Tegucigalpa, Honduras.-Mucho antes de su paso por la vida pública, la identidad de José Manuel Matheu Amaya se definió en las calles empinadas del barrio El Reparto, en Tegucigalpa. Allí, bajo la rigurosa crianza de su madre, doña Rita Amaya, el recuerdo del origen humilde de su padre, José Matheu Dávila, y una profunda fe católica, aprendió que el estudio y la honestidad eran las únicas herramientas legítimas para salir adelante.
Su idilio con la medicina nació en las aceras de su infancia: siendo alumno de la Escuela República del Uruguay, coleccionaba folletos de la Organización Panamericana de la Salud para leerlos en casa. Tras graduarse en 1977 del Instituto Central Vicente Cáceres, tradujo esa temprana curiosidad en una vocación de servicio inquebrantable. En 1986, Matheu egresó como doctor en Medicina y Cirugía por la UNAH, y para 1991 se especializó en Medicina Física y Rehabilitación en el Instituto Nacional de Pediatría de México.
Tras un recordado paso por la política nacional —donde fungió como diputado y Secretario de Salud bajo una gestión de austeridad radical y sin escoltas—, el doctor cerró ese capítulo institucional. Aquel funcionario firme que eliminó lujos de protocolo, que encaró la corrupción de frente y que llegó a auditar recibos de luz los domingos por la noche, decidió que su paz no tenía precio. Hoy, alejado de las curules y del ruido político, ha regresado por completo a su verdadera esencia.
Lejos de los focos del poder, su presente transcurre en la intimidad y la calma de su entorno clínico y familiar. Dedica sus días enteramente a su vocación médica en el Hospital y Clínicas Viera, equilibrando la rigurosidad de la consulta con los roles que verdaderamente definen su vida actual: el de un padre presente para sus tres hijos, un abuelo devoto de sus tres nietas y un esposo dedicado con más de 40 años de matrimonio junto a Anabessy Sánchez Midence, su gran aliada.
Con ella comparte no solo el consultorio, sino una fe inquebrantable en la Virgen María que los sostuvo mientras ambos vencían al cáncer, y que los llevó desde las bancas del Jardín de las Tullerías en París hasta una emotiva misa privada con el Papa Francisco en el Vaticano.
A sus casi 66 años, el doctor Matheu camina por los estadios y los supermercados con la tranquilidad que solo otorga una conciencia limpia. Entre la escritura de sus memorias familiares y el orden minucioso de su colección de 235 campanas, el exministro recibe a la Revista Tictac para desnudarse el alma, en una conversación íntima sobre el amor, la medicina, la resiliencia ante la enfermedad y un país que, según él, sigue valiendo la pena soñar.
Doctor, ha estado un buen tiempo alejado de las cámaras y los medios. ¿Cómo se encuentra en esta nueva etapa de su vida?
Pues gracias al Señor, bien, tranquilo y con mi conciencia en paz. Triste por lo que uno ve en el país, porque no se ve que esto cambie; pero bueno, tenemos que seguir adelante, ser optimistas y seguir esperando que algún día veremos la Honduras que todos soñamos y merecemos. Ya no he querido aparecer en cámaras porque hay gente que malinterpreta cuando uno dice la verdad. Creen que hay resentimiento o frustración, pero yo siempre digo: ¿Qué resentimiento voy a tener yo con la vida? Viniendo de un barrio pobre, hoy vivo donde cualquiera podría soñar. Tengo más de 40 años de casado, una familia feliz, fui docente por 34 años y trabajé 39 años en los hospitales San Felipe y Leonardo Martínez. Lo único que tengo en mi corazón es agradecimiento a Dios
Su historia pública está ligada al barrio El Reparto, pero sus primeros años no comenzaron ahí. ¿Cómo recuerda esa primera infancia?
Los primeros nueve años de mi vida mis papás alquilaban un pequeño espacio atrás de la iglesia Los Dolores, en la casa de doña Lolita Reina. Fue hasta finales de octubre de 1969 que nos pasamos al barrio El Reparto, a una casita de madera como cualquiera, que con el tiempo se llenó de polilla. Ahí mis papás tenían un pequeño negocio que se llamaba Bodeguita San Martín. Ahí me crié, jugando potra en la calle, yendo al Instituto Central Vicente Cáceres y a la escuela Uruguay junto a mi hermano Jorge. Nos movíamos en autobús, nos enlodábamos sacando la pelota de la cuneta; en fin, la vida de cualquier muchachito de barrio.
- Vida
- Está casado con Anabessy Sánchez Midence, padre de tres hijos y abuelo de tres nietos.
¿Qué significaba "venir de abajo" en el día a día de esa época?
