LLAMADA. Eran las once de la noche cuando el doctor Emec Cherenfant recibió una llamada. Era un oficial de la Dirección Policial de Investigaciones (DPI).
“Doctor -le dijo el policía-, disculpe la molestia a esta hora; pero, es que acabamos de encontrar a un paciente suyo... que, aparentemente, se suicidó”.
El doctor Cherenfant, que acababa de salir de cirugía en el Hospital San Jorge del barrio La Bolsa, en Comayagüela, estaba cansado; sin embargo, dijo:
“¿Quién es el paciente?”.
“Se llama Jairo Enemesio López?”.
“¡Lo recuerdo bien! -exclamó el doctor-. Es un hombre joven”.
“Era, doctor... Está muerto... En la bañera de su cuarto”.
“¡Dios bendito!”.
“Le avisamos, doctor, porque en su nota de ‘despedida’ está su nombre, entre las personas a las que les pide perdón por lo que hizo”.
“¡Dios lo perdone! -dijo el doctor; y, después de un momento de silencio, preguntó- ¿En qué les puedo ayudar?”.
“Como siempre, doctor -le respondió el oficial-, lo llamamos para preguntarle...”
“Pues, no -lo interrumpió el doctor Cherenfant-; no sabría decirle nada acerca de los motivos que tuvo Enemesio para... quitarse la vida”.
El policía esperó unos segundos antes de decir:
“Mire, doctor, aquí hay algo extraño... Aunque el forense dice que, a primera vista, es un suicidio, en la nota hay un elemento importante que nos pone a pensar... Y, por eso, nos gustaría hablar con usted”.
“¿Dónde están?”.
“En la casa de la víctima, doctor... En...”
“Conozco... Llego en unos treinta minutos; por si puedo ayudar en algo”.
“Está bien, doctor”.
“¿Quiénes están en la casa?”.
“Bueno... su familia... La esposa, los dos niños, en sus cuartos, y dormidos, la madre del muerto, y dos hermanos...”
ESCENA
En la casa había dolor. Las mujeres lloraban, una anciana, de largo pelo gris y blanco, estaba en un sillón, con los ojos cerrados, hablando en voz baja con Dios; y decía:
“Ha sido mejor así, Señor... Mi hijo sufría... Ha sido mejor así... Por sus niños; por su esposa... Por él mismo. Sólo te pido que lo perdones, Jehová bendito, y que no rechaces su espíritu... Eso era más fuerte que él mismo, y tú eres testigo de que quiso apartarse... que no quería ser así...”
La señora levantó la mirada cuando el doctor Cherenfant llegó a la casa.
“Doctor -le dijo-, gracias por venir... Mi hijo le tenía un gran aprecio”.
“Lo sé, doña Nina -respondió el doctor-; y lamento mucho lo que ha pasado”.
“¡Ay!, doctor... Dios sabe cuánto me duele; pero, ha sido mejor así”.
Emec Cherenfant no dijo nada. Conocía a Jairo López desde hacía diez años, cuando llegó a su consulta para saber acerca de una cirugía especial.
“No hago ese tipo de operaciones -le dijo el doctor-. Lo siento mucho... Es algo que... no he hecho nunca y que no deseo hacer jamás...”
“Pero... yo quisiera que usted me ayude” -replicó Jairo.
“Mire -le dijo el doctor, después de pensar un rato, y de rascarse la cabeza con dos dedos, como es su costumbre cuando está ante algo que lo incomoda-; mire, Jairo... El único que lo puede ayudar es Dios... Bueno, si se ayuda usted mismo, por supuesto”.
“Doctor -exclamó el muchacho-; esto es más fuerte que yo... Usted fue mi maestro en la Facultad de Medicina; sé que usted es capaz de hacerme esa cirugía, y por eso he venido a pedirle que me ayude... Sé que es lo que debo hacer antes, y solo quiero que sea usted el que me la realice... Le pagaré sus honorarios dos veces, doctor”.
Emec Cherenfant Laurent, cirujano plástico y reconstructivo, microcirujano y especialista en cirugía cráneo maxilofacial, aparte de escritor, pintor, cantante y compositor, bajó la cabeza porque ninguno de sus títulos y talentos tenía nada que ver con la petición que le hacía su exalumno.
“Jairo -dijo, tratando de parecer comprensivo-, no se trata de honorarios normales, dobles o triples... Le aseguro que si yo estuviera de acuerdo con eso, ni siquiera le cobraría... Pero, no puedo hacer algo así. No lo haré nunca. Se lo prometí a mi papá, y me lo he prometido a mí mismo; además, mis convicciones religiosas me lo impiden, y sé que a Dios no le agradaría que haga algo así”.
Jairo escuchaba. El doctor, agregó:
“Lo que puedo hacer por usted es llevarlo con unas personas que podrían ayudarle más que yo; personas que sirven a Dios fielmente, y que van a orientarlo... Bueno, si usted está dispuesto”.
Jairo Enemesio bajó la cabeza; las lágrimas asomaron en sus ojos, y, después de un largo silencio, dijo:
“Doctor... Usted sabe cómo he luchado contra esto...”
“Lo sé” -le respondió el doctor Cherenfant.
“Pero... es algo más fuerte que yo... Y, tal vez sea hasta más fuerte que Dios...”
El doctor guardó sus palabras. Tenía por Jairo un aprecio especial; fue uno de sus mejores alumnos, y se graduó como médico con altos honores. Ahora, se preparaba para ser internista; estaba por empezar la especialidad, y se mostraba contento. Pero, en aquella consulta, deseaba algo que el doctor Cherenfant se negó siempre a hacer; y eso lo desesperaba.
