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EL DÍA. El jueves 21 de noviembre de 1963 fue un día lluvioso y frío en la ciudad de Dallas, Texas. Se creyó que el viernes caería un diluvio mayor; el cielo amaneció nublado y húmedo, caía una leve brisa, pero para las diez de la mañana el viento, que soplaba con fuerza desde el sur, alejó las nubes, y, antes del mediodía, el sol se mostró en todo su esplendor. El frente frío que pasaba por el norte de Texas en los últimos días, dejó paso al calor, que subió gradualmente en aquellas horas. A las 11:40, el Air Force One aterrizó en el aeropuerto de Dallas Love, después de trece cortos minutos de vuelo desde Fort Worth; de él bajó el Presidente John Fitzgerald Kennedy, acompañado de su esposa Jacqueline. Lo esperaban miles de personas que desbordaban entusiasmo por verlo. Poco después, se acercó a la limosina presidencial, un Lincoln Convertible de 1961.
-El cielo está despejado y ya no llueve -dijo el Presidente, viendo por un momento hacia la bóveda azul que se alzaba serena y silenciosa sobre él.
-A pesar de eso, señor Presidente, usaremos la capota de plexiglás en la limosina -repuso Floyd Boring, jefe del Servicio Secreto, encargado de su seguridad-; no me siento seguro en Dallas.
-Creo que es excesivo, Floyd -replicó John Firtzgerald Kennedy, tocando amigablemente un hombro de su jefe de seguridad-. Si me muestro encerrado en la limosina, la daré una impresión equivocada a la gente.
-Dallas no es muy amigable con usted, señor Presidente -insistió Floyd.
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John Fitzgerald Kennedy sonrió:
-Entiendo que hace usted su trabajo -dijo-, y lo hace muy bien, pero tenemos unas elecciones cada vez más cerca.
-Entiendo...
-No hay de qué preocuparse, Floyd -lo interrumpió el Presidente-. El objetivo es mostrarme accesible para los ciudadanos. ¡Nada pasará en Dallas! No estamos en Vietnam.
La agradable sonrisa del Presidente desarmó a Floyd Boring; sin embargo, hizo un último intento:
-Se expone usted demasiado, señor -le dijo-, y, en mi opinión, y en la de mis hombres, es una imprudencia que puede costarnos muy cara...
-Sé que algunos de sus muchachos están enojados conmigo -replicó el Presidente-, y hasta se sienten incómodos, pero necesito mostrarme cercano a la gente y a los votantes.
-Con esa actitud, señor Presidente, llama usted con insistencia al peligro.
-No, Floyd; con esta actitud, llamo a la simpatía y los votos de la gente.
Después de varias paradas para que el Presidente saludara a la multitud que lo esperaba a ambos lados de la calle, la limosina entró a Houston Street. John Fitzgerald Kennedy sonreía y agitaba una mano con su característico carisma y su agradable simpatía. La gente lo saludaba, el griterío llenaba el espacio y Kennedy se mostraba feliz. Estaban en la Plaza Dealy, bajaron la velocidad para tomar Elm Street, y, justo en ese momento, se escuchó un estallido. Fue un sonido seco, ahogado por la algarabía de la gente y el rugir de los motores de los automóviles y las motocicletas. En aquel momento, el Presidente se estremeció, se llevó las manos a la garganta, y quiso decir algo. La sangre salía a borbotones de su cuello. Una bala acababa de entrar por su espalda, salió por la garganta, e hirió a John Connally, gobernador de Texas. Se escuchó un nuevo estallido. La cabeza del Presidente violó en pedazos. Sangre, astillas de hueso y masa encefálica saltaron al aire. Su esposa, que acababa de recostarlo para ayudarle, saltó hacia la parte de atrás de la limosina, gritando desesperada. Volvería a su lugar poco después, sosteniendo la cabeza del Presidente contra su pecho para que “su cerebro no se saliera”. Entonces, se escuchó el tercer disparo. Eran las 12:30 de la tarde del día más doloroso de la ciudad de Dallas.
De pronto se escuchó una voz que se impuso sobre los alaridos.
-¡Vamos, al Hospital Parkland!
Era Floyd Boring, que venía detrás de la limosina en una motocicleta.
El chofer del Presidente era, también, un agente del Servicio Secreto. Giró bruscamente sobre Elm Street, y enfiló sin pérdida de tiempo hacia el hospital. Atrás quedaba el caos.
Un minuto después, Marrion Baker, un miembro de la comitiva del Presidente, entró al Almacén de Libros de Textos de Texas, ubicado en la unión de las calles Houston y Elm, seguido por varios policías. En el segundo piso estaba un hombre de aspecto sencillo e inofensivo, que tomaba un refresco que acababa de comprar en una máquina expendedora.
-¿Quién es él? -preguntó Marrion al intendente del almacén-. ¿Lo conoce usted?
-Sí -respondió el señor Truly, con acento nervioso-; lo conozco. Viene aquí con frecuencia...
Hizo una pausa, mientras Marrion Baker despegaba sus ojos de la figura casi insignificante de Lee Harvey Oswald. Luego, preguntó:
-¿Es cierto que le han disparado al Presidente?
Marrion contestó moviendo la cabeza hacia adelante. Se notaba la ira y angustia en su mirada. Luego, seguido de sus hombres, subió al tercer piso.
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-Es terrible -comentó el señor Truly, dirigiéndose a Oswald, que se ponía de pie, después del último trago-. ¡Dispararle al Presidente!
Lee Harvey Oswald se limitó a mirarlo. El intendente agregó, como si necesitara ser escuchado:
-Yo no votaría jamás por ese hombre, pero... ¡es el Presidente de los Estados Unidos! ¡Nadie le dispara al hombre más poderoso del mundo!
