Selección de Grandes Crímenes: El último lamento (Segunda parte)

Estaba casado, tenía dos hijos y, bien podría decirse que lo tenía todo para ser feliz. Pero, no era así

  • Actualizado: 12 de abril de 2026 a las 00:00
Selección de Grandes Crímenes: El último lamento (Segunda parte)

RESUMEN. Jairo era médico, estaba casado, tenía dos hijos y, bien podría decirse que lo tenía todo para ser feliz. Pero, no era así. La confirmación de estas palabras es que se quitó la vida de una forma elegante que el forense “no había visto nunca en materia de suicidios”.

En su carta de despedida pedía perdón y maldecía a alguien. ¿Qué maldición era aquella? ¿Por qué la había escrito el doctor López? ¿A quién maldecía? ¿Por qué? ¿Qué motivos lo llevaron a quitarse la vida de aquella forma?

La madre

“Creo que no hay nada qué preguntar ni nada más qué decir -dijo la mamá de Jairo-. Y, creo que ustedes ya nada más tienen que hacer aquí”.

“Debemos llevar el cuerpo de su hijo para hacer la autopsia” -replicó el forense.

“Llame a su jefe inmediato, doctor -replicó la señora-, mi hijo se queda aquí, y de aquí, lo llevaremos a Olancho, de donde nunca debió venirse...”

El oficial de la DPI intervino:

“Tenemos órdenes, doctor. Ellos se harán cargo del cuerpo”.

Luego, dirigiéndose a la señora, agregó:

“Solamente me gustaría saber por qué su hijo maldijo”.

“No será asunto suyo, señor -lo interrumpió la mujer, obligándolo a callar-. Con todo respeto se lo digo”.

Seis meses

Bien se ha dicho que el policía es como ave sin nido; hoy está aquí, mañana es enviado a otra parte. Y esto pasó con aquel oficial, seis meses después de aquella conversación en la casa del doctor Jairo Enemesio fue asignado a la Dirección Policial de Investigaciones en Juticalpa, Olancho. Y su primera misión fue asistir al levantamiento de un cuerpo que acababan de encontrar en una calle solitaria, afuera de la ciudad.

“Son los familiares, mi inspector -le dijo uno de los agentes-; nos avisaron, pero creo que ellos lo supieron antes”.

Era el cuerpo de un hombre de unos cincuenta años, de piel canela, alto, y que había sido torturado antes de ser estrangulado con un torniquete hecho con una cuerda gruesa y un pedazo de palo de escoba. Estaba desnudo, le mutilaron los genitales, le arrancaron la lengua y le quebraron los dedos de las manos, que tenía amarradas hacia el frente, a la altura de las muñecas. Alrededor lloraban varias mujeres, tres muchachos y algunos amigos y vecinos que acompañaron a la familia a reconocer el cuerpo.

“Lo denunciaron como desaparecido hace tres días, mi inspector -siguió diciéndole el agente al oficial-; lo raptaron cerca de su hacienda y encontraron su carro en un abismo. Nadie vio nada porque el camino es solitario y enmontañado. Y, dos horas después de que usted llegó a Juticalpa, avisaron que había un cadáver abandonado...”

“¿Sabemos el nombre?”

“Sí, era un hombre conocido en la zona... La señora que está en el suelo, cerca de él, era su esposa... Son comerciantes de lácteos y de carne... Las tres hijas y los dos hijos varones”.

“Estamos ante una venganza -dijo el inspector-; no hay duda”.

“Era un hombre pacífico, mi inspector; no usaba armas, no bebía licor ni fumaba y su única afición era el fútbol, aunque no jugaba... No imagino quién pudo vengarse de él, o qué es lo que él hizo para que le quitaran la vida de esa forma”.

“¿Cuánto tiempo tiene de estar asignado a Juticalpa?” -preguntó el oficial.

“Tres años... Antes estuve en Catacamas, dos años...”

“Entonces, conocía bien a la víctima”.

“Aquí nos conocemos todos, señor”.

“¿Qué más tenemos sobre él?”

“Pues, tiene dos hermanas y un hermano mayor; comerciantes todos... Allí está una de sus hermanas; se llama Justiniana... La otra, doña, Belarmina, no tarda en venir... El hermano mayor vive en San Esteban... Es seguro que ya le avisaron”.

“¿Qué más sabemos sobre la víctima?”

“Nada más, mi inspector... Han sido una familia muy unida; nacieron y crecieron en Olancho y lo que tienen se los dejaron los padres... Pero los ha golpeado la tragedia”.

“¡Ah!”

“Sí, mi inspector; hace un año y medio, más o menos, murió la mamá de ellos, de más de ochenta años; se cayó en el baño de su casa y se quebró la cadera; no volvió a caminar y, meses después, murió; dicen que de tristeza. Y hace seis meses, más o menos, un sobrino que era doctor se suicidó allá en Tegucigalpa”.

El inspector arrugo el ceño, miró al agente y le preguntó:

“¿Un sobrino que era doctor?”

“Sí, Jairo se llamaba”.

El oficial dio un salto.

“Me dijo usted que la hermana Belarmina seguro que va a venir a acompañar a sus hermanos”.

“Creo que sí”.

“A ella le dicen doña Nina, ¿verdad?”

“Sí, señor... Pero, ¿usted la conoce?”

El inspector no respondió.

“¿Sabe dónde podemos encontrarla, en el caso de que no venga?”

“Sí... Pero...”

“No va a venir”.

