Selección de Grandes Crímenes: El martirio de Jesús de Nazaret

Angustiado y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero...

  • Actualizado: 05 de abril de 2026 a las 00:00
Selección de Grandes Crímenes: El martirio de Jesús de Nazaret

Una voz suplicante se escuchó en el pretorio.

—No tengas nada que ver con ese justo —le había dicho su mujer a Poncio Pilato—; no quiero que su sangre caiga sobre ti.

Y la imagen dolorosa de Claudia Prócula lo atormentaba a causa de la promesa que le había hecho, la cual sabía que no podría cumplir.

—¿Qué puedo hacer, mujer? —le preguntó.

—Déjalo ir, esposo mío... —le dijo ella—. Ese hombre es inocente.

Pilato no respondió.

—Tú me lo prometiste —musitó Claudia Prócula.

—Los sacerdotes quieren su muerte. Lo acusan de blasfemia... y de proclamarse Rey de los judíos e Hijo de Dios, y, entre ellos, ese es un delito que se castiga con la muerte.

—Ellos lo odian —musitó ella—. Le temen porque el pueblo cree en él y lo sigue.

—Lo sé.

—De acuerdo a la tradición de los judíos, debes soltarles a un preso en la fiesta de la Pascua judía, con la que celebran su liberación de tierras de Egipto.

—Lo sé —repitió Pilato.

—Y la tradición manda que en esta fiesta den la libertad a un preso... —exclamó su esposa.

Pilato hizo un gesto de enfado.

—No te enojes conmigo, esposo mío.

Hasta ellos llegaban los gritos de la multitud, amenazadores y cargados con insultos y blasfemias.

—El pueblo se alborota —dijo él.

—Los sacerdotes y los mercaderes tienen la culpa, esposo mío; reparten monedas y vino, y...

—Lo sé bien.

—Suéltales al nazareno —suplicó ella—; la máxima autoridad en Judea eres tú...

—No es tan fácil como crees... Son sus leyes...

—Tú eres la máxima autoridad...

—Recuerda que sobre mí está Vitelio, el legado de César en Siria, y los sacerdotes podrían acudir a él... Además, los creo muy capaces de lanzar al pueblo contra mis soldados, y yo me vería obligado a poner orden en Jerusalén... a costa de muchas muertes.

Ella se estrujó las manos y de su mirada salió el dolor disparado como una flecha.

—Ellos deciden quién es liberado y quién debe morir.

Claudia Prócula se estremeció.

—Entonces —musitó—, el nazareno está condenado.

—Es la Ley y la tradición, y contra eso, ni César puede hacer nada.

Pilato llamó al centurión.

—¡Longinos!

—¡Señor!

—No deseo la muerte de ese hombre llamado Jesús. Se lo prometí a mi esposa.

Pilato

¿Cómo era posible que Poncio Pilato, que odiaba a los judíos, cambiara de opinión sobre el nazareno y se esforzara tanto por liberarlo?

Pilato era un gobernador tiránico que se propuso, incluso, abolir las leyes judías e imponer las de Roma en Judea, Samaria, Idumea y Galilea... y comenzó levantando imágenes de Augusto y de Tiberio frente al Templo, dando órdenes de que se quemara incienso ante ellas y de que se les adorara como a dioses romanos, lo que provocó su primer enfrentamiento, que preferían morir antes de inclinarse ante los ídolos del prefecto.

En otra ocasión, los judíos se rebelaron contra porque él usó dinero sagrado del Templo para hacer un acueducto que llevara agua a Jerusalén y sofocó la sedición con soldados vestidos con ropa judía, los que infiltró entre la gente y castigaron cruelmente al pueblo, matando a muchos.

Y, en una tercera ocasión, asesinó a muchos samaritanos en el camino al monte Gerizim, que para ellos era el más sagrado de los montes.

Un agitador religioso les prometió a los samaritanos desenterrar vasos sagrados usados por Moisés, y que el propio profeta había enterrado en el Monte Gerizim.

Convencido Pilato que aquel hombre alborotaría a los samaritanos, y temiendo una rebelión, apostó soldados de caballería e infantería a la orilla del camino, y mató a muchos que tuvieron la valentía de enfrentarse a las cohortes romanas.

