Selección de Grandes Crímenes: Más allá del dolor (Segunda parte)

"Es una menor y creo que ella sabe algo acerca de la muerte de Carlos, porque, a pesar de que hablaba mucho con él por teléfono y seguramente se enviaban mensajes, no fue ni a la vela ni al entierro. Y creo saber por qué"

  • Actualizado: 22 de marzo de 2026 a las 00:00
Selección de Grandes Crímenes: Más allá del dolor (Segunda parte)

POLICÍA. ¿Qué haría la Policía para resolver el crimen de Carlos? ¿Qué indicios tenían? ¿Se comprometieron los agentes de investigación en encontrar a los culpables? Fue un crimen brutal cometido contra un muchacho que no se metía con nadie y que a nadie le hacía mal. Entonces, ¿por qué hacerle tanto daño? ¿Quién estaba detrás de esto? ¿Qué hipótesis tenían los detectives de la Dirección Policial de Investigaciones?

Nunca me cansaré de elogiar a Gonzalo Sánchez Picado, abogado, criminalista y uno de los investigadores criminales más geniales de los últimos tiempos. Él formó generaciones de investigadores, y sus huellas están presentes en cada caso que se investiga, en cada éxito de la Policía de Investigación, en cada vez que se les hace justicia a las víctimas.

“El primer paso del buen investigador criminal -ha dicho Gonzalo- es conocer a la víctima. A partir de allí, se entra en el misterio del crimen”.

Y eso fue lo que hicieron los agentes de la DPI.

Sabía que Carlos estudiaba, soñaba con grandes éxitos, no tenía amigos, apenas salía de su casa en los tiempos libres y se preparaba para cuando llegara a la Universidad “para hacerse médico”, y, después, neurólogo... Pero, lo encontraron muerto en la salida al sur; torturado... Y estas torturas les dieron más indicios a los policías.

“Odio, ira, deseos de hacer daño para castigar o vengar un daño recibido. Cortarle las manos, los pies, sacarle los ojos... responde a un patrón de odio; sin embargo, Gonzalo Sánchez enseñó que siempre hay que ver más allá de los primeros detalles. Y, una pregunta importante es: ¿Merecía la víctima tal dolor? En el caso de Carlos, creemos que no. Entonces, debemos ver más al fondo de los detalles, porque cada detalle en la escena del crimen habla por sí solo. Y tanta violencia contra un muchacho, un adolescente pacífico, estudioso y que no se metía con nadie, solo responde a una idea preconcebida por el o los criminales: esconder algo para confundir a la Policía, porque no se trata de un crimen de estructuras criminales sanguinarias, se trata, más bien, de un intento por hacernos creer que estamos ante un crimen cometido por estas personas, o bien, por ajuste de cuentas, o por castigo y corrección de alguien que ha desertado, fallado o traicionado al grupo. Y nada de esto es posible en Carlos”.

“Entonces, mi inspector, ¿a dónde vamos?” -preguntó un investigador.

“Mejor digamos, ¿a dónde fue Carlos?, ¿y qué tan lejos llegó como para que alguien se sintiera amenazado por él?”.

“Pero hemos investigado bien al muchacho”.

“Lo sé... Ahora, estamos en el mundo, y por fuerza, tenemos que relacionarnos con alguien... Y Carlos se relacionaba con unas tres o cuatro personas... ¿tenemos ya el vaciado telefónico?”.

“Ya lo tenemos”.

“¿Y?”.

“Llamadas hechas y recibidas con su mamá; pocas con sus hermanas; una que otra con dos compañeros de colegio y treinta y siete recibidas en el último mes de este número... que pertenece a Rosalinda Gutiérrez; treinta y siete recibidas; veintitrés llamadas perdidas; y doce llamadas del número de Carlos al de Rosalinda. Además, mensajes”.

“Excelente. ¿Quién es Rosalinda?”.

“Pues, una niña”.

“¿Una niña?”.

