Tegucigalpa, Honduras.- En 1961, en la colonia Monseñor Fiallos de Comayagüela, la vida no ofrecía muchas certezas. Las calles de tierra, los barrios apretados y las historias que se contaban entre vecinos enseñaban pronto que la justicia no siempre llegaba, y que la verdad, con frecuencia, se quedaba en silencio.
En medio de ese entorno, un niño de ocho años encontró una grieta distinta en la realidad. Frente a un televisor, vio por primera vez a Perry Mason: un abogado que no aceptaba lo evidente, que buscaba pruebas donde otros veían finales, que desmontaba mentiras hasta obligar a la verdad a aparecer.
Para muchos era solo una serie. Para él, fue una pregunta que no lo abandonaría jamás: ¿y si la verdad también pudiera defenderse en Honduras?
Ese niño era Gonzalo Sánchez Picado.
A diferencia de la ficción, su camino no tuvo guiones ni confesiones en el momento justo. Tuvo una realidad más compleja y más dura, donde el crimen no se resolvía en una hora y donde la verdad exigía método, paciencia y conocimiento. Y fue en ese contexto donde decidió marcar la diferencia: se formó académicamente en Costa Rica, El Salvador, Puerto Rico, España y Estados Unidos, buscando las herramientas que su país aún no tenía.
Gonzalo Sánchez no solo se hizo abogado. Se convirtió en uno de los pilares de la investigación criminal en Honduras. En un entorno donde las respuestas eran escasas, ayudó a construirlas: participó en la creación del Departamento de Inspecciones Oculares y del Departamento de Registro Balístico, y sentó bases fundamentales para la criminalística moderna en el país.
Formó investigadores, abrió caminos y transformó una disciplina que antes dependía más de la intuición que de la ciencia.
Hoy, con 72 años, es catedrático universitario, exsecretario ejecutivo de la Dirección General de Investigación Criminal (DGIC) y el criminalista más reconocido de Honduras. En conversación con el equipo de la Revista Tic Tac de EL HERALDO, se abrió más allá del mundo del crimen para hablar del hombre que llegó a ser, y de cómo aquel niño frente a una pantalla terminó convirtiéndose en la persona que tanto admiraba.
¿Qué lo llevó a decidir a convertirse en abogado e investigador criminal?
Desde niño, cuando tenía unos ocho años, veía en la televisión una serie llamada Perry Mason. Me llamaba mucho la atención ese abogado y su equipo de investigadores. Me quedaba completamente concentrado viendo el programa, y pensaba: “Cuando sea grande, voy a ser abogado y también policía”.
Con el tiempo, y gracias a Dios, logré cumplir ese sueño. Me hice profesional del derecho y también trabajé en la policía durante 15 años, en la Dirección General de Investigación Criminal (DGIC). Allí ocupé varios cargos importantes. Fui fundador del Departamento de Inspecciones Oculares, encargado del procesamiento de escenas del crimen, y también del Registro Balístico de la Policía.
Posteriormente, fui nombrado secretario ejecutivo de la DGIC, equivalente al cargo de subdirector de investigación.
Antes de llegar a la investigación criminal, ¿cómo fue su recorrido dentro del sistema judicial y qué lo llevó a dar ese primer giro en su carrera?
Yo había trabajado ya en los tribunales de justicia como escribiente de los juzgados, cuando estos funcionaban en el barrio La Hoya. Esa fue mi primera experiencia dentro del sistema judicial. Posteriormente fui nombrado juez de paz de lo criminal en Tegucigalpa. Ya en el último año de la carrera de Derecho, me designaron como juez de paz segundo de letras de lo criminal. Sin embargo, yo siempre llevaba dentro el deseo de ser policía.
Cuando surge el Ministerio Público en 1994, yo tenía mi propio bufete y ejercía la profesión de abogado. En ese momento se abrieron exámenes para optar a fiscales, y logré aprobar con una calificación alta, por lo que fui nombrado fiscal. Pero permanecí poco tiempo en ese cargo, porque no me gustaba acusar; como abogado, siempre me ha inclinado más la defensa, especialmente de personas inocentes.
En ese periodo ya había realizado un curso de “Panorámica y Técnicas de Investigación Criminal” con policías vinculados al FBI (Oficina Federal de Investigaciones), mientras era juez de paz. Ese curso despertó aún más mi interés por la investigación criminal. Cuando se crea la Dirección General de Investigación Criminal (DGIC), mi currículum ya incluía esa formación, por lo que me propusieron integrarme a la institución, y acepté con gusto.
¿Cómo se consolidó su carrera dentro de la DGIC y cuáles fueron los aportes más importantes que dejó en la institución?
Dentro de la DGIC fui preparado como instructor de policía en tres módulos con apoyo del FBI, lo que me permitió capacitar y entrenar a investigadores. A partir de ahí se me encomendó la creación del Departamento de Inspecciones Oculares, encargado del procesamiento de la escena del crimen y la recolección de indicios.
Posteriormente, con esa experiencia y formación, y tras haber sido enviado a capacitaciones en Costa Rica, El Salvador, Puerto Rico, España y Estados Unidos en temas de manejo de escena del crimen, evidencia física e investigación criminal, consolidamos ese departamento a nivel nacional, comenzando con 50 investigadores distribuidos en Tegucigalpa y en distintas regiones del país.
Más adelante fue necesario crear el Registro de Armas debido a la gran cantidad de armamento ilegal en circulación. Para ello se me asignó la creación del Registro Balístico, del cual fui su primer jefe durante aproximadamente cuatro años.
Finalmente, de manera poco habitual dentro de la institución, fui nombrado secretario ejecutivo de la DGIC. Sin embargo, el ministro de Seguridad de ese entonces, Óscar Álvarez, consideró que no debía separarme del Registro Balístico por mi buen funcionamiento, por lo que se tomó una decisión excepcional que desempeñara simultáneamente ambos cargos, como jefe de balística y secretario ejecutivo de la Dirección General de Investigación Criminal.
¿Podría compartir algunos de los casos más emblemáticos que investigó en la Dirección General de Investigación Criminal y cómo se resolvieron?
Durante mi trabajo en la Dirección General de Investigación Criminal se atendieron casos emblemáticos que logramos resolver con el apoyo de un gran equipo de investigadores. Entre ellos está el caso de Vicenzzina Trimarchi, una joven que fue sacada de la universidad y asesinada por un muchacho. El cuerpo fue ocultado durante dos días en un armario y posteriormente abandonado en la aldea Corralito, completamente desnudo.
En ese caso no había evidencia tradicional. Sin embargo, a través del análisis de la escena del crimen y del perfil psicológico logramos determinar que se trataba de un estudiante universitario. En aproximadamente 13 días fue capturado. Este caso fue tan relevante que se escribió un libro titulado El asesinato de la rama de ficus, ya que una rama encontrada en la escena fue clave en la investigación. Incluso fue presentado en un congreso internacional del FBI en Estados Unidos y expuesto en la Universidad de California.
Otro caso importante fue el de doña Cleotilde Grand Pérez, conocida como “la bruja Cleo”. Se le atribuían asesinatos de hombres entre 60 y 70 años, con quienes mantenía relaciones antes de matarlos y enterrarlos en posición fetal. En varias de las casas donde residió logramos encontrar restos humanos enterrados. En una de ellas, en El Porvenir, se descubrió el caso de un comerciante guatemalteco de más de 60 años, a quien asesinó, descuartizó y cuyos restos fueron hallados en el fogón de la vivienda.
En un inicio, la investigación no tenía evidencia directa. Sin embargo, un detalle llamó la atención de un investigador y fue una mosca verde se posaba constantemente en el fogón donde ella preparaba alimentos. Este tipo de insecto suele aparecer en presencia de materia en descomposición, lo que generó sospecha. A partir de ese indicio se decidió inspeccionar el fogón, con autorización de la propietaria, quien accedió sin objeción.