Significaba, por ejemplo, acompañar a mi padre al mercado a comprar cien mínimos, los plátanos, cargar las cajas de tomates... las cosas que cualquier ser humano que viene desde abajo ha hecho. A mí eso no me avergüenza, al contrario, para mí es un motivo de orgullo y satisfacción decir: "De ahí vengo". Mis padres me formaron y por ellos estoy aquí. Como cualquier niño de barrio, solo teníamos dos uniformes: uno de lunes a miércoles y el otro de jueves a viernes. Era una dinámica de lavar y poner, la historia de cualquiera.
Detrás de ese esfuerzo familiar había una figura clave: su madre. ¿Cómo era la rutina de doña Rita para sacarlos adelante?
Increíble. Mi madre se levantaba a las cinco de la mañana para alistarnos porque teníamos que salir a agarrar los buses de Tiloarque a las seis de la mañana, que en ese tiempo venían empezando. Ella pasaba todo el día trabajando para nosotros y se acostaba a la una de la mañana. Gracias a Dios todavía la tengo viva. Yo amo El Reparto porque ahí están mis raíces, jamás voy a negar mi barrio.
Un barrio que, además de trabajo, estaba lleno de juegos y las típicas travesuras de la Tegucigalpa de antes. ¿Qué anécdotas atesora de esos años?
¡Varias! Una vez me escapé por el cerquito de madera de la casa porque estaba armando un equipo de fútbol en la esquina que se llamaba Real Maya. Mi hermano me chismeó y de repente llegó mi papá a la esquina: "¿Ajá, muchachito? ¿Usted ya es hombrecito para andar en la calle?". Me cuereó, me regresó a la casa y ahí se acabó el equipo, ya no hicimos nada (risas). En El Reparto íbamos a elevar barriletes al lado de donde hoy es el derrumbe, o jugábamos béisbol y fútbol en la calle. Cuando pasaban los buses había que pararse a la orilla. Al lado de la calle había una cuneta con agua sucia; cuando la pelota caía ahí, tocaba meter las manos para sacarla. Los domingos eran especiales: mi papá tenía un pequeño carrito que cargábamos con todos los vecinitos de las cuadras alrededor y nos llevaba a jugar a El Picacho. Fui muy feliz ahí.
" Cada vez que soy nombrado en un cargo voy al cementerio a platicar con mi papá, y cuando termino, regreso y me siento en su tumba"
Usted menciona que su vocación no nació en las aulas universitarias. ¿Qué papel jugó la historia de su padre en esa decisión de convertirse en médico?
El sueño de ser médico lo tenía desde niño por la historia de mi padre. Él quedó huérfano a los nueve años y, dos años después, una crecida del río en La Ceiba se llevó la casa que tenían; quedó en la calle, en lo más bajo económicamente. Solo pudo terminar el quinto grado de escuela y entró a trabajar como conserje en el Hospital D'Antoni. Había un médico ahí, el doctor González, que le agarró mucho cariño. Mi padre siempre me platicaba de él; hablar de ese médico era hablar de lo que a mi papá le hubiera gustado ser. Lo fui oyendo desde niño y se me metió la idea. Creo que mi papá se realizó en mí.
Era un hombre muy respetuoso. Cuando yo estaba en cuarto año de medicina, me fue a buscar a la facultad porque andábamos en actividades de frentes estudiantiles; quería asegurarse de que no me pasara nada malo. Ese día, al verme con mi uniforme blanco, le vi una cara de tremenda alegría. Creo que fue muy feliz al ver que me estaba convirtiendo en médico. Lástima que falleció cuando yo me estaba especializando. Él después se hizo marino y llegó a ser primer oficial de máquinas porque era sumamente trabajador; me enseñó a trabajar y a ser extremadamente ordenado. Solo tenía dos desarmadores, pero sabía exactamente dónde estaban.
" En el gobierno de Libre yo me sentía atrapado, era como vivir en la película esa "Durmiendo con el enemigo". ¿Por qué? Porque las tomas de los hospitales y de los centros de salud las hacía gente como Melvin Ceballos, enviado directamente desde una de las oficinas de Casa Presidencial; y así se sabe perfectamente. Jorge Cálix era otro que también tenía que ver en las tomas"
Esas enseñanzas en un hogar humilde suelen marcar el carácter para siempre. ¿Qué lecciones prácticas de su padre recuerda con más fuerza?
Recuerdo una vez que mi papá llegó a la casa con unos plátanos que se miraban muy dañados y mallugados. Mi mamá le dijo: "Viejo, estos plátanos ya están casi podridos". Él solo se volteó y le contestó: "Vieja, la viejita que los vendía no había vendido nada hoy, así que no preguntes". Lo hizo simplemente por ayudarle. Eran lecciones que yo miraba en la vida práctica.
