Olban Valladares: "Antes fui busero y luego formamos una empresa de transporte"

Olban Valladares es reconocido por su trayectoria política.Cuando inició, se llevaba a su esposa porque quería sostener su hogar pese a lo absorbente que eran los eventos partidarios. Siempre quiso ser arquitecto

  • Actualizado: 12 de septiembre de 2026 a las 00:00
Olban Valladares: Antes fui busero y luego formamos una empresa de transporte

Tegucigalpa, Honduras.- A la entrada de su casa, de estilo colonial, tres golden retriever hacen su propio protocolo de seguridad: olfatean, rodean y deciden quién puede pasar a la vivienda de don Olban Francisco Valladares.

Adentro, en el jardín, hay un árbol grande rodeado de una banca de concreto que él mismo mandó a construir, como si necesitara dejar, en algún rincón de su propia casa la huella de un oficio que nunca pudo ejercer.

Quien lo mira sin conocerlo puede pensar que es un hombre serio, quizá por su edad, su currículum o las tres veces que intentó llegar a la presidencia de la República, pero basta con acercarse un poco para descubrir a alguien cálido, capaz de sacarle una sonrisa a cualquiera que entable una conversación con él.

Se levanta a las cuatro de la mañana para ponerse al día con lo que ocurre en el país. Muchos lo conocen como analista, economista, empresario, corredor de seguros, político, fundador del Partido Innovación y Unidad Social Demócrata (Pinu-SD) y promotor de la cultura. Otros, quizá muy pocos, lo recuerdan como aquel portero suplente del Olimpia en los años 60, o como titular del equipo de la UNAH.

Buscó la presidencia tres veces y en 2024 pensó en lanzarse de nuevo, pero por la edad, las enfermedades y temas familiares, desistió.

Hoy, Olban Valladares, para esta entrevista, dejó de lado todos esos títulos para contarnos de su vida, sus sueños y algunas de sus aventuras.

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¿Cómo está después de la operación?
Bendito Dios, ya muy recuperado. Estuve convaleciente de una intervención de columna que tuve en febrero, por eso andaba un poco retirado de la farándula política. Pero aquí estamos empezando ya a participar y a contribuir en lo que se pueda a enderezar este país.

¿El querer "enderezar el país" no le da tregua ni en recuperación?
(Ríe, y hacerlo se le nota que todavía le cuesta un poco moverse en la silla). Ninguna. Estamos empezando una era que puede ser de transformación, pero siempre y cuando el hondureño, indistintamente de sus ideologías, se arrope con la bandera nacional y convierta a Honduras en un país cinco estrellas. El patriotismo no es el tamborileo, no es la corneta. Es conciencia de patria, sentido de pueblo. Eso es lo que nos puede sacar adelante.

Olban Valladares celebra un emotivo instante con su equipo de campaña, cobijado por la presencia constante de Judith, su esposa y eterna compañera, quien transformó la rigidez de la política en un camino compartido con total entrega.

¿Dónde nació usted?
Al costado oeste del Palacio de Telecomunicaciones, en una casita muy humilde. Ahí no había hospitales ni policlínicas: nací en la casa, con partera, como nacimos millones de hondureños. A mi familia le decían "los patablancas". En esos años los abogados y contadores recién graduados andaban de saco y corbata, pero descalzos, era parte de la cultura de los años 50 y 60, y a los Valladares nos decían así porque muchos andaban sin zapatos. Mi propio padre se puso su primer par el día que se graduó de perito mercantil.

¿Qué le preocupa de la Tegucigalpa de hoy?
Que de unos 40 años para acá se convirtió en el refugio de compatriotas que llegaron a buscar fortuna sin ninguna preparación, y que tuvieron que poblar las áreas periféricas a sufrir más de lo que sufrían en sus propias aldeas. No basta con decir "somos casi dos millones de habitantes". Debería ser una ciudad con progreso, con cultura, con conciencia ambiental. Aun así, no hay otra ciudad, por muy bella que sea, que yo cambie por mi Tegucigalpa. Aquí está mi juventud.

