Tegucigalpa, Honduras.- Mientras se informa acerca de los continuos avances e impactos positivos de la inteligencia artificial (IA) en infinidad de campos, numerosos científicos, políticos, economistas e incluso algunos impulsores de esta tecnología, advierten del riesgo de que la IA pueda eliminar decenas de millones de puestos de trabajo.
Algunos vaticinan escenarios apocalípticos y extremos, en los que una IA con conciencia propia y enfocada en su propia supervivencia y evolución, escapa al control de los seres humanos, y llega a sustituirlos, destruirlos o esclavizarlos.
Y los propios desarrolladores admiten que, debido a la complejidad de esta tecnología que en algunos casos ya se programa a sí misma, no se conocen por completo el funcionamiento interno ni el proceso exacto que utilizan los algoritmos de algunos modelos de IA para tomar una decisión determinada o llegar a ciertas conclusiones.
Del catastrofismo a los temores infundados
Con todos estos pronósticos catastrofistas, que van calando poco a poco en el imaginario colectivo, no es raro que en muchas personas esté surgiendo un creciente temor a la inteligencia artificial, la denominada "IA fobia", advierten los especialistas.
Pero ¿en qué medida están justificados esos temores? ¿Los vaticinios de que la IA pueda convertirse en una amenaza para la Humanidad, o una entidad fuera de control, reflejan posibilidades reales o son meras fantasía o teorías de ciencia ficción?
“Los verdaderos riesgos y peligros vienen de la mano del desconocimiento, acerca de cómo funciona la IA, y también de utilizar esta tecnología sin criterio”, señala Manuela Delgado, ingeniera, consultora en innovación y divulgadora tecnológica, especializada en inteligencia artificial.
Otros posibles riesgos de los sistemas inteligentes, en lo que se refiere a su uso por parte de gobiernos, empresas y organizaciones, provienen de la falta de seguridad y/o ética en su implantación, así como de aquello que se decide delegarle a la máquina, de acuerdo con esta especialista.
Implantación acelerada y paradoja social
La IA ha pasado de ser un debate de círculos tecnológicos a convertirse en una infraestructura de nuestra cotidianidad, presente en productos de consumo masivo, herramientas que transforman el entorno laboral y algoritmos que moldean nuestras decisiones diarias, según esta experta, que profundiza en estas ideas en su libro "Los secretos de la IA".
Delgado considera que “la rapidez de este desembarco ha generado una paradoja social: nos movemos de forma errática entre la fascinación ciega y un pánico abstracto a ser sustituidos, convirtiéndonos a menudo en sujetos pasivos de una revolución que no comprendemos”, según explica en una entrevista con EFE.
Para esta experta “la tecnología tiene sentido si sirve para mejorar la vida de las personas”, pero “solo desde el conocimiento crítico de esta revolución tecnológica seremos capaces de usar la IA a favor de nuestros propios intereses, aprovechar su potencial y evitar situaciones de riesgo y vulnerabilidad sistémica, o convertirnos en maniquíes del algoritmo”.
Las tres caras del riesgo institucional
Para Delgado “el verdadero peligro institucional tiene tres caras: la opacidad (decisiones automatizadas que ni siquiera sus creadores pueden explicar del todo debido al complejo sistema en el que se basa esta tecnología); la velocidad de despliegue que va por delante de la regulación; y la concentración de poder en muy pocos actores que controlan la infraestructura de estos sistemas”.
Esta experta recalca que “el riesgo real no es que la IA ‘se rebele’”, considera que “estamos lejos de que eso suceda” y señala que el riesgo se refleja en el hecho que la IA está tomando decisiones en distintos escenarios.
Según esta especialista existen casos documentados relacionados con estos riesgos, que “no son hipótesis, son hechos reales”.
Buscando el equilibrio entre regulación e innovación
Por ejemplo, el “algoritmo COMPAS, usado en tribunales estadounidenses para predecir reincidencia, mostró sesgos raciales sistemáticos, mientras que un gigante mundial del comercio electrónico tuvo que retirar un sistema de selección de personal porque penalizaba los currículums de mujeres”, señala Delgado a EFE.
Agrega que, en España, “una investigación de la Fundación Civio detectó errores y resultados incorrectos en el funcionamiento de BOSCO, una aplicación informática utilizada por el Ministerio para la Transición Ecológica para comprobar si las personas solicitantes cumplían los requisitos del bono social eléctrico”.
Añade que “el Tribunal Supremo español obligó a la Administración a abrir parte de ese código, en una sentencia histórica para la transparencia algorítmica” y que “en Europa, el Reglamento de Inteligencia artificial (RAI) está enfocado a proteger la identidad y al individuo”.
“El reto está en conseguir el equilibrio entre regulación e innovación”, señala Delgado, refiriéndose a continuación a “otro riesgo, menos comentado: la brecha de alfabetización digital”.
El "factor Terminator", solo ciencia ficción
“Quien entiende cómo funciona una IA, recibe formación y comienza a usarla, tiene ventaja frente a quien la usa a ciegas o la rechaza por miedo, y esa brecha se está convirtiendo en una nueva forma de desigualdad social”, enfatiza.
