ELLA. Fueron tiempos malos. Tiempos terribles, marcados por el dolor, la sangre de inocentes, las lágrimas y la desesperación, mientras, en medio de todo esto, ella se reía con un cinismo más frío y más cruel que el filo de un cuchillo; de uno de sus cuchillos de asesina. Se llamaba Alma Cleotilde, le gustaba que le dijeran “La Bruja Cleo”. Ella se identificaba como “doncella del diablo”. Mataba sin piedad, sin pasión, sin emoción alguna, como el depredador que mata para vivir; y ella vivía para matar, porque “mi señor Satanás me ordena que siga matando”. Esas palabras las repitió una y otra vez. A veces, se volvía agresiva y violenta, atacaba a sus compañeras de prisión y, con “sed de sangre”, quería matar; una, dos, tres...
“Voy a seguir matando hasta que el diablo me diga que me detenga” -me dijo.
Estaba encerrada en su propia celda. No salía. Mis alumnos de Psicología Criminal y de Criminalística la entrevistaron varias veces. No mostró remordimiento, y no se arrepintió jamás.
“Es que maté a unos hombres -les dijo-, por eso estoy aquí”.
Aunque se lavara las manos, siempre estarían manchadas con la sangre de sus víctimas. El primero, aquel niño de trece años que desapareció en Sandy Bay el día en que ella cumplió los once. Él estaba enamorado de ella; ella jugaba con él. Esa tarde se le entregó, pero después tuvo miedo de que Robinson Grand, su padre, se diera cuenta. Él la violaba desde los ocho años, cuando su madre, cansada de los abusos de su esposo, huyó a Belice. Ella se adaptó a aquella rutina. Pero su padre era cruel; si se daba cuenta de lo que había hecho la golpearía, y golpearía a sus hermanos, a los que ella amaba y cuidaba con entrañable amor. Entonces, se entregó al niño una vez más, y, en un descuido, le cortó la garganta. Lo enterró “bien profundo” entre piedras y arena. Todavía está allí. Ella se unió a la búsqueda del vecino desaparecido.
“¿Qué podía hacer? -me preguntó-. A ver, dígame usted. Era él o yo... Y mi papá, cuando yo no quería hacerle cosas, se las desquitaba con mis hermanos. Yo me acomodé. ¿Qué iba a hacer? Pero cuando él se hizo de otra mujer me regaló. Una señora de La Ceiba me llevó para que trabajara con ella. Un día me quemó las manos porque agarré tres monedas que estaban olvidadas en un estante. Me golpeó y yo regresé a Roatán. ¿A dónde podía ir? Solo tenía once años. Once años y ya llevaba odio en mi corazón; odio y deseos de castigar a los que me hacían daño... Pero, yo solo soy una mujer, débil, pobre, sin letras y, de remate, negra... Nadie me iba a ver con respeto. Pero si llegaban a tenerme miedo, entonces sería otra cosa y fue por eso que me hice bruja”.
Estaba delgada, de su antigua hermosura no quedaba nada, aunque seguía brillando en sus ojos aquel fuego malicioso y maligno que solo se apagó con su muerte.
“¿Usted quiere escribir mi historia? -me preguntó-. Está bueno... ¿Cuánto me va a pagar? Aquí se ocupa dinero. El dinero es todo. Sin dinero, somos nadie”.
No sonreía, hablaba lento y claro. No aceptaba mentiras. Un día, un periodista quiso entrevistarla. Le ofreció hilos, agujas y telas. No se los llevó. Ella se lanzó sobre él para morderlo “y pasarle el sida por mentiroso”.
“¿Y lo mordió?”.
“No, me lo quitaron antes y a mí me encerraron. Pero, desde aquí le hice una brujería y ya va a ver lo que le va a pasar”.
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LA POLICÍA
El que dice que la Policía es tonta, está equivocado. El que dice que la Policía no sirve para nada, está más equivocado todavía. En aquellos días horribles en los que se encontraron partes de cuerpos humanos en muchas partes de San Pedro Sula, los detectives del DIN entendieron que estaban ante un asesino en serie, cruel, sin escrúpulos, y que aquellos crímenes respondían a “rituales satánicos”.
“Los mataron con cuchillo y los cortaron con hacha -dijo un teniente-; y me parece que es una mujer... Vamos a buscar a las brujas de San Pedro y les vamos a dar una calentadita”.
