Jorge Amaya, una trayectoria forjada entre libros y la investigación

El historiador recuerda los años que definieron su vocación y aconseja a las nuevas generaciones estudiar, trabajar y no renunciar a sus sueños

  • Actualizado: 05 de septiembre de 2026 a las 00:00
Jorge Amaya, una trayectoria forjada entre libros y la investigación

Tegucigalpa, Honduras.-Antes de convertirse en historiador, profesor y escritor, Jorge Alberto Amaya Banegas fue un niño de la colonia Kennedy que pasaba los días entre juegos, libros, amigos y calles sin teléfonos celulares.

Era el menor de ocho hermanos y creció en una familia de padres obreros, en una época en la que la infancia transcurría buena parte del tiempo fuera de casa: jugando pelota, explorando terrenos baldíos, bajando mangos silvestres y escuchando historias y leyendas del barrio.

Aquella infancia dejó huellas que, con los años, terminarían conectándose con su oficio. Su madre, aficionada a la literatura y la poesía, le acercó los primeros libros; su hermano mayor, Raúl Antonio Amaya, amplió ese universo.

Las películas de Indiana Jones despertaron en él el deseo de convertirse en arqueólogo.

Como en Honduras no existía entonces una carrera de Arqueología, encontró en la Historia el camino más cercano para hacer realidad aquella inquietud. En 2021 recibió el Premio Nacional de Ciencia José Cecilio del Valle, un reconocimiento de gran valor que se suma a otros galardones obtenidos a lo largo de su trayectoria.

En esta conversación con la revista Tic Tac de EL HERALDO, recuerda al niño que fue, habla de su familia, de sus primeros acercamientos a los libros y de la pasión por investigar y escribir.

¿Quién era Jorge Alberto Amaya Banegas cuando era niño?

Jorge Alberto Amaya Banegas es hijo de Raúl Amaya y Guadalupe Banegas. Mis padres ya están en el cielo. Tengo ocho hermanos; uno de ellos, mi hermano mayor, Raúl, falleció hace pocos años, por lo que quedamos siete hermanos.

Podríamos decir que Jorge Alberto Amaya es un nativo de la colonia Kennedy, el último de todos los hijos de mis padres y el único que nació en esa colonia.

En aquellos años, a finales de la década de 1960, cuando se construyó la colonia Kennedy, era un proyecto habitacional financiado por el Estado a través de la antigua Institución Nacional de la Vivienda (Inva). Llegamos a vivir allí como una familia numerosa, con ocho hermanos, en aquel proyecto de vivienda social.

Me crié en el entorno de la colonia Kennedy, lo que significa que soy de Tegucigalpa y nací en el Hospital Materno Infantil. Quizá formé parte de la primera generación de niños capitalinos que nacieron en un hospital, atendidos por médicos profesionales y no por parteras.

En ese tiempo, la Kennedy quedaba bastante retirada del centro histórico de Tegucigalpa. Era casi la periferia de la ciudad, como otra cosa diferente a Tegucigalpa; desarrolló su propia convivencia y su propia identidad.

Fui un niño criado en los años 70, estudiando en las escuelas y colegios de la colonia.

¿Y ese niño ya soñaba con ser historiador?

Yo creo que sí, tuve influencias literarias que fueron muy importantes. Una fue mi madre; aunque ella no llegó a la universidad, era una amante de la literatura y la poesía. Le encantaba leer y me compartía muchos libros; no escatimaba para comprarme, en aquel entonces llamábamos paquines, que hoy en día son los cómics.

No solo eran los libros de la escuela, sino literatura narrativa y poesía. La otra gran influencia literaria que tuve fue mi hermano mayor, Raúl Antonio Amaya, que se llamaba igual que mi padre.

Mi hermano era un amante de la literatura y, además, era muy inteligente; le gustaba la literatura de aventuras, la geografía y la historia, como la romana, los griegos y los egipcios.

Cuando yo tenía aproximadamente seis años, mi hermano me compró lo que en aquel tiempo era como si hoy me comprara una aplicación de inteligencia artificial de pago o una Wikipedia.

Era una enciclopedia que publicaban en España, en Barcelona, de la Editorial Sopena, que se llamaba Sé Todo. Eran tres tomos que contenían información de astronomía, geografía, dinosaurios, evolución, hombre prehistórico, zoología y botánica.

En aquellas enciclopedias veía arqueólogos desenterrando tumbas de Tutankamón, arqueólogos explorando el Partenón o las ruinas mayas de Copán. También veía estampas de la fauna de África: elefantes, jirafas; ilustraciones de la flora y los árboles de la Amazonía, grandes árboles de ceiba y guacamayas americanas.