Para Delgado, “lo que sí es ciencia ficción es la idea de una IA con voluntad propia que decide ‘tomar el control’ al estilo de lo que sucede en la saga fílmica Terminator“, ya que “eso requeriría una forma de conciencia e intencionalidad que ningún sistema actual posee ni está cerca de poseer”.
“El peligro (de la IA) no viene de que la máquina quiera algo; viene de que las personas y organizaciones que la diseñan y la despliegan no asuman su responsabilidad”, enfatiza.
La fantasía de una IA con intenciones
En lo que se refiere al uso de la IA por parte de particulares, trabajadores y profesionales, Delgado considera que “es fantasía pensar que existe una inteligencia artificial con intenciones personales hacia ti, que te entiende y es tu amigo/a, así como creer que tu valor profesional desaparecerá porque una máquina pueda generar un texto o una imagen”.
“El aporte de valor de una persona en una profesión o la sociedad no la puede eliminar una máquina porque entonces estaríamos en un escenario en el que las personas seríamos meros engranajes mecánicos, y no es así”, señala con rotundidad.
“Esa narrativa catastrofista ‘vende’ y promueve el miedo, pero no describe lo que ocurre en la realidad del día a día de una persona que usa estas herramientas con criterio”, apunta.
Delgado sostiene que “cuando la IA se usa con un propósito claro y entendiendo como utilizarla, no solo nos ayuda a hacer más cosas siendo más productivos, sino también a efectuar aquellas tareas en las que aportamos más valor, como profesionales y como personas”.
El temor al cambio y a perder el empleo
“El riesgo no es que `la IA te quite el trabajo´ de un día para otro como si fuera un ente monolítico”, señala Delgado, explicando que el avance de esta tecnología en el ámbito laboral es más sutil.
El problema radica en que “la automatización progresiva de tareas concretas dentro de una profesión obligará a una reconversión de habilidades que muchas personas no están preparadas para afrontar porque nadie les ha explicado ese proceso con honestidad”, según advierte.
Desde una perspectiva histórica, esta ingeniera señala que “cada salto tecnológico —la imprenta, la electricidad, internet— generó pánico social, pero en todos los casos la adaptación fue posible cuando hubo formación y tiempo, y no cuando hubo prohibición o negación”.
Delgado admite que “es lícito tener miedo al cambio”, pero enfatiza que “es responsabilidad de las organizaciones e instituciones ayudar a vencer ese miedo para poder avanzar”.
La atrofia del criterio personal
Otro riesgo que esta experta considera real y “en el que las personas tenemos mucha responsabilidad, es la atrofia del criterio propio, que conduce a delegar nuestro pensamiento crítico en una herramienta de IA en vez de usarla para ampliarlo”.
“Si delegamos en las máquinas las decisiones porque nos da ‘pereza’ pensar, entonces ¿Quién está generando el riesgo: la tecnología o nosotros mismos?”, invita a reflexionar.
Para Delgado “el tiempo de exposición a la IA es fundamental, (para disipar dudas, desconocimientos y temores), y en algunos casos, incluso puede ser beneficioso”
Por ejemplo, “el simple hecho de hablar en alto reduce por sí solo la sensación de soledad, y (el diálogo) es algo que puede proporcionarnos una máquina con IA”, asegura.
“Eso sí: hablarle a un dispositivo que nos contesta puede ser beneficioso, pero siempre que sea durante un tiempo limitado. Si la persona se excede o abusa de esta interacción, los efectos son los contrarios, ya que puede hacer que tienda al aislamiento”, advierte.
El paradigma de la "persona aumentada"
Para adoptar una actitud realista, positiva y fructífera ante la IA y desactivar una posible "IA fobia", Delgado recomienda aplicar el concepto de “la persona aumentada” con el que cierra su libro.
“No se trata de competir con la máquina ni de rendirse a ella, sino de usarla para ampliar nuestro propio criterio, nuestra propia voz y nuestro propio trabajo”, postula.
Señala que “el miedo a la IA casi siempre se alimenta de desconocimiento”.
Por eso, en lugar de tener miedo o un entusiasmo ciego, conviene profundizar en la alfabetización digital, ya que “usar las herramientas de IA de forma práctica, en algo pequeño y concreto, es el mejor antídoto contra el pánico y contra la fascinación acrítica”, según explica.
También aconseja “mantener nuestro criterio propio como filtro, ya que la IA propone, y tú decides. No es una autoridad, es una herramienta de apoyo a tu juicio, no un sustituto de este”.
Por último, Delgado recomienda que la alfabetización digital no sea en soledad, sino que aprendemos acerca de la IA en comunidad, compartiendo dudas y asumiendo que no hace falta tener un perfil técnico para entender lo esencial de esta tecnología”.
“Sin miedo y con criterio”: esa es la actitud que Manuela Delgado recomienda mantener ante la IA, según concluye.