Pero, no encontraron nada.CARNE ASADA
“Qué horrible eso de ese niño que hallaron en pedazos, ¿verdad, usté?”.
“Sí, ¿y el hombre?”.
“¡Uy! ¡Las tres divinas personas! Ya son los últimos tiempos... esas cosas no se habían visto nunca”.
“Eran un niño negro y un hombre negro”.
“¡Uy, sí! Yo tengo que andar con cuidado”.
Esta conversación se daba en la línea del tren, en San Pedro Sula, a eso de las ocho de la noche de un sábado fresco. Dos agentes del DIN comían carne asada con ensalada, chimol y tortillas tostadas. Los atendía una muchacha elegante, no muy alta, hermosa, de generosos senos y sensuales formas. Se llamaba Alma Cleotilde; era de Roatán y “se andaba buscando la vida en San Pedro”. Vendía carne asada en la línea. Era deliciosa. Por eso, tenía muchos clientes. Por supuesto, nadie imaginaba que aquella “deliciosa” carne que comían, era carne humana.
“Nadie se fijó que al hombre que dejaron descuartizado en varios lugares de la ciudad, le faltaban grandes pedazos de carne. Nadie se dio cuenta de eso. Hasta que un agente notó que había una bruja negra en el barrio Medina”. También vendía carne asada... Cuando quisieron hablar con ella, ya no estaba.
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LA MÁSCARA
En verdad, era agradable, de fácil trato, se ganaba la confianza de la gente y hasta era generosa y solidaria. Cuando llegó a vivir a la colonia Zapote Norte, en Comayagüela, nadie sabía nada de ella. Y tampoco sabían que era VIH positivo. Su marido, Selvin, la contagió. Ella, en venganza, le dio a beber matarratas con miel y cerveza. Después lo descuartizó. Esa tarde, llevó carne fresca a vender a la línea. La vendió toda. Al día siguiente, encontraron partes humanas “regadas” por todas partes. Poco después, emigró a Tegucigalpa. En la capital hay más oportunidades.
“Mi esposo vive con esa zorra de su secretaria -le dijo aquella mujer, fina y elegante-, quiero que me ayude para que mi marido regrese conmigo y que esa maldita quede loca”.
“Le va a costar su dinero”.
“No se preocupe, doña Alma. Aquí tiene diez mil lempiras”.
Era una fortuna. El “trabajo” era delicado. Tenía que darle al marido sangre de bebé y el cuerpo del niño debía ser enterrado con unos amuletos y otras “cosas” que solo ella sabía hacer.
“Está bien” -le dijo la mujer.
Y, una tarde, mientras viajaba en un taxi cerca del Mercado El Mayoreo, con una caja de cartón a un lado en el asiento trasero, vio que la Policía estaba en operativo más adelante. Se bajó del taxi, cruzó la calle, se subió a otro taxi y desapareció. El taxista no pudo hacer nada. Siguió su camino. Lo detuvieron para una inspección. Encontraron la caja. Adentro iba un niño de unos tres años, de raza negra. Lo habían degollado. Tenía amuletos, puros a medio quemar, incienso, papeles con garabatos, y cruces con ajos y ruda. El taxista demostró que nada sabía de aquello. Y, dos meses después, salió en libertad. Fue a buscar a doña Alma para que le explicara y le pagara por el tiempo que perdió “por su culpa”. Ella lo atendió. Se disculpó, lo invitó un trago y se entregó a él. Cuando se durmió, lo descuartizó. Después, metió las partes en un barril, echó gasolina adentro, y les prendió fuego. Días después, la Policía encontró al taxista en el barril, con agua hasta la mitad. Quedaban de él pedazos carbonizados.
“Pero, si ella es una mujer trabajadora, agradable y hasta buena vecina... ¿Cómo puede ser esto?”.
Una mujer era la que hablaba así. Conocía a doña Alma y se llevaba bien con ella.
“La Policía la busca para preguntarle por varias personas que se relacionaron con ella, y ahora no aparecen por ninguna parte”.
La mujer dio un salto.
“¡Ay, no! Yo no sé nada de eso. Yo creí que era una mujer buena”.
“Ella es el mal, señora. La buscamos porque ella fue la que vio por última vez a varios hombres que desaparecieron. Encontramos a uno sin hígado y con pedazos de carne cortada... Creemos que come carne humana”.
La mujer casi se desmaya. Cuando la entrevisté, acompañado de varