Tegucigalpa, Honduras.- “Polvo” (F&G Editores, 2024), de la escritora guatemalteca Denise Phé-Funchal, es un excelente libro de cuentos.
A ratos también duele, pero de todas maneras es excelente. Lo uno no quita lo otro. Es más, parece que, en lo que a literatura respecta, lo uno estuviera necesariamente unido a lo otro.
Si me preguntan de qué trata “Polvo”, me temo que no tengo una respuesta clara. Podría decir que es un libro que, a pesar de su brevedad, ofrece muchos caminos. Se ocupa alternativa, e incluso paralelamente, de problemas personales y cotidianos, pero que tienen un cable directo con lo que llamamos grandes problemas sociales.
Yo me quedé pensando, por ejemplo, en que la individualidad, tan frágil como es, enfrenta la colonización, la esclavitud moderna y la manipulación de masas, por mencionar algunas formas de poder.
La colección, compuesta de catorce piezas narrativas, se puede leer en una tarde. Eso sin considerar, por supuesto, la necesaria pausa al final de cada historia para asimilar a veces la ternura, a veces el dolor, y en algunos casos ambos sentimientos a la vez.
¿No es este acaso el verdadero placer de la lectura? Lo que tienen en común los personajes de “Polvo” es que son superados por las circunstancias.
Esto en algunos casos es menos grave, entonces, el resultado es la ternura, como en “Sala de estar”, el primer cuento. Y en algunos casos es más grave, y así, el resultado es el dolor venido de lo terrible, como en “Entramos en la noche”, que es posiblemente el cuento más triste y doloroso de la colección.
Uno se queda pensando en la última postal y en su asfixiante monocromía. Estos personajes responden, en algunos casos, con lo que llamaríamos locura. Esta, entonces, no viene del interior, sino de aquello que nos circunda como una fiera amenazante. O lo que es peor, como el más hermoso de los espejismos.
Visto así, la locura no es una desembocadura de lo individual, sino de lo colectivo. Así como en las tragedias, el desequilibrio obedece a fuerzas muy superiores.
Creo que no necesito aclarar que dichas fuerzas en esta obra de Phé-Funchal no son divinas, en todo caso, son fuerzas que quisieran ser divinas o, por mucho, que creen serlo. Esto, con sus naturales consecuencias.
Sobre la prosa que se desarrolla en “Polvo”, diré que es una prosa limpia y clara, que nos permite ver las historias como quien las ve a cielo abierto, un cielo desnublado y radiante.
Los cuentos respetan lo esperado de este género narrativo, lo que en casos como este, se agradece. Un buen adjetivo para su lenguaje y su estructura sería “sobrio”, en el mejor y más fructífero de los sentidos que pueda tener esta palabra.
Apuesta por la oración breve, por la construcción sencilla, por el golpe seco y contundente. La narración progresa con la serenidad del polvo que cae.
Muchos de los cuentos son simbólicos a la vez que fantásticos, pero quisiera resaltar que pienso que la belleza de ellos no descansa en los símbolos, sino en el aliño narrativo completo. Para mí ese es un signo de madurez narrativa.
Otra muestra de esta madurez es el tipo de sátira que ejecuta: la sátira no es el cuento (esencialmente, porque no puede serlo), es una de las capas del cuento. En esta misma clave es posible encontrar la ironía.
“Polvo” es un libro al que seguramente volveré, para ver cómo esas ciudades blancas devoran el alma de las personas (y por alma probablemente quiera decir la psique), cómo se pierden los paraísos imperfectos (pero, después de todo, paraísos, y lo más importante: nuestros), cómo perturba la mirada de un padre (de verdad que “Padre nuestro” es un cuento muy perturbador, al menos en la clave en la que lo leí) y cómo las clases sociales, el colonialismo, las nuevas formas del poder, el desplazamiento forzado y la perversión se vuelcan contra la vulnerabilidad humana.