Eleonora Castillo: del sueño a la poesía

El poemario “Los excesos de mi búsqueda”, asume las consecuencias de una búsqueda que solo se hace posible en los sueños y en las intermitencias de la memoria

  • Actualizado: 10 de febrero de 2026 a las 10:38
Eleonora Castillo: del sueño a la poesía

Tegucigalpa, Honduras.- Estaba interesado en leer a Eleonora Castillo hace ya un par de años, pero hasta ahora no había sido posible. Recientemente, leí y releí “Los excesos de mi búsqueda” (Efímera, 2025), obra con la que se hizo acreedora del Premio Nacional de Poesía Los Confines en 2024.

Como primera impresión y de manera general, debo decir que es una autora que deseo seguir leyendo, la experiencia me ha enseñado que los buenos libros rara vez son, por no decir que nunca, una casualidad.

Premian la poesía de Eleonora Castillo y Valeria Cabrera en Los Confines

El poemario se divide en dos partes: “Sueño REM” y “Sueño paradójico”. Parece que la búsqueda, entonces, tiene que ver con lo onírico. O más bien, debería decir que el sueño se propone como lugar adecuado para resquebrajar la realidad, entendida única y erróneamente como equivalencia de la vigilia. Y allí, en esa intersección que es el sueño, es posible encontrar lo que los sentidos aparentemente nos esconden.

En “Los excesos de mi búsqueda” hay una latencia de experiencia personal, pero articulada a partir de las referencias mitológicas (en un sentido amplísimo de lo que podemos entender por mitología), en las que Castillo no escatima ni se pone ningún límite. Es como si coleccionara estas figuras mitológicas en forma de estampitas.

El “yo poético” se busca a sí mismo y se encuentra, pero también encuentra a quienes lo rodean.

Sucede así una sinergia, en la que la búsqueda individual ya no es posible. En la medida en que aparecen las grietas, aparecen también los que nos rodean, es como si pudiéramos verlos a través de ellas.

Y eso de buscarse a sí mismo, que en términos físicos parecería, o más bien es una acción absurda, es desde lo filosófico, lo psicológico y lo espiritual una de las acciones más fundamentales del ser humano.

La identidad, expresada en la lengua o en el nombre de las cosas, es una de las huellas de esa búsqueda. Primero el “yo poético” se propone en términos de lenguaje: “Debía ser yo su lenguaje inexplorado [...] pero no soy más que un idioma quebrantado por la / claridad del abandono” (págs. 20 – 21).

Más adelante se vuelve a invocar la palabra “idioma” pero con otro sentido: “Abre mis manos y así verás tu nacimiento / y cuando te desprendas de mi mátrix, / vocaliza cada nota de nuestro canto, / el idioma inevitable de esta nueva alianza” (pág. 30).

Y luego en el siguiente poema (“Desarraigo de nuestra fosa común”): “Esta nueva voz que ahora es nuestra, / no será más un himno al vértigo” (pág. 31). En el mismo poema: “fuimos criaturas innombrables que vestían / con mortaja [...] Nos convertimos en instrumentos del sol / y las palabras son ahora ceremonias de nuestro canto” (pág. 31).

El campo léxico es claro: vocaliza, canto, idioma, voz, himno, innombrables, palabras.

La lengua surge como alianza, como canto que une, como nominalizadora o acaso baptizadora de las cosas: ¿qué es lo innombrable? Parece que lo que ya no está, lo muerto. Dar nombre pareciera entonces que es dar vida.

La palabra no es solamente etiqueta, sino que funda relaciones con las personas y las cosas, para describir los síntomas ulteriores del ser y para vivir en torno a ellas y en ellas.

La voz poética asume las consecuencias de una búsqueda que solo es posible en los sueños y en las intermitencias de la memoria. Quisiera agregar que me gusta su postura ante la gravedad de algunos encuentros.

No estamos ante un poemario doloroso sino redentor. Es tal vez la forma más sana de volver al pasado y descubrirnos y descubrir a quienes tenemos alrededor. E insisto, la palabra parece ocupar un lugar especial en esa transformación.

Si tuviera que quedarme con un poema, me quedaría con “Carta para Agustín, soñada a mano (Fragmentos)”. Me atrapó su programa discursivo (perdón que hable en estos términos), y la ejecución me pareció dolorosa, redentora y tierna.

Hay en ese poema una complejidad humana que solo es posible equilibrar en la poesía. Por supuesto que hubo otros que me causaron una impresión parecida, pero hay “algo más” (tal vez demasiado subjetivo) en este que me hace sentirlo especial entre los demás. También me quedaría con “Nor cia”.

“Los excesos de mi búsqueda” confirma en la poesía un espacio y un lenguaje para emprender búsquedas que no son posibles casi en ningún otro código. Además, esas exploraciones, con todo y sus excesos, aunque subjetivas, son espejo, y tal vez ejemplo, para quien se acerca a ella.

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