Mi hermano también me hablaba de esos temas y discutíamos sobre ellos; fue entonces que empecé a sentir el gusanito por la historia.

De izquierda derecha, Oscar Amaya, Guadalupe Banegas, Jorge Alberto Amaya Banegas y su hermano Oswaldo Amaya Banegas.

En ese tiempo quería ser como aquellos arqueólogos, pero después mi hermano me llevó a ver las películas de Indiana Jones y yo decía: “Cuando crezca, me gustaría estudiar en la universidad para ser arqueólogo”.

En ese momento no había arqueología aquí, lo más cercano era la historia. Entonces dije: “Bueno, voy a ser historiador cuando sea grande”.

Además, en la escuela no era muy bueno para las matemáticas, pero sí para las clases de español y, como leía mucho, entendía muchas palabras. Sobre todo me gustaban los contenidos de lo que entonces llamábamos Estudios Sociales.

¿La escuela también la estudió en la colonia Kennedy?

Sí, estudié en la Escuela Esteban Mendoza, que me quedaba exactamente a una cuadra de mi casa. Me iba caminando y llegaba en un minuto. Incluso durante el recreo, mi mamá me daba poco dinero para la merienda, porque yo regresaba a la casa a tomar café con pan.

El colegio también me quedaba cerca, a unas dos cuadras. Estudié en el Instituto Jesús Milla Selva, que era uno de los colegios públicos de mayor prestigio de Tegucigalpa. En aquel tiempo, y considero que también posteriormente, estaba entre los mejores centros educativos de la capital, junto al Instituto Central Vicente Cáceres, el Técnico Honduras, el Luis Bográn y otros colegios emblemáticos.

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Tuve profesores de calidad y muchos eran egresados de la Universidad Pedagógica Nacional Francisco Morazán. Prácticamente todos influyeron en mi formación literaria y profesional como historiador.

Después, a nivel universitario, como muchos jóvenes de mi generación, estudié en la Universidad Nacional Autónoma de Honduras, mi alma mater, donde todavía laboro.

¿Le gustaba ir a la escuela o era de esos niños un poco rebeldes?

A mí me encantaba la escuela y tuve aquellas profesoras de antaño, formadas en la antigua Escuela Normal de Señoritas de Tegucigalpa. Eran maestras por vocación, muy bien preparadas y capaces de impartir las cuatro áreas básicas: Matemáticas, Español, Estudios Sociales y Ciencias Naturales.

Imagínese el nivel de preparación que tenía una profesora que debía dominar todas esas áreas y creo que los niños hondureños de los años 60 y 70 vivimos una época que podríamos llamar dorada de la educación.

Jorge Alberto Amaya Banegas cuando tenía 6 años en el kínder Damas Voluntarias ubicado en la colonia Kennedy, año 1976. Participando como Indio Bonito.

El Estado, con apoyo de la cooperación internacional, de USAID y de la Alianza para el Progreso, construyó buenos planteles, con infraestructura adecuada, bibliotecas y docentes de calidad. No quiero compararlo directamente con el presente, pero considero que en aquellos años tuvimos una educación de bastante calidad y hoy el sistema educativo hondureño atraviesa una fuerte crisis.

A mí me encantaba ir a la escuela por todo eso y también porque podía jugar con mis compañeros. En aquel tiempo decíamos que andábamos engavillados porque me encantaba jugar pelota con ellos.

En aquel tiempo las abuelitas decían que uno era “vago”. Yo era un patechucho, como decíamos entonces.

¿Y qué era lo que no le gustaba de la escuela?

Quizá lo que menos me gustaba eran las matemáticas. La pedagogía de aquella época era bastante rigurosa y nos hacían sentir cierto temor por esa materia.

Por suerte, en quinto grado tuve una profesora que explicaba muy bien las matemáticas y comencé a tomarles gusto, pero creo que ese fue el único pánico que tuve en la escuela, es decir que casi las odiaba.

De ahí me gustaba todo: las Ciencias Sociales, Español, Ciencias Naturales, Educación Física; todo, menos las matemáticas.

¿Qué rama de la historia le gustó más?

Cuando entré a la Universidad Nacional Autónoma de Honduras, en 1989, tuve la suerte de encontrar una universidad que en las áreas de Humanidades todavía no tenía las facultades como las conocemos hoy. Era un gran Centro Universitario de Estudios Generales (CEG)

Había una pléya de de profesores, muchos de los cuales estudiaron en los años 50, 60 y 70 en Estados Unidos y Europa. Eran profesores que podríamos comparar con la Champions League de los docentes universitarios de la historia de Honduras.