Al destruir el fogón se encontraron restos humanos en su interior. Esto confirmó que se trataba de una psicópata que descuartizaba a sus víctimas y ocultaba los restos allí. Posteriormente, en otras propiedades donde había vivido, se encontraron más cuerpos enterrados en los patios, sumando al menos tres víctimas confirmadas.
A través de una evaluación, nos dimos cuenta que ella en su niñez era pirómana, pero el problema fue que el papá, cuando ella tenía seis añitos, la violó.
Entonces, Cleo, tuvo una fijación hacia los hombres mayores, como una venganza hacia los hombres mayores. Ella le agarró un odio a los hombres mayores y era allí donde empezó a matar a hombres mayores.
También se investigó el caso de Yadira Miguel Mejía, una joven que fue asesinada cerca de la universidad y cuyo cuerpo fue arrojado en un pozo séptico dentro de una vivienda. Ese caso también fue dirigido y resuelto por nuestro equipo.
En todos estos casos era fundamental algo más que la investigación tradicional: la elaboración de perfiles criminales. No se trataba solo de recolectar evidencia, sino de analizar la escena del crimen desde un punto psicológico y psicodinámico. Eso nos permitía determinar el tipo de persona, su nivel académico, su comportamiento, e incluso si podía tratarse de un sociópata o un psicópata.
Gracias a ese enfoque logramos resolver casos sin evidencia directa, basándonos en el comportamiento del crimen y el perfil del autor. Por eso estos casos trascendieron incluso fuera del país y fueron estudiados en el extranjero.
¿Existen conductas que permitan identificar posibles rasgos psicopáticos en una persona?
Las características que puede presentar un psicópata incluyen, por ejemplo, la piromanía. Desde niños, algunos muestran una tendencia a jugar con fósforos, por lo que es importante prestar atención a ese tipo de conductas.
Otra característica es la crueldad hacia los animales. Asimismo, se menciona una tercera conducta: la enuresis, es decir, hacerse pipí en la cama a una edad en la que ya debería haberse superado.
Cuando un niño presenta enuresis a los 4, 5 o 6 años, es importante observarlo con atención, ya que, junto con otras conductas como la piromanía y la crueldad con los animales, podría considerarse un posible indicador de riesgo en su desarrollo conductual.
¿Hay algún caso en su carrera que le haya marcado profundamente a nivel personal y profesional?
Uno de los casos que más me marcó fue la muerte de un niño. En ese tiempo, este tipo de hechos no eran tan frecuentes como ahora, pero siempre me impactaron profundamente, porque les tengo un gran aprecio a los niños.
El caso ocurrió en una colonia del sector de Tiloarque, durante la noche de Navidad. Una familia salía de la iglesia alrededor de la medianoche, en medio de la cohetería típica del 24 de diciembre. A unos 600 o 700 metros, un hombre comenzó a disparar al aire. En ese momento, el niño, que iba de la mano de sus padres, cayó al suelo con una herida de bala en la cabeza y falleció en el lugar.
Tomé el caso personalmente. Rastreamos la colonia centímetro a centímetro hasta obtener información en una pulpería, donde se mencionó que un hombre, presuntamente militar, había realizado disparos. Determinamos que el arma utilizada era calibre .45, que en ese momento era de reglamento militar.
Logramos recuperar el proyectil, confirmar el calibre, identificar al responsable y finalmente capturarlo. Sin embargo, ese caso fue uno de los que más me afectó, por tratarse de un niño que venía saliendo de la iglesia con su familia.
¿Por qué muchas veces se dice que la Policía no hace nada con los casos?
Sí, mire, es algo paradójico. Se dice que cuando no se tienen recursos se trabaja mejor y que cuando se tiene todo no se hace nada, pero eso no es cierto. La Policía se ha ido profesionalizando, aunque este es un proceso que toma tiempo.
