Crímenes

Selección de grandes crímenes: Un mártir llamado Alfredo

Derrotar al Narco debe ser la primera tarea de cualquier gobierno
11.12.2022

TEGUCIGALPA, HONDURAS.- Este relato narra un caso real.

NOTA INICIAL. Nada es más dañino para las sociedades que el Narcotráfico, así, con mayúscula, para identificarlo como un ente perverso, maligno y más destructivo que el mismo Leviatán. No solo corrompe con sus miles de millones a aquellos que, en nombre de la ley y de la justicia tienen el deber de combatirlo, sino también compra las conciencias de empresarios que se olvidan de que las ganancias honestas atraen honores, paz y más riqueza, y que lo ilícito ha de traer siempre incertidumbre, penas, angustia y dolor, porque lo que se hace en esta tierra, en esta tierra se paga, nos guste o no. Aparte de esto, el Narcotráfico destruye a la juventud, la envenena con estupefacientes, y les roba las oportunidades de desarrollo, hundiéndolos en la miseria que la drogadicción produce, económica, física y mental.

Cada año mueren en el mundo más de setecientas mil personas a causa de las drogas. Casi dos mil personas cada día. Un estimado de entre ochenta y cien personas cada hora. Y este gravísimo problema de las sociedades va en aumento, sin que hasta ahora los países hayan podido detener su avance, y mucho menos limitarlo. Y es que, al generar casi doscientos mil millones de dólares solo en el área de Centroamérica, el poder del Narco es irresistible, es imbatible, y es capaz de hacer soñar a miles. Y la pregunta obligada es: ¿hasta dónde vamos a llegar?

Fuentes de Inteligencia, si es que en realidad son inteligentes, aunque muchos han demostrado mucha inteligencia al enriquecerse al servicio del Mal, aseguran que siguen aterrizando avionetas cargadas de droga, que más y más barcos pesqueros y lanchas rápidas siguen trayendo grandes cargamentos que van en camino hacia Estados Unidos, aunque una buena parte se queda en Honduras para el consumo, para la riqueza y para el veneno de muchos.

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Aunque se ha hecho mucho para combatir al Narco, falta mucho más por hacer, empezando por la buena voluntad y la entrega a esta causa nacional de parte del gobierno del socialismo autocrático, falso, mentiroso y más fascista que el nacionalsocialismo de Adolfo Hitler.

Sin embargo, creo que de nada hay que admirarse, sencillamente, porque ha de cumplirse la última profecía de Jesucristo, que dijo que en los últimos tiempos los hombres serían más amadores del dinero y de las riquezas ilícitas que de sí mismos y de su prójimo. Ni modo. Lo grave de esto, es que vamos caminando hacia el abismo, y que por más que el pueblo sueñe con liderazgos capaces de darle una vida mejor, con oportunidades reales de desarrollo y de paz para todos, seguirá hundido en esos sueños. Y, al fin y al cabo, como dijo Francisco de Quevedo, los sueños, sueños son.

A nadie ha de molestar lo que aquí digo, porque ceñido a la verdad estoy. El Narco es nuestro peor enemigo; lo fue ayer, y lo sigue siendo hoy.

Así declamaba Alfredo Landaverde, aquel valiente que un día alzó su voz contra el Narco y contra sus socios y sus cómplices en Honduras.

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“El narcotráfico está llevando a la ruina al país -dijo, en muchas ocasiones-; hay que detenerlo antes de que sea demasiado tarde”.Hilda Caldera, su esposa y compañera por más de treinta y dos años, tenía miedo de que aquellas palabras y de que su valentía les trajera consecuencias desastrosas. Hubiera sido bueno que se callara algunas veces, que bajara el tono de sus denuncias cargadas de indiscutible verdad, y que dejara pasar el tiempo, por si con el tiempo las autoridades decidían enfrentarse a los grandes capos y a sus protectores y siervos, para darle un mejor provenir a los hondureños; pero ¿cómo detener a un valiente que cree en su propia causa y que la defiende, aun hasta el sacrificio? ¿No vino, así, y con esas misma intenciones, un Santo que bajó del cielo para defender su causa en favor de los hombres que estaban separados de Dios y que merecían ser perdonados por sus pecados y transgresiones a través de su sangre santa e inmaculada? El problema es que a los mesías, a los redentores y a los héroes se les mata; se les asesina para defender el statu quo, los intereses religiosos, políticos y económicos de los perversos que usufructúan el poder en nombre de la diosa Avaricia. Y así pasó con un héroe llamado Alfredo Landaverde.

CRIMEN

La mañana del 7 de diciembre de 2011, dos hombres en motocicleta se acercaron a su carro Kia, en realidad, era el carro de su esposa, ya que el suyo estaba en el taller, y le dispararon sin compasión. Pero aquellos criminales no actuaron solos. Cerca de ahí había muchos asesinos más, dirigidos “por oficiales de Policía” que servían al Narco. Dos años antes, policías que también servían a los grandes capos mataron con la misma saña al “zar” antidrogas, el general retirado Julián Arístides Gonzales. Estas muertes sirvieron para demostrar la enorme podredumbre que había en la Policía Nacional. Incluso, la comisionada María Luisa Borjas declaró que “el propio director de la Policía la llamó para pedirle el dinero que estaba obligada a conseguir de parte de los narcotraficantes y de los traficantes de armas que se movían en el departamento de El Paraíso”.

