Entrevista
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Tegucigalpa, Honduras.- La puerta se abrió. Detrás estaba un hombre alto, blanco, de barba definida y cabello blanco. Lucía sereno, evidenciando que ya estaba acostumbrado a hablar frente a las cámaras de televisión. Está vez no conversaría de eventos climáticos, meteorología, física o hidrología, sino de su vida.
Nabil Kawas invitó al equipo de EL HERALDO a ingresar a su hogar, donde justo al lado del estacionamiento estaba su búnker, una oficina en la que guarda algunos libros, documentos y decenas de reconocimientos, pero también desde donde ha planificado proyectos, investigaciones y más de alguna propuesta disruptiva para mejorar la academia.
Es físico, licenciado en meteorología y Máster en Ciencias Atmosféricas. Fue decano de Facultad de Ciencias de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH), donde por 48 años ejerció la docencia, consolidándose, con mucho orgullo, como el maestro “yuca”.
Nabil Kawas es un católico ortodoxo de raíces árabes. Nació en Yoro y creció entre el bullicio de Tegucigalpa. En su juventud fue un hombre rebelde, inclaudicable y apegado a las luchas sociales, consciente de que la educación es el desarrollo de un país. Es fiel creyente de que la vida es de ciclos y que hay experiencias que marcan de por vida, para bien o para mal. Conocido en la UNAH como el jefe de jefes, a sus 81 años ha logrado todo lo que se propuso, incluyendo la creación del Instituto Hondureño de Ciencias de la Tierra (IHCT) y la Fundación Nacional para el Desarrollo de Honduras (Fundaunah). Esto contó en la entrevista Tictac.
¿Cuál es su nombre completo?
Nabil, nombre; Kawuas, primer apellido y Khoury, segundo apellido.
¿Esos apellidos de dónde vienen? ¿Dónde están sus raíces, sus orígenes?
Tiene origen árabe. Mi papá es de La Ceiba, pero sí es de origen árabe; mi mamá sí es de allá de aquellos países, del otro lado del mundo. Somos tres hermanos. Dos de ellos ahorita no están acá en Honduras; una está en Guatemala y el otro está en Dominicana y nosotros estamos aquí en Honduras.
¿De qué países específicamente vienen sus padres?
Mi mamá era de origen egipcio, y mi papá nació en La Ceiba, pero era también origen palestino.
¿Usted nació aquí en Honduras?
En Yoro. Yo hice la primaria en Yoro, después en aquel tiempo no había colegio en Yoro, entonces me trasladaron al San Francisco, estuve internado tres años; después me pasaron a la Salle, un poco obligado... por andar de huelguista, en huelga de hambre en el San Francisco nos expulsaron, pero nos permitieron terminar el año y, a partir de allí, tuvimos que irnos. De hecho ese año fue el último año del internado del colegio San Francisco aquí en Tegucigalpa y me pasé a la Salle y allá me gradué de secundaria.
¿Y por qué fue la huelga?
Huelga de hambre. No eran frijoles con gorgojos (los que daban), eran gorgojos con frijoles. Nos pusimos de acuerdo ahí un grupo... éramos como ocho o nueve estudiantes de tercer año y todos internos. Nos pusimos ahí de líderes de la huelga y decidimos no desayunar un día y el que desayunara tenía un castigo. Nos llevaron a donde el director de aquel tiempo, era padre franciscano, me acuerdo. Y bueno, cada uno de nosotros como interno tenía padrino, entonces era responsable. Entonces nos mandaron donde los padrinos. Y nosotros en vez de ir a donde los padrinos nos fuimos al Ministerio de Educación. Pedimos cita con el ministro de Educación como grandes hombres, nos metimos y le explicamos el problema que por qué no queríamos desayunar. Bueno, el señor me acuerdo, nunca se me va a olvidar, que nos dijo “bueno muchachos, vengan y pongan aquí sus nombres en esta hoja” y todos ahí apuntando como gran cosa y lógico después agarró la lista y se la llevó al colegio donde el director y nos expulsaron.
