Madrid, España.- Para la psicóloga Ariadna Vilalta, los avances tecnológicos y la forma omnipresente en que los incorporamos a nuestras vidas, están dando lugar a un "Yo digital" emergente: una versión de nosotros mismos que creamos para interactuar en los entornos virtuales, pero que termina transformando nuestra psique, conductas y emociones en el mundo real.
“Dormimos con el móvil en la mesilla de noche. Nos despertamos consultando notificaciones. Discutimos por Whatsapp lo que no decimos cara a cara. Coqueteamos mediante aplicaciones que deciden a quién deseamos. Trabajamos con IAs que escriben, resumen, diagnostican y aconsejan”, señala.
Además “nos informamos en redes sociales que no priorizan la verdad, sino la reacción emocional, e incluso empezamos a gestionar el duelo, la soledad o la ansiedad a través de ‘apps’ que prometen un alivio inmediato”.
“La tecnología e internet ya no son un entorno externo, sino el lugar donde vivimos psicológicamente, el cual está dando una nueva forma a nuestras maneras de sentir, pensar, actuar y relacionarnos, con nosotros mismos, el mundo y los demás”, según sostiene esta experta.
Ariadna Vilalta es ciberpsicóloga multidisplinaria, conferenciante, experta en ética de la digitalización e inteligencia artificial aplicada, cofundadora de Psyberanima Hub, centro de innovación creado para contribuir a reducir la brecha de seguridad digital y promover un uso más consciente de la tecnología, y autora del libro "Una vida siempre en línea".
Vilalta explica que la ciberpsicología, que estudia cómo la tecnología transforma nuestra mente, conducta y vida emocional es “una disciplina psicológica joven pero cada vez más demandada” porque hoy en día, prácticamente “no puede hacerse un diagnóstico y un tratamiento psicológico sin tener en cuenta el papel y el impacto de la tecnología” en la persona.
Esta ciberpsicóloga, una de las mayores expertas de habla hispana en el impacto de la tecnología en el ser humano, explica en una entrevista con EFE las diez maneras en las que la hiperconectividad digital, los algoritmos y la IA están reconfigurando nuestra mente, nuestras emociones y nuestra capacidad de pensar con autonomía.
Reconfiguración mental
“Nuestra mente se está acostumbrando a vivir en estado de alerta suave, como si tuviéramos que esperar constantemente a que pasara algo que va a exigir una respuesta inmediata”, señala. “Revisamos el móvil al despertar, saltamos de una pestaña a otra, miramos y contestamos mensajes mientras nos hablan y ‘descansamos’ exponiéndonos a otros estímulos, en ‘streaming´ o mediante el ‘smartphone’”, añade.
Para Vilalta “la hiperconectividad nos distrae y reorganiza nuestra forma de procesar la realidad. Nos cuesta más permanecer en una idea, tolerar el silencio, aburrirnos o pensar sin interrupciones. Poco a poco, nuestra mente se ha convertido en un espacio constantemente estimulado desde fuera”.
Reconfiguración emocional
“Las pantallas se han convertido en nuestros reguladores emocionales: cuando estamos tristes, aburridos, ansiosos o solos, no nos preguntamos qué sentimos, sino que desbloqueamos el móvil”, apunta.
“Este gesto que a priori puede parecer inocente, evita el `malestar´ en lugar de pararnos a pensar en ello para comprenderlo y conocernos. Gestionar nuestras emociones es clave y para gestionarlas, necesitamos entenderlas”, explica.
Reconfiguración relacional
Vilalta señala que el apego es un concepto muy importante en psicología que ahora también ha cambiado de forma.
“Si antes aprendíamos o sabíamos esperar una llamada; ahora la inmediatez de ver un doble `check´, una última conexión o una respuesta tardía son interpretados como un drama en una relación. La disponibilidad constante genera una falsa sensación de cercanía, pero también nuevas inseguridades: ¿por qué no contesta?, ¿me ignora?, ¿ha visto mi mensaje?”, explica.
Reconfiguración identitaria
“La identidad responde a la pregunta ¿Quién soy y cómo me presento ante los demás?”, según esta ciberpsicóloga.
Señala que “tenemos distintas versiones de nosotros mismos. No somos exactamente iguales en una reunión de trabajo, en una comida familiar, con amigos íntimos o en una primera cita”.
Pero ahora “esas versiones son diseñadas, editadas y publicadas y nuestra identidad digital se conforma a través de fotos, perfiles, biografías, estados, filtros, comentarios y publicaciones que también nos interpreta ante los demás”, enfatiza.
“Esto puede ser positivo (nos permite explorar, encontrar comunidades, expresar aspectos de uno mismo que quizá en el entorno físico quedaban reprimidos o invisibles...) pero también tiene el riesgo de que acabemos viviendo pendientes de la versión de nosotros que hemos generado”, advierte.
“Nuestra versión digital puede empezar a dirigir la vida interior, algo que sucede cuando publicamos no para compartir, sino para confirmar que existimos; cuando adaptamos nuestros gustos, opiniones, estilo de vida o incluso nuestro cuerpo a lo que obtiene más validación”, asegura.
Reconfiguración autoperceptiva
“La autoestima no tiene tanto que ver con cómo nos presentamos, sino en cómo nos valoramos. Responde a la pregunta de ¿cuánto valgo, cómo me miro y qué siento cuando me comparo?”.
Señala que la tecnología ha introducido la presión de la comparación permanente, ya que “antes nos comparábamos con personas cercanas, en contextos relativamente limitados: la familia, la escuela, el trabajo, el grupo de amigos. Ahora nos comparamos con miles de vidas editadas, seleccionadas y optimizadas para parecer mejores de lo que son”, señala.