Para Navidad, en la pulpería del barrio —que no era la gran cosa— mi papá compraba una caja de manzanas, una de peras y una de uvas. Con mi mamá armaban bolsitas y se las regalaban a todos los clientes. Probablemente esa era la única manzana que los niños de esa cuadra iban a comer en todo el año. Eso es compartir.
En el plano general, hay una frase suya que marcó por completo mi visión de la función pública: "Hijo, tenés que aprender que en la vida vas a caminar en medio del lodo sin embarrarte". Y eso ha pasado. En mi carrera he estado rodeado de gente que es menos que el lodo y, gracias a Dios, no me he embarrado. Por eso, cada vez que soy nombrado en un cargo voy al cementerio a platicar con él, y cuando termino, regreso y me siento en su tumba. Alguien dirá que estoy loco por sentarme a hablar con una tumba, pero no; hablo con mi papá para decirle: "Bueno, viejón, creo que le cumplí". Solo tengo agradecimiento porque me dio la mejor formación, se esforzó por darnos lo mejor que estuvo a su alcance y mi único reclamo a la vida es lamentar que ya no lo tengo.
Al venir de un entorno de escasos recursos, terminar una carrera como medicina en la UNAH es un doble reto. ¿Cómo fueron sus inicios en el ámbito laboral de la salud?
Mis inicios no fueron como viceministro, sino desde abajo. Entré a la facultad en 1980 y, como los libros de medicina son muy caros, en 1981 conseguí trabajo como instructor de ciencias morfológicas. Mi labor era pelar los cadáveres y prepararlos para las clases; con ese ingreso me ayudaba para estudiar y luego pasé a ser profesor. Para 1986, gané por concurso —con el Estatuto Médico— mi plaza en el Hospital Leonardo Martínez. Viajaba a San Pedro Sula cada seis días solo para hacer la guardia, y después nos fuimos a especializar a México. Mi primer recuerdo como funcionario es ese: ser profesor y médico de los hospitales del Estado.
Fui muy feliz. Cuando regresé de mi especialización, asumí como jefe de Rehabilitación del Hospital San Felipe. Era un servicio que el gobierno iba a cerrar porque acababan de inaugurar la Teletón. A mí me tocó luchar por él, meterle tractor —tengo las fotos y las pruebas de todo— y, con ayuda externa que salimos a buscar, lo reconstruimos por completo desde cero. Ahí está el servicio, es un área que la gente quiere mucho.
En la década de los noventa su nombre empieza a sonar en las esferas del gobierno, vinculándose estrechamente con el expresidente Carlos Flores Facussé. ¿Cómo se dio ese acercamiento?
En 1997, el ingeniero Carlos Flores sufrió un accidente y fue mi paciente; yo lo atendía en su rehabilitación. Cuando terminó su tratamiento y ya estaba sanado —coincidiendo con que lo eligieron presidente de la República en noviembre de ese año—, me preguntó cuánto me debía por mis servicios. Le pregunté qué cuánto creía él, y me habló de unos 100,000 lempiras de aquel entonces. Yo no agarré ese dinero para mí, y no es que me sobrara la plata, pero mi servicio en el hospital público era lo más importante. Le dije: "Mire, necesito una máquina de tracción para el hospital y creo que cuesta más o menos eso, regálemela". Al día siguiente le llevé la cotización, la máquina costó 128,000 lempiras, él la pagó y se donó al San Felipe. Creo que eso le impactó, ver que un dinero que era legítimamente mío preferí darlo a mi hospital. Jamás me voy a arrepentir de eso.
A raíz de esa relación, usted asume como viceministro de Salud durante todo ese período presidencial (1998-2002). ¿Qué balance hace de esa primera gran experiencia en el Ejecutivo?
Terminé siendo viceministro y le aguanté los cuatro años al presidente Flores. Fue un período sumamente difícil porque nos tocó enfrentar la catástrofe del huracán Mitch, pero dejamos grandes obras. Entre ellas, la gestión integral de los hospitales de Tela y de Danlí, de 100 y 125 camas respectivamente. A mí me tocó conseguir los fondos con un préstamo de España, hacer la licitación, adjudicarla en octubre y dejar los proyectos en plena construcción, que luego inauguró el presidente Maduro. Para mí, gestionar e idear hospitales siempre fue un sueño, no era una novedad.
Cuando salí de ese viceministerio siendo aún joven, pensé que si algún día regresaba pero como ministro, tenía que estar completamente preparado y saber exactamente qué hacer. Por eso decidí estudiar más: saqué un diplomado en Fármaco-economía, porque entendía que ahí radica un problema trascendental del sistema, y otro diplomado en Gestión y Administración de Recursos Humanos, considerando que en la Secretaría de Salud conviven 33 sindicatos y gremios diferentes. Cuando me llegó la oportunidad de ser ministro en 2022, yo ya llevaba mis 10 puntos básicos bien estructurados. Sabía que si un ministro no tiene un plan claro, la corriente lo arrastra a andar inaugurando tonterías y perdiendo el tiempo. Ese simplemente no era mi concepto; por eso luchamos desde el primer día por construir los ocho hospitales. Estaba y estoy seguro de que los hubiera dejado terminados, pero pasaron cosas en el intermedio que lo impidieron, y al día de hoy, lamentablemente, no hay ninguno hecho.
