mide a sí mismo con la vara ajena, esa frase suena menos a nostalgia de aula escolar y más a una deuda todavía sin saldar.

Entonces, visto lo anterior, ¿qué debería significar el Acta de Independencia para usted, apenas unas horas antes de que redoblen los primeros tambores? Pragmáticamente, el documento nunca fue un logro terminado para admirar con la distancia cómoda de quien visita un museo... Piénselo bien... fue un pagaré, un conjunto de obligaciones que la generación de Valle no alcanzó a saldar por completo y dejó, en el sentido más literal, para que las generaciones venideras las honraran.

Argueta coincide: esta Acta, como la de 1823, debe honrarse en cada generación centroamericana.

Cada palillona que marche este martes, cada soldado que desfile con el paso marcado, no está celebrando algo ya concluido en 1821; está pagando apenas un abono pequeño y sincero contra una deuda que sigue pendiente, una suerte de contabilidad nacional disfrazada de fiesta.

Ninguna reflexión sobre cómo los hondureños heredamos este legado sería honesta sin reconocer el temperamento hondamente latinoamericano con que se vive, más que se conmemora, esta fecha.

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Lourdes Alvarado
Lourdes Alvarado
Periodista

Licenciada en Periodismo por la UNAH. Content creator, proofreading, desarrollo en medios digitales, visuales e impresos.

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