Filomena Rodríguez: entre la aguja y el pincel

Esta es la historia apenas contada de una mujer, Filomena Rodríguez, que pudo participar, desde la intimidad de su oficio y de su vida compartida, en la construcción de uno de los pintores más importantes del arte hondureño.

  • Actualizado: 02 de septiembre de 2026 a las 12:09
Filomena Rodríguez: entre la aguja y el pincel

Tegucigalpa, Honduras.- El pasado 30 de agosto se cumplieron 130 años del nacimiento del pintor Pablo Zelaya Sierra.

Pintado en Madrid para ser expuesto en la Sociedad de los Artistas Ibéricos, "Las monjas" ocupa un lugar central en su trayectoria. Detrás de aquella imagen se oculta una segunda imagen: un piso en la calle Tudescos, una modista llamada Filomena y una relación en la que la vida compartida trascendió para convertirse en materia artística.

Pablo Zelaya Sierra, la constante reflexión del arte

Filomena Rodríguez Gallegos nació en Madrid en 1888. Era modista y en su juventud mostró interés por el teatro y había impartido clases de declamación en el Real Conservatorio de Música. El 16 de julio de 1924 contrajo matrimonio con Pablo Zelaya Sierra en la parroquia de San Martín.

Podemos reconstruir el mundo interior de aquel piso a partir de los objetos de sus oficios: telas, hilos, agujas, patrones y tijeras junto a pinceles, óleos, bastidores y frascos de trementina. La aguja y el pincel parecen pertenecer a galaxias distantes. La primera penetra la materia y la une; el segundo la cubre y la transforma. Aquella trabaja con el hilo; este con el pigmento. Sin embargo, entre las manos que cosen una tela y las manos que extienden el color sobre el lienzo hay una distancia breve: ambas trabajan sobre una forma que no existe.

Las monjas, obra presentada en la primera exposición de la Sociedad de Artistas Ibéricos en 1925.

Filomena trabaja con las formas que adquiere una tela sobre el cuerpo; Pablo busca formas sobre la tela. La cercanía de ambos oficios es mayor de lo que puede parecer. La modista y el pintor conocen el secreto de los pliegues: saben que una superficie puede adquirir volumen, que una línea puede contener un cuerpo, que una materia aparentemente inmóvil puede adquirir movimiento. Filomena conocía ese secreto con las manos; Pablo lo cultivaba con los ojos.

Hay una fotografía en el archivo Zelaya-Alonso que permite detenernos en esa comunión de oficios. Filomena aparece vestida de monja. Lleva el hábito, sostiene un libro y adopta la actitud serena que después encontraremos en "Las monjas". La fotografía conserva a la mujer antes de que su marido la convierta en personaje.

El hecho de que Filomena fuera modista vuelve la escena sugestiva. No sabemos si ella confeccionó el hábito que lleva puesto, aunque su oficio permite imaginarlo. Probablemente caminó hasta la mercería y escogió la tela, trazó el patrón, cortó las piezas, cosió los pliegues y ajustó la prenda al cuerpo. Después se vistió de monja y posó para Pablo. Lo que había sido un trabajo de costura comenzó a convertirse en materia de pintura.

En "Las monjas" el hábito deja de ser una prenda para convertirse en forma. Los velos azules construyen una arquitectura alrededor de los cuerpos; las telas reciben la luz y los pliegues conducen la mirada del espectador. Primero hacia la religiosa que espera de pie y después hacia aquella que lee las partituras. Todo parece suspendido en una hora de silencio. La fotografía nos devuelve al instante anterior a esa quietud en donde aquella figura fue cuerpo, vestido, pose y mirada.

La pintura suele conservar el resultado y borrar el camino. Vemos el cuadro terminado y olvidamos la persona que posó y las manos que prepararon la escena. Por fortuna ahora contamos con una fotografía que permite recuperar ese trayecto. Y permite además pensar que "Las monjas" es el dulce fruto de una vida compartida: Filomena aportando su oficio y su presencia; Pablo, su mirada y su pintura.

Pablo Zelaya Sierra regresó a Honduras en 1932 y murió en Tegucigalpa en 1933. Filomena tuvo que padecer la noche franquista, y aun así vivió hasta 1980. Durante décadas llevó consigo la memoria de aquellos días al lado de su esposo en aquel piso de la calle Tudescos.

A 130 años del nacimiento de Pablo Zelaya Sierra, conviene regresar la mirada a "Las monjas". Allí está Filomena: en la fotografía que conserva su rostro, en el hábito que pudo haber pasado por sus manos, en el cuerpo que posó y en la intimidad desde la cual aquella imagen comenzó a construirse. Entre la aguja de Filomena y el pincel de Pablo, "Las monjas" encontró su camino hacia la posteridad.

Únete a nuestro canal de WhatsApp

Infórmate sobre las noticias más destacadas de Honduras y el mundo.
Te gustó este artículo, compártelo
Últimas Noticias