Oswald metió las manos en los bolsillos de su chaqueta, avanzó sin ninguna prisa, y bajó al primer piso. El señor Truly le dedicó una mirada vaga. Lo había visto muchas veces. Entonces, escuchó una voz ronca, que decía:
-Yo estuve con Jack en el Pacífico.
El que hablaba así era un hombre alto y delgado, de ojos grandes y pelo amarillo, que lucía una larga cicatriz en la mejilla derecha, roja y recta, que llevaba allí hacía mucho tiempo. Tendría unos cuarenta y dos años, y en su rostro se notaba una extraña tristeza.
-Fue en agosto del 43 -agregó-; los japoneses hundieron la torpedera, y el Comandante Kennedy se esforzó por ayudar a los heridos, a pesar del tiempo y de la amenaza de los japos. Yo creí que moriría, pero él me ordenó que viviera para vengar al PT-109, y a los compañeros caídos.
Se limpió una lágrima que amenazaba saltar desde un párpado, y añadió:
-Te prohibo rendirte -me dijo el Teniente-; los Estados Unidos no se rinden jamás, ¡y nosotros somos los Estados Unidos!
Calló el hombre, y, después de un momento de silencio, concluyó:
-¡Y esos bastardos lo han matado!
El señor Truly se estremeció. En aquel momento, Lee Harvey Oswald salía tranquilamente por la puerta principal del edificio. Mientras, la limosina presidencial llegaba al Hospital Parkland.
-¡Le han disparado al Presidente! -gritó Floyd Boring, abriendo paso a los médicos y enfermeras que llegaban en tropel a la puerta de entrada-. ¡Todavía está vivo!
La herida en la garganta sangraba, y John Fitzgerald Kennedy respiraba con dificultad. El doctor James Carrico lo evaluó con una rápida mirada.
-No podremos hacer nada por él -dijo.
-Pero, debemos intentarlo -le respondió su compañero Malcolm Perry-. Hagamos una traqueotomía para que respire mejor... Usemos el agujero de la herida en la garganta.
-No servirá de nada... Pero, tratemos de hacer lo imposible.
-El daño en la cabeza es espantoso -comentó el doctor Kempler Clark, neurocirujano que se preparaba para entrar al quirófano con el Presidente.
La agonía duró cuarenta largos minutos. Mientras los médicos luchaban por reanimar al herido, y, mientras Dallas toda estaba aterrorizada, y el país y el mundo entero estaban conmocionados, Seymour Weitzman, el ayudante del sheriff, y el policía Gene Boone, acababan de encontrar, en el sexto piso del Depósito de Libros Escolares de Texas, un fusil Carcano Modelo 38, corto y con mira telescópica. Estaba escondido entre varias cajas llenas de libros. Cerca estaban tres cartuchos de latón del calibre 6.5 x 52 milímetros que olían a pólvora recientemente quemada. Eran cartuchos de las balas que disparaba aquel rifle.
-Si tenemos el rifle -dijo el ayudante del sheriff-, pronto tendremos al asesino.
En aquel momento, Lee Harvey Oswald caminaba despacio por la Patton Avenue, en Oak Cliff, un sector residencial de Dallas. El agente JD Tipit acababa de recibir la información acerca del atentado contra el Presidente.
-El sospechoso es un hombre delgado, blanco, de unos treinta años y de un metro setenta y cinco pulgadas de alto -le dijeron-. Está armado.
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Tippit detuvo su patrulla para entrevistar a Oswald, que era blanco, delgado y de una altura casi igual a la del sospechoso. Caminaba solo y sin prisa aparente. El policía habló con él a través de una ventanilla abierta; luego, se bajó de la patrulla y quiso acercarse a Oswald. Este sacó un revólver que llevaba en una bolsa de la chaqueta, y disparó cuatro veces; tres balas impactaron en el pecho del policía. Cuando cayó al suelo, Oswald se acercó a él y le disparó una vez más, ahora, en la sien derecha. Esta bala lo mató en el acto. Quince minutos antes, quitándose la mascarilla quirúrgica con una mano ensangrentada, el doctor Kemper Clark dijo con desánimo:
-Es inútil. El destrozo en la cabeza es irreparable. Hay una importante evisceración de masa encefálica y no existe actividad neuronal... La bala entró por el hueso parietal derecho y destruyó el cerebro... La bala en la garganta no era precisamente mortal...
Se detuvo por un instante. Las palabras se ahogaban detrás de sus dientes.-El Presidente Kennedy está muerto -agregó, segundos después. Era la una de la tarde. A las 2:35, Lee Harvey Oswald fue detenido por la muerte del agente Tippit.-Soy inocente -dijo-; yo no le disparé al Presidente.EL MISTERIO
El fusil Carcano, encontrado en el sexto piso del edificio del Almacén de Libros Escolares, fue comprado por Oswald usando el seudónimo “Alek Hidell”. El revólver con el que mató al policía, lo compró bajo el mismo nombre. Las armas se las enviaron al apartado de correos 2915 de Dallas, de Lee Harvey Oswald. Poco después encontraron una huella palmar en la culata del rifle. Era de Oswald.
-Oímos tres disparos desde esa ventana de la esquina del sexto piso -dijeron tres empleados del Almacén de Libros-; veíamos el paso del presidente desde una ventana del quinto piso... Creemos que ese es el hombre que disparó.
Este hombre, Lee Harvey Oswald, no fue juzgado. El 24 de noviembre, Jack Ruby, un pistolero a sueldo, lo mató de un disparo frente a los policías que lo custodiaban. John Fitzgerald Kennedy quedó para siempre en la Historia... Fue el cuarto presidente de los Estados Unidos en ser asesinado. El 22 de noviembre de 1963 no se olvidará jamás.