¿Por qué Poncio Pilato, siendo tan cruel y antijudío, se mostró a favor del nazareno y, al final, tan complaciente con los judíos?

Tal vez, porque deseaba complacer a su esposa. No es que sintiera compasión por el nazareno. Había ordenado la muerte de miles, y mantenía a Judea bajo un puño de hierro; pero, amaba a su esposa y deseaba complacerla; además, no deseaba que el pueblo se alborotara, causando una rebelión que él hubiera sofocado con más muertes... Y no es que a él le importara conservar vidas judías, galileas o samaritanas.

Condena

—¿Así que tú eres rey? —le preguntó Pilato a Jesús.

Jesús guardó silencio.

—¿De dónde eres tú?

Jesús no respondió.

—¿A mí no me hablas? —espetó el procurador—. ¿No sabes que tengo autoridad para crucificarte y que tengo autoridad para dejarte ir?

Entonces, Jesús contestó:

—Ninguna autoridad tendrías contra mí, si no te fuese dada de arriba; por tanto, el que a ti me ha entregado, mayor pecado tiene.

Pilato dio dos pasos hacia atrás, miró a Longinos, y le dijo, en voz baja:

—A este dejaré ir.

—Los sacerdotes piden que lo crucifiques, mi señor... —le contestó el centurión—, y que les sueltes a Barrabás... Y los sacerdotes alborotan al pueblo.

—No encuentro delito en él.

—Es un judío, mi señor.

—Es inocente.

Longinos tragó una bocanada de aire.

—Temo que haya revueltas si les sueltas al nazareno, mi señor; ¿debo preparar a los soldados?

—No.

Pilato, como quien toma una decisión dolorosa, ordenó:

—¡Azótalo! Le castigaré y lo dejaré ir. Azotadlo, pero respetad su vida.

El martirio

Longinos hizo una señal a los soldados que custodiaban a Jesús, y estos lo llevaron al patio, unos tirándolo de la cuerda que le ataba las manos, otros, empujándolo y dándole bastonazos y patadas. Y, mientras avanzaba Jesús, los insultos y las burlas cayeron sobre él; un hombre le golpeó la cabeza con una vara y otro más le dio un puñetazo, mientras otros lo escupían y se reían en su cara.

—¡Si él muere —murmuró Pilato, dirigiéndose con acento severo al centurión—, haré que te azoten cuarenta veces! ¡Y cuarenta veces más!

Saludó Longinos, y dio una orden que acalló el griterío de la multitud.

—¡Cuidad su vida!

Entonces, los soldados, entendiendo, repartieron golpes que alejaron a los más violentos.

—¡Muera el rey de los judíos! —gritaban.

—¡Crucifícale! —decían otros.

—¡Se ha hecho a sí mismo Hijo de Dios!

—¡Apedreadle!

—¡Matad al Galileo!

—Es hijo de José, el carpintero, y se ha hecho igual a Dios... ¡Matadle!

Y una piedra, salida de entre la multitud, pasó silbando entre los soldados romanos y se estrelló en la sien izquierda del nazareno, que se estremeció, al tiempo que un hilo de sangre roja y caliente empezó a bajar de su cabeza.

—¡Longinos! —exclamó Pilato, hablando en voz tan baja que solo su centurión podía escucharla.

—¡Señor!

—Mata a Barrabás... —le dijo al centurión.

En aquel momento, un vocerío alteró los nervios del procurador; miró hacia el patio, más allá del tribunal, llamado Gabata en hebreo, esto es el Enlosado, y vio que un soldado desnudaba la espalda del galileo. Llovían las piedras sobre él, y los insultos se multiplicaban, mientras los soldados hacían bromas y lo golpeaban. Le habían vendado los ojos, y le gritaban:

—A ver, profetiza quien te golpeó.

Y le daban bofetadas en el rostro.

—Hijo de Dios eres —le decían—; dinos, entonces, quien es el que te escupe.

Gruesos y asquerosos escupitajos seguían a las bofetadas. Jesús lo soportaba todo en silencio. Solo suaves gemidos de dolor se escapaban a intervalos de su pecho.

—¡Cuarenta azotes! —gritó Longinos.

—La Ley dice que deben ser solo treinta y nueve... —replicó el verdugo.