Hoy en día, la Policía cuenta con laboratorios criminalísticos que, en Centroamérica, pueden considerarse entre los mejores, como los de la Dirección Policial de Investigaciones (DPI) y los ubicados en San Pedro Sula. Los casos sí se investigan, aunque no siempre con la rapidez que quisiéramos, porque las investigaciones criminales requieren tiempo.
Sin embargo, hay casos recientes que vale la pena destacar, como el secuestro de un niño en Taulabé. En ese caso, los investigadores comenzaron a trabajar de inmediato y se apoyaron en la tecnología, especialmente en cámaras de vigilancia, que son una herramienta muy importante para la investigación criminal.
Además, hay un aspecto clave: la relación entre la policía y la comunidad. La policía comunitaria ha fortalecido sus vínculos con alcaldías, iglesias, patronatos y ciudadanos. En este caso, aunque hubo tramos sin cámaras, varios ciudadanos aportaron información desde sus propias cámaras de seguridad en sus viviendas, reportando el paso del vehículo sospechoso. Gracias a esa colaboración y al uso de tecnología, los responsables fueron capturados el mismo día del secuestro.
Esto demuestra que la participación ciudadana es fundamental. En países como Estados Unidos, el éxito policial se basa en gran medida en la colaboración de informantes. Antes, en nuestro contexto, muchas personas temían colaborar por desconfianza hacia la policía, pero esa percepción ha ido cambiando.
También se decía que la investigación criminal era el “talón de Aquiles”, pero esto ha evolucionado. Con los laboratorios actuales, los indicios recolectados en la escena del crimen pueden ser procesados con mayor rapidez, lo que facilita la identificación de los responsables.
Aun así, la investigación criminal no es sencilla. Hoy en día, las estructuras criminales cuentan con recursos y tecnología que les permiten evadir a las autoridades. Sin embargo, la policía continúa fortaleciéndose y profesionalizándose. Es importante darle tiempo a este proceso, ya que se están logrando avances significativos
¿Hubo casos que le hubiera gustado investigar?
Hay casos en los que me hubiera gustado participar. Uno de ellos es el de la ambientalista Berta Cáceres. También el caso de una joven de apellido Martínez (Keyla), en La Esperanza, Intibucá. Son investigaciones en las que me habría gustado trabajar, porque considero que podría haber aportado mucho.
Asimismo, hubo otro caso que me llamó la atención, aunque la Policía lo resolvió con éxito: el asesinato de una joven en Santa Bárbara, junto con su hermana. En ese momento, un oficial a cargo me pidió orientación. Inicialmente se pensaba que era un crimen pasional, pero le indiqué que no parecía ser así. Por la forma en que ocurrió, la cantidad de disparos y el contexto, le sugerí que investigara la posible relación con el narcotráfico y el crimen organizado.
Efectivamente, al profundizar en la investigación, se confirmó que no se trataba de un crimen pasional, sino de un hecho vinculado al crimen organizado. Los responsables fueron identificados y capturados.
En cuanto a mi vida personal, gracias a Dios no tuve que hacer grandes sacrificios. Siempre procuré tratar a las personas con respeto, incluso durante los interrogatorios. Aplicaba lo que se conoce como un proceso de acercamiento o generación de confianza. Evitaba la intimidación: no entraba armado, conversaba con la persona, le hacía preguntas sobre su vida, su familia, y generaba un ambiente más humano.
Incluso, en ocasiones, compartía alimentos con los detenidos. Esto ayudaba a que se sintieran en confianza y pudieran hablar con mayor libertad. De esta manera, muchas veces obtenía información sin necesidad de recurrir a la violencia.
Además, siempre me apoyaba en la evidencia, que es fundamental en una investigación. La prueba científica permite sustentar los casos de manera sólida. Aunque una persona confesara, era necesario respaldar esa información con pruebas, ya que las declaraciones por sí solas no tienen suficiente peso legal en los tribunales.