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Tuve como profesores a verdaderas leyendas: don Ramón Oquelí, sociólogo; el historiador Marcos Carías Zapata; el historiador Mario Felipe Martínez Castillo; el lingüista Atanasio Herranz; doña Leticia de Oyuela, historiadora que fue mi mentora; y el historiador Mario Argueta, entre otros.

Muchos de ellos estudiaron en las universidades más prestigiosas de Estados Unidos y Europa, fueron mis mentores y nos enseñaron diferentes corrientes historiográficas.

En ese momento estaban en boga paradigmas como el materialismo histórico y, quizá el más renovador, la escuela histórica francesa, conocida como la Escuela de los Annales, además de la historia de las mentalidades.

Yo me fasciné especialmente por la historia de las mentalidades colectivas, que con el tiempo comenzó a conocerse más como nueva historia cultural.

Me gusta mucho la historia cultural y, durante los últimos 15 años aproximadamente, he trabajado en narrativa histórica relacionada con ese campo.

Usted ha publicado artículos y libros. ¿Por qué esa pasión por escribir?

Una razón es que, a priori, se supone que los profesores también debemos hacer investigación, aunque no todos lo hacen; algunos tienen mejores competencias para la docencia, otros quizá no tienen tiempo.

En mi caso, creo que viene principalmente de la lectura, al igual que usted, que es un apasionado de la literatura. El hecho de leer mucho, de ser apasionado por la lectura, despierta ese gusanito de querer ser como esos escritores.

¿Quién no quisiera escribir una novela como Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez; una novela como Pedro Páramo, de Juan Rulfo, o un cuento como El Aleph, de Jorge Luis Borges?

A mí me gusta la docencia, para eso me formé, pero creo que mi pasión por la lectura también despertó el deseo de escribir. Me han influido enormemente algunos historiadores que admiro, como doña Leticia de Oyuela, Mario Felipe Martínez, Mario Argueta, Jacques Le Goff y Eric Hobsbawm.

Uno los lee y piensa: “Me gustaría escribir algún día un libro así para dar a conocer la historia de mi país” y creo que, en gran medida, mi carrera literaria está influenciada e impulsada por mi apasionamiento por la lectura.

Usted se ha dedicado a la historia hondureña, pero también a rescatar esos lugares y acontecimientos emblemáticos, como el Parque La Concordia. ¿Por qué le interesan esos puntos específicos de nuestra historia?

Volviendo al principio de la entrevista, yo le contaba que soy nativo de la Kennedy y también de Tegucigalpa. Es decir, tengo dos patrias chicas.

A mí me gusta mucho un área de estudio de la historia que los colegas suelen llamar historia local y otros denominan microhistoria.

Frente a las historias nacionales, que son más integrales o globales —por ejemplo, escribir una historia de Honduras—, la microhistoria se ocupa de lugares más pequeños, de una patria chica.

No solamente se puede escribir la historia de un pueblo, como por ejemplo Lepaterique; también se puede hacer la historia de un barrio de Lepaterique, de una aldea, de una iglesia o incluso de una casa.

Hace 22 años defendía la defensa de tesis dictoral en Madrid. Fue 2004 en la universidad complutense de Madrid cuando se gradúo en doctor en Historia de Iberoamérica

También se puede hacer la historia de una familia o de una festividad. Por ejemplo, se puede estudiar la historia del Festival de las Flores de Lepaterique: cuándo nació, por qué se creó, por qué se celebra y cómo se ha desarrollado; a eso se le llama microhistoria o historia local.

A mí me gusta mucho porque considero que es una de las formas más trascendentes de hacer historia: hablar de la vida cotidiana, de aquello que es importante para las personas de carne y hueso, para las personas de a pie, para una comunidad.

La historia es colectiva y, si habla solamente de una persona, no es historia. Esta cobra sentido cuando integramos las sensaciones y las vivencias de una colectividad.

Un barrio de Lepaterique puede tener significado para una persona porque le trae recuerdos, pero la historia mueve esos recuerdos, mueve memorias.

A veces las historias nacionales hablan un poco de todos, pero no sabemos exactamente a quiénes se refieren esas pequeñas colectividades. En cambio, la riqueza de la microhistoria es que, cuando la gente la lee, la siente y la reconoce.

Usted ha publicado artículos y libros, pero también ha recibido varios premios. ¿Qué significan esos reconocimientos en su trayectoria?

Han sido grandes alegrías y recompensas, sobre todo porque uno siente que su trabajo de investigación y de docencia ha sido valorado. He tenido la oportunidad de recibir algunos premios nacionales e internacionales.

