GRACIAS. Deseo agradecer sinceramente al doctor Raúl Batres, secretario ejecutivo del Consejo Consultivo del Hospital San Felipe, por su fidelidad a esta sección de diario EL HERALDO. Es un lector voraz de los casos y, por tanto, un “Carmilla-adicto” leal.
DOÑA TILA
Se llamaba Donatila, tenía ochenta y seis años. Era delgada y bajita, su pelo era blanco, el que llevaba siempre peinado en largas trenzas; sus ojos ya eran grises por el paso del tiempo, y sus arrugas eran un “honor de la Vida”, como ella decía. Vivía con su hija menor, dos nietas, un hijo de crianza, dos perros, tres cerdos y cincuenta gallinas, con sus respectivos gallos. Bebía café fuerte y endulzado con rapadura de caña, y, para acompañar el café, compraba pan fresco todas las mañanas en la panadería que estaba a unas dos cuadras de su casa. Ella misma hacia el viaje, escogía el pan y regresaba feliz, porque doña Tila era feliz.
“Tengo a Cristo en mi corazón -decía, con alegre sonrisa, ya sin dientes-, y estoy lista para cuando él reclame mi espíritu. Pero, todavía no me quiero morir”.
La mañana del 16 de marzo de 1985, encendió el fogón, puso a hervir el agua y preparó el café; salió de su casa, en el barrio El Estadio, en Choluteca, y cerró la puerta para que los perros no salieran detrás de ella; sin embargo, Canelo y Zarco siempre se las ingeniaban para acompañarla. Pero, aquel día, doña Tila no tomaría café, y no tomaría café nunca más. Tampoco regresaría a su casa.
Acababa de salir de la panadería cuando bajó la acera, quiso cruzar la calle detrás de un camión que repartía refrescos y no se dio cuenta que el camión empezaba a retroceder. La golpeó, cayó al suelo y las llantas derechas le pasaron por encima. Los perros empezaron a ladrar y a aullar, y dos mujeres que iban a moler maíz le gritaron al chofer. Cuando se detuvo, ya no había nada que hacer. Doña Tila tenía las entrañas de fuera, se apretaba el abdomen con fuerza, y sus ojos se apagaban despacio. El chofer se bajó aterrorizado, y se acercó a ella. Doña Tila, le sonrió.
“Me mataste, hijo -musitó-, pero, no es tu culpa... Ha sido la desgracia, y la desgracia no es voluntad de Dios... Yo tengo la culpa”.
Cuando llegaron los paramédicos de la Cruz Roja y los bomberos de Choluteca, doña Tila estaba muerta. Los perros estaban a su lado; sus hijas y sus nietas estaban con ella. Pero, mientras todos lloraban, había una sonrisa agradable en el rostro de doña Tila.
¿Qué había pasado? ¿Quién tenía la culpa? ¿La Desgracia es un ser extraño que nos empuja hacia adelante con algún propósito? Si doña Tila no hubiera ido esa mañana a comprar el pan, o hubiera ido más tarde, o el chofer del camión... ¿Existe el “hubiera”? O, ¿es la vida una cadena de sucesos que, forzosamente, terminan en algo, tarde o temprano? ¿Y qué papel juega la señora Desgracia en los males de los seres humanos? ¿Es que la desgracia es producto de nuestras acciones equivocadas, irresponsables o descuidadas? ¿Es la voluntad de Dios? ¿Es maldad del diablo? O, lo que es, ¿es lo que habría de ser?
Doña Tila no quería morir, a pesar de haber cumplido ochenta y seis largos y penosos años; penosos, especialmente en aquellos oscuros días de la siniestra dictadura del general Tiburcio Carías, cuando su esposo fue fusilado por gritarle “vivas” al Partido Liberal. ¿O es que el tiempo de doña Tila en la tierra había terminado?
