Tras casi un año de un minucioso proceso de discernimiento, el papa León XIV, el 25 de mayo de 2026, promulgó su esperada primera encíclica social bautizada con un título muy sugestivo: Magnifica Humanitas, cuyas raíces se aferran a la esencia temática de la encíclica Rerum Novarum (1891) del papa León XIII, el texto fundacional de la Doctrina Social de la Iglesia (DSI).
En estos tiempos de ausencia de pensamiento crítico -sobre todo en el ámbito de lo social-, la voz del papa León XIV se alza nítida para tratar aspectos de la vida contemporánea. La encíclica Magnifica Humanitas posiciona al papa León XIV en el centro de uno de los debates más urgentes de nuestro tiempo: el impacto de la inteligencia artificial (IA) en la vida humana. En sus mensajes, el pontífice ha manifestado su inquietud por los efectos de las nuevas tecnologías sobre la verdad, la creatividad y la comunicación, advirtiendo sobre riesgos como la desinformación, la pérdida del pensamiento crítico y la sustitución de dimensiones profundamente humanas.
La encíclica dividida en cinco capítulos, más una introducción y una conclusión, inserta en 245 párrafos, no condena la tecnología, e incluso exalta su valor, pero advierte de que no es neutra y puede deshumanizar. Por ello, pide “construir en el bien” y “permanecer humanos”.
En la era de la IA, la humanidad se enfrenta a una disyuntiva: dejarse guiar por la tecnología y el progreso como únicos principios sobre los que construir nuestra civilización, o situar la dignidad de la persona en el centro, relegando el progreso tecnológico a la categoría de mero instrumento.
Para ilustrar esta disyuntiva, León recurre a dos imágenes bíblicas: la torre de Babel y Nehemías: Reconstrucción de las murallas de Jerusalén. Babel representa un proyecto poderoso, pero construido desde el orgullo, la autosuficiencia y una uniformidad que aplasta la diversidad y acaba en incomunicación y dispersión. Nehemías, en cambio, muestra un estilo muy distinto: escucha los miedos y coordina una responsabilidad compartida, sabiendo que la verdadera fuerza viene del Señor.
A la luz de estas dos escenas, León XIV afirma que la cuestión decisiva no es decir un “sí” o un “no” genérico a la tecnología, sino elegir si con ella construimos una nueva Babel -centrada en el poder- o reconstruimos Jerusalén, es decir, una convivencia fraterna donde la pluralidad se hace comunión y Dios ocupa el centro. La encíclica reconoce que la IA y las tecnologías emergentes pueden “curar, conectar, educar, cuidar la casa común” y abrir oportunidades reales para el anuncio del Evangelio, la educación y la atención a los más vulnerables. Pero advierte que la tecnología “no es neutral” porque “toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula, la utiliza” en un contexto en el que el poder tecnológico tiene un rostro cada vez más privado y transnacional, difícil de orientar al bien común.
La encíclica merece ser leída por el Pueblo de Dios porque no habla solo de la IA. Habla de algo más profundo: qué significa custodiar a la persona humana en una época que tiende a medirlo todo por productividad, datos, eficiencia y rendimiento. El texto toca el corazón de la misión: acompañar personas reales, con historia, cuerpo, heridas, libertad, conciencia, vínculos y apertura a Dios. No basta con ofrecer herramientas útiles. Es necesario conservar una mirada verdadera sobre el ser humano.
La encíclica cierra subrayando la responsabilidad de la Iglesia en la defensa de quienes quedan al margen de la revolución tecnológica: los pobres, los mayores, los enfermos, los migrantes, las personas con menos acceso educativo, que corren el riesgo de ser nuevas “piedras desechadas” en un sistema que idolatra la eficiencia.