Tegucigalpa, Honduras.- Todos mentimos. Usted también, aunque quizás ya lo haya olvidado antes de terminar de leer esta frase. ¿Alguna vez se ha sorprendido diciendo una mentira tan pequeña, tan aparentemente inofensiva, que la había olvidado antes del almuerzo?
Mentir, resulta, no es un desliz ocasional reservado para unos pocos deshonestos. Es un hábito tejido en la trama misma de ser humano, uno que comienza sorprendentemente temprano y que nunca desaparece del todo.
Piense en el niño de dos años que esconde un juguete roto detrás de la espalda e insiste, con ojos ingenuos y muy abiertos, en que no pasó nada. Lejos de ser una señal de alarma, este pequeño acto de engaño es algo que los investigadores hoy celebran.
El doctor Kang Lee, profesor de la Universidad de Toronto que ha dedicado más de dos décadas a estudiar cómo los niños aprenden a engañar, descubrió que "los niños que mienten temprano, que mienten mejor" suelen ser quienes se encaminan hacia un desarrollo típico. Mentir, visto así, no es una falla moral. Es un hito, una prueba de que el niño ha comenzado a comprender que la mente de los demás guarda información distinta a la suya.
¿Por qué, entonces, esta habilidad tan inocente se convierte con frecuencia en un hábito adulto que asociamos con la falta de confianza? La respuesta está en lo útil que sigue siendo mentir a lo largo de la vida (incluso cuando quisiéramos que no lo fuera). La psicóloga social Bella DePaulo, quien estudió los engaños cotidianos de personas comunes, concluyó que "las mentiras cotidianas son en realidad parte del tejido de la vida social".
Su investigación encontró que la mayoría de las personas dicen una o dos mentiras al día, y que la gran mayoría son evasiones pequeñas, casi olvidables, más que esquemas calculados, cosas como un cumplido exagerado para no herir los sentimientos de alguien o una excusa inventada para evitar un compromiso indeseado.
Sin embargo, no todas las mentiras están cortadas por la misma tijera. Los psicólogos distinguen entre las mentiras altruistas, dichas para proteger o consolar a otra persona, y las mentiras egoístas, dichas para proteger o elevar nuestra propia imagen, dañar a otros, evitar un castigo u obtener alguna ventaja.
Las primeras suelen fortalecer las relaciones, aunque la sinceridad debería ser la mejor norma siempre. Las segundas, cuando se repiten con frecuencia, las corroen en silencio. Esta distinción importa enormemente, porque cambia la pregunta que deberíamos hacernos. En lugar de preguntarnos si alguien miente, quizás deberíamos preguntarnos por qué lo hace, y a quién beneficia.
¿Qué revela, entonces, el patrón de mentiras de una persona sobre su carácter? El engaño frecuente y egoísta suele apuntar hacia la inseguridad más que hacia la fortaleza. Piense en ello... quienes mienten de manera compulsiva sobre sus logros, sus relaciones, sobre otros o incluso asuntos cotidianos triviales son, paradójicamente, quienes más temen ser vistos con claridad.
Los mentirosos crónicos no son necesariamente villanos calculadores. Con más frecuencia son personas que aprendieron, quizás desde la infancia, que la verdad era peligrosa o mal recibida, y que construyeron una frágil fachada de ficción para sobrevivir a ello.
Esto no justifica la doblez ni la falacia, pero sí la explica. La confianza, una vez rota, es sumamente difícil de reparar, y las personas cercanas a alguien que miente con frecuencia suelen percibir el engaño mucho antes de poder comprobarlo.
Hay una ironía silenciosa en todo esto, porque cuanto más energía invierte alguien en mantener una imagen falsa, más agotadora y solitaria tiende a volverse su vida, ya que cada detalle inventado debe recordarse, defenderse y protegerse de cualquier contradicción.
Entonces, ¿qué nos queda al resto, la mayoría cotidiana, imperfecta, que de vez en cuando dice alguna mentira, de las mal llamadas "blancas" o "piadosas"? Quizás la meta nunca fue eliminar la mentira por completo (una aspiración que, siendo honestos, ni las personas más disciplinadas logran alcanzar), sino observar nuestros propios patrones con sincera curiosidad, sin autoindulgencia.
¿Mentimos para proteger a los demás, o sobre todo para protegernos a nosotros mismos o dañar a otros? ¿Nuestras pequeñas mentiras sirven a la compasión, a la conveniencia o para darnos ventaja, eliminar la competencia?
Comprender por qué mentimos no nos da permiso para hacerlo con libertad. Más bien, nos entrega algo más valioso, un espejo más claro. Cada mentirita, desde el juguete escondido del niño hasta la disculpa cortés del adulto, cuenta una historia silenciosa sobre el miedo, la conexión y la muy humana esperanza de ser aceptado. Aprender a leer esa historia, en nosotros mismos y en los demás, quizás sea lo más cercano a la verdad que podamos ofrecernos unos a otros en un mundo imperfecto.
Cuando la naturaleza también miente
El engaño no comenzó con nosotros. Mucho antes de que existiera el lenguaje, la naturaleza misma ya había perfeccionado el arte de la mentira convincente, empujando las barreras de la adaptación, ingenio, mimetismo y cambios hasta físicos para mediante el engaño, sobrevivir.
El pez rape, por ejemplo, oculto en las capas más oscuras del océano, agita un señuelo luminoso que imita a una presa pequeña y apetecible, atrayendo a peces desprevenidos hasta que quedan lo bastante cerca para convertirse en su cena.
Del otro lado de la cacería, la zarigüeya común de nuestros bosques (que aquí llamamos tacuacín o guazalo) lleva el engaño todavía más lejos... acorralada, se desploma, babea y despide un olor a descomposición, fingiendo su propia muerte de forma tan convincente que los depredadores pierden todo interés y simplemente se alejan, para luego "revivir" y escapar con vida.
Depredador o presa, la lección es la misma. En la naturaleza, como en nosotros, el engaño ha sido una estrategia de supervivencia. Sin embargo, a diferencia del pez rape o la zarigüeya, nosotros no estamos regidos únicamente por el instinto. Construimos la moral, las leyes y los tribunales precisamente porque comprendimos el daño que puede causar el engaño entre criaturas capaces de confianza, contratos y conciencia.
La naturaleza puede perdonar la mentira que salva una vida; la sociedad no puede perdonar la mentira que le arrebata algo a otro, sea su derecho a saber la verdad en un asunto que le compete, su dignidad, prestigio, bienes, bienestar o la vida misma.