¿Usted es el mayor de los tres hermanos?
Yo soy el mayor de los tres.
¿Ellos también tenían esa rebeldía? ¿Aprendieron de usted?
Pues no sé si aprendieron algo porque son diferentes a mí totalmente. Más bien el hecho de haber salido al terminar sexto grado en primaria, haber salido de la casa, yo diría que fue una una una experiencia que me hizo más responsable, más hombre, pero al mismo tiempo me alejó alejó de la casa. Y me alejó de mis dos hermanos.
¿Qué tal fue su relación con sus padres?
Bien, gracias a Dios. Bueno, ya están muertos, allí enterrados, están en San Pedro Sula, pero no fue una relación de muchos recuerdos bonitos.
Y cuándo les contaban sobre sus travesuras, ¿qué le decían?
Tengo otra anécdota diferente, pero yo me acuerdo que estaba pequeño, no me acuerdo en qué grado estaba. Y una pandilla ahí, nos llevaban todos los domingos a la iglesia, y nos fuimos un día un poquito más temprano, una pandillita de tres o cuatro, y se nos ocurrió a la entrada de la iglesia sentarnos a jugar naipes. Y me acuerdo que mi papá y mi mamá cuando llegaron solo nos vieron, me quedaron viendo y no dijeron ni una palabra. Y entraron y lógicamente cada uno de nosotros para su casa y yo detrás de mis viejos. Yo esperaba el gran castigo al regresar. Regresamos a la casa y no me decían nada, hasta que un rato después llegó mi mamá, abrió la Biblia y me puso a leer una historia ahí, un párrafo que era cuando Jesucristo entró a una iglesia que tenía mercaderes vendiendo cosas y se enojó con ellos y los sacó a todos de la iglesia, porque la iglesia es para ir a rezar y no para ir a hacer o cualquier otra cosa. Esa lección... (guardó silencio, mientras sus ojos se ponían llorosos).
¿Esa lección cree que lo marcó para bien?
Me marcó para bien, para toda mi vida.
¿Alguna vez se lo comentó a sus hijos?
Creo que sí, porque creo que los padres siempre tratan de hacer lo mejor para uno; le puedo decir que ese castigo fue peor que lo agarraran a uno con chilillo.
¿Alguna vez le dijo a sus padres eso que había causado en usted esa lección?
Mi mamá se alegraba de que miraba que había hecho mella en uno (guardó silencio nuevamente, mirando fijamente hacia el suelo y tratando de contener las lágrimas).
¿Ha viajado a los países de donde son originarios sus padres?
Sí, se me ocurrió una vez en el 75. Tuve la oportunidad de andar cerca y fui ahí a visitar. Y de ahí no he vuelto. Bueno, sí volví otra vez, allá por los 80 y como 15 años después o algo así, a finales de los 90 más bien, pero ahí ya no volví más.
¿Pero Honduras se ganó su corazón?
Definitivamente que sí. El mismo idioma árabe, por ejemplo, algo me trataron de enseñar mis padres en la casa, como un idioma más. Entonces a veces lo entiendo, pero me cuesta mucho hablarlo.
Pese a esa rebeldía y travesuras, ¿siempre fue muy estudioso?
