Julio Raudales: “Me di cuenta que yo no era guapo como algunos de mis compañeros...”

Cuando habla de economía, analiza cifras; cuando habla de Pili Luna, habla con el corazón. Así se revela el lado más romántico de Julio Raudales, un hombre que asegura que el amor ocupa el primer lugar en su vida

  • Actualizado: 25 de julio de 2026 a las 00:00
Julio Raudales: “Me di cuenta que yo no era guapo como algunos de mis compañeros...”

Tegucigalpa, Honduras.- Antes de convertirse en economista, académico, rector universitario, escritor y una de las voces más consultadas para interpretar la realidad de Honduras, Julio César Raudales, quien hoy tiene 61 años de edad, fue un niño que corría por las calles del barrio La Cabaña de Tegucigalpa. Un pequeño que jugaba pelota, recorría las calles en bicicleta y crecía bajo las enseñanzas de unos padres que, con esfuerzo silencioso y grandes sacrificios, trabajaban para regalarle algo que consideraban invaluable: oportunidades.

Si cierra los ojos y viaja al pasado, vuelve a 1972. Tiene ocho años, cursa segundo grado en el Instituto San Francisco y comparte su hogar con sus padres y hermanos. Allí aprendió las primeras lecciones que marcarían su vida: trabajar con dignidad, perseverar hasta alcanzar las metas y entender que las relaciones humanas también forman parte del éxito.

“Yo no pude haber tenido un mejor ejemplo”, recuerda al hablar de sus padres. Una frase breve, pero capaz de revelar una de las raíces más profundas de su historia.

El reconocido economista comparte un recuerdo familiar junto a su padre y sus hermanos.

De niño fue inquieto, curioso y, como muchos lo recuerdan, “tremendo”. Las llamadas de atención en la escuela eran parte de sus días, pero detrás de aquellas travesuras había un niño que comenzaba a descubrir el mundo y a construir su propia identidad.

Nunca buscó sobresalir por imponerse sobre los demás, sino por encontrar aquello que lo hacía único. En esa búsqueda imaginó distintos futuros: por un momento pensó en convertirse en sacerdote, después en médico e incluso consideró estudiar Derecho. Hasta que descubrió que su verdadera vocación estaba en un espacio donde los números y las palabras podían dialogar: la Economía.

Pero más allá de los escenarios, las entrevistas y los análisis que durante años han acompañado su vida pública, existe otro Julio: el esposo de Pili Luna, el padre de Julio, Marcela y Andrés, el abuelo de una joven de 15 años y el hombre que encuentra felicidad en los pequeños momentos junto a quienes ama.

Para Julio Raudales, entre todos los logros y caminos recorridos, hay una certeza: Pili Luna, su esposa, es lo mejor que me ha pasado en la vida.

Hablar del amor transforma su expresión. Sus ojos adquieren un brillo distinto y su voz cambia cuando menciona a su esposa. Para él, el amor no es un complemento de la existencia, sino aquello que le da dirección y sentido. “Es la prioridad”, afirma.

Y quizá esa sea una de las confesiones más humanas de esta conversación: después de dedicar décadas a estudiar la economía, los números y las decisiones que mueven a una sociedad, descubrió que las mayores riquezas de la vida no aparecen en ningún informe ni pueden medirse con cifras.

Están en una compañía sincera, en una canción que acompaña una mañana, en una película, en una novela, en nadar en el mar o en la emoción de conocer un nuevo lugar. En esos pequeños instantes donde la vida demuestra que su verdadero valor va mucho más allá de cualquier indicador.

La familia, su mayor orgullo. Julio César Raudales junto a sus hijos: Julio Roberto, Marcela Lucía y Juan Andrés.

También existe un Julio que pocos conocen: el romántico, el joven que conquistaba con canciones, poemas y una guitarra entre sus manos. Cuando sintió que quizá no tenía las mismas ventajas que algunos de sus compañeros, decidió hacerlo desde otro lugar: desde la sensibilidad, la creatividad y el poder de las palabras.