Yo comencé escribiendo cuentos y, siendo muy joven, gané el Premio Ramón Amaya Amador de la universidad. También obtuve el tercer lugar en los Juegos Florales de Santa Rosa de Copán, cuando tenía unos 18 o 19 años.

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Pero uno de los reconocimientos más importantes fue el Premio de Estudios Históricos Rey Juan Carlos, que otorgaba el Gobierno de España a través de su embajada. Lo recibí en 1997 por un trabajo de investigación histórica y antes lo habían ganado historiadores como Mario Argueta, Ramón Oquelí y Marcos Carías.

Yo era uno de los historiadores jóvenes que recibía ese reconocimiento. El premio económico era de unos 2,000 euros, que en aquella época era bastante dinero; prácticamente podía comprarse un automóvil. Pero lo más importante no fue el dinero, sino que ese premio me abrió muchas puertas para obtener una beca y realizar estudios de doctorado en España.

El trabajo premiado posteriormente se convirtió en mi primer libro publicado, sobre la presencia árabe y palestina en Honduras.

¿Ese premio fue un punto de inflexión en su carrera?

Definitivamente, fue un punto de inflexión porque me permitió proyectarme profesionalmente y continuar con mi formación académica.

Después tuve la oportunidad de ganar un premio latinoamericano en Venezuela, el Premio de Investigación Luis Beltrán Prieto Figueroa. Era financiado por el Gobierno de Venezuela, la Alcaldía de Caracas y una fundación.

Luis Beltrán Prieto Figueroa fue un extraordinario pedagogo venezolano y una figura muy importante de la educación latinoamericana. Incluso fue uno de los fundadores de la Escuela Superior del Profesorado de Honduras, que hoy es la Universidad Pedagógica Nacional Francisco Morazán.

Gané la primera edición de ese premio y si mal no recuerdo, el reconocimiento económico fue de unos 35,000 dólares. Ese dinero me permitió dar la prima de una casa y posteriormente pagar parte de la hipoteca.

Premio Nacional de Ciencia José Cecilio del Valle entregado en 2023 a Jorge Amaya Banegas, por su dedicación a los aspectos reales de temas importantes de la historia nacional y sus consecuencias.

Tuve la oportunidad de ser recibido por autoridades venezolanas y de conocer al entonces presidente Hugo Chávez.

Más allá del dinero o de conocer a personalidades, lo que más alegría me produjo fue pensar en mis padres. Ellos habían hecho muchos sacrificios para que yo pudiera estudiar y desarrollarme profesionalmente, y verlos felices por esos reconocimientos fue algo que no tiene precio.

Desde su perspectiva como historiador, ¿cuáles son las principales debilidades y fortalezas de Honduras?

Una de nuestras grandes debilidades es la dificultad para construir un verdadero Estado de bienestar, con desarrollo, autodeterminación y soberanía.

Creo que nuestras élites políticas y económicas han demostrado, en muchos momentos de la historia, poco patriotismo. Se han cedido decisiones importantes y espacios de soberanía a intereses extranjeros y tampoco se ha fomentado suficientemente la cultura, el arte y la educación.

También tenemos un Estado débil, que no ha logrado ejercer plenamente su autoridad en todo el territorio. Eso ha permitido que en algunas zonas surjan estructuras vinculadas al crimen organizado que terminan ejerciendo control sobre determinados territorios y poblaciones.

En esas comunidades, muchas veces, la gente termina desarrollando lealtades hacia esas estructuras por razones de supervivencia o porque son quienes tienen el control.

Pero Honduras también tiene grandes fortalezas y una de ellas es su posición geoestratégica. Estamos en una ubicación privilegiada dentro del continente y del mundo.

Tenemos un territorio con enormes posibilidades y los geógrafos han señalado que Honduras podría sostener a una población de hasta 60 millones de habitantes y tenemos tierras, montañas y agua suficientes para desarrollar mucho más el país.

Es paradójico que un territorio con tanta riqueza hídrica esté atravesando actualmente una crisis de agua.

Otra fortaleza es que todavía tenemos una población relativamente joven; sin embargo, durante los últimos 15 años esa población joven se ha reducido, en parte por la migración.

Si continúa esa tendencia, dentro de unos 20 años tendremos una pirámide poblacional más equilibrada, con mayor cantidad de adultos y personas mayores.

¿Qué otra fortaleza destacaría de Honduras?

La historia y la diversidad cultural: Honduras tiene una enorme riqueza cultural porque aquí conviven pueblos indígenas, población criolla de origen europeo y español y comunidades afrodescendientes.