Sí. En todo este tiempo siempre fue muy estudioso, muy aplicado. Yo creo que el hecho de haber hecho mi primaria en Yoro, una ciudad pequeña, era casi un pueblo en ese tiempo, le estoy hablando en los 50, 59, 60, 61. Eso como que deja mella, o sea, deja huella en las personas. De ver la pobreza en que estaba el pueblo, de cómo fue creciendo. Dos tres veces he regresado a Yoro a recordar mis tiempos. Uno aprende a convivir y tengo experiencias de lo que yo me acuerdo de la gente autóctona. Otra anécdota nos tocó en diciembre, bueno, había que conseguir un árbol de pino para hacer el árbol de Navidad y se nos ocurrió tres cipotes ahí en primaria irnos a la montaña a traer el árbol, el pino, con machete y todo en mano, y lo traíamos y nos perdimos, nos perdimos en la carretera... estábamos enmontañados ahí en Yoro y un indito, un sicaque, nunca vamos a olvidar, nos agarró, nos encaminó, nos llevó hasta el pueblo, le enseñamos dónde vivíamos cada uno y nos llevó hasta la puerta de la casa. Y lógico, mi papá todo asustado, mi mamá asustada, cuando nos vieron quisieron como agradecerle a él y nunca quiso recibir nada, pero ni un vaso de agua. Si eso deja huellas en uno a la hora de crecer y siempre hemos luchado porque consideramos que el trabajo en una comunidad, en una sociedad o un municipio es a veces mucho más importante trabajarlo desde abajo hacia arriba y no al revés de venir de arriba hacia abajo.
Estudió aquí en Tegucigalpa la secundaria. ¿En la universidad a dónde estudió?
En la universidad estuve un semestre aquí en la Universidad Nacional, pero después conseguí una beca y me fui para Costa Rica. Había otros compañeros del colegio de San Francisco, por cierto, unos que estaban también movilizándose para la UCR, la Universidad de Costa Rica. Y yo conseguí una beca y nos fuimos para allá; un grupo grande, ahí éramos como como 15 personas, 15 estudiantes. Y ahí fue donde comencé a estudiar física y después meteorología también y la especialidad sí la hice en Italia.
48
años
dedicó Nabil Kawas a la docencia. Empezó en 1974 dando clases en la UNAH, donde luchó por crear el Instituto Hondureño de Ciencias de la Tierra y Fundaunah.
Y en Costa Rica, ¿cuáles fueron las anécdotas que vivió?
Bueno, allá es otra vida, allá como estudiante universitario uno se vuelve más responsable porque vivía solo. Estaba con una beca, tuvimos que trabajar; recuerdo que las becas en ese tiempo eran de $25 mensuales. Y con eso teníamos que dormir, comer, lavar la ropa, hacer todo. Y ajustaba, la verdad que más o menos daba, pero igual había que trabajar.
¿Y de qué trabajaba?
Había una radio que tenía un programa, no me acuerdo bien el nombre, pero era un programa para el agricultor y era a nivel de todo Centroamérica. Entonces, ahí editaban el programa, pero necesitaban personas de cada uno de los países de Centroamérica que leyera la edición que ellos hacían, para que el lenguaje fuera estilo hondureño, por ejemplo, del caso de Honduras; que fuera tico en el caso de Costa Rica; Guatemala, un guatemalteco. Y nos pagaban 1 dólar la hora; 8 colones en aquel tiempo, 8 colones era el cambio a dólar. Entonces, con eso pues nos ayudaba un poco más a vivir, y bueno, después con los años me enamoré y me la traje para acá.
¿Aprendió a cocinar en Costa Rica?
Eso sí, nunca nunca pude con eso. Éramos cuatro o cinco hondureños que siempre andábamos juntos, entonces lo que hacíamos era alquilar una casa entre todos y a veces traíamos a alguien que nos ayudara y siempre había uno o dos del grupo que cocinaba. Después, los últimos 2 años, recuerdo que un compañero, por cierto de matemáticas muy bueno, llegó con la esposa, con la beca que le dieron podía llegar con la esposa. Era de la UPN con beca también. Y entonces la esposa era la que nos ayudaba ahí, ella cocinaba.
¿Cuánto tiempo estuvo en Costa Rica?
Cinco años sacando las dos licenciaturas, física y meteorología.
¿Y qué pensó al regresar?