“Bueno, en el sentido legal de la palabra. Tiene quince años recién cumplidos, estudia en un colegio privado el noveno grado, y, al triangular las llamadas entre los dos teléfonos, porque se nos hizo extraño tantas llamadas de ida y vuelta en el último mes, nos damos cuenta que la mayoría las retransmitió la torre que está a unos doscientos metros de la casa de Carlos, y que salieron de un lugar a más de doscientos cincuenta metros de esta casa”.

“Carlos y Rosalinda eran vecinos”.

“Eso creemos. Ahora, hay un equipo que va a la colonia de Carlos para ubicar la casa de Rosalinda y para identificarla. No creemos que debamos ir al colegio porque podemos victimizar a la muchacha; y es una menor. Además, si ella sabe algo, tal vez se esconda”.

“¿Analizaron los videos de la vela y del entierro?”.

“Los muchachos están sacando imágenes de cada muchacha que parezca tener entre quince y dieciocho años”.

RESULTADOS

La casa de Rosalinda estaba a tres cuadras de la casa de Carlos.

“¿Conoce usted a esta niña?” -le preguntó el oficial a cargo del caso a la mamá del muchacho.

“Sí, claro -respondió ella de inmediato, al ver la fotografía-. Se llama Rosalinda y vive cerca de aquí”.

“¿Era novia de Carlos?”.

“No, mi hijo no tenía novia”.

“¿Se relacionaba con ella?”.

“¿Cómo amigos? Tal vez se conocieron en el camino de mi hijo al bus, o no sé, porque ella va a un colegio privado y la llevan y la traen... No sé cómo pudieron conocerse”.

“Mire, señora... Debe ayudarnos. Vamos despacio. Su hijo y esta niña se conocían. Hablaban mucho y hablaron más el último mes, los últimos veintiocho días antes de la tragedia de Carlos. Y las llamadas eran más de noche y algunas en las mañanas”.

“Eso yo no lo sabía... Rosalinda es una niña de casa, es hija de mi vecina, la que vende golosinas en la parada del bus, allá arriba, debajo del puente”.

“Esa es la señora que dijo que vio a Carlos por última vez a eso de las once de la mañana, ¿verdad?”.

“Ella es”.

“¿Y es la mamá de Rosalinda?”.

LA MUJER

Les dijo a las policías que la entrevistaron que no conocía al cobrador del bus y que no recordaba qué bus era porque estaba atendiendo a varios clientes. Pero, que sí se acordaba que en ese momento vio a Carlos y que él la saludó, como todos los días. No dijo nada más.

“Estaba nerviosa -dijo una de las agentes- y siempre veía cada vez que se estacionaba un bus”.

“Excelente -dijo el oficial-. Hay que hablar con el fiscal para que consiga una orden; necesitamos hablar con Rosalinda”.

“Vamos a perder tiempo, mi inspector”.

“Es una menor y creo que ella sabe algo acerca de la muerte de Carlos, porque, a pesar de que hablaba mucho con él por teléfono y seguramente se enviaban mensajes, no fue ni a la vela ni al entierro. Y creo saber por qué... Para apurar el paso, hay que averiguar algo más de la mamá”.

LA NIÑA

“Yo no sé nada” -le dijo a la agente que la abordó, cuando salió a la pulpería a comprar algunas cosas. Eran las cuatro de la tarde.

“Sabemos que te llamabas con Carlos, y estamos seguros de que sabés algo, o es que sos cómplice de los que lo mataron”.

La niña abrió los ojos más de lo normal y se humedecieron de inmediato.

“¿Qué es lo que te pasaba? ¿Estabas enamorada de Carlos? ¿Eran novios? ¿Tuviste relaciones íntimas con él? ¿Estás embarazada?”.

Rosalinda estalló en llanto y corrió hacia su casa. La policía regresó donde la esperaban sus compañeros.

“Vamos” -les dijo.