“Sé que usted me estima, doctor -le dijo-, y acepto su ayuda”.
“Bueno -dijo el doctor Cherenfant, como quien se quita un gran peso de encima-, eso me parece mejor. Dios es bueno y fiel, y bendice a los que en él confían”.
“Yo no quiero más esto, doctor”.
“Lo sé”.
Jairo levantó la voz:
“He luchado contra esto, he clamado, me he desesperado, y...”
El llanto ahogó sus palabras.
“Confíe en Dios” -le dijo el doctor.
Sin embargo, aquella noche, poco antes de las doce, ya de nada valían las buenas intenciones. Jairo Enemesio López estaba muerto. Se había desangrado en su propia bañera. Tenía insertada en una arteria del antebrazo izquierdo, asegurada con esparadrapo quirúrgico, una aguja larga y de grueso calibre, a la que seguía una jeringa para procedimientos especiales de 150 mililitros, sin el émbolo, y por la que había salido casi toda su sangre.
“Sabía lo que hacía -dijo el forense-, y sabía lo que quería”.
“Tenía esposa y dos hijos” -replicó el oficial de la policía.
“Bueno -exclamó el médico-, en estos casos, solamente la persona sabe por qué hace esto...”
Estaba vestido para dormir. Su esposa dijo que lo notó triste y apagado desde hacía un mes; que dejó de comer normal, y que a ella le extrañó que empezó a regalar algunas de sus cosas más apreciadas. Además, se volvió más cariñoso con sus hijos, una niña y un varoncito, a los que amaba sinceramente; y fue más dulce con ella.
“Yo le preguntaba qué era lo que le pasaba -dijo la mujer, casi tan joven como Jairo-; pero, él no me decía nada. Solo me pedía que nos pusiéramos de rodillas y que le habláramos a Dios”.
“¿Sospechó usted algo de lo que le pasaba?”.
“No; no me dijo nada”.
“¿Cuánto tiempo tenían de estar casados?”.
“Íbamos a cumplir seis años... Nos casamos cuando él terminó la especialidad... Los niños vinieron uno después del otro”.
El oficial de la Policía dejó que pasara un momento, antes de preguntar:
“Dígame, señora -dijo-, ¿usted sabía si su esposo tenía algún problema grave, alguna enfermedad, deudas, amenazas de parte de alguien?”.
La mujer bajó la cabeza.
“Sé que mi esposo sufría -respondió, sin mirar al policía-; se entregó a Cristo a los veinticinco años... El doctor Cherenfant le aconsejó que buscara ayuda... y llegó a mi Iglesia, después de andar en una y otra. Allí nos conocimos... Él estudiaba la especialidad”.
“Señora -la interrumpió el oficial-, eso no responde a mi pregunta. Necesitamos saber qué fue lo que lo llevó a tomar esa decisión... Es nuestro trabajo... Y nos gustaría que nos ayude”.
La mujer no pudo decir nada más. Las lágrimas ahogaron sus palabras, se dejó caer en un sillón, y empezó a gemir, tapándose la cara con las manos heladas.
“Yo les voy a ayudar a aclarar esto
-intervino, entonces, la mamá de Jairo, levantando apenas la voz-; no hay nada más que hacer”.
CARTA
Estaba escrita a mano en una página de cuaderno. La había dejado a la vista del primero que entrara al baño. Cerca estaban el émbolo de la jeringa, un reloj de pulsera, y las pantuflas de noche.
“No me di cuenta a qué hora se levantó -había dicho la esposa-; a eso de las once, yo me desperté, porque necesitaba ir al baño, y me extrañó no encontrarlo a mi lado, en la cama... Me asomé al primer piso, porque últimamente lo encontraba a esas horas en la sala, leyendo la Biblia, y me estaba con él hasta que regresábamos al dormitorio... Pero, la sala estaba a oscuras, y fui al baño... Es el baño de la habitación... La puerta estaba cerrada, no había luz, y entré... Fue allí cuando lo encontré en la bañera, ya sin vida, con los ojos abiertos, y pálido... pálido... Pero, estaba caliente...”
“¿Usted encontró la carta...?”
“Sí; yo...”
“¿Qué hizo, entonces?”
“Llamé a la mamá, al pastor de la iglesia, y él llamó a la DPI... Él está allí, con mi suegra... por si quiere hablar con él”.
“¿Usted leyó la carta?”.
“Sí... Pero, la dejé allí mismo, no como él la puso... Porque el pastor me dijo que era mejor no tocar nada hasta que vinieran ustedes”.
“¿Hay algo en esta carta que usted entienda mejor que nosotros?” -dijo el oficial.
“Yo lo entiendo todo -volvió a decir la madre-. Yo lo entiendo todo”.
“¿Leyó la carta de su hijo, señora?”.
“La leí”.
El policía esperó unos segundos.
“Hay aquí una frase...”
“Ya sé, señor -lo interrumpió la anciana-; ya sé... Es una maldición... La última maldición de mi hijo”.
¿Qué maldición era aquella? ¿Por qué la había escrito el doctor López? ¿A quién maldecía? ¿Por qué? ¿Qué motivos lo llevaron a quitarse la vida de aquella forma?
“No había visto nada así -dijo el forense-; es... es...”
“Es el último lamento de mi hijo, señor -lo interrumpió la madre, con voz severa-. Es el último lamento de mi hijo” -repitió.