Honduras

Cien años repartiendo amor, nobleza y solidaridad

Mientras el mundo entero despide mañana el año 2012, doña Jacinta Rivera arribará a un siglo de vida. Ella se rehúsa a utilizar bastón para caminar porque asegura que “eso es para los viejitos”. Insiste en querer tener dinero para regalarle “aunque sea un almuerzo a la gente”.

07.04.2014

En su cabellera hay miles de hilos de plata y en sus cálidas manos hay miles de millones de caricias para quienes han sido arrullados por sus brazos.

El mundo entero mañana le dice adiós al 2012, pero doña María Jacinta Argeñal, “Doña Chinta”, como también la conocen, le da la bienvenida a un nuevo siglo de vida.

Doña Jacinta nació en el barrio La Cruz, antes barrio El Tejar, de la ciudad de Choluteca, el 31 de diciembre de 1912, el mismo año en que el mundo estaba conmocionado por el naufragio del Titanic.

Esta risueña y jovial abuelita conmemora 100 años de repartir amor, caridad, nobleza y hasta consejos para saber construir un matrimonio feliz.

“Yo solo he tenido un marido”, recuerda, al tiempo que aconseja con lucidez que “la mujer debe tener paciencia porque así es que uno logra un buen matrimonio”.

Para “Doña Chinta” es misión de toda mujer mantenerse siempre guapa y muy bien arreglada para halagar a su esposo. De ahí que no es extraño que esta amorosa abuela permanezca siempre impecable.

Doña Jacinta tampoco sabe lo que significa padecer de hipertensión, diábetes o cualquiera de las enfermedades que aquejan a los hondureños.

“Yo siempre he comido sano, por eso he durado tanto”, dice la jovial abuela.

Su actitud sorprende a los siete hijos que le sobreviven, a los 44 nietos, los 64 bisnietos y a sus dos tataranietos, pues se rehúsa a utilizar un bastón para auxiliarse cuando camina. “Esas cosas son para los viejitos... mejor regálenlo”, dice jovialmente.

Su familia

Doña Jacinta es la mayor de 14 hermanos y, a pesar de ser la de más edad, es la única que sobrevive. Según ella, todo se lo debe a una alimentación sana. El secreto de su eterna juventud radica en una alimentación a base de miel, avena y frutas.

Su eterno compañero de hogar fue José Alberto Rivera, un reconocido docente y director del instituto José Cecilio del Valle, de Choluteca, quien además fue fundador del instituto Superación. Junto a él procreó diez hijos, tres de ellos ya fallecidos.

Junto al hombre con el que contrajo nupcias a la edad de 21 años formó un hogar en el que imperó el trabajo honesto, pues durante años se dedicó a la elaboración de exquisitos dulces y deliciosos platillos.

Esta actividad le permitió desarrollar un sentido de nobleza y solidaridad con sus semejantes.

Quienes la conocen recuerdan cómo nunca le faltó la costumbre de ofrecerle un plato de comida gratuito a quienes lo necesitaban.

Esa nobleza aún la conserva, pues días atrás lloraba desconsoladamente y la razón podría dejar helado a cualquiera: “Es que yo quisiera tener un montón de dinero para cocinar bastante comida y regalarle aunque sea almuerzo a toda esa gente...

Usted sabe, si alguien hace al menos el almuerzo, ya tiene para aguantar todo el día”, dice con una lucidez envidiable.

Aún recuerda que a sus diez hijos les transmitió los valores morales que durante su siglo de vida le ha venido inculcado a toda su familia.