Según la ley judía, tomada del libro de Deuteronomio, “se podrá dar al delincuente cuarenta azotes, no más; no sea que, si lo hirieren con muchos azotes más que estos, se sienta tu hermano envilecido delante de tus ojos”. Pero, se contaban solamente treinta y nueve, por si se hubiese contado mal desde el inicio y se diera un azote más al condenado.

Amarraron a Jesús al cepo y su espalda desnuda quedó expuesta al sol inclemente del mediodía, cuyos rayos mordieron su piel como millares de moscas hambrientas.

—Treinta y nueve azotes serán suficientes para saludar a la majestad del Rey de los judíos.

El azote estaba diseñado para desmenuzar, literalmente, la espalda de los condenados, arrancando pedazos de piel, carne, músculos y hasta hueso después de los primeros diez golpes, provocando, además, múltiples heridas que sangraban en una hemorragia incontenible.

—Si ese hombre muere —le dijo Longinos al verdugo—, haré que te corten la cabeza...

Jesús, inclinado sobre el cepo, esperaba, orando en silencio, mientras gruesas lágrimas salían de sus ojos desesperados.

—Padre... —musitaba.

De pronto, un silbido agudo rasgó el aire con fuerza; las tiras de cuero del azote parecieron lenguas horrendas de una sola serpiente que lamía el viento con un chillido, y, de repente, se escuchó un golpe seco, como un chasquido, que llegó con fuerza a todos los oídos. Un grito, salido desde el fondo del alma del nazareno, saltó al espacio, mientras se congestionaba su rostro del dolor y surgían de nuevo las risas y las burlas de los soldados.

—¡Hijo de Dios eres! —le gritaron—. ¡Sálvate a ti mismo!

El segundo golpe vino casi de inmediato. Un nuevo grito de Jesús, llenó el patio, y muchos ojos vieron cómo las bolas de plomo y los huesos de cordero habían lacerado la piel, dejando grandes moretones y heridas profundas que empezaron a sangrar profusamente. Pero, cuando el verdugo retiró el azote, pedazos de piel saltaron al aire, mezcladas con girones pequeños de carne roja, y con gruesas gotas de sangre. Y el nuevo alarido de Jesús llegó hasta los oídos de Claudia Prócula, quien, con sus esclavas y dos sirvientes, lo veía todo bajo un toldo, en una de las terrazas de la Fortaleza Antonia.

Después del quinto golpe, las tiras de carne desgarrada empezaron a colgar de la espalda del nazareno, de los hombros maltratados, y de los brazos; los huesos de oveja llegaron hasta los músculos, y empezaron a verse los huesos de las costillas y de la columna vertebral. Ahora, el nazareno ya no gemía, aunque se estremecía horriblemente con cada golpe, y el dolor se acumulaba en su cara sanguinolenta como una máscara difícil de describir.

—¡Azotadlo más fuerte! —gritó, en eso, una voz, dirigiéndose al verdugo—. ¿Es que has perdido las fuerzas, Casio? ¡Haz que el rey de los judíos pruebe el sabor del azote romano!

Las lágrimas de Jesús eran abundantes, la desesperación brotaba de sus ojos; la sangre, corría por su espalda, por sus brazos y sus piernas.

—¡Veinte!

El silbido de las tiras de cuero se escuchó claramente entre el bullicio de la turba, que reía y se burlaba.

—¡Veintiuno!

Jesús apretó las manos en un gesto desesperado, mientras un nuevo alarido desgarraba su garganta reseca.

—¡Azotadle en las piernas!

—¡Dadle más fuerte!

—¡Queremos oírlo gritar!

—¡Qué se salve a sí mismo!

—¡Jesús, que dijiste que en tres días levantarías el templo, levántate ahora del cepo si eres el Hijo de Dios!

—¡Eh, Casio, golpead con más fuerza! ¡Hasta una anciana lo haría mejor que tú!

—¡Muera el blasfemo de Galilea!

El verdugo sudaba, había sangre en su cara, sangre del nazareno, y las bolas de plomo, los huesos de cordero y las tiras de cuero de buey estaban rojas, y brillaban a la luz del sol. Y había pedazos de piel y carne en las colas de escorpión. Casio hundió una vez más el azote en la sal, y soltó un nuevo latigazo.

—¡Treinta!

