Tegucigalpa, Honduras.- La independencia de 1821 no nació con fronteras claras ni con una soberanía unificada. Fue, más bien, un proceso fragmentado, decidido en Guatemala y propagado con lentitud hacia provincias como Honduras.
205 años más tarde, aquella imprecisión fundacional convive con una realidad demográfica que se desborda todavía más.
Al 1 de enero de 2025, España registraba 177,929 personas de nacionalidad hondureña, según su Instituto Nacional de Estadística. Estados Unidos, de acuerdo con su Oficina del Censo, sumaba en 2024 más de 1.4 millones de personas de origen hondureño.
Una parte importante de esa migración se produjo en las últimas tres décadas, particularmente después del huracán Mitch de 1998, cuando el colapso económico aceleró un desplazamiento que hasta entonces había sido gradual.
Esa población organiza, cada 15 de septiembre, actos cívicos propios en ciudades como Houston, Nueva Orleans, Madrid o Barcelona, con una intensidad que el historiador Jorge Alberto Amaya, quien ha documentado esas celebraciones en ambos países, describe como superior a la que suele observarse dentro de Honduras.
El fenómeno, sostiene, no responde a un exceso de patriotismo, sino a una economía afectiva precisa, en la que el símbolo se intensifica en proporción a aquello que amenaza con perderse.
“Esa parafernalia de mayor entusiasmo responde fuertemente a algo que podríamos llamar la melancolía o la nostalgia de la tierra, la lejanía”, explica. “Es como mantener unido el cordón umbilical con la tierra de origen, con la patria natal”.
Ese cordón, sin embargo, sostiene un vínculo que ha dejado de tener como horizonte obligado el regreso.
Transcurridas tres o cuatro décadas en el exterior, señala Amaya, buena parte de los migrantes hondureños “saben finalmente que se van a quedar viviendo hasta su muerte en el país adoptivo”.
La fecha patria conmemora entonces la persistencia de un afecto hacia una nación que muchos dejaron de habitar hace décadas.
Vale la pena preguntarse si es posible sostener el sentido de pertenencia a un país desde una vida construida lejos de él, o si lo que permanece es un cariño cultural, desligado ya de un proyecto de vida compartido con el país de origen.
Herencia de segunda mano
Ese cariño, más cultural que ligado a la vida cotidiana, se transfiere además a descendientes que jamás han pisado el territorio nacional, en un proceso que la antropología de las migraciones ha documentado en comunidades de larga data.
Amaya localiza un precedente dentro de la propia Honduras, en comunidades migrantes asentadas hace más de un siglo, cuyos bisnietos, hondureños por nacimiento, “conservan comida, festividades, rituales, incluso clubes sociales” sin haber conocido jamás la tierra de sus antepasados.
Ese mismo patrón de transmisión, sostiene el historiador, empieza a replicarse en sentido inverso dentro de la diáspora hondureña contemporánea, entre hijos y nietos de migrantes para quienes septiembre constituye una herencia narrada y no una experiencia propia.
Es posible imaginar que, dentro de un siglo, haya bisnietos de hondureños en Pensilvania, EUA, que sigan colgando una bandera de cinco estrellas sin hablar español, sin haber visitado jamás Copán ni el Cerro Juana Laínez, y que, sin embargo, se sientan con total legitimidad hondureños.
Esa posibilidad, más que cualquier desfile del 15 de septiembre, sería una de las pruebas más profundas de que la independencia sí logró fundar una nación, solo que no exactamente la que sus próceres imaginaron.