Selección de Grandes Crímenes: Uno después del otro (Segunda parte)

Al “Bato Crazy”, al “El Chele” y al “Gatillero” los raptaron y les quitaron la vida de la misma forma: con un balazo en la frente. Con el “Gatillero” hubo una diferencia: Lo torturaron. Torturas horribles

  • Actualizado: 10 de mayo de 2026 a las 00:00
Selección de Grandes Crímenes: Uno después del otro (Segunda parte)

En la DPIEstaba claro que se trataba de una “operación” bien diseñada y “mejor” ejecutada. No les robaban nada, no se comunicaban con ellos, aunque sabían bien quiénes eran; los vigilaban, los raptaban y se los llevaban. El “Bato” apareció debajo de una nube de zopilotes... ¿Por qué?

“Tenemos que hablar con ‘El triste’ -dijo uno de los agentes de la DPI-. Debe saber algo”.

De pronto, el agente a cargo del caso recibió una llamada. Contestó rápido. La voz desesperada de muchacho que trabajaba con el “Bato Crazy” le dijo:

“¡Se llevaron a ‘El Triste’! Lo van a pelar”.

“¿Cuándo”.

“Hace una hora... Yo no sé... Me acaba de llamar la hermana... Llegaron en dos camionetas, lo sacaron de la cama y se lo llevaron en bóxer”.

“Y vos, ¿dónde estás?”.

“¿Para qué?”.

“Te vamos a proteger”.

Se escuchaba ruido de motores, pitos y voces.

“Estoy en el bulevar... En el bulevar Morazán... Aquí por el final”.

“¿Hay una patrulla de la Policía por allí?”.

“No, man... Aquí no hay nada”.

“Caminá para abajo... Vamos a mandar una patrulla... Va a ir despacio y con las luces encendidas... Cuando los veás, les hacés señas... Ellos te van a proteger”.

Media hora después, el muchacho estaba dentro de la patrulla de la Policía. Lo llevaron a un lugar seguro. Allí lo esperaban los agentes.

Plática

“Ahora, nos vas a decir todo lo que sabés -le dijo un oficial-; porque yo sé que vos sabés más de lo que nos dijiste. Los están matando a topos, y vos debes estar en la lista. Y los que los están pelando son profesionales... Sí entendés, ¿verdad?”.

El muchacho estaba nervioso. Una llamada interrumpió la conversación por un momento.

“Mandame una foto” -dijo el
oficial.

Esperó unos segundos. Luego, le enseñó la foto al muchacho.

“Es ‘El Triste’” -dijo, con terror.

Le habían dado un balazo en la frente. Estaba amarrado de pies y manos. No lo habían torturado.

“¿Quién falta?” -preguntó el detective.

“Pues... Ellos cuatro se llevaban bien... Trabajaban en lo mismo, y se ayudaban. Yo estaba con el ‘Bato’ desde hacía un año, pero no les conocía bien a los amigos. Siempre fueron reservados, aunque el ‘Bato’ me decía que me dejaría bien conectado si a él le pasaba algo malo o lo agarraba la jurumba”.

“¿No era algo malo para él que lo agarrara la Policía?”.

El muchacho esperó antes de contestar.

“Mire... La mera verdacita es que al ‘Bato’ no lo iban a agarrar así nomás, porque alivianaba a los policías todos los sábados... Les daba buen billete... ustedes saben que hay policías que agarran dinero”.

“Por desgracia, así es... Pero, hablá... ¿Qué más sabés del ‘Bato’?”.

“De verdad, de verdad, yo no sé mucho”.

“Pero, algo sabés”.

“¿Me van a ayudar?”.

“Por lo que veo, parece que el ‘Bato’ y los amigos hicieron algo feo; se lo hicieron a alguien que no les perdona nada... Y vos estás metido hasta la nariz”.

“¡No! ¡No! Yo no. Eso fue antes de que yo empezara a trabajar con el Bato... Pero, no sé si es por eso que los están pelando”.

“A ver, ¿qué es eso?”.

“Solo sé lo que me dijo el ‘Bato’ una madrugada, cuando ya estaba bien cansado y había hecho bastante dinero... Me dijo: ‘En este negocio no se tiene que perder ni un peso. ¿Me entendés? Si te doy cien mil en ‘merca’, vos me entregás cien mil. Y solo se les fía a los buenos clientes. Se les da, y ellos vienen a pagar puntuales. El que se tarda, o se hace el chanchito, se le da pa’bajo. Aquí venía un chavalo y dos cipotas bien finas... Venían en un Mercedes de los nuevos, de esos deportivos que solo los ricos se compran. Era mi cliente. ‘El Triste’ me lo presentó. Le mandaba producto con ‘El Chele’, y no había problema. Hasta que el papá lo metió en una de esas casas de rehabilitación en Estados Unidos. Se perdió. Pero, cuando regresó, seis meses después, venía seco. Y le di diez mil en coca y marihuana. Esa noche, vino por más. Y me debía ya casi cincuenta. Y aquí eso no es bueno, porque los que me dan la venta no esperan más que uno o dos días o te pelan, porque esta es una cadena... Y ellos tienen que pagarles la ‘merca’ a la gente que la trae... ¿Me entendés?’”.

