“Flores que sonríen”: Imágenes familiares e incómodas

En este libro de cuentos cortos Michelle Recinos retrata una miseria cotidiana, marcada por la indiferencia, el morbo y la violencia, que incomoda por su carácter universal y reconocible

  • Actualizado: 08 de abril de 2026 a las 11:11
“Flores que sonríen”: Imágenes familiares e incómodas

Tegucigalpa, Honduras.- Allá por 2022 supe de Michelle Recinos, una periodista y escritora salvadoreña, que en el mismo año se agenció dos de los premios de cuento más prestigiosos de la región: Carátula y Monteforte de Toledo.

Luego, el año pasado leí su participación en la “Primera enciclopedia de Tlön tomo XI hlaer ‐ jangr”, antología coordinada por el mexicano Jorge Volpi. De esta participación quisiera señalar que me gustó mucho su entrada enciclopédica, entiéndase su cuento.

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Más recientemente leí “Flores que sonríen” (Editorial Los sin Pisto), su primer libro, una colección de cuentos de extensión breve y carácter satírico que dejan muy claras sus intenciones narrativas.

Las historias están compuestas por imágenes que me resultan familiares e incómodas: bolsas de basura abiertas (rotas) por los perros de la calle, mujeres que ofrecen una casa limpia y ordenada a cambio de menosprecio, programas de televisión cuya principal mercancía es el morbo, inescrupulosos presentadores de televisión que se creen superiores y omnipotentes, funcionarios movidos exclusivamente por la infamia, flores compradas en una tienda de productos chinos y que sonríen, o madres que no escucharían la violación de su hija y mucho menos el llanto de la otra, porque ven la televisión a todo volumen.

Y esas son solamente algunas de las hebras de las que se puede tirar. Recinos deshilacha los problemas sociales de un país y un continente, aunque tal vez se podría decir, más precisamente, que son problemas en general del mundo entero. Hay cierta universalidad en la miseria humana.

La televisión aparece en varias historias, por lo menos en tres, y en cada una de las ocasiones no es más que un medio para la frivolidad y la frivolización del ser humano.

Me parece un dibujo bastante claro del rol que juegan los medios de comunicación en este siglo. La manera en la que aborda esta y otras problemáticas sociales me recordó a la idea de Ernesto Sábato, según la cual la literatura puede dar cuenta de la indisoluble contradicción humana con mucha más facilidad que otros géneros textuales.

Tal vez por esa incomodidad con la que estoy tan familiarizado es que sus personajes me resultaron más que creíbles, palpables. Por poco les doy rostro, nombre y apellido.

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Todos conocemos, por ejemplo, a algún vecino que es más papista que el papa o a alguna mujer cuya sumisión la hace conocer unos límites insospechados incluso para ella.

Su discurso es claro y directo. Hay juego e inteligencia en el lenguaje, la sátira y la ironía quedan, entonces, bien plantadas. Por ejemplo, el cuento titulado “Su perra” parte del lenguaje cotidiano, de un registro vulgar, de un sintagma nominal tan prosaico como lírico: “su perra”, y que transforma una simple frase en una historia.

Lo mismo sucede con “Impactante, lamentable, indignante”: la sola acumulación de tres morbosos adjetivos refleja el espíritu moderno de la televisión y a su vez de los tiempos que corren. En esta fórmula triádica hay un “crescendo”, en el que la indignación y el lamento lavan y justifican, aunque sea un poco, el pecado morboso de habernos acercado a lo impactante.

Los cuentos también tienen una estructura bastante clara. Los finales llegan a tiempo y apuestan por la sutileza. Yo diría que son finales que tratan bien al lector.

Para sintetizar la idea de los personajes y la técnica narrativa, los diálogos de “La flor que sonríe”, cuento que casi nombra a la colección, se sienten reales, auténticos y, más allá de las ideas que desarrollan, magnéticos. Él y ella dicen lo que normalmente se dice en ese tipo de conversaciones pero bien.

En general, cuando Michelle Recinos les da voz a los personajes a través del diálogo, el cuento es más fértil y, de alguna manera, más natural.“Flores que sonríen” deja la sensación de que hay poca distancia entre la intención del discurso y el efecto que causó.

O sea, entre ilocutividad y perlocutividad, si se quiere usar una terminología más lingüística. Creo que la autora causa exactamente lo que quiere causar. Esto a mi juicio parece sencillo, pero no lo es. Y conseguirlo es, por lo tanto, un gran mérito.

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Josué R. Álvarez
Josué R. Álvarez
Escritor y docente

Autor de “Guillermo, el niño que hablaba con el mar”, “Instrucciones para un taxidermista” y “De la estirpe del cacao”. Ganador del Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil, el Concurso de Cuentos Cortos Inéditos “Rafael Heliodoro Valle” y el Premio Nacional de Poesía Los Confines.

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