“No entiendo, mi inspector”.

“Vamos...”

“¿A dónde, señor?”

“A ver a doña Nina”.

“¿Y el levantamiento?”

“Ellos se encargarán”.

Doña “Nina”

Estaba sentada en una silla mecedora, en el corredor de su casa, bajo una enredadera llena de flores y cubierta por la sombra de varios árboles viejos y frondosos. Uno de sus hijos la acompañaba. Dos perros enormes están echados a su lado.

“¿Doña ‘Nina’?” -dijo el oficial, bajándose de la patrulla casi frente a la casa.

“¿Tiene prisa, Inspector?” -le preguntó la señora, que lo reconoció de inmediato.

“Fuimos a buscarla a su negocio...”

“Hoy no voy a ir a trabajar... Estamos de luto”.

“Entonces, ya sabe que encontramos a su hermano perdido”.

“Ya”.

Un muchacho abrió la puerta del jardín y el oficial entró, seguido del agente, mientras dos policías se quedaban afuera y el conductor en la patrulla.

“Creí que la vería en el lugar donde lo encontramos”.

La mujer miró fijamente al inspector, le señaló una silla y le sonrió al agente. Luego ordenó que trajeran algo de beber para los policías.

“Pues, creyó usted mal, señor -dijo doña ‘Nina’ después con voz ronca-; ya estuve allí”.

“¿Ya estuvo en la escena del crimen?” -preguntó el oficial.

“Ya, señor... Yo lo dejé allí”.

El oficial se estremeció.

“¿Qué es lo que me ha dicho?” -exclamó.

“Lo que oyó... Y usted lo sabía bien... sabía que esto iba a pasar, desde que leyó la carta que dejó mi hijo”.

El policía no dijo nada, porque doña “Nina” detuvo sus palabras detrás del cerco de los dientes.

“Usted quería saber por qué mi hijo lanzó su última maldición contra su tío, ¿verdad? Pues, lo va a saber... Y va a saber por qué se mató mi hijo”.

La confesión

“Mi hermano, Enemesio, violó a mi hijo desde los seis años de edad -empezó a decir doña ‘Nina’-; y mi hijo luchó contra ese deseo horrible de estar con hombres. El doctor Emec Cherenfant, que fue su maestro en la facultad, quiso ayudarle para que se entregara a Dios, seguro de que Dios le ayudaría a alejarse de esos vicios... Pero el mal era mayor que él; más fuerte, y, a pesar de que se casó y tenía hijos, volvía a caer en lo mismo... Mi esposo sufrió por eso, pero comprendió que nada podía hacerse. Murió con ese dolor. Yo no quería que mi hijo fuera así, pero nunca lo denigré por eso. Lo amaba como lo amo hoy. Y la única vez que me enojé con él fue cuando le pidió al doctor Cherenfant que le hiciera la operación de cambio de sexo... Quería hacerse mujer, como la Sigfrida Shantall Pastor... La doctora. Le dije que no ofendiera más a Dios y eso le dolió. Después fue a una iglesia y a otra, hasta que empezó a portarse como hombre, y se casó... Pero...”

Las lágrimas empezaron a asomar en los ojos de la señora.

“Dos días antes de su partida me llamó -siguió diciendo, después de un instante de silencio-, me dijo que no deseaba seguir viviendo así y que sufría demasiado... Y maldijo a mi hermano en aquella llamada. Fue allí que supe la verdad. Él me lo contó todo... Yo no quise decir nada, pero sabía que mi hijo tomaría aquella decisión. Tal vez fue lo mejor para él. Sufría demasiado. Por eso escribió aquella frase en su carta: “Maldito sea mi tío, ‘Mencho’. Mil veces sea maldito”.

“La recuerdo bien” -dijo el inspector.

“Y mi hermano, hijo de mi papá y de mi mamá, debía pagar el mal que le hizo a mi hijo y que me hizo a mí”.

“Está usted confesando un crimen, señora... Y parricidio...”

Doña “Nina” lo vio a los ojos.

“¿Cree que me importa? -le preguntó-. Usted vino a mi casa por casualidad o por designio de Dios... Y algo le dijo que sospechara de mí... Y no se equivocó... Yo lo mandé a matar y yo misma lo torturé... ¡maldiciéndolo mil veces por lo que le hizo a mi Jairo!”

“Creo que debemos detenerla, señora”.

“Si puede hacer eso, inspector, hágalo, pero le aseguro que no llegaría ni siquiera a la orilla de la calle... usted quería saber, pues ya lo sabe... ¡Nada he dicho yo!”

Se volvió hacia el agente.

“¿Usted escuchó algo?” -le preguntó.

“Nada, doña ‘Nina’”.

Después, el agente le explicó al oficial.

“En los tres carros que llegaron, mi inspector, iban unos diez hombres armados con Ak-47. Y tengo tres hijos que mantener. Se quedaron adentro, esperando una señal de la señora... Son... sicarios de un hombre poderoso de Tocoa... Yo prefiero la baja a seguir con este caso... Ellos se van a hacer justicia... Ya va a ver”.

El inspector tembló.

“Tal vez tenga razón” -dijo.

“Soy investigador criminal, mi inspector; no soy de las Fuerzas Especiales... A esos les vale la vida... Y no creo que encontremos un fiscal que crea en lo que usted le diga... Esa señora es la viuda de...”

“No diga nada más... Tal vez la vida vale más que el deber... ¿Eso es lo que cree, verdad?”

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