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LA NIÑA
Yadira tenía tres años, era bonita, trigueña, de pelo largo y rellenita. Era la alegría de la casa porque ya solo Julio vivía con don Juan y doña Carmelinda. Los otros seis hijos se habían ido. Juan trajo a Yadira, una muchacha bonita de Curarén, y ahora tenían una niña. Juan y su papá trabajaban la tierra y las mujeres se quedaban en la casa. Este año, la cosecha de repollos, tomates y cebollas sería buena y el maíz y los frijoles no faltarían, porque las milpas estaban verdes y hermosas. Todo era normal, como había sido desde hacía mucho tiempo. La vida, con sus altos y sus bajos, seguía siempre hacia adelante, y no dejaba de ser bella. Hasta esa mañana, en la que todo se destruyó para siempre en aquella vieja casa de adobes y tejas, de donde la felicidad se fue para no volver nunca más.
Yadira ayudó a hacer las tortillas, los frijoles estaban en el fuego, y había carne colgada para asar, porque ese viernes, se comía carne asada en la casa. Barrió, limpió, le dio de comer a la niña, y después de desayunar con su suegra se acostó en una hamaca a ver TikTok. Era su pasatiempo favorito, y ya había tenido algunos problemas con Julio por aquella “incurable adicción de las nuevas generaciones de jóvenes sin oficio”. Incluso, una vez que Julio estaba entusiasmado por cumplir con sus deberes conyugales, ella le dijo que se esperara un rato porque estaba contestando unos mensajes. Por eso es tar cierta la frase del que dijo que “el progreso que se basa en la destrucción de lo que es bueno y correcto, no es progreso, es camino de perdición, como las armas nucleares”.
A las nueve de la mañana, Yadira dejó la hamaca. Doña Carmelinda acababa de preguntarle por la niña.
“Está dormida en el cuarto” -le respondió.
“Ya la fui a buscar, y no está” -replicó la señora.
Yadira saltó, fue al cuarto, buscó por otras partes, le dio una y otra vuelta a la casa, y la niña no estaba. Empezó a desesperarse. Cuando salieron al patio, vieron el osito de peluche de Yadira en el suelo. Las gallinas escarbaban en la tierra, los gallos azotaban las alas y cantaban, los cerdos gruñían y los chumpipes desplegaban sus grandes colas y rayando el suelo con las alas, seduciendo a las hembras, que poco caso les hacían, “porque no estaban para eso en aquel momento”. Nada anormal se veía en el patio; sin embargo, a unos quince metros de la cocina, entre varios árboles de naranjos y limones, y algunas matas de plátanos, estaba Tin, el perrito que el abuelo le había regalado a la niña hacía un año, y que no se separaba de ella. Estaba echado a la orilla del pozo y gemía. Yadira y doña Carmelinda dieron un grito; corrieron y llegaron al pozo. Allí estaba la niña. Se movía. ¡Estaba viva! Yadira se tiró al agua, sacó a su hija, y dos hombres le ayudaron a salir. Pero, cuando llegaron al Hospital Materno Infantil, en Tegucigalpa, ya estaba muerta.
“¡Maldita! -le gritó Julio a su mujer-. ¡Mil veces maldita! Vos la mataste. Era más importante tu teléfono que cuidar a tu hija”.
¿Qué había pasado? ¿Qué impulsó a la niña a caminar hacia el pozo? ¿En qué momento se acercó al brocal de piedra? ¿Cómo subió? ¿Sabía lo que hacía? ¿Qué era más importante, en verdad? ¿Cuidar de Yadira o divertirse “drogándose” con el constructor de tragedias llamado TikTok? ¿De qué era culpable Yadira? Tal vez no se sepa nunca, y estas y otras preguntas no tengan respuestas. Dos semanas después del entierro de Yadira, su madre desapareció. Dijeron que lloraba día y noche, que no comía, que Julio ya no le dirigía la palabra, y que la miraba con desprecio y hasta con odio. Y que la depresión la estaba consumiendo. Y una mañana no apareció en la cocina para ayudar a su suegra. Julio no sabía dónde estaba. Pasaron tres días, Una nube de zopilotes señaló un lugar donde había algo que se podría. Era un lugar alejado de la casa, en la montaña. Allí estaba Yadira, colgando de una rama gruesa y alta. Se había ahorcado.
“Las acciones de los seres humanos tienen resultados, para bien o para mal”.