Tenemos un patrimonio extraordinario: están las Ruinas de Copán, las ciudades coloniales de Comayagua y Gracias, Tegucigalpa y muchos otros sitios que podrían ser verdaderos motores de desarrollo.

Podríamos potenciar lo que se conoce como las industrias sin chimeneas: el turismo y, particularmente, el turismo cultural y patrimonial.

La gente quiere conocer lugares históricos, arquitectura, tradiciones y también nuestras bellezas naturales. El problema es que muchos hondureños prefieren viajar al extranjero porque aquí no siempre encuentran las garantías y condiciones de seguridad necesarias.

Si tuviera la oportunidad de cambiar algo del país, ¿qué sería prioritario para usted?

La educación, una educación integral.

Y no me refiero únicamente a que los niños asistan a la escuela, sino a una escuela que tiene una infraestructura deficiente, no tiene baños adecuados, agua potable, alimentación escolar o biblioteca; entonces no podemos hablar de una educación integral.

Necesitamos fortalecer todo el sistema educativo y también la Secretaría de las Culturas y las Artes. Debemos formar ciudadanos con mayor conciencia crítica y con un verdadero sentido de ciudadanía.

Jorge Alberto Amaya Banegas junto a su hija de 14 años Luna Amaya.

Hay preguntas muy sencillas que deberíamos hacernos: ¿respeto las señales de tránsito?, ¿respeto al peatón?, ¿respeto a mi vecino?, ¿respeto a las personas que están en la calle?, ¿respeto a los estudiantes y a los demás ciudadanos?

Muchas veces vivimos bajo la ley de la selva, bajo el “sálvese quien pueda”, y ser ciudadano también significa asumir responsabilidades.

Creo que una gran parte de los hondureños estamos fallando en eso; si yo fuera evaluador, quizá diría que el 80% estamos reprobados como ciudadanos.

Y no podemos responsabilizar únicamente a las élites políticas o económicas. Los ciudadanos también tenemos una cuota de responsabilidad en la construcción del país.

¿Cómo le gustaría que lo recordaran cuando mencionen el nombre de Jorge Amaya?

Primero, como un buen hijo, un buen hermano y un buen amigo, y también me gustaría que me recordaran como un buen profesor, porque probablemente eso es lo que más he hecho durante mi vida profesional. Siempre he tratado de ser un profesor empático y comprometido con la formación de los niños y los jóvenes.

También como un buen ciudadano y un buen hondureño; como alguien que amó a su país a pesar de todas las dificultades.

Hay una canción de Javier Solís y Vicente Fernández que habla de ese sentimiento de querer a la patria a pesar de todo. Me gustaría que me recordaran así: como un hondureño que amó a su país en las buenas y en las malas.

Hablando de ser un buen hondureño y un buen ciudadano, ¿es padre? ¿Se ha casado?

Sí, soy padre de una hija, se llama Luna Isabel Amaya y tiene 14 años. Su madre y yo nos separamos, pero mantenemos una buena relación. También tengo otra hija de crianza, mi sobrina Denise, a quien quiero como si fuera mi hija.

Así que puedo decir que tengo dos hijas y quizá en el futuro venga un tercer hijo. Nunca se sabe, como decía el profesor Chelato.

¿Y cómo cree que piensa Luna de usted como papá?

Luna es una niña muy cariñosa y muy amorosa y me quiere mucho y creo que me ve con mucho afecto y ella me lo demuestra.

También se siente contenta con mi trabajo y con algunos de los reconocimientos que he recibido y a veces me hace tarjetas para felicitarme y yo las guardo.

Uno sabe que sus hijos lo quieren por la manera en que se relacionan con uno, y yo siento que Luna me ve con mucho cariño.

¿Cuál sería su mensaje para la juventud hondureña y para quienes sienten pasión por la historia?

Yo quiero mucho a la juventud hondureña y creo que los sueños se construyen principalmente cuando uno es joven. Mi mensaje sería que, a pesar de las dificultades, no abandonen sus sueños; hay que trabajar, estudiar y luchar por materializarlos y también hay que amar a Honduras.

Y creo que es muy fácil encontrar razones para querer a este país, porque aquí están nuestros seres queridos: nuestros padres, hermanos, parejas, primos, amigos.

A los jóvenes les digo que no se rindan, que estudien, que trabajen y que sigan adelante porque Honduras necesita de ellos.

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Marbin López
Marbin López
Periodista

Licenciado en Periodismo, egresado de la UNAH. Periodista de la sección Metro desde 2023. Contador de historias, formado en reportajes de periodismo cultural. Creador de pódcast de poesía, apasionado por la literatura e historia de Honduras.

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