El detalle más importante es que siempre me gustó un poco la docencia. Eso siempre estaba en mí, el hecho de tratar de educar, de ayudar, pero en ese momento debido a la especialidad que yo tenía, el único lugar donde yo podía trabajar era en el gobierno. Entonces, yo regresé como en marzo, abril, y en julio del 73 comencé a trabajar con el gobierno en el Servicio Meteorológico Nacional de Honduras. Y de ahí empecé a buscar también la universidad. En enero del 74 comencé a trabajar en la universidad.
¿En ese entonces ya estaba con Vicky? ¿Cómo la conoció?
Bueno, ahí mismo en la universidad. Ella estudiaba profesora de francés. Ella se graduó también y yo me gradué de física; la licenciatura en meteorología era un año y medio más que necesitaba especializarme, pero ahí fue donde decidimos casarnos y el último año y medio ya estábamos casados los dos.
¿Y qué pensó la primera vez que miró esos ojazos de Vicky?
Me llamó la atención y me gustó ella; inclusive estaba en un internado de monjas, la tenía el papá. Pero tenían una casa para estudiantes cerca de la universidad y yo estaba en una asociación que se llamaba la JUC, Juventud Universitaria Católica. Que también estaba a media cuadra de la universidad. Y ahí nos conocimos. Ella entró también en la JUD y yo estaba ahí. Nos servía como para ir a estudiar, teníamos espacio para jugar ping pong o hacer cosas así como estudiantes y ahí nos conocimos.
¿Y cómo la enamoró?
Fue relativamente rápido. Muy rápido. Lo que hacía era acompañarla. Me iba, la acompañaba desde el lugar donde ella vivía en el internado ese de las monjas hasta la universidad, igual cuando salía de clase me la llevaba. Y lógico, siempre hay estudiantes, amigos o compañeros que quieren molestar, entonces nos molestaban. Del grupo de hondureños que estábamos allí, yo recuerdo que un buen número, tal vez unos 14 o 15, nos casamos con costarricenses. Algunos se vinieron para acá, yo fui uno que logré venirme con ella, y otros más bien fue al revés.
¿Y cómo tomaron la noticia los papás de ella cuando les dijeron que se venía para acá?
Eso es complicado, eso es difícil. No hubo una oposición férrea, pero lógicamente a los papás de ella nunca les gustó que se fuera, que viniera para acá para Honduras. Y yo les hice ver que yo allá en Costa Rica como extranjero no tenía posibilidad de trabajo. Comencé en el gobierno y después comencé en la universidad. Casi de inmediato, eso me alegró mucho porque tuve suerte, diría yo. En ese tiempo había muchos técnicos, todavía no había profesionales en la meteorología, así que tuve esa facilidad, diría yo. Aunque también uno consigue en el gobierno enemigos fácilmente por celos. “Bueno este que viene recién graduado, cree que sabe más que nosotros”, y cosas por el estilo que son normales en el gobierno. A mí nunca me gustó eso. Traté de minimizarlo al máximo. Traté de ayudar, trabajé muchos años en el gobierno. Estuve, yo diría como 22 años. Al final, inclusive, en los últimos años fui director del Servicio Meteorológico Nacional. Lo dimos a conocer a nivel centroamericano, inclusive a nivel mundial.
¿A qué se refiere?
Logramos tener la representación de Honduras ante el Congreso Mundial de la OMM, de la Organización Meteorológica Mundial, que es una agencia especializada del sistema de Naciones Unidas. Y al mismo tiempo logramos ser candidatos y ganamos, el primer centroamericano que logra ser miembro del Consejo Ejecutivo de la Organización Médica Mundial. Ahí estuve varios años. Tenía que viajar bastante al con al Congreso por ser miembro del del Consejo Ejecutivo.
¿Por cuánto tiempo estuvo en la decanatura de la UNAH?
Los dos periodos que corresponde legalmente.
¿Usted es una de las personas que impulsó el Instituto Hondureño de Ciencias de la Tierra?