El muchacho calló por un momento. Después, dijo:

“El ‘Bato’ me dijo que, una noche, el chavalo vino por más... Trajo un reloj de oro, de esos finos, y se lo dio en pago. Pero, cuando quiso venderlo, el ‘tope’ le dijo que se pelara de allí porque ese reloj tenía GPS y valía más de cien mil dólares. El ‘Bato’ tenía miedo que le cayera la jura. Y llamó al chavo. Este fue a traer el reloj y le llevó cinco mil de los más de cincuenta que ya le debía. Era de noche”.

El detective lo detuvo.

Víctima

“Se llamaba Enrique, ¿verdad?”.

“Sí... Ese era”.

“Lo mataron esa misma noche -dijo el agente-; lo fueron a dejar en una calle oscura de Loarque. Lo torturaron y lo mataron después. Le encontramos el reloj. Estaba amarrado de pies y manos y el carro, un BMW deportivo de dos asientos, estaba con el motor encendido a unos diez metros de donde tiraron el cuerpo. No hallamos huellas”.

“Mire, yo solo eso sé... Eso me contó el ‘Bato’, pero no me dio detalles. Solo dijo que a ese chavo del reloj lo pelaron porque si no lo mataban otros que debían dinero de la ‘merca’ no iban a pagar. Y, a la noche siguiente, llegaron como diez que debían buen dinero. Yo no sabía nada de eso hasta que el ‘Bato’ me explicó y me dijo que era para que aprendiera, si es que quería seguir en el negocio y hacerme grande”.

“Entonces, fueron el ‘Bato’, ‘El Chele’, ‘El Triste’ y el ‘Gatillero’ los que mataron al chavo del BMW”.

“Yo no sé... Pero, eso me contó el ‘Bato’ esa noche”.

Visita

Los agentes llegaron a una colonia de clase alta, “muy alta”, y les dijeron a los guardias que iban a visitar al señor Fulano de tal.

“¿Pero tienen cita con él?”.

“Lo Policía no necesita de una cita para ver a alguien. La Policía es la que le da las citas a la gente... ¿Sí entendés?”.

El guardia, que era un hombre mayor, y no había perdido al aire de militar de otros tiempos, no se dejó intimidar.

“Mire, señor -le dijo al oficial-, usted es un cipote y parece que no sabe cómo son las cosas en la realidad”.

“¡Abrí la tranca o la quitamos
nosotros!”.

El guardia entró a la caseta, regresó con un R-15 y con dos guardias más, igual de armados.

“Bájese y ábrala -le dijo-. Aquí, los machitos también se mueren. Si piden las cosas con educación uno les ayuda; pero si vienen como gallitos, aquí se van a morir... ¡Y que nadie abra una puerta o se van de un solo!”.

Hubo un momento de tensión. El oficial enseñó las palmas de las manos.

“Perdón, señor -le dijo-; creo que empecé mal... Perdón. ¿Cree que me puede ayudar para ver si nos puede recibir el señor?”.

El guardia hizo una señal.

“Deme su placa y su identidad”.

El oficial se la dio. Un guardia tomó unas fotos y las envió. Esperaron diez minutos. Los R-15 seguían apuntando a la patrulla. Los vecinos que pasaban por allí estaban alarmados. Al final, un guardia recibió una llamada; luego, dijo:

“Que pase solo el oficial. Y a pie, y sin armas”.

Pasaron más de treinta minutos. El oficial regresó más de prisa de lo que había llegado. Se subió a la patrulla y dio las gracias.

“¿Usted fue militar?” -le preguntó al guardia.

Estaba pálido y sudaba.

“Fui cabo, señor, y me fajé con los sandinistas en los tiempos de mi general Discua Elvir, cuando los comunistas invadieron Honduras en la Operación Danto 88, y cuando pelamos a los guerrilleros del padre Guadalupe. ¡Para que la próxima vez piense bien antes de hablarle pesado a la gente!”.

El oficial se disculpó.

“¿Qué pasó, mi inspector?” -le
preguntaron.

“El chavo del BMW era el nieto del señor Tal y Tal... Tiene setenta años y le faltan tres más... ¡Y los va a matar a todos!”.

“Pero, esa es una confesión, señor”.

“No, mijo; es una venganza... es la justicia de ese señor. Tiene guardias en cada rincón de la casa... Y es más poderoso que el propio presidente”.

“Traemos doscientos policías y lo ponemos en su sitio”.

“Y, después, vamos a ver como, uno por uno, esos doscientos policías aparecen muertos... No, mijo. Dejemos que Dios se encargue de eso”.

Después de un rato de silencio alguien preguntó:

“¿Y qué vamos a hacer con el chavalo que tenemos?”.

“No tiene nada que ver en la muerte del muchacho... Y por eso sigue vivo... Digo yo. Que se vaya, y, si puede, que se pierda de Honduras... Ese señor tiene demasiado odio y demasiado dolor... Y la esposa, sufre cien ves más que él. Era el único hijo de la única hija... que se murió de cáncer a los treinta años... ¿Qué les parece?”

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