Por eso, combinábamos la información obtenida con evidencia objetiva para presentar casos bien fundamentados ante la justicia. Soy enemigo de las injusticias. Siempre he creído que, si alguien comete un delito, debe pagarlo; pero si una persona es inocente, debe ser liberada de inmediato. Desde que estaba en la policía, mantenía esa postura: no se debe procesar a alguien sin pruebas.
¿Cómo influyó su experiencia como investigador en la educación y protección de sus hijos, especialmente en temas de seguridad personal?
Sí, tengo hijos: tres hijas y un varón. Sin embargo, ya no son niños; mis hijas son mayores y están graduadas de la universidad.
Con todo mi conocimiento como investigador, siempre procuré orientarlas, especialmente en temas de seguridad personal. Les enseñé cómo cuidarse y cómo actuar ante posibles situaciones de riesgo.
Por ejemplo, si iban a un restaurante o a una discoteca, les recomendaba que siempre recogieran personalmente sus bebidas y que no las dejaran solas, incluso si iban al baño, ya que alguien podría adulterarlas. También les advertía sobre personas peligrosas, como individuos con rasgos asociados a la psicopatía o sociopatía, y trataba de explicarles cómo identificar comportamientos sospechosos.
El sociópata puede actuar de forma impulsiva y, en algunos casos, matar por placer o sin un patrón definido, pudiendo agredir a cualquier persona. En cambio, el psicópata es diferente. Generalmente, presenta rasgos desde la infancia o desarrolla una fijación específica. No suele elegir víctimas al azar, sino que puede tener un perfil determinado de víctima, por ejemplo, mujeres con ciertas características físicas.
Por ejemplo, puede observar a una persona en televisión, como una periodista, y fijarse obsesivamente en ella, definiéndola como una posible víctima. A partir de ahí, puede comenzar a estudiarla, investigar sus rutinas, saber a qué lugares va, como supermercados o gimnasios.
Este tipo de individuo puede aparentar ser muy educado y caballeroso. Incluso puede acercarse de forma amable, ayudar con bolsas o mostrarse atento en parqueos o espacios públicos, lo que genera confianza en la víctima. Sin embargo, esa conducta es parte de una manipulación, ya que su objetivo final puede ser la agresión o el asesinato.
Más que buscar perfiles en las personas cercanas a ellas, mi enfoque fue brindarles herramientas para protegerse y tomar buenas decisiones.
Les expliqué estos riesgos para que estuvieran alertas. Sin embargo, ninguno de mis hijos siguió mi carrera. Tengo tres hijas y un varón, y todos eligieron profesiones completamente distintas a la investigación criminal o el derecho. Aunque me hubiera gustado que aprovecharan mi biblioteca y experiencia, al final cada uno tomó su propio camino.
¿Cómo ha influido su carrera en la relación con sus hijos y qué importancia le da usted al tiempo en familia?
Sí, ha influido en dedicarme más a mis hijos, en tratar de pasar más tiempo con ellos, tener más comunicación, más vínculo y más afecto. En estas instituciones uno a veces descuida esa parte tan importante que es la atención a la familia.
Sin embargo, no considero que sea únicamente la cantidad de tiempo lo que importa, sino la calidad. Eso lo tengo claro: un abrazo, un beso de vez en cuando y decirle a un hijo “te amo” o “te quiero” tiene mucho valor, incluso más que pasar todo el día con él sin una verdadera conexión.
No he tenido reclamos de mis hijos por esto. Al contrario, gracias a Dios me siento un hombre afortunado, porque mis hijos me quieren mucho y tenemos una buena relación.
¿Cómo manejaba usted la confidencialidad de su trabajo como investigador criminal y el impacto que esto tenía en su vida familiar?
Sí. En la Policía se enseña claramente que lo que se dice y se escucha dentro de la institución se queda allí. Es un principio básico de confidencialidad.
De hecho, incluso en los entrenamientos se advierte que no es recomendable compartir información del trabajo con la familia, ya que cualquier comentario puede difundirse sin intención. Por ejemplo, una persona podría contarle a su pareja algo en confianza, y esta, a su vez, comentarlo a alguien más, generando una cadena de filtración que puede comprometer una investigación.