Tres patrullas cercaron la casa de la niña.

“Señora Rosa Murillo”.

“Soy yo -dijo la vendedora de golosinas, madre de Rosalinda-. ¿Qué hacen ustedes en mi casa?”.

“Tenemos una orden de captura contra usted por el delito de complicidad en el rapto y asesinato de Carlos”.

“¿Qué?”.

“En este momento estamos capturando a su marido, el señor Rigoberto Pérez. Lo detuvimos en la estación de bus mientras esperaba turno. Lo estamos acusando de rapto y asesinato. El fiscal dirige esta operación. Tiene derecho a guardar silencio”.

En aquel momento, Rosalinda salió desde atrás de la cocina. Lloraba y con desesperación gritó:

“¡Yo no les dije nada, mamá! ¡Yo no le dije nada a esa mujer!”.

“¡Estúpida! -le gritó la madre-, por tu maldita culpa ahora nos llevó la m... ¡Maldita sea la hora en que te dejaste preñar!”.

“Yo no quería, mamá... Yo le pedía y le rogaba que no me hiciera eso... Yo no quería, mamá, pero, él siempre me obligaba y usted no hizo nada cuando se lo dije”.

“¡Imbécil! Lo que querías era quitarme a mi hombre... Y ahora, por tu culpa, me voy a podrir en la cárcel... Ojalá que te salga un perro en vez de hijo”.

El fiscal, intervino:

“Señora Rosa Murillo -le dijo-, le aviso que todo lo que diga podrá y será usado en su contra en el juicio. Así que mejor guarde silencio, es su derecho”.

“Rigo me violaba, mamá”.

“¡Mentiras!”.

NOTA FINAL

Una mañana fría, Rigo amaneció colgado en su propia celda. Sus compañeros no se dieron cuenta de nada. Cuando dos agentes de la DPI llegaron a visitar a doña Luisa, la mamá de Carlos, ella los recibió vestida de negro, pero con rostro diferente, como si alguna satisfacción le hubiera cambiado el semblante doloroso que llevó por siete largos meses desde que dejó a su hijo en la tumba.

“Doña Luisa -le dijo el inspector de Policía-, ¿sabe usted que encontraron muerto a Rigo, el asesino de su hijo?”.

“Sí”.

“Ya localizamos al cobrador del bus en el que trabajaba. Y dijo que es que Rosalinda le contó a Carlos que Rigo la violaba y que la embarazó; además, que su mamá sabía y que no hizo nada para defenderla. Y Rigo le encontró un mensaje en el que Carlos le decía a la niña que él mismo iba a denunciar a Rigo a la Policía. Dos días después lo raptaron y con dos muchachos le hicieron aquel daño a su hijo”.

“Carlos nunca me dijo nada de eso... Pero era bueno, y, tal vez, quería ayudarle a la niña”.

“Eso creemos... Pero hay algo que nos gustaría saber”.

“Ajá”.

“Nos gustaría saber ¿por qué se suicidó Rigo en su celda? ¿Y por qué tenía tantos golpes? Fíjese que el forense dice que lo colgaron después de muerto... Parece que primero lo desnucaron”.

“Ay, hijo -suspiró doña Luisa-, ¿usted sabe qué es lo que queda después del dolor que nos causan siendo inocentes? ¿Lo sabe? Lo que queda es odio... ¡Odio!”.

El inspector se quedó pensando por varios segundos.

“Entiendo, señora -le dijo-. ¿Pero qué va a pasar con doña Rosa, la mamá de la niña?”.

“Usted hace preguntas de las que ya sabe la respuesta... Y le voy a preguntar otra vez: ¿A ver, dígame, qué es lo que queda después del dolor?”

LIBRO. En unas dos semanas estará a la venta el libro “La máscara del Mal”, de Carmilla Wyler. La bruja Cleo ya no está, pero ha dejado una huella sangrienta en la historia de Honduras. Un libro impactante.

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