¿Cómo siente que trabajó en el gobierno de Libre?
Mire, yo me sentía atrapado, era como vivir en la película esa "Durmiendo con el enemigo". ¿Por qué? Porque las tomas de los hospitales y de los centros de salud las hacía gente como Melvin Ceballos, enviado directamente desde una de las oficinas de Casa Presidencial; y así se sabe perfectamente. Jorge Cálix era otro que también tenía que ver en las tomas en el centro de salud Alonso Suazo. O sea, el propio partido que estaba en el gobierno promovía y hacía las tomas de los edificios públicos.
¿Y a quién iba dirigida la crítica mediática? ¿Al doctor Matheu? No, el verdadero daño se lo hacían a la población que buscaba atención médica. Yo le pedía formalmente al ministro de Seguridad que fueran a desalojar las instalaciones para dejar trabajar al personal, y tres horas más tarde me llamaban a decir que tenían "orden superior" de no intervenir. ¿Quién le puede dar una orden superior a un ministro de seguridad? Solo el que está más arriba que él. Fueron momentos muy tristes porque impedían deliberadamente que hiciéramos nuestro trabajo.
¿Por qué hubo tantas huelgas en su gestión como ministro de Salud?
Tenías un Colegio Médico donde, en ese momento, el vicepresidente y la directiva solo pasaban pidiendo dinero. No querían entender que el dinero se les iba a pagar, porque lo que está en ley, se paga. Yo pagué las cesantías atrasadas de 6 años, que sumaron más de 906 millones de lempiras solo en el primer año. Pero ellos exigían el pago "para mañana", y en la administración pública tú tienes que recolectar ese dinero dentro del presupuesto planificado para todo el año. Yo les decía: "No importa, yo se los voy a dar, pero cuando lo tenga recolectado", pero la respuesta de ellos era "es para mañana" y procedían a huelga tras huelga.
No es cierto que les interese mejorar la salud del pueblo; les interesa solo aumentar los salarios. Actualmente tenemos una escala salarial médica sumamente injusta. Un médico que va empezando inicia ganando 44,000 lempiras, pero hay médicos que reciben más de 150,000 lempiras por la misma plaza. Eso solo se da en Honduras. Además, muchos tienen dos plazas. No digo que esté mal que ganen bien los médicos, pero esa disparidad económica no es correcta para un país con tantas carencias como este. El presupuesto sí ajusta; a mí me ajustó para pagarle a todos, cubrir los aumentos de los médicos y pagarle hasta el último día a la empresa de diálisis, que son 80 millones de lempiras mensuales. No falta dinero, falta actuar con honestidad. Si vas al gobierno con el afán de cambiar tu vida económica en el tiempo que vas a estar ahí, ningún propósito aguanta.
¿Cuál fue su primera medida al asumir el cargo de ministro?
Desde el primer día que llegué empecé revisando el presupuesto y lo primero que hice fue cancelar la partida de 12 millones de lempiras anuales que había para el protocolo del despacho del ministro. Me parecía insultante que un ministro tenga esa cantidad a disposición para lujos mientras los hospitales tienen necesidades. Lo quitamos de inmediato.
" He visto cosas, hemos viajado con mi esposa, pero hay un momento hermoso que tengo muy grabado. Fue de regreso de un Congreso Europeo de Medicina y Rehabilitación en Salzburgo. Pasamos por Ámsterdam y luego por París. Lo más bonito fue irnos a sentar dos horas en el Jardín de las Tullerías en París. Estábamos ahí como dos jovencitos enamorados"
¿Se arrepiente de la polémica frase sobre la comida y los periodistas?
Quizás sería más cauto en modular la frase que dije y que algunos periodistas malentendieron, porque quisieron malentenderla. Cuando yo propuse tener a un periodista al lado mío todo el día era porque no tenía nada que ocultar. Quería que vieran con quién me reunía y de qué se hablaba, que se dividieran un día cada uno para mostrar una transparencia total. Solo que añadí en tono de broma, y porque era la verdad, que iban a tener que traer su propia comida porque en el despacho ya no había presupuesto para eso. Yo mismo llevaba mi comida hecha en mi casa. Algunos periodistas salieron diciendo textualmente que yo les estaba diciendo "muertos de hambre", cuando jamás fue mi intención. Simplemente decía la verdad. Nadie le ha dado la oportunidad a un periodista de estar al lado de un ministro de salud, y yo quería hacerlo para demostrar que no hacía negociaciones bajo la mesa. Por lo demás, no cambiaría nada.
