Tegucigalpa, Honduras.- La independencia de Estados Unidos en 1776 y la Revolución francesa en 1789 contribuyeron a difundir ideas de libertad, soberanía y derechos individuales que, junto con otros factores, influyeron en los procesos políticos que posteriormente se desarrollaron en las colonias americanas bajo dominio español.
Los primeros territorios en los que se inició la conquista y colonización española fueron los de la isla de La Española (Haití y República Dominicana). Los españoles llegaron en 1492 y, a partir de 1493, establecieron los primeros asentamientos.
La expansión española continuó por Puerto Rico, Jamaica y Cuba, y posteriormente avanzó hacia el continente: Panamá, México, Centroamérica y Sudamérica. Es así como, desde finales del siglo XV, se estableció un dominio que durante años se enfrentó a la resistencia de los pueblos originarios, quienes fueron sometidos durante siglos a un sistema colonial que alcanzó los principales ámbitos de la vida política, económica y social.
Pero a finales del siglo XVIII comenzaron a cobrar fuerza nuevas ideas políticas, influenciadas, entre otros acontecimientos, por la independencia de Estados Unidos y la Revolución francesa.
Esta transformación del pensamiento político terminaría contribuyendo a debilitar el poder de la Corona española sobre sus colonias americanas. No obstante, no en todas las regiones la independencia ocurrió de la misma manera.
Influencia
La independencia de las Trece Colonias británicas de América del Norte, que proclamaron ideas de libertad, representación política y derechos individuales provenientes de la Ilustración, ese movimiento cultural e intelectual que se desarrolló principalmente en Europa durante el siglo XVIII y que surgió en oposición al absolutismo monárquico y al dogmatismo religioso, contribuyó a difundir nuevos conceptos políticos que posteriormente tendrían eco en América.
Cobró fuerza la idea de que el pensamiento crítico y el conocimiento científico conducían al progreso humano y a la libertad individual, principios que cuestionaban las estructuras políticas y sociales establecidas por las monarquías europeas.
El historiador Guillermo Varela dice al respecto que la independencia de las colonias es la herencia de ese pensamiento, sumado a la doctrina del liberalismo político, “que plantea que la mejor forma de gobierno es aquella que subyace de la soberanía del pueblo, no del monarca”.
“Una soberanía que implica que los ciudadanos se dan un gobierno, se ponen de acuerdo para que se respeten un mínimo de garantías, sobre todo el derecho a la propiedad, a la vida, a la búsqueda de la felicidad, como dice el preámbulo de la Constitución de los Estados Unidos de 1776. Y lo único que puede llevar a cabo esto es un régimen político que tenga controles; no puede ser un rey o un ejecutivo que controle la legislación y controle el poder judicial, sino que debe haber poderes separados del Estado que sean independientes, pero, a la vez, complementarios. Es decir, el Parlamento debe funcionar en cierta relación con el Ejecutivo, con el objetivo de que se gobierne con contrapesos y límites a la autoridad de una sola persona”.
Una historia de independencias
Es así como, a partir de esas ideas de libertad que cobraron fuerza y de la crisis de las monarquías europeas, en 1804 Haití se independizó de Francia, tras una revolución iniciada en 1791. Fue un proceso diferente al de las colonias españolas, pero tuvo un enorme impacto en el contexto político del continente.
En Hispanoamérica, los procesos independentistas fueron protagonizados por distintos sectores sociales, aunque en muchos territorios el liderazgo político estuvo principalmente en manos de los criollos, también participaron mestizos, indígenas, afrodescendientes y otros sectores populares, con un peso diferente según cada región.
A partir de 1810 comenzaron importantes movimientos independentistas en Hispanoamérica. Paraguay rompió con el dominio español en 1811, las Provincias Unidas del Río de la Plata en 1816, Chile lo hizo formalmente en 1818, la independencia de la Gran Colombia se consolidó militarmente en 1819-1821, México consumó su independencia en 1821 al igual que Centroamérica y Perú; Ecuador en 1822 y Bolivia en 1825.
En Venezuela, la independencia fue declarada el 5 de julio de 1811, pero el proceso militar se prolongó durante varios años hasta que en 1823 se consolidó el fin del dominio español.
En Centroamérica fue un proceso principalmente político, en comparación con las guerras que se desarrollaron en México, Venezuela, Colombia, Chile y Perú. Señala el historiador Guillermo Varela que en México hubo una gran participación de los sectores populares.
“México fue el núcleo que movió dos revoluciones radicales de independencia fallidas, lideradas por dos curas liberales ilustrados. Primero Miguel Hidalgo en 1810 y después José María Morelos en 1814”.
Estos curas plantearon, entre otras demandas, el reparto de tierras y la abolición de formas de trabajo forzado que afectaban a los pueblos indígenas. En ese momento, una parte importante de la propiedad de la tierra estaba concentrada en las élites.
“Esta radicalidad desembocó en un movimiento que fue muy sangriento y reprimido, incluso en alianza los españoles con los criollos, que en principio querían independencia, pero que vieron en las pretensiones de estos curas liberales mucha radicalidad, se alían las dos fuerzas y terminan ejecutando a estos dos curas. En ese sentido, los sectores populares fueron importantes en ese movimiento que puso a temblar a la Corona española para el caso de México”, señala Varela.
En Sudamérica hubo numerosas batallas. Venezuela fue escenario de uno de los procesos más prolongados y violentos; en Colombia también hubo una guerra prolongada. En Chile, la lucha militar entre patriotas y realistas también se extendió durante varios años.
En Perú, aunque José de San Martín proclamó la independencia en 1821, la guerra continuó hasta 1824. Hubo, por tanto, países que cruzaron un camino hacia la independencia verdaderamente espinoso, no obstante, aunque Centroamérica lo hizo en una especie de llanura, la ausencia de una guerra no significó que los desacuerdos políticos posteriores a la independencia dejaran de marcar la historia de la región, una cicatriz cuyos efectos todavía perduran.