Pero la vida también le reservó capítulos difíciles. La pérdida de su madre dejó una marca profunda en su historia. Una ausencia para la que, como él mismo reconoce, nadie está completamente preparado.

Porque incluso aquellos que dedican su vida a analizar las respuestas de una sociedad también tienen preguntas propias, momentos de fragilidad y heridas que los transforman.

El amor, su prioridad...

Julio Raudales nunca dejó de creer en el amor. A sus 61 años, asegura haberlo encontrado en Pili Luna, la mujer con quien se siente "acompañado, apoyado y realizado". "Lo mejor que me ha pasado es conocer a mi esposa a estas alturas de mi vida, cuando ya voy en bajada", confiesa.

¡Una conversación imperdible con Julio Raudales en Tictac!

Vamos a viajar por un momento al pasado. Tiene ocho años. ¿Dónde está, qué está haciendo y quién está con usted? ​​​​​​
Bueno, en 1972 yo tenía ocho años. Estaba estudiando en el Instituto San Francisco, estaba en segundo grado y vivía con mis papás y mis hermanos. Éramos una familia de cinco. Mis papás tenían un negocio, un mercadito en el barrio La Cabaña, y ahí crecí yo.

Si cierra los ojos y piensa en el niño que fue, ¿qué es lo primero que recuerda?
Tuve la suerte de crecer en un hogar muy bien formado, muy católico. Mi papá era un caballero con mi mamá. Vivíamos todos en un ambiente muy bien construido por ellos.

Mi papá había estudiado en el seminario mayor; incluso, casi se hace cura, pero al final decidió más bien formar un hogar y conoció a mi mamá, y entonces así nací yo. Soy el mayor de los tres hermanos que somos y vivimos, como te digo, en un ambiente donde había mucho trabajo, mucha determinación por salir adelante y, sobre todo, un gran ejemplo que nos dieron nuestros padres: que hay que ser consecuente en la vida, hay que fijarse metas, hay que buscar la excelencia y hay que llevarse bien con todo el mundo para poder vivir feliz.

Julio comparte junto a su nieta de 15 años una imagen llena de cariño. Me alegra que piensen que es mi hija... pero es la hija de mi hija, escribió al compartir esta foto en su perfil de Facebook.

Hablando de su hogar y de sus padres, ¿qué le enseñaron sobre el valor del esfuerzo y la disciplina?
Bueno, yo no pude haber tenido un mejor ejemplo.

Mi papá se hizo perito mercantil mientras trabajaba en una gasolinera como bombero y estudió en el Instituto de Cultura Nacional en la noche. Mi mamá era una normalista; se graduó muy joven de profesora de educación básica. Trabajaban muy fuerte.

Mis papás hicieron grandes sacrificios y se esforzaron mucho para poder darnos a nosotros la educación que, según ellos, merecíamos. Ese fue un gran ejemplo para nosotros.

Antes de convertirse en economista, ¿qué soñaba con ser cuando era niño? ¿La Economía siempre estuvo en sus planes?
Creo que nadie quiere ser economista cuando es pequeño, ja, ja, ja. Cuando la gente es pequeña quiere ser bombero, astronauta, soldado o médico. Yo recuerdo que, en algún momento, pasé por esa disyuntiva. Como yo estaba en un colegio religioso, en algún momento se me ocurrió que podía ser sacerdote. También pensé en ser médico. Terminé estudiando Economía y creo que es lo mejor que me pudo suceder.

Fuera de las entrevistas, las conferencias, los foros y los análisis económicos, ¿quién es Julio Raudales?
Yo soy el esposo de Pili Luna. Soy una persona que siempre ha andado buscando el amor y lo encontré finalmente. Me casé hace un año en segundas nupcias, pero tengo tres hijos de mi primer matrimonio, así que soy el papá también de Julio, Marcela y Andrés. Tengo una nieta de 15 años también. Así que mi vida, en general, discurre entre pasar estudiando, leyendo, pasar con mi esposa, salir y estar con mis hijos, con mi papá, que todavía está vivo, y mis hermanos también.