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Pudo haberse quedado en Estados Unidos. ¿Por qué no lo hizo?
Tuve una beca para estudiar arquitectura allá, que fue el sueño de mi vida. No pude, por razones económicas de la familia. Desde chiquito me incliné por el dibujo, era mi función en la escuela hacer los rótulos de las fiestas, así que siempre tuve fijo que iba a ser arquitecto. Cuando por fin salí con una beca de intercambio, fueron dos años maravillosos, pero me pegó muy fuerte la nostalgia y regresé. No me arrepiento, aunque de estudiante ya ganaba bien allá. Tuve que asumir el papel de padre en la casa, porque el mío, aunque vivía, ya estaba jubilado, y había que tener un respaldo moral en el hogar.

¿Y la arquitectura quedó del todo enterrada?
No. Lo que aprendí trabajando en una oficina de arquitectura allá todavía me sirve, tengo los conceptos claros, me da por hacer remodelaciones en mi propia casa.

¿De dónde viene su familia materna?
De Yuscarán. Mi ombligo está enterrado en Tegucigalpa, pero el corazón lo tengo enterrado ahí. Desde los cuatro o cinco años pasábamos allá las vacaciones, que antes eran casi tres meses. Aprendí todo lo que tiene que aprender un campesino: levantarme a las cuatro de la mañana a ordeñar. No olvido el sabor de las naranjas, los zapotes, la caña... Y la Semana Santa de Yuscarán, con las carreritas de San Juan, para mí es de las más solemnes que hay.

Olban Valladares saluda en el Gimnasio Valentine que estaba totalmente abarrotado; una imagen que refleja por qué, a pesar de los resultados electorales, se consolidó como el eterno presidente y fundador del Pinu.

¿Y de esos veranos tiene algún recuerdo?
(Sonríe, un poco pícaro, como si ya supiera hacia dónde va la pregunta). De esos también hay. Uno llega a los catorce, quince años y empiezan las ilusiones, uno se enamora del amor. Éramos muy cipotes, mis hermanos y yo, y en esas cosas era casi un asunto de familia. Mis hermanas todavía guardan relaciones muy estrechas con gente de allá. De hecho me consideran un yuscaranense más, y lo agradezco enormemente.

¿Considera que fue enamorado?
No, a mí me enamoraban, que es diferente.

¿Queda algo de esa vieja casa familiar en el pueblo?
La tuvimos que vender. Era una de las casas más emblemáticas de Yuscarán, frente al parque, con más de cien años. Deshabitada y sin mantenimiento, estaba destinada a morir. Todavía me duele haberme desprendido de ella.

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Olban Valladares, analista

Pocos lo conocen como portero de fútbol. ¿Cómo fue esa etapa?
Jugué desde niño en la escuela Americana, y de ahí pasé al Olimpia Juvenil. A los dieciocho ya había que salirse, así que me fui a Estados Unidos y jugué con lo que después fue la liga profesional de California, el Santana, una selección de nacionalidades; había peruanos, mexicanos, panameños. Fueron años muy lindos. Cuando volví me reincorporé al Olimpia, pero de tercer portero; había ahí dos baluartes extraordinarios. Cuando ya me aburrí de banquear, jugué con la universidad, que llegó a ascender a la Liga Profesional. Guardo todavía amistades de aquel Olimpia grande de los años 60.

¿Y también bailó danza folclórica?
Fui fundador, con don Rafael Manzanares, del primer Cuadro Nacional de Danza Folclórica, en 1959. Lo hacíamos por amor, enamorados de la música. Y tengo que rebatir a quienes dicen que esos bailes son inventos: no lo son. Nos enseñaron los pasos ancianos que vinieron de Cacautare, de Nacaome, de Choluteca, de Olancho; nosotros solo agregamos coreografía para el teatro, y esa coreografía se sigue practicando más de sesenta años después. Ver a los chiquitos de kínder ya dando sus saltitos con sus trajes típicos me llena de orgullo.