¿Qué puede hacerse cuando los que deben defender la Justicia sirven al crimen organizado?“Esto es lo peor que ha podido pasarle a Honduras -dijo Alfredo Landaverde-; nos están robando el futuro, le están robando la vida a la juventud, y es hora de detenerlos. Yo hablé con el director de la Policía Nacional y él me dijo que sabía que la institución estaba copada por gente al servicio de los narcotraficantes, y que caminar allí era como caminar por un campo lleno de minas”.

Dice Hilda Caldera, la viuda de Alfredo Landaverde, que ella “sigue admirando a su esposo. Era tan culto, tan caballero, tan buen esposo y tan buen padre; pero, sobre todas esas cosas, era tan buen patriota, que hasta ofrendó su vida, su propia vida, por el bienestar de Honduras; para que Honduras se viera algún día libre del flagelo del narcotráfico, tan dañino y destructivo en nuestra sociedad como en todas las sociedades del mundo”.

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Aquellos hombres lo seguían de cerca, y solo esperaban a que su víctima bajara la velocidad para dispararle con la seguridad de que le quitarían la vida. A fin de cuentas, para eso fueron contratados. ¿Y quién estaba detrás de la muerte de Alfredo Landaverde?Un general de la Policía dice que detrás de esta muerte estaba “un capo poderoso”, una especie de “Chapo” Guzmán hondureño.

MUERTE

Los disparos sonaron como simples cohetillos en medio del barullo que había en la calle, en el desvío a la colonia 21 de Octubre. Pero las balas dieron en el blanco. Y aun alcanzaron a la esposa de Landaverde. Ella se giró hacia la izquierda cuando sintió el “fogonazo” en su cuerpo, y vio cómo el carro avanzaba solo hasta estrellarse contra un poste. Quiso ayudar a su marido, y, cosa extraña, “cerca de allí estaba una ambulancia de la Policía”, que se prestó para auxiliarlos de inmediato. Bajaron a su esposo herido y lo subieron en la ambulancia. Ella iba a su lado. Él estaba boca arriba, un charco de sangre había bajo su cabeza, y tenía la boca y los ojos abiertos, como si por allí se le hubiera escapado la vida. A pesar de que lo llevaban para darle ayuda médica, Alfredo Landaverde ya estaba muerto.

“Sentí ira, cólera, y no sé si a esto se unió un odio horrible, como nunca ha nacido en algún corazón. Vi a mi esposo muerto, y por un momento sentí enojo contra él, porque él se había puesto en peligro al decir verdades que, en su opinión, debían beneficiar a todo un pueblo; pero ahora nos dejaba solas, a mi hija y a mí, y me dejaba tan enamorada como el primer día, como el día en que me entregué a él, como el día en que me hizo su esposa”.

Hilda no lloró a su esposo sino hasta dos años después. Se dedicó a perseguir a los criminales. Había visto a uno de ellos, pero solo de espaldas. Sin embargó, tenía aquel hombre una característica especial. Tenía los hombros recogidos hacia adelante. Esto le sirvió para identificarlo en el Ministerio Público. Con este asesino cayeron sus compañeros; y los autores intelectuales, y los que pagaron por la muerte de Alfredo Landaverde. Hoy, muchos de estos están en las cárceles de Honduras y de Estados Unidos.

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“Si me matan por decir la verdad -dijo, en una ocasión, Alfredo Landaverde-, pues, que me maten. Honduras va a mejorar con mi muerte, porque los narcos que me manden a asesinar van a caer, tarde o temprano, y mi sacrificio habrá servido para bajarlos del trono de corrupción y de impunidad en el que están sentados, haciendo todo lo malo que puede nacer en hombres perversos, en criminales tan despiadados como ellos”.

JUSTICIA

¿Se le hizo justicia a Alfredo Landaverde? ¿Ha sido suficiente con nombrar al sitio donde lo mataron Plaza Alfredo Landaverde? ¿Qué hará el gobierno de doña Xiomara para seguir adelante con el legado de este mártir de los hondureños? Ya que les han hecho “justicia a medias” a unos cuantos, la verdad sea dicha, de los “comandos insurreccionales” que les ayudaron a llegar al poder, para engrandecerse y ensoberbecerse en él, deberían crear un premio en honor a este hombre valiente, apoyar a su viuda y a su hija, y luchar de verdad contra ese flagelo maldito que es el narcotráfico. Pero si ni siquiera le han hecho justicia al doctor Emec Cherenfant, que les ayudó a ganar las elecciones, mucho menos para que le hagan justicia a este hombre que dio la vida por Honduras.

Por mientras, Alfredo Landaverde vive en el corazón de quienes lo conocieron, de quienes lo estimaron y amaron, y de quienes compartieron con él sus ideales de grandeza, de seguridad, de paz social y de desarrollo rea para Honduras. Descanse en paz este mártir. Descanse en paz.

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