" "Yo fui enamorado toda mi vida..."
Julio César Raudales
Raudales también es escritor y encuentra en los libros un refugio especial. Disfruta escribir poemas, canciones y cuentos.

Ya que hablamos del amor, un tema que siempre me gusta tocar porque creo que le da sentido a la vida, ¿qué lugar ocupa el amor en la suya?
El primer lugar. Es la prioridad. Creo que, para ser efectivo en las cosas que hacés, tenés que estar lleno de amor. Para mí es fundamental tener una vida llena de amor.

Tener una esposa que esté pendiente de mí y yo estar pendiente de ella. Y tener unos hijos también que, a pesar de que ya son adultos, de que ya tienen cada uno de ellos su vida, de alguna manera están íntimamente relacionados conmigo.

Se nota un brillo muy especial en sus ojos cada vez que habla de su esposa. ¿Qué le ha enseñado ella que ningún libro ni la academia podrían haberle enseñado?
Uy, un montón de cosas. Ella es una mujer muy sabia y muy inteligente, además. Ella tiene un don de la persistencia y de la creatividad que no tengo yo. Ella es una creadora y, de hecho, se dedica a crear.

Entonces, yo creo que es lo mejor que me ha pasado... haber podido conocerla a estas alturas de mi vida, cuando ya voy en bajada, cuando ya probablemente en unos años, espero que sean muchos, pero probablemente son menos de los que he vivido ahora. Yo tengo 61 años, así que no creo que vuelva a vivir otros 61 años, ja, ja, ja, pero digamos que, si son muchos, pueden llegar a ser 30, hasta 40 años, poder vivir junto a alguien con quien yo me siento cómodo, apoyado y realizado.

¿Cómo es usted cuando deja a un lado el rol profesional y simplemente se permite vivir el amor? ¿Se considera un hombre romántico?
Ah, sí, soy súper romántico desde joven, desde niño. Yo fui enamorado toda mi vida. Yo le pregunto a mis amigos si ellos también eran enamorados como yo, porque yo recuerdo que, desde que estaba en kínder, ya me gustaba una compañerita. Te puedo nombrar a todas mis compañeritas de la escuela de las que yo estuve enamorado. Serían como 20.

Dicen que quien escribe tiene una ventaja: sabe encontrar las palabras correctas. ¿Usted alguna vez conquistó con un poema?
Seguramente sí. Cuando era adolescente, me di cuenta de que no era guapo como algunos de mis compañeros y que las chicas no se fijaban en mí.

Entonces, aprendí a tocar guitarra, escribir canciones y cantar temas de José José, José Luis Perales, El Puma y Camilo Sesto. Así pensé que era la única forma de llamar su atención... y, en realidad, sucedió. Yo no podría ser economista si no supiera música y no cantara, ¿por qué? Porque eso me ayuda a desenvolverme frente a los medios de comunicación. Aprendí a no tenerle miedo a las multitudes.

Aprendí a pararme enfrente de la gente con una guitarra, con un micrófono y cantar. Cuando me tocaba sentarme en un círculo de amigos, yo era el centro de atención porque cantaba y tocaba la guitarra y, sobre todo, las chicas se sentían extasiadas al escucharme. Eso me dio mucha confianza en mí mismo.

Me encanta estar solo, adoro vivir conmigo mismo, compartir nada más con mi familia, pero no le tengo miedo a la multitud tampoco.

Entre canciones, poemas y libros vive el Julio Raudales más creativo. Tocar guitarra, cantar y escribir acompañan su trayectoria como economista y rector de la Universidad José Cecilio del Valle (UJCV), un cargo que define como un reto grande y bonito.

La vida también está hecha de desafíos, pérdidas y momentos que nos transforman. Mirando hacia atrás, ¿cuál ha sido la prueba más difícil que ha enfrentado?
El momento más duro para mí fue la muerte de mi mamá. Ella murió de cáncer y fue un cáncer fulminante. Nos sorprendió a todos en la familia.