Emec Cherenfant calla. Luego, agrega:
“La responsabilidad es de nosotros mismos, sencillamente, porque el que hace lo que quiere, debe esperar lo que no quiere, y la Desgracia nunca duerme”.
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LA LETRINA
Dina esperaba a su primer hijo. Estaba feliz porque, después de probar y probar por cinco largos años, quedó embarazada. Su esposo estaba contento. Se llamaría Domingo, como él. Y Vladimir, por Putin. ¿Por qué admiraba al presidente de Rusia? Ni él mismo lo sabía. Pero, su hijo se llamaría Domingo Vladimir.
Dina se cuidaba mucho. Superó problemas y ya estaba lista para ir al hospital, apenas el niño diera señales de querer ver el mundo. El único problema que tenía Dina era que se había vuelto estítica, y “hacía del cuerpo” cada dos o tres días, y con dificultad. Esa noche, se levantó urgida. La Naturaleza llamaba. Fue a la letrina, se sentó, y esperó a que su intestino se vaciara por sí solo, pero nada. Había que ayudarle. Entonces, hizo fuerza. Nada. Más fuerza, y nada. Hasta que al fin sintió que algo salía. Oyó un gritillo, como un lloro, y se dio cuenta que acababa de forzar el nacimiento de su hijo. Cuando se puso de pie, la sangre le caía por las piernas, pero su hijo no estaba. Entonces, entendió lo que había pasado. Gritó, llamó, dio alaridos y se desesperó. Su esposo, su suegra, sus cuñadas, llegaron corriendo. Los focos alumbraron el fondo de la letrina. Allí estaba el niño, hundido en el mar de heces... de cabeza. Su esposo arrancó el sentadero... Era demasiado tarde. Cuando sacaron al niño, estaba muerto. Los bomberos llegaron para ayudar. No había nada que hacer. Llamaron a la DPI.
¿Existe el Destino? No lo creo. ¿Está todo escrito? Tampoco lo creo. ¿Es la voluntad de Dios lo bueno y lo malo? No, por supuesto. Dios es amor, puro y perfecto. Ningún mal quiere ni procura para nosotros. Entonces, ¿por qué le pasó esto a aquella mujer? ¿Alguien pude explicarlo? ¿Debemos sentar a la señora Desgracia en el banquillo de los acusados?
CHANO
Se llamaba Luciano; le decían Chano. Fue militar y ahora trabajaba como guardia de seguridad. Tenía su propia arma, por lo que ganaba un poco más. Se había casado, y era feliz con su hijo Luis Luciano, de casi cuatro años. Además, Jenny, su bonita esposa, estaba embarazada otra vez, “porque es mejor tener los hijos temprano”. Además, el doctor del Materno les había dicho que tendrían gemelos, niña y niño. Eso era felicidad pura.
Una tarde, Chano regresó del trabajo. Había hecho doble turno para ganarse “unos pesitos más”. Jenny, con la enorme barriga, le sirvió la cena, que era, también, desayuno y almuerzo aquel día. Chano se quitó las botas, la camisa y fue al baño. Dejó su revólver 38 en la mesa y le acarició la cabeza a su hijo, que siempre lo esperaba. Cuando regresó dio un grito.
“¡No, hijo! Deje eso allí!”.
El niño sonriente jugaba con el revólver de su papá.
“Pum, pum, pum”.
Y reía.
Chano se le acercó, pero justo en ese momento, un dedito apretó el gatillo. El estallido fue ensordecedor, el niño gritó, soltó el revólver y empezó a llorar, asustado. Pero un grito mayor llenó la salita. Chano miró: su esposa se agarraba el cuello con una mano, tratando de detener la sangre que salía a borbotones. Cayó al suelo. Murió un minuto después. La bala había rebotado en la pared, entró en el cuello de Jenny, rompiendo la carótida, y salió por la derecha, dejando la muerte a su paso. Mientras agonizaba, se agarraba el vientre, en el que se agitaban desesperadamente sus gemelos.
¿Quién tenía la culpa?
Tal vez, solamente Dios tenga esa respuesta. Aunque, la verdad es que la Desgracia nunca duerme.