Tegucigalpa, Honduras.- En los espacios donde antes escribir era, ante todo, un ejercicio de pensamiento, el uso (o abuso) de la inteligencia artificial (IA) plantea una interrogante: ¿estamos sirviéndonos de ella para escribir mejor o para pensar menos?
Y no es una pregunta técnica, sino de oficio. Escritores, periodistas, guionistas, académicos y cualquiera que haya hecho camino en las letras comparte hoy una misma tensión silenciosa: la facilidad con la que un texto puede aparecer ya resuelto, sin el tiempo incómodo —pero necesario— de pensarlo.
“Hablar y escribir son actos creativos. Generar un texto en una máquina es una acción monótona y frívola. La IA es un recurso que todos deberíamos utilizar como expertos, pero con la conciencia de que fue la humanidad la que creó la IA y no lo contrario”, recuerda el escritor y poeta Salvador Madrid.
Procesos humanos
Durante mucho tiempo, escribir fue sinónimo de atravesar un proceso: ordenar ideas confusas, equivocarse en el tono, reescribir párrafos enteros, dudar de cada frase. El texto final era apenas la punta visible de un trabajo mucho más desordenado, pero humano.
Hoy, en cambio, ese camino puede acortarse hasta casi desaparecer, muchas veces en pro (o por culpa) de la inmediatez y de la productividad que lo persigue todo.
“Debemos ser conscientes de que el mundo real requiere más que la respuesta de una máquina. Requiere la certeza, el sentimiento y, sobre todo, la pericia para resolver problemas que enfrentaremos todos los días”, apunta la máster en Lexicografía Hispánica y docente universitaria de Letras, Hilcia Hernández.
El problema no aparece cuando la IA se utiliza como herramienta de apoyo. De hecho, en ese terreno puede ser extraordinariamente útil: ordenar ideas, sugerir estructuras, ayudar a desbloquear una primera versión, corregir estilo.
El conflicto comienza cuando esta deja de ser asistente y pasa a ocupar el lugar del proceso intelectual mismo, anulando casi cualquier criterio propio.
“Es bueno volver la mirada hacia nosotros mismos y descubrir de lo que somos capaces. En nosotros está el universo y debemos educarnos y educar para no olvidar esa esencia”, acuña el también gestor cultural.
¿Cómo negociamos?
Pero este no es asunto solo de lenguaje, señala Madrid. “Entramos al territorio de los valores, de crear otro sistema educativo y tomarse en serio la cultura. También se vincula a la familia como núcleo lingüístico primario que funda los primeros imaginarios creativos de los niños”.
No se trata, entonces, de rechazar las bondades que la inteligencia artificial ofrece. Sería ingenuo y hasta improductivo hacerlo. Hay que decidir en qué momento entra en el proceso, porque no puede (ni debería) hacerlo todo el tiempo.
Conciliar la IA con el humanismo, argumenta Hernández, es un propósito innegociable. “Será la única manera en que sobreviviremos al mundo de la inteligencia que bien lleva su nombre, ‘artificial’”.