Sí, ese fue antes de ser decano. En realidad esa lucha la comenzamos a raíz del Mitch. El huracán Mitch nos motivó para ver las deficiencias que tenían nuestros municipios, la falta de apoyo de parte del gobierno. Entonces siempre considerábamos que la universidad podía dar su aporte, por lo menos la parte académica, de formación, de capacitación a los municipios. Y teníamos que hacerlo a través de algún organismo interno de la universidad. En realidad la historia es más antigua todavía. Cuando estábamos en el gobierno, luchamos mucho por crear un Instituto de Meteorología, Hidrología y Recursos Hídricos, que en algunos países ya lo tenían... pero al final ya no se pudo. Había siempre mano peluda, como decimos, cuando llega a los políticos, todo se arruina.
¿Qué lecciones le dejó la creación de este instituto?
En Muchas. Yo diría que lo más lo más bonito, lo que más satisfacción le da a uno es verlo ahorita al nivel que está. Tiene más de 15 funcionarios, especialistas en diferentes temas de ciencias de la tierra. Ahí hay especialistas en agua, especialistas en hidrología, especialistas en meteorología, especialistas en física, especialistas en gestión de riesgo.
Usted nos cuenta que en el 74 empezó como docente en la universidad y estuvo por 48 años, ¿cómo era enseñando?
Decían que era un profesor yuca, y creo yo que sí. Lo reconozco que sí. Sí, teníamos problemas con muchos estudiantes. A algunos les daba miedo la física y entonces ni siquiera querían llegar ahí a las clases. Teníamos que incentivarlo, o sea, promovíamos el apoyo a la carrera de física, inclusive la física pura, para sacar lo que en ese tiempo de bachillerato. Ahora tenemos licenciaturas y maestría en física. Muchos estudiantes míos, hasta el sol de hoy, donde me ven “fue profesor yuca, pero pasé con usted”.
¿Ellos sentían orgullo, que habían ganado?
Y yo me sentía más todavía, más orgulloso, porque había esa capacidad. Tal vez teníamos 50 estudiantes, de los 50 estudiantes desde el primer examen ya quedaban como 35 y al final pasaban 15, 20, por ahí. Los estudiantes siempre decían: "¿querés aprender? Metete con el profesor Kawuas. Si querés pasarla fácil, apartate de él porque no vas a pasar nunca”.
¿Usted se sentía más orgulloso?
Sí, porque uno lo que quiere es que el estudiante sepa, que aprenda. Y tuve estudiantes que repetían la clase conmigo, la repitieron seis o siete veces, en ese tiempo se permitía repeticiones. Y regresaba y me decía: "Profesor, ¿a qué hora va a dar usted la clase?, yo la voy a matricular con usted”. Olvidaste de mí o buscaste otro profesor, le decía yo, porque ya ya conmigo topaste, o sea, y lo más seguro no sé explicar cómo lo quieres aprender, vos, entonces mejor buscate otro profesor. “No, no, no, es que yo no estudié, por eso es que no pasé, no porque usted sea malo y no porque yo no estudié”. Y volví otra vez a matricularla conmigo. Lógicamente pues son frases que uno termina orgulloso de oír.
¿Algún estudiante que usted recuerde en particular que lo hizo recordar a ese joven adolescente que usted fue?
Me tocaron mucho, algunos muy revoltosos. En ese tiempo todavía uno podía regañar o sacarlo. Había profesores que lo sacaban del aula. A mí no, nunca me gustó eso. Cuando yo miraba a alguien ahí que estaba molestando, solo lo quedaba viendo y le decía: "Vení, ayudadme aquí en la pizarra a resolver este problema y hasta ahí llegaba. Entonces todos se portaban bien. Ahí se quedaban quietos”... y otros estudiantes que sí fueron medalla oro, diría yo. Hubo una muchacha que me sacó 100, una vez en un parcial, que no era fácil. Tuve buenos estudiantes. Inclusive, ya son profesores de la universidad, que me alegra ver y cuando los veo siempre hablamos, recuerdan los tiempos de estudiantes con uno y excelentes porque salieron afuera, porque yo siempre les eso les yo les incentivaba que miren no se queden con la licenciatura, no se queden con la ingeniería, vayan para fuera, busquen becas, saquen su doctorado y regresan a la universidad.