¿Cómo rompió los esquemas de corrupción con las farmacéuticas?
Yo firmé convenios desde el inicio con el Consejo Nacional Anticorrupción (CNA) y con la Fiscalía Anticorrupción. Nunca tuve las puertas cerradas de mi oficina para reunirme en secreto con ningún intermediario o "turquito", como les dicen. Yo pude haber hecho compras directas de medicamentos durante los dos años por las emergencias, pero no quise hacerlo; preferí convocar a licitaciones acordadas y transparentes.
Tengo una anécdota de cuando reuní a la Asociación de Drogueros. Les dije textualmente: "Okay, todo va a ser transparente, bajen los precios. Bájense los calzones y véndanme al precio más barato, porque ahora no le van a tener que dar el 10% de comisión oculta a nadie". Los empleados de la Secretaría se quedaron fríos al escucharme hablarle así a ese montón de empresarios. De repente, el presidente de ellos, un señor de apellido Andoni a quien le mando un saludo, me dijo: "Doctor, es que a nosotros no nos pedían el 10%; era el 30% lo que nos exigían antes". Esa es la sinvergüenzada histórica que han hecho en la Secretaría de Salud.
Entonces, usted tocó intereses pesados en contratos. ¿No tuvo miedo?
Revisando los contratos encontré que en el área de seguridad una empresa privada le pagaba apenas 8,000 lempiras de salario a cada guardia, pero la Secretaría de Salud le pagaba a esa empresa 43,000 lempiras mensuales por cada plaza. Al ver que esa empresa ni siquiera estaba por licitación, sino por un contrato directo prorrogado, la cancelé inmediatamente. Luego descubriría que esa misma modalidad operaba en otro hospital y que estaba muy relacionada a una persona que recientemente va a regresar a este país. Cuando me preguntaron si no me daba miedo, les dije que no. Yo ya camino de la mano del Señor; Él ya me salvó de un cáncer y de estar en cuidados intensivos por Covid, así que Él sabrá cuándo es mi tiempo. Cancelamos eso, contratamos a más gente directamente pagando el salario mínimo legal y la Secretaría se ahorró muchísimos millones de lempiras.
Sí. Yo me quedaba trabajando en el despacho hasta las 9 de la noche y los sábados y domingos me traía cajas de papeles a la casa. Revisando minuciosamente los recibos de pago de electricidad y telefonía que yo debía firmar, me llamaron la atención ciertas direcciones de edificios y casas. Le pregunté al gerente administrativo si de verdad alquilábamos esos lugares y resultó que eran edificios que la Secretaría había dejado de alquilar hace muchos años, pero el Estado seguía pagándoles los recibos de luz. Solo con cortar esos pagos fantasmas de luz en casas que no eran de la institución, generamos un ahorro de 9 millones de lempiras mensuales. Bueno, sé que revisar recibos no era estrictamente el papel de un ministro, pero yo hacía eso por cuidar el dinero del pueblo.
¿Cuál ha sido el momento que más ha disfrutado en sus viajes?
He visto cosas, hemos viajado con mi esposa, pero hay un momento hermoso que tengo muy grabado. Fue de regreso de un Congreso Europeo de Medicina y Rehabilitación en Salzburgo. Pasamos por Ámsterdam y luego por París. Lo más bonito fue irnos a sentar dos horas en el Jardín de las Tullerías en París. Estábamos ahí como dos jovencitos enamorados, viendo pasar a la gente con toda la tranquilidad del mundo, viendo los pajaritos. Recuerdo que nos quedamos dos horas diciendo: ¿Por qué en Honduras no puedes hacer esto? Estar en la calle, en un parque, sin miedo a que alguien te vaya a asaltar. Fue simplemente estar sentado en una banca, y es el momento que más he disfrutado en la vida.
Tengo entendido que conocer al Papa Francisco fue su regalo de luna de miel retrasado. ¿Cómo fue esa experiencia?
Sí, cuando nos casamos en 1986, recién graduados y pobres, yo le quedé debiendo la luna de miel a mi esposa. Nosotros tenemos la bendición de ser amigos del Cardenal Óscar Andrés Rodríguez desde antes de que fuera cardenal; él viene todos los 24 de diciembre a comer un tamal que hace mi esposa. En el 2016 le comenté que admiraba mucho al Papa Francisco por su cercanía con el pueblo. En el 2017, el Cardenal nos consiguió la bendición de estar en una misa en la capilla de Santa Marta y luego tener unos minutos a solas con el Papa. Ese fue el pago de la luna de miel para mi esposa.