“Esa comparación constante no siempre produce un malestar evidente; a veces se manifiesta como una sensación de ‘no hago suficiente’, ‘no soy suficientemente atractiva’, ‘mi vida es demasiado normal’, ‘voy tarde’, ‘los demás avanzan más que yo’”, explica.
“La autoestima queda entonces atrapada en métricas externas: ‘likes’, visualizaciones, comentarios, seguidores, respuestas, reconocimiento”, de acuerdo con Vilalta.
“Podemos tener una identidad digital muy cuidada y, al mismo tiempo, una autoestima frágil. De hecho, cuanto más dependemos de la aprobación externa para sostener quiénes somos, más vulnerable se vuelve la forma en que nos miramos”, asegura.
Reconfiguración del deseo
“El deseo siempre ha sido influenciable. Antes, la publicidad, la moda, el cine o las revistas ya nos enseñaban qué cuerpos admirar, qué vidas envidiar y qué objetos querer. Ahora esa influencia es mucho más íntima, personalizada y silenciosa”, según esta ciberpsicóloga.
Explica que “las plataformas aprenden qué nos atrae, qué compramos, a quién miramos, cuánto tiempo permanecemos ante una imagen o qué producto volvemos a consultar. Observan nuestras pausas, nuestros clics, cuantas veces repetimos un video y que pequeñas contradicciones tenemos”.
“El deseo se ha convertido en dato: un vestido que miramos tres veces, una persona cuyo perfil revisamos, una casa, un viaje, una dieta. Y el algoritmo puede ordenar el entorno digital para que ciertas cosas nos parezcan más urgentes, atractivas o necesarias”, recalca.
“El riesgo no es solo que consumamos más, sino que confundamos el impulso con deseo, la excitación con interés y la disponibilidad con libertad: creer que elegimos porque tenemos muchas opciones, cuando quizá esas opciones ya han sido cuidadosamente colocadas delante de nosotros”, advierte.
Reconfiguración atencional
“La atención se ha convertido en el recurso más disputado. Cada aplicación compite por retenernos unos segundos más mediante videos breves, titulares extremos y recompensas inmediatas que entrenan al cerebro para buscar estímulos rápidos”, según Vilalta.
“Por eso leer, estudiar, escuchar o simplemente estar presentes nos resulta cada vez más difícil. Vivimos con la mente fragmentada, saltando de una cosa a otra como si eso fuera eficacia, cuando muchas veces es agotamiento disfrazado de productividad”, asegura.
Esta experta señala que “la atención profunda no desaparece de golpe, sino que se va debilitando cada vez que interrumpimos una conversación, una lectura o un pensamiento para comprobar si el mundo digital nos reclama”.
Reconfiguración memorística
Nuestra memoria ya no funciona sola, sino con dispositivos, según esta experta.
“Antes recordábamos números de teléfono, fechas, cumpleaños, direcciones o pequeños datos cotidianos porque necesitábamos tenerlos `en la cabeza´, pero hoy en día, los guarda el móvil, que nos avisa de los cumpleaños, nos lleva hasta los lugares, almacena nuestras fotos, archiva conversaciones, recuerda claves y rescata momentos que quizá habríamos olvidado”, apunta.
“Esto nos libera carga mental y nos permite organizar mejor la vida, pero también tiene la consecuencia psicológica de que dejamos de ejercitar la memoria interna y delegamos parte de nuestra biografía en sistemas externos”, comenta.
Para Vilalta “el riesgo no es perder memoria de golpe, sino cambiar nuestra relación con el recuerdo, y que nuestra memoria se vuelva más dependiente de una Nube que no solo guarda nuestra vida, sino que también empieza a editarla”.
Reconfiguración afectiva
Vilalta señala que, en el ámbito digital, “los vínculos son más disponibles, pero no siempre más profundos. Podemos hablar con muchas personas a la vez, enviar audios, reaccionar a historias, contestar mensajes y, aun así, algunas personas se sienten poco acompañadas ya que contactar no es lo mismo que vincularse”.
“Las cartas tenían menos velocidad y opciones, pero mucho más peso. Nos obligaba a pensar qué decir, cómo decirlo y qué merecía ser escrito. La espera también formaba parte del vínculo”, reflexiona.
“Hoy podemos responder en segundos, pero a menudo decimos menos o lo que decimos ha dejado de tener valor debido a esa abundante disponibilidad. Hay más intercambio, pero no siempre más presencia”, recalca.
Para esta experta “la afectividad necesita tiempo, miradas, silencios y cuidados. Lo digital facilita el contacto, pero no garantiza la intimidad. El reto no es escribir más, responder más o estar siempre disponible, sino recuperar el valor de una comunicación que no sea solo rápida, sino significativa”.
Reconfiguración de la autonomía
“La familia, la escuela, los medios, los libros, las conversaciones, siempre han influido en nuestro pensar, pero ahora esa influencia es constante, personalizada y casi invisible. No llega como una imposición, sino como una sugerencia amable: ‘esto te interesa’, ‘esto te representa’, ‘personas como tú también piensan esto’”, apunta.
“Aquí el riesgo es creer que estamos pensando libremente cuando, en realidad, estamos reaccionando a lo último que nos han puesto delante sin haber construido previamente unos valores éticos propios”, destaca.
“Una noticia indignante, un video emocional, una opinión repetida o un titular diseñado para provocar pueden orientar nuestro estado de ánimo antes incluso de que hayamos tenido tiempo de pensar”, ejemplifica.
“Pensar con autonomía exige preguntarnos, de vez en cuando: ¿qué pienso yo realmente de esto?, y que nos eduquen con valores éticos coherentes desde la escuela”, concluye.