Usted nos contaba fuera de cámaras que amaba tanto estar en la universidad que cuando ya le tocaba jubilarse botó la hoja.
Me mandaron una carta, inclusive nos mandaron a los profesores del departamento de física, éramos como cuatro o cinco. Entonces, nos mandaron a los cinco ahí una carta donde decían que “de acuerdo a la reglas o la ley, usted ya tiene derecho a jubilarse. Así que a partir de tal fecha puede solicitar su jubilación”. Yo lo que hice fue agarrarla y un basurero que tenía la alfarra y la dejé ir. Firmada, por cierto, por el rector o la rectora en ese tiempo. Y recuerdo dos compañeras, una de ellas que llegó llorando casi: “Mira, nos quieren despedir de la universidad”. Tranquila, compañera, yo también la recibí. “¿Y a dónde la tenés?” En el basurero. Lo que te están diciendo es que tenés derecho a la jubilación a partir de tal fecha. Pero a partir de ahí no no te están obligando. De los cinco creo que solo dos nos quedamos.
¿Y usted por cuánto tiempo se quedó ahí en la universidad ejerciendo ese derecho a seguir siendo docente?
Muchos años. Estaba comenzando con el Instituto de Ciencias de la Tierra y sentía que podía dar mucho más para mejorarlo, engrandecerlo, aumentarlo y ponerle más personal docente. Así que por eso no acepté. Eso debió haber sido allá por el 2008 o 2010. De ahí me quedé por lo menos 12 años más, 14 años más. Hasta 2022 cuando me jubilé.
¿Ahí decide que ya es su momento?
Yo dije, “bueno, yo creo que ya di lo que tenía que dar. Este es un momento propicio ya”. Además, aquí en la casa ya me estaban reclamando porque pasaba mis 10 horas en la universidad y aquí solo llegaba ya cansado, solo a dormir. Yo creo que uno debe respetar los ciclos en la vida. Yo soy de mucho de muy creyente en los ciclos. Entonces uno va viendo cómo va avanzando en su vida y cada ciclo tiene experiencias, características diferentes al anterior. Y uno tiene que aprovechar lo máximo de cada uno de esos ciclos. Y sí, consideré que mi ciclo en la universidad en ese momento terminaba y que era prudente pedir mi jubilación.
¿Cuántos hijos tiene Nabil Kawas?
Dos niñas, la mayor es una niña y de ahí gemelos: un varón y una hembra.
¿Cómo se describe usted?
Una persona tranquila, callada, no soy muy platicador. Me gusta vivir tranquilo, no me gusta no me gusta el bochinche. Tal vez en mi juventud sí diría yo, pero ahí me cansé de ser revoltoso y eso ya casado pues ya viene a ayudar porque ya uno está cansado de andar en todas las vueltas de juventud y lógicamente uno ya casado se tranquiliza.
¿Cómo describe a las mujeres costarricenses?
No sé a las costarricenses en general, pero sí conozco a la mía. De carácter fuerte.
¿Cree que mucho de lo que usted ha logrado ha sido gracias a ella?
Sí, yo creo que sí, tuve un gran apoyo con ella. O sea, yo diría que el apoyo más importante de ella fue que lo que yo miraba y quería hacer, ella nunca se oponía. Aunque en algunos casos no le gustaba. Que yo hiciera una actividad o me metiera en un tema o en otro, pero nunca se opuso. Sino que siempre me dio esa libertad de desarrollarme como profesional, como docente. Un consejo que yo daría, inclusive: nunca hay que revolver el trabajo con la vida privada en la casa. Es un error garrafal, creo yo. Y yo tuve mucho cuidado con eso.
¿Cómo se siente usted al ver todo lo que ha logrado?