Ver a un hombre de una sencillez extrema. Tenía una ropa blanca medio amarillenta, ya usada, y los zapatos viejos, gastados de la suela. Cuando terminó la misa, se vino a sentar al lado, a un metro y medio de nosotros, en la silla donde él se ponía a rezarle a la Virgen. Estuvo como 10 minutos ahí. Créeme que se me puso la piel de gallina de sentirlo tan cercano. Luego pudimos saludarlo, nos quedamos agarrados de la mano con él. Le llevamos café, una placa que decía "Honduras, Francisco" y rosarios para nuestros hijos. Fue un hombre muy amable y gentil.
¿Qué platica con su esposa al final del día?
Nos sentamos a platicar y coincidimos en que la vida ha sido maravillosa. Venimos desde abajo, luchamos por ser profesionales y nunca me imaginé vivir en esta casa donde ya llevamos 30 años. El trabajo de ambos nos ha dado todo: una buena familia, unas lindas nietecitas que son mi adoración y la oportunidad de haber paseado a nuestras madres por Copán Ruinas, Tela o el extranjero. Esos momentos son impagables. Como médico y como profesor, la gente me quiere. Mi vida ha sido plena. El día que Dios me quiera llamar, creo que me habrá dado más de lo que alguna vez soñé. Espero que todavía no me llame, porque creo que hay mucho que dar.
Su esposa, la doctora Ana bessy Sánchez , es su principal aliada. ¿Qué rol juega ella en su vida?
Ella es mi principal aliada, mi consejera, la mujer a la que amo y respeto. Nos conocimos siendo estudiantes de medicina y desde entonces me apoya en mis locuras. Ella me acompaña a la mayoría de mis viajes como funcionario, pero los boletos los pago yo de mi bolsillo; ahí están las facturas que lo demuestran. Me acompaña porque me da tranquilidad. Como cualquier ser humano, tengo momentos de tensión o molestia, y ella está pendiente: me ha enseñado a dejar de mover el pie cuando hablo o a corregir mis muletillas. ¿Quién me va a amar más que ella? Solo es comparable al amor de mi madre. Además, yo no programaba viajes oficiales para irme a ver con amantes en el extranjero como hacen muchos funcionarios —incluso de la propia Secretaría de Salud— que gastaban viáticos públicos para pagar los lujos de sus queridas. Yo viajo con mi esposa, tranquilo y feliz. Nos encanta salir a caminar a las 6 de la tarde cuando terminan los eventos. Dios me bendijo al ponerla en mi camino y seguimos soñando juntos.
Usted ha escrito un libro de memorias de 21 capítulos para sus hijos. ¿Por qué le obsesiona tanto cuidar las raíces?
Porque cuando dos esposos son médicos y viven aquí, los hijos y los nietos pueden olvidar la raíz con el tiempo. Para mí las raíces son muy importantes. Empezó como un capítulo llamado "Páginas para mis hijos" y ahora es un libro grande. Ahí narro la historia de cuando mi abuelo emigró de España, de cuando mi padre se quedó en la calle, y de mi madre, que venía descalza de un pueblo llamado Morocelí, en El Paraíso.
Hay una parte dedicada a mi vida como servidor público. Ahí podrás encontrar las fotocopias de los cheques devueltos de viáticos. Cuando una actividad no se hacía o me la pagaban doble, yo devolvía el dinero al Estado. Ahí están las pruebas. No sé cuántos funcionarios públicos en Honduras pueden enseñar eso. Además, el libro tiene recetas familiares de mi abuelita, la historia médica de cada uno de nosotros para que no se olviden las vacunas, y reflexiones sobre grandes momentos de la humanidad, como el día de las Torres Gemelas o cuando Barack Obama asumió la presidencia, un momento en el que hasta lloré porque parecía increíble ver a un hombre negro ganar la presidencia de Estados Unidos después de toda la discriminación de los años 60.
Vemos que tiene una colección impresionante de más de 235 campanas. ¿Cómo comenzó esta tradición?
Empezó en 1995. Fuimos a visitar a mi hermano que trabajaba en Washington —el hermano que recién murió, el más cercano a mí, nos llevábamos un año de diferencia—. En la carretera compramos una campanita de Delaware que costaba entre 3 y 5 dólares. Desde entonces, empezamos a comprar una en cada lugar al que íbamos con mi esposa y mis hijos, y otra gente nos ha regalado. Cada campana tiene una historia: hay una de Juan Pablo II, otra de San Francisco, California. Esta colección es la herencia que les quedará a mis hijos; de hecho, mi hija mayor, Anabessy, ya eligió la que tiene más valor sentimental para ella.
¿Ha pensado seriamente en postularse a la presidencia de la República?