En mi caso, a veces llegaban llamadas por casos importantes en horas de la noche, incluso cuando estaba descansando. Me llamaban alrededor de las 11 o 12 de la noche, y debía presentarme de inmediato. Me levantaba y salía sin dar mayores explicaciones.
Las comunicaciones se hacían por radio con claves, y mi esposa llegó a familiarizarse con ellas, aunque no comprendía completamente su significado. Ella me preguntaba a dónde iba, pero yo simplemente le decía que debía presentarme en la base, sin entrar en detalles.
Cuando regresaba, a veces de madrugada, ella me preguntaba por qué me habían llamado a esas horas. Yo solía dar explicaciones generales, como que era para firmar documentos o atender asuntos administrativos, pero no entraba en detalles sobre los casos.
Con mis hijas tenía más cuidado, aunque sí las orientaba sobre seguridad. Sin embargo, evitaba contarles detalles del trabajo, porque en ese contexto cualquier comentario podía generar riesgos o malinterpretaciones.
Con el tiempo, incluso mi familia se enteraba de algunas cosas por los medios de comunicación, cuando veían que yo había dirigido ciertas investigaciones. Entonces me decían que no les había contado, pero siempre mantuve la discreción por seguridad.
En general, traté de separar mi vida profesional de la familiar para proteger tanto la investigación como a mi propia familia.
¿Cómo describiría usted las exigencias, el estrés y el impacto personal de la vida policial, y cómo se manejan las situaciones de presión en el ejercicio de la función?
La vida del policía es difícil. Es un trabajo que muchas personas no comprenden del todo, incluso hoy que la mayoría de los funcionarios son profesionales. Es una labor muy sacrificada.
Por ejemplo, en mi caso llegué a acumular varios periodos de vacaciones sin poder disfrutarlos. En algunas ocasiones, ya tenía todo listo para salir con mi familia, pero recibía una llamada del director informando sobre un hecho grave, como el asesinato de un funcionario o un empresario. En esos casos, las vacaciones se suspendían de inmediato.
Así ocurría con frecuencia: el trabajo no se limitaba a resolver un caso en pocas horas, sino que podía extenderse por meses. Eso generaba un desgaste importante tanto personal como familiar. Mis vacaciones, en muchas ocasiones, simplemente no se realizaban.
Es un trabajo agotador y con altos niveles de estrés. Incluso compañeros que hoy son altos oficiales me han comentado que la presión es muy fuerte y que han desarrollado problemas de salud relacionados con el estrés.
Los horarios también son muy exigentes. Muchas veces hay que salir a las 3:00 de la madrugada, lo que implica despertarse a las 2, equiparse completamente y trabajar con muy pocas horas de sueño. En muchas ocasiones se duerme tres o cuatro horas, y la alimentación depende de las condiciones del operativo, a veces sin poder comer durante largas jornadas.
Además, la mayoría de los policías enfrentan dificultades en su vida familiar. Los traslados constantes a distintas ciudades o regiones provocan separación de los hogares, lo que debilita los vínculos familiares y afecta las relaciones personales.
Es un trabajo en el que el funcionario puede salir de su casa sin saber si regresará con vida, debido al nivel de riesgo constante.
Respecto al manejo emocional, a pesar de que se instruye al policía en el respeto a los derechos humanos y al trato digno hacia los ciudadanos, también es importante considerar que el estrés, la falta de sueño y las situaciones personales pueden afectar el control emocional.
En algunos casos, el trato del ciudadano hacia la autoridad puede ser agresivo o irrespetuoso, lo que aumenta la tensión. Aun así, la mayoría de los policías intentan mantener el control y actuar con profesionalismo.
Recuerdo un caso en el que, mientras dirigía el área de registro balístico, un ciudadano comenzó a insultar al personal policial y a generalizar acusaciones contra todos los policías. La situación se estaba saliendo de control, por lo que decidí intervenir.