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Por curiosidad, ¿Se sabe alguna bomba?
Todavía recuerdo algunas bombas, pícaras, la mayoría, demasiado pícaras para repetirlas todas, pero le puedo decir una: "Las piñas en el piñal de maduras se pasan, así te pasará a vos si tu nana no te casa".

Un joven Olban Valladares gesticula con firmeza desde el podio, señalando al frente con el micrófono y la bandera nacional a su espalda, durante el histórico discurso que, tras una gran ovación, lo consagró como uno de los mejores oradores del país.

¿Cómo nació el deseo por emprender?
Antes fui busero, y luego, con un grupo de amigos, formamos una empresa de transporte a San Pedro Sula que tuvimos que vender. Pero lo que no puedo dejar de contar es que con mi compadre Guillermo Buck Idiáquez creamos, en 1972, una de las marcas más emblemáticas de Honduras: Bigos. Nació muy humilde, era una caseta de madera, equipo reparado, refrigeradoras de segunda y tercera mano. No es una marca de millonarios, es de emprendedores. Estuvimos treinta y cinco años juntos, sin una sola diferencia grave, hasta que llegó el momento de separarnos, como esos divorcios de antes. Hoy mi ahijado es el gerente general. Y no le voy a decir de dónde viene el nombre, es parte del secreto, igual que la receta.

¿Cuál es su mayor orgullo fuera de los negocios?
Mi esposa, que me ha metido el hombro toda la vida. Tres hijos, siete nietos, un bisnieto ya y otro que puede venir. Al principio de la política, para no dejarla sola, la metía en el carrito y recorríamos aldeas y caseríos, a veces a pie, en cayuco o en lancha. Tuve compañeras en el Congreso, buenas profesionales, que no pudieron sostener su hogar por lo absorbente que es esto. Hice lo que pude para que a nosotros no nos pasara.

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Hablando de política, ¿usted fundó el Pinu?
En 1970, con el doctor Miguel Andonie Fernández como cabeza y líder. Éramos jóvenes hastiados de la política vernácula, de las traiciones. Sesenta años después seguimos soñando con la Honduras que soñamos al inicio.

Buscó ser presidente de Honduras
Tres veces. Lo que más recuerda mi generación es el gran debate nacional de 1997, entre cuatro candidatos. Dicen los críticos que este servidor se llevó los aplausos de todos los televidentes. Cuando veo esas fotografías me veo con cuarenta años menos. Ojalá mis hijos y los hijos de mis hijos no me olviden tan rápido como uno suele olvidarse de sus antepasados.

El entonces diputado Olban Valladares posó desde su bancada en el Congreso Nacional; una fotografía histórica que documenta su activa labor e iniciativas dentro del hemiciclo entre 1998 y 2002.

¿Sigue con el deseo?
Ese no se pierde, aunque uno llega a conocer las realidades. Pensé, en algún momento, que tenía algo que contribuir a un país nuevo. Lastimosamente, el pueblo hondureño, o yo, no estábamos listos todavía.

¿Qué le preocupa de la generación que viene?
Que la juventud calificada está emigrando, y que la generación empresarial está más interesada en formar fortuna que en el país. Como decía Confucio: "los gobiernos deben ser gobernados por las élites educadas, no por las de dinero ni las militares". Me llena de satisfacción ver cuántos jóvenes se incorporan cada año a las universidades; eso promete que en veinte o treinta años este país va a ser otro.

En 2024

Pensó lanzarse a la presidencia

En diálogo con EL HERALDO dijo que no lo hizo por la edad, las enfermedades y temas familiares.