Mi familia no quiere que me meta en esas cosas porque saben que uno no necesita la política para vivir. Pero a veces se me "pelan los cables" y pienso: ¿Por qué siempre tenemos que aceptar que los mismos corruptos de siempre sean los candidatos? Para las próximas elecciones presidenciales ya se perfilan tres candidatos: el que repite y repite —que aunque sea buena persona ya pasó su tiempo—, el que maneja el Congreso, y la que Mel Zelaya quiere poner, porque él siempre la quiere poner a ella. Ninguno de los tres reúne los requisitos ni el amor a la patria que se necesita para gobernar. Pienso en lanzarme e intentarlo, pero buscando a los mejores hondureños, sin importar los colores políticos. Si juntas a los más capaces, este país sale adelante.
¿Cómo conformaría ese gabinete ideal para rescatar al país?
Pondría profesionales de verdad. ¿Por qué en la ENEE no podemos poner a un verdadero ingeniero eléctrico con maestría en administración para salvar la empresa sin necesidad de privatizarla? En Hondutel igual, alguien experto en telecomunicaciones para recuperar las bandas anchas que le regalamos a las empresas que hoy manipulan el mercado. En Salud se debe poner a un médico que sepa de administración, no para robar o para darle chamba a su familia. En los dos años que me hacían falta en el ministerio yo iba a revolucionar el primer nivel de atención con un modelo de salud familiar comunitaria; ya tenía a dos médicas especialistas graduadas en España y Escocia listas para arrancar. En Infraestructura buscaría a ingenieros con experiencia y honrados a lo largo de su vida, no a los que se han hecho ricos con contratos del Estado. Traería a los mejores egresados de El Zamorano para manejar el agro. Esto no es difícil; es solo tener amor a la patria y dejar de ver cómo te beneficias tú. Hay ricos tan enfermos que lo único que les interesa es el dinero, sabiendo que no los van a enterrar con eso y que al final sus yernos y nueras lo van a despilfarrar. ¿Por qué no compartirlo con el pueblo para que todos vivamos más tranquilos?
¿Cómo son realmente los políticos hondureños cuando las cámaras se apagan?
Son todos iguales. Yo los miré en el Congreso Nacional: se insultaban, se peleaban en el hemiciclo, se tiraban agua y rompían micrófonos. Pero ahí nomás, daban la vuelta en la cafetería de atrás y estaban abrazándose, comiendo juntos y riéndose. Una vez les reclamé lo que estaban haciendo, y uno de ellos solo me puso la mano en el hombro y me dijo: "Ay, doctor, es que usted no entiende de política". Eso me parece una basura. Echan a pelear al pueblo, pero entre ellos son la misma cosa. Yo no sé de qué vivirían muchos de ellos si no están en el gobierno, porque se mueren por estar ahí. El dinero se necesita para vivir, pero la conciencia tranquila no se paga. Yo voy al estadio, me siento en cualquier banca y la gente se acerca a pedirme una foto. Voy al supermercado y me saludan con cariño. Caminar con la frente en alto vale más que todo.
Honduras está sumida en una deuda multimillonaria. ¿Dónde ve el dinero reflejado?
En ningún lado. Honduras es un país rico que lo han saqueado cada cuatro años, y ahorita lo están haciendo también, aunque digan que no. Tenemos una deuda de 16,000 o 18,000 millones de dólares. ¿Y qué obra grande hay? Si todos los funcionarios se dedicaran a trabajar honestamente por un solo periodo de cuatro años, este país estaría arriba. He viajado bastante por mi profesión y no cambio a Honduras. Me encanta el clima, las frutas, los frijolitos... otros países tienen menos recursos y están mejor que nosotros porque aquí impera la sinverguenzada.
Si usted fuera candidato presidencial, ¿cuál sería su gran apuesta de infraestructura?
Yo me metería a hacer las cosas en grande. Construiría una línea de tren o metro desde Choloma hasta Villanueva para facilitarle la vida a la gente. Me van a decir que eso vale 2,000 millones de dólares. Sí, pero se puede hacer si no se lo roban o si dejan de repartirlo en esos "bonos" donde a la persona le dan 1,000 lempiras y los políticos se quedan con 9,000. En Tegucigalpa haría dos líneas de transporte de metro: de norte a sur y de este a oeste. Me criticarán diciendo que endeudaría al país, pero el país se debe endeudar en obras reales, no en las sinverguenzadas a las que están acostumbrados.
¿Por qué no avanzan los hospitales de trauma si la salud es una prioridad?
Porque prefieren la corrupción. El Hospital de Santa Bárbara costaba originalmente unos 1,600 millones de lempiras y ahora lo tienen valorado en 4,200 millones. Eso es robo, no tiene vuelta de hoja. Sin embargo, los hospitales de trauma de Tegucigalpa y San Pedro Sula dependen de un préstamo del BID (Banco Interamericano de Desarrollo); ahí no había excusa para no haber empezado la construcción si de verdad les interesara la salud. Falta voluntad, esto no es cosmetología.