Le expliqué que, aunque pueden existir casos de corrupción dentro de cualquier institución, en esa oficina se trabajaba con transparencia y respeto hacia los ciudadanos. También le pedí que mantuviera el respeto hacia el personal, ya que de lo contrario la situación podía escalar innecesariamente.
Es importante reconocer que, así como existen malos funcionarios, también hay ciudadanos que en ocasiones actúan bajo efectos del alcohol o sustancias, lo que genera conflictos. En esas circunstancias, pueden darse reacciones impulsivas que terminan en enfrentamientos.
En general, es una profesión compleja, de alta presión, donde el control emocional, el respeto y la formación ética son fundamentales para evitar excesos y mantener el orden.
¿Qué significó su paso por la policía en términos personales y profesionales, y cómo cambió su forma de ver la vida?
Mi familia me decía: “Vos sos abogado, ¿qué estás haciendo ahí? Salite, estás poniendo en riesgo tu vida. Ya podés ejercer tu profesión afuera, ¿por qué seguir en la policía?”.
Sin embargo, ser miembro de la policía, tanto en investigación como en prevención, es una vocación. Yo siempre decía a los oficiales que el principal problema es no saber identificar esa vocación desde el inicio. Una persona con verdadera vocación policial no mira el reloj, no se queja por no dormir o no comer, porque entiende el propósito de su trabajo.
El problema es que muchas personas ingresan a la institución por necesidad de empleo, sin vocación de servicio. Se les da capacitación, pero al no tener esa base, algunos pueden cometer excesos al portar un uniforme y un arma. Por eso considero que debe haber mayor cuidado en la selección del personal, buscando personas con verdadera vocación.
En mi caso, trabajar en la Policía cambió completamente mi percepción de la vida. Me permitió comprender lo complejo que es el trabajo policial y, al mismo tiempo, me hizo más respetuoso de la Constitución y las leyes.
Yo les decía a mis compañeros: “Tenemos un pie afuera y otro dentro de la cárcel”, en el sentido de que debemos actuar con extremo cuidado en el uso de la fuerza y en el trato al ciudadano, especialmente en decisiones críticas como el uso de un arma de fuego.
Esa experiencia me marcó profundamente. También la formación y la capacitación que recibí fueron fundamentales para mi desarrollo profesional, incluso fuera de la institución.
Yo le tengo un gran aprecio a la policía. La amo como institución. Aunque ya no esté activo, sigo sintiéndome parte de ella. Nunca he dejado de considerarme policía en un sentido moral y profesional.
Esta experiencia me ha dado muchísimo. La institución me brindó oportunidades de capacitación dentro y fuera del país, lo cual no tiene precio. Es una institución noble, aunque, como en toda organización, existen personas que no actúan correctamente. Sin embargo, en general, la policía se ha ido profesionalizando.
Hoy en día cuenta con profesionales de distintas áreas como médicos, abogados y psicólogos, lo que demuestra su evolución. En mi opinión, la institución ha mejorado significativamente y actualmente está en un buen nivel de desarrollo.
¿Qué le ha enseñado su experiencia como servidor público y en la investigación criminal, y cómo ha influido eso en su forma de ver la confianza en las personas?
Me ha enseñado a ser respetuoso de la ley y a estar en contra de la corrupción. En otras palabras, no estoy de acuerdo con la corrupción y la rechazo completamente.
También me enseñó la importancia de tener un alto sentido de lo que significa ser servidor público y de cómo se debe servir al ciudadano. Esto no solo aplica a la policía, sino a todo funcionario público.
Lamentablemente, en algunos casos, los funcionarios no saben cómo tratar adecuadamente a las personas que llegan a las instituciones. No todos, pero aún existen deficiencias en la cultura de servicio. A veces, en lugar de facilitar los trámites, se los dificultan al ciudadano. Por eso aprendí la importancia de tener un concepto claro de servicio público, basado en la ayuda y el respeto hacia las personas.