Nosotros hemos sido una familia unida y, claro, fue un momento muy doloroso para mí, para toda mi familia. Y son de esas cosas que uno sabe que tiene que vivir en la vida, pero para las cuales nunca se está preparado.

Después de todo lo que ha vivido, los retos que ha enfrentado y los logros que ha alcanzado, ¿hay algo que todavía le genera miedo?
Sí, claro. El miedo es algo que nos ayuda a vivir. Si nosotros no tuviéramos miedo, viviríamos menos. Tengo miedo de morir, tengo miedo de enfermarme gravemente, sobre todo cuando uno tiene ya más edad, aunque no ha sucedido y espero que no suceda, pero son temores que uno tiene.

Y también, por supuesto, que tengo miedo de perder seres queridos. Creo que son los mayores terrores que tengo en la vida.

Raudales asegura que disfruta de su propia compañía, de compartir con su familia y de esos momentos de calma; aunque también reconoce que no le teme a las multitudes ni a esrar

¿Qué representa para usted asumir la responsabilidad de liderar una universidad y acompañar la formación de nuevas generaciones?
Ser el rector de esta universidad (José Cecilio del Valle), que es una de las más prestigiosas del país y que lleva el nombre del sabio más grande que ha tenido Centroamérica, y que tiene todo un mar de oportunidades para crecer y para convertirse en una institución mucho más sólida de la que ya era cuando yo comencé, ha sido un reto grande y bonito.

Creo que nada es tan gratificante como poderte fijar retos y metas en una institución privada como esta, en donde el que nos vaya bien depende de qué tan bien hagamos las cosas para que los estudiantes estén dispuestos a pagar para estar aquí, y eso, pues, me ha enseñado otra faceta de la vida que yo no conocía.

Usted observa y analiza la realidad del país desde una perspectiva privilegiada. Más allá de las cifras, ¿qué siente que Honduras necesita recuperar como sociedad?
Honduras necesita que su gente sepa que su bienestar no depende de nadie más que de sí mismo. Siempre hemos dependido de lo que otros puedan hacer por nosotros. Siempre estamos pensando si los gringos van a ver con buenos ojos que elijamos a este o aquel presidente.

Las sociedades que han salido adelante son aquellas que se dan cuenta de que su bienestar no depende de terceros, no depende de los gobiernos. Ningún gobierno saca a un país de la pobreza, sino que depende de que la sociedad misma se dé cuenta de su potencial.

Su amplia trayectoria académica incluye haber sido vicerrector de Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH).

Don Julio, durante años usted ha ayudado a otros a entender el valor de las decisiones económicas. Pero mirando su propia vida, ¿cuál ha sido la mejor decisión que ha tomado y por qué?
Bueno, es una pregunta difícil. Creo que la mejor decisión que he tomado es enamorarme de mi actual esposa y casarme con ella. Porque, cuando uno tiene 61 años, tiene que saber que, como decía Gabriel García Márquez, lo mejor que uno puede hacer cuando está viejo es entender que tiene que hacer un pacto con la soledad.

Entonces, creo que la mayor desgracia que le pasa a la gente cuando es mayor, cuando está adulta, es quedarse sola. Entonces, yo creo que buscar ser un compañero, tener la suerte, mejor dicho, de encontrar una compañera que va a estar con uno en los últimos años de su vida, es como la gracia total.

Si esta fuera la última página del libro de su vida, ¿qué le gustaría escribir en ella?
¡FIN! Así, en mayúsculas.

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Sabdy Flores
Sabdy Flores
Periodista y community manager

Licenciada en Periodismo por la UNAH y parte de EL HERALDO desde 2018. Con amplia experiencia en el manejo de redes sociales y estrategias digitales, ha consolidado una carrera marcada por la innovación y el impacto social. En 2020 recibió un reconocimiento por su contribución a la comunicación orientada a la niñez, adolescencia y juventud.

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