¿Cómo reacciona un médico cuando le diagnostican cáncer?
Con los pies en la tierra. Hace 13 años me detectaron cáncer de tiroides; el día que te lo dicen, por supuesto que te mueve el piso. Pero ahí estaba presente mi esposa. Cuando entré al quirófano, yo iba hablando con Dios en la camilla. Le agradecí por la vida que me había dado y le dije que, si era su decisión llevarme, estaba bien; pero que si me quería dar más tiempo, era para servir. Llevaba una cruz en la mano y le pedí al anestesiólogo que me dejara quedarme con ella. Me operaron un miércoles, salí dos veces al extranjero a aplicarme el yodo radiactivo y aquí estamos. Por eso insisto en que Dios decide cuándo me voy a morir y nadie más.
Su esposa ha sido su gran inspiración en esta lucha. ¿Cómo lo afrontó ella?
Mi gran ejemplo es ella: ha sido operada cinco veces de cáncer de mama. La primera cirugía fue hace 28 años y tú la ves hoy y nunca parecería que pasó por eso. Tiene una fe increíble en la Virgen María. Cuando me dieron mi diagnóstico de cáncer, ella simplemente me dijo: "Okay, vámonos a la clínica". Nos fuimos al consultorio en el Hospital Viera, rezamos un rosario y ella, como mujer de armas tomar, llamó de inmediato al cirujano para programar la cirugía esa misma semana. Dios nos ha puesto esas pruebas para enseñarle a otros pacientes. Cuando me llegan mujeres con cáncer de mama o personas con cáncer de tiroides, les muestro mi cicatriz, les hablo de mi esposa y eso los motiva. La recuperación pasa por la cabeza; si te deprimes, pierdes.
¿Su lucha contra la enfermedad fue el motor del búnker de oncología en el Hospital San Felipe?
Esas son las cosas que duelen porque hay gente a la que le encanta hablar y tomarse fotos. El búnker de oncología del San Felipe fue una lucha mía desde el inicio porque somos supervivientes de cáncer y sé perfectamente lo que eso significa. Esa obra debió estar funcionando desde julio de 2024, pero ya pasaron dos años de retraso y sigue paralizada. En el área de medicina nuclear para los cánceres de tiroides, la persona encargada ni siquiera diseñó el drenaje para el material radiactivo; tuvimos que cambiar paredes y hacer de todo. Al día de hoy sigue sin funcionar. Ahora habrá otros mediocres que sacarán pecho diciendo abusadas sobre ese proyecto, pero la verdadera publicidad se hace con Dios, que es el único que sabe lo que cada quien hizo allí.
¿Qué historia con un paciente lo marcó para siempre?
La de mi querido Yanay. Era un niño con el síndrome de Guillain-Barré que nos hizo tres paros respiratorios en la sala; lo tuvimos hospitalizado seis meses. Hace bastantes años, cuando me enteré de que cumplía años, les pedí a los colegas médicos que diéramos 20 lempiras cada uno para comprarle un pastel. Todos dijeron que no andaban dinero. Lo mandé a comprar yo con la enfermera. Cuando le partimos el pastelito —tengo la foto con él—, me enteré de que era el primer pastel de su vida. El niño tenía ya 11 o 12 años. Desde ese día me comprometí a ayudarle en sus estudios. Su mamá era viuda, así que al inicio y a mitad de año yo le daba para los útiles y uniformes, y él me llevaba sus notas. Cuando se graduó de Perito Mercantil, llegó a mi clínica con una cajita de chocolates. Al día de hoy, todas las mañanas nos mandamos un saludo.
¿Es verdad que llevaba pacientes del hospital a pasar Navidad a su casa?
Sí, yo traje pacientes para pasar la Navidad aquí en mi casa. ¿Por qué? Porque se quedaban solitos en las salas del Hospital San Felipe en esas fechas. Me los traía, el varoncito dormía en el cuarto con mi hijo y lo tratábamos como a cualquier ser humano. Yo tengo la tranquilidad de haber atendido bien a mis pacientes. A lo mejor no soy el mejor médico del mundo y tengo fallas, pero como ser humano creo que les di todo lo que tenía que dar.
Leyendo los comentarios de la gente tras su retiro, ¿hubo alguno que lo conmoviera especialmente?
Hubo una frase en Facebook que me golpeó cuando la iba leyendo. Decía: "Cuando yo era niña, el doctor Matheu me atendió y yo creía que yo era especial porque me trataba como a una princesa. Pero luego me decepcioné...". Al leer eso me asusté, pero la muchacha continuaba: "...porque después me di cuenta de que a todos los pacientes los trataba exactamente igual de bien". Ese comentario me llenó el alma. Yo traté de darles a los niños lo que merecían.