El siguiente latigazo causó más daño en las piernas, y Jesús se desvaneció por un momento, perdió el equilibrio, y se tambaleó, sin embargo, se mantuvo en pie haciendo un gran esfuerzo. Ahora, la piel desgarrada de sus piernas sangraba, y la sangre le corría hasta los pies descalzos, formando un lago hemático que se tragaba la arena como una sanguijuela insaciable. Respiraba con dificultad, tragaba a bocanadas el aire que había a su alrededor, y soportaba el sufrimiento alzando a veces los ojos al cielo, como si buscara en alguna parte al ángel que la noche anterior vino a consolarlo.

—Padre... —decía.

Sus manos, atadas a la argolla de hierro del cepo, tenían gruesos hematomas, y sangraban también; el lazo se hundía en sus muñecas, lacerando la piel y causándole un nuevo martirio.

—¡Oíd a vuestro rey pidiendo piedad! —le gritó, ante eso, uno de los soldados, a la muchedumbre.

—¡No tenemos más rey que César! —le respondieron—. ¡Matadle!

—¡Tened cuidado —añadió un hombre sucio y desaliñado—, es el Hijo de Dios y os puede hacer mal de ojo!

—Pues, al centurión ya se lo ha hecho —contestó el romano, provocando carcajadas.

Silbó de nuevo el azote, y cayó con extrema violencia sobre la cabeza de Jesús, llevándose pedazos de carne y pelo.

—¡Vas a matarlo! —exclamó Longinos, deteniendo la mano del verdugo.

—Igual ha de morir —replicó este.

—Pero si muere en el cepo, tú perderás la cabeza.

La espalda de Jesús era una masa de piel y carne deshecha.

—¡Treinta y cinco!

—¡Empezad de nuevo!

—¡Muerte al blasfemo!

—¡Treinta y nueve! —gritó Longinos, a la vez que cogía con fuerza la mano ensangrentada del verdugo—. ¡Vete! ¡Es suficiente!

La burla

—Hemos de coronar al Rey de los judíos, centurión. Pilato nos lo entregó para divertirnos... Es la costumbre.

—He dicho que te vayas.

—Centurión —intervino un soldado—, no nos quites la diversión que nos regaló el pretor.

—Y todavía hemos de vestirlo de púrpura, como a los emperadores —agregó otro—. Y tenemos una corona de espinas para el rey de los judíos.

—¿No os basta con el castigo que ha recibido?

Longinos miraba con sus ojos enfermos a sus soldados.

—¿Os ablandáis, acaso, centurión, a causa de un miserable galileo?

—¿En verdad es necesaria tanta crueldad?

La pregunta de Longinos quedó en el aire. Nadie le respondió, pero, de pronto, una voz, salida de entre la multitud, exclamó:

—¡El centurión también es seguidor del blasfemo de Galilea!

Longinos buscó al que lo acusaba. El verdugo lo miró y le dedicó una sonrisa maliciosa.

—¿Oyes lo que dicen de ti, centurión? —le preguntó—. ¿Qué diría Vitelio si se da cuenta que el centurión del procurador de Judea es un seguidor del blasfemo Rey de los judíos?

Longinos no contestó. La furia subía rápidamente a su cabeza.

—Si los sacerdotes te acusan ante Pilato, dudo que te salves de los azotes —siguió diciendo Casio, con tono irónico—, y mi brazo todavía no está muy cansado.

Longinos estalló:

—¡Soy romano, soldado, y bien harías en callarte la boca!

En ese momento, varios soldados liberaban a Jesús del cepo, y lo sentaban en una piedra, burlándose de él. Estaba a punto de desfallecer; trataba de decir algo, pero ninguna palabra salía de su boca. Seguía perdiendo sangre, la que ya había teñido de rojo la piedra, y se había nublado su vista. Su lengua y sus labios estaban resecos y aumentaba la palidez de su rostro. Sus piernas y sus brazos estaban irreconocibles, y una herida curva cruzaba su rostro, abajo del ojo izquierdo. Y seguía respirando con dificultad, como si escaseara el aire a su alrededor.

Jesús, cuyo tormento aumentaba bajo el sol inclemente de Jerusalén, veía sin ver, respirando por la boca, y dejándose hacer sin oponer la menor resistencia.

Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero...

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