¿Qué le exigiría hoy a este Gobierno?
El presidente (Nasry) Asfura lo insinuó al principio, cuando tomó posesión: ponerles un plazo a todos los ministros. Pero el plazo no es para aparecer en los medios diciendo que se está trabajando. Si voy a nombrar un ministro de salud, tengo que exigirle qué va a aportar para cambiar todo el sistema. A los maestros me da dolor verlos solo en las reivindicaciones salariales, y nunca con campañas propias, nacidas de ellos mismos, para transformar la educación, para ponernos a todos al día con la inteligencia artificial, porque la inteligencia artificial nos va a comer.

¿Usted dijo, medio en broma, que espera que "se muera" su generación política?
(Ríe, pero se pone serio casi de inmediato). Un amigo periodista me preguntó una vez qué creía yo que iba a pasar. Le dije: que se muera nuestra generación, porque la anterior ya se murió, porque aquí todavía quedan ciertos vicios. Y que desaparezca también la que sigue, porque la generación de relevo salió peor, más aborazada, más mercantilista. No quisiera que lleguemos a necesitar gobiernos dictatoriales progresistas para que el pueblo se supere, porque eso sería a costa de muchas vidas. Esto tiene que ser paulatino, sin prisa, pero sin pausa.

Recién convaleciente de su operación, Olban Valladares comparte sus vivencias y reflexiones políticas al aire libre durante el encuentro exclusivo para esta edición de Tic-Tac. La base del árbol que está detrás la diseñó él.

¿Le preocupa que otros países nos alcancen?
Vi hace poco un documental de Cuba y me preguntaba qué pasaría si el día de mañana se liberara del régimen que instauró Fidel Castro. Conociendo a los cubanos, conociendo las circunstancias geoestratégicas, creo que en poco tiempo nos superarían. Ese pueblo, con lo ingenioso que ha sido para sortear el bloqueo, hasta los carros de los años cincuenta los mantienen andando a punta de inventiva, liberado nos dejaría atrás. Y no es solo Cuba: toda Centroamérica se está quedando rezagada, y no veo el ingenio necesario para revertirlo. Eso es lo que me duele, que se me vaya a terminar la vida sin haber visto una lucecita clara en ese túnel.

Se dice que el hondureño es haragán, ¿usted lo cree?
Que se vaya, el que dice eso, a pasar dos meses a una aldea a ver cómo faena el campesino de sol a sol cuando la mano de obra emigró y tiene que reducir su plantación a un cuarto para producir apenas para subsistir. El 99% del pueblo hondureño es noble, temeroso de Dios. Todavía en los pueblos la madre persigna al hijo cuando sale de la casa. Eso transforma a un pueblo, pero no nos fijamos en esas cosas; nos fijamos en los actos deleznables que cometen, no la gente del campo, sino egresados universitarios. No es cuestión de educación: en mis correrías por el país me ha sido mucho más fácil convencer a un campesino que a un universitario.

Entonces, después de más de cincuenta años en esto, ¿cuál es su visión final de la política?
Es cuestión de valores, del monopolio de la picardía que han tenido nuestros conductores, no les voy a llamar líderes, porque los líderes transforman una sociedad. Lo que hemos tenido son conductores,gente que se introduce como ameba en las entrañas de los partidos hasta destruirlos, y que cuando las cosas se complican alza vuelo y espera que cambie el clima para volver a caer. Los vampiros de la política, esos que rodean a los gobernantes y los llenan de fantasías. Esos son los que tenemos que erradicar. Mi política, si se le puede llamar así, siempre ha sido la misma desde que era un muchacho hastiado de la política vernácula: la única forma de servir es enamorarse primero del país, y de ahí para adelante, dejar que ese amor sea el que decida todo lo demás.

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José Valeriano
José Valeriano
Periodista

Licenciado en Periodismo por la UNAH. Con experiencia en temas económicos, de salud, educación y desarrollo social. Con conocimientos en el mundo digital y SEO.

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