Tegucigalpa, Honduras.- Mientras se aproxima el Día del Idioma Español (23 de abril), una preocupación se vuelve más recurrente: ¿las nuevas generaciones están perdiendo el hábito de leer y escribir? La imagen clásica del lector —un libro en mano, silencio, concentración— parece cada vez más lejana.
Sin embargo, la realidad es más compleja. “Nuestras generaciones están leyendo más, pero de manera pasiva. Y, lamento decirlo, están escribiendo menos”, introduce Hilcia Hernánez, máster en Lexicografía Hispánica, quien subraya que lo que sucede en la actualidad no es ninguna sorpresa.
“La humanidad siempre ha estado ávida por el conocimiento, lo digieren, pero pocas veces saben transmitirlo. Países de Europa como Irlanda y Suecia se han volcado al lápiz y el papel, porque están seguros de que la creatividad se construye con la originalidad del pensamiento”.
Desde campos como la lingüística y la comunicación digital, se observa que el lenguaje siempre ha evolucionado con los contextos sociales y tecnológicos. Lo que hoy vemos no es una excepción, sino una transformación más: nuevas formas de expresión, nuevos códigos, nuevas reglas.
El poeta y gestor cultural Salvador Madrid coincide en que nunca se ha leído tanto como ahora, aunque lamenta que la banalización de los contenidos esté tomando el protagonismo.
“El lenguaje ha entrado a un territorio volátil en el que aún conserva su potencia, pero está siendo utilizado para manipular y normalizar un mundo artificioso que no existe. No sólo leemos y escribimos mal, sino que vivimos creyendo que lo hacemos bien, y lo peor, que somos libres”, argumenta.
Porque sí, leemos mensajes, titulares, comentarios, publicaciones, correos, subtítulos y casi cualquier cosa. Consumimos textos de forma constante, aunque fragmentados y con la esperanza de que sean cada vez más breves.
La diferencia, quizá más notoria, es que la lectura ya no siempre es profunda ni sostenida. Es rápida, selectiva y muchas veces condicionada por la inmediatez.
Y con la escritura ocurre algo similar. Redes sociales, chats, foros, blogs y comunicados están a la orden del día: la escritura se volvió cotidiana y accesible. Sin embargo, también más breve, más informal y, en muchos casos, menos cuidada. La ortografía, la estructura y la riqueza del lenguaje suelen ceder espacio a la rapidez y la emoción del momento.
¿Cómo nos impacta?
El impacto es directo en el buen uso individual y la apropiación de nuestro idioma. “Lo hay en ambas vías, positivas y negativas. Positivo, desde el punto de vista de la adquisición de un español estándar, pero negativo desde la perspectiva de la tradición y las costumbres”, argumenta Hernández, además docente universitaria.
El escritor, por su parte, sostiene que “quien conoce su idioma y lo cultiva con la lectura, quizá tenga algunas oportunidades, pero lo más importante es que puede comprender su condición individual, su mundo, su tiempo, y tiene un chance de ser feliz. El lenguaje está intrínsicamente vinculado a la plenitud de los seres humanos”.
En síntesis, el verdadero desafío no es cuánto leemos o escribimos, sino qué tipo de lectura y escritura estamos cultivando. Quizá sea preciso retarnos a leer con más pausa, a escribir con más intención, a no perder de vista que el lenguaje no solo sirve para comunicarnos, sino también para pensar mejor.