Una satisfacción total que me permite ahora que estoy jubilado no sentirme como como decir me faltó tal cosa, me faltó otra, o hubiera hecho esto. Yo creo que me siento satisfecho de haber hecho todo lo que he logrado. Lógico, hubo luchas que no se lograron y eso es normal en la vida... Hasta el sol de hoy estoy jubilado, pero sigo activo. Sigo activo, no me da pena decirlo, con consultorías. Trato de hacer consultorías, no con la idea de ganar dinero, sino con la idea de mantenerse activo, vivo y que se mantiene en los temas que uno conoce y que sabe.
¿Cuántos años tiene Nabil?
81 años.
¿A sus 81 años tiene varios títulos y reconocimientos?
Sí, me clavaron un apodo por esos reconocimientos, el jefe de jefes. Por todo el trabajo de la universidad, me pusieron jefe de jefes, con mariachis. Llegaron aquí a la casa a hacer bulla, estuvieron un buen rato como 30 personas. Jefe de jefes es en la universidad. Hasta el sol de hoy cuando me ven en televisión, en algún programa me sacan foto y dicen “miren al jefe de jefes”.
¿Tiene una biblioteca?
Mi biblioteca privada la regalé a la universidad. Me quedan libros y les dije que vivieran por ellos.
¿Qué es lo que más le gusta hacer?
Disfruto mucho viajar. Honduras, por ejemplo, lo conozco todo, no hay lugar que no conozca.
¿Lugar que más le gusta?
La ruta Lenca. Siguatepeque, Gracias, Intibucá, bajar hasta Santa Rosa de Copán, hasta las Ruinas de Copán. He andado por carretera en toda Centroamérica.
¿Cuál es su comida favorita?
La baleada para mí es la más rica y de árabe las hojas de uva. Son hojas rellenas de arroz con carne, mucho trabajo por cierto. La hoja se cocina con arroz con carne y salen unos tamalitos chiquitos.
¿Tiene una filosofía de vida?
Yo respeto mucho los ciclos y en cada ciclo hay como metas en la vida, metas que uno quisiera alcanzar. Y gracias a Dios, yo diría que las he logrado, he logrado las metas que me he propuesto en cada uno de los ciclos.
¿Cuántos países ha visitado?
Son muchos. La verdad es que la meteorología es una ciencia que ayuda a visitar países. Mi hermana me regaló un mapa que ahí lo tengo en la oficina, pero que todavía no los he rayado todos los países que he visitado.
¿Usted se considera un hombre de fe?
Sí.
¿Católico?
Sí. Tengo un origen de iglesia ortodoxa por mi mamá. Mi abuelo fue un padre ortodoxo.
¿La practicó en algún momento?
Sí, cuando era muy niño. Lo que pasa es que aquí también no hay iglesia ortodoxa, solo en San Pedro Sul hay una. Pero en general, ya después, cuando salí de la casa y comencé mis estudios, todo eso es católico siempre.
¿Nunca estuvo en el seminario?
No, nunca. Pero ella sí (su esposa, Vicky), ella sí iba a ser monja.
¿O sea que por usted salió?
Ahí fue donde me gané al suegro porque quería ser monja.
¿Cómo quiere que lo recuerden, Nabil?
Como un hombre que entregó su vida a la educación, diría yo.
¿Algún mensaje que nos quiera dar?
El mensaje más importante que podría ser, y de un educador como yo, es que siempre busquen educar a sus hijos y a sus nietos. La educación es el desarrollo de un país. Si no entre más población educada tenemos, mejor vamos a estar. Y no es fácil, y no estoy hablando de la población que vive en la ciudad, estoy hablando de la población que vive en el campo. A veces la escuela está muy lejos, el esfuerzo es mucho mayor de los padres, del papá o de la mamá, o de la abuelita que cuida al niño, pero ese esfuerzo se va a traducir en mejora para ese muchacho o esa muchacha. La educación es el pilar de un país y entre más educados estemos en Honduras, mejor vamos a estar.