En cuanto a la confianza, el policía no debe confiarse de nadie, ni siquiera de su propia sombra. Esto no significa actuar de forma hostil, sino ser prudente, porque los seres humanos pueden cambiar en cualquier momento.
Uno aprende a ser reservado, a hablar poco y a no confiar fácilmente en las personas, debido a que en este tipo de trabajo pueden surgir riesgos, enemistades o incluso intentos de engaño o trampa. Por eso la prudencia es fundamental en la labor policial.
Finalmente, si no hubiera seguido este camino profesional, probablemente me habría dedicado completamente a la vida familiar. Después de tantos años en la docencia universitaria, en la policía y en la Corte Suprema de Justicia, me enfocaría en mi hogar, en mi familia y en disfrutar los años de vida que me quedan en tranquilidad.
¿Cómo era para usted cumplir funciones policiales durante fechas especiales como Navidad o Semana Santa, y cómo afectaba eso su vida personal y familiar?
Ah, sí, desde luego. En fechas como Navidad y Semana Santa siempre estábamos en servicio. Recuerdo que en una Navidad me encontraba de turno en la DGIC, y mi mamá me preguntaba si iba a llegar a la cena navideña. Sin embargo, no podía asistir porque estaba de servicio.
En algunas ocasiones, lo que hacía era coordinar con cuatro o cinco policías de la patrulla para pasar brevemente a cenar con mi familia, como un gesto para complacer a mi madre. Pero era algo muy rápido, porque debíamos regresar al servicio de inmediato.
En esas fechas siempre hay mayor incidencia de problemas, como consumo de alcohol, disparos y otras situaciones de riesgo, por lo que la vigilancia debe ser constante.
Uno prácticamente solo se daba ese pequeño espacio para cenar y luego regresaba al trabajo. Este tipo de experiencias lo marcan a uno, pero también enseñan a ser responsable, a valorar el servicio y a ser agradecido con la institución.
¿Cómo ha impactado emocionalmente en usted el trabajo policial y qué valores o vínculos se desarrollan dentro de la institución?
Es duro, es muy duro. Este trabajo también requiere apoyo psicológico, porque incluso dentro de la policía existen profesionales de la psicología que ayudan a los funcionarios a manejar sus emociones y a no perder el control.
Hay que recordar que una persona con entrenamiento, con arma de fuego y con autoridad puede llegar a ser peligrosa si le afectan profundamente situaciones personales, especialmente cuando se trata de un ser querido. Por eso existe acompañamiento psicológico dentro de la institución.
Sin embargo, eso no evita que, en algunos momentos, una persona pueda desbordarse emocionalmente. Los policías también lloran, como cualquier ser humano. Lloramos incluso cuando muere un compañero.
Aunque no todos lo comprendan, se vive un fuerte sentimiento de hermandad. En la policía existe lo que se conoce como “espíritu de cuerpo”. Durante los entrenamientos y el trabajo diario se desarrollan lazos muy fuertes: se comparte lo poco que se tiene, se protege al compañero y se actúa como una familia.
Si un compañero resulta herido en un enfrentamiento, se le auxilia como si fuera un familiar. Ese sentido de solidaridad es muy profundo. Por eso, cuando un compañero cae en cumplimiento del deber, se le llora como a un hermano.
Este compañerismo es muy especial. Dentro de la policía y también en el ejército existe un vínculo que difícilmente se pierde. Cuando los miembros de estas instituciones se encuentran, se saludan con respeto, afecto y cercanía, incluso después de haber pasado años o de estar retirados.
Es un ambiente de respeto que se mantiene incluso en la jubilación: los grados y el reconocimiento permanecen, y el trato entre compañeros sigue siendo cordial y fraterno.
Mi mensaje para los jóvenes y aspirantes a la policía es que, antes de ingresar, lo hagan por vocación. Aquí van a encontrar compañerismo, respeto y un fuerte espíritu de cuerpo, pero también deben estar preparados para una profesión exigente.
Es fundamental formarse bien, porque mientras más profesional sea el policía, mejor será su desempeño y su aporte a la sociedad.