Tegucigalpa, Honduras.- Honduras no tuvo una independencia sino tres: la ruptura con la Corona española en 1821, la separación del efímero Imperio mexicano en 1823 y la disolución final de la República Federal de Centroamérica años después.
El historiador Mario Argueta insiste en recordarlo porque ese proceso complejo y prolongado terminó reducido a un único ritual anual, uno que “no abona al conocimiento cívico e histórico” y que se ha convertido, según él, en “concursos musicales y de belleza, propios para ocasiones distintas”.
La duda que deja esa afirmación no es tanto qué perdieron las nuevas generaciones frente al desfile, sino qué tanto llegó a enseñar ese acto en primer lugar.
Argueta va más allá y pone en entredicho el contenido cívico de las ceremonias escolares, que a su juicio han perdido “fuerza, contenido, mensaje, si es que alguna vez lo tuvieron”.
Como ejemplo de aprendizaje histórico genuino, menciona el redescubrimiento reciente de Cicumba, cacique tolupán que resistió la conquista española en el valle de Sula. Cita también el trabajo de dos generaciones intelectuales concretas: la de 1926, que fundó la actual Academia Hondureña de Geografía e Historia, formada tras la guerra civil de 1924, y la de 1969, surgida después de la invasión salvadoreña al territorio hondureño.
Ambas, explica, se dedicaron a estudiar las causas de esos hechos trágicos para no repetirlos, un ejercicio cívico que no dependía de ningún uniforme ni de ninguna banda de guerra.
La psicóloga Anjannette Gavarrete mira el mismo fenómeno desde otro punto de partida, uno que no cuestiona el formato del desfile sino la forma en que los adultos interpretan la distancia de los más jóvenes hacia él.
“A veces confundimos el orgullo por un país con la manera en que esperamos que ese orgullo se manifieste”, dice, y pone el ejemplo de un adolescente que puede sentirse identificado con la Selección, con la historia o con la música nacional, y al mismo tiempo no encontrarle sentido a permanecer dos horas de pie en un acto escolar.
La diferencia no está en el símbolo, sino en el significado que cada generación necesita construirle antes de repetirlo por costumbre.
Esa construcción de sentido ya no depende, según Gavarrete, exclusivamente de los canales tradicionales.
La identidad de un adolescente puede expresarse hoy en una canción, una publicación o una comunidad digital, con la misma legitimidad con que antes se expresaba cantando el himno en una fila escolar, y leer esa diferencia como ausencia de identidad sería, advierte, un error de interpretación.
La pertenencia a un país convive siempre con la necesidad de autonomía, y un símbolo patrio se adopta con entusiasmo cuando logra conectar con la realidad propia, no cuando se impone sin explicación.
Tres independencias caben mal en un solo desfile. Puede que lo que hoy se lee como desapego juvenil sea, en el fondo, el reclamo más antiguo de todos, el de una historia que merece más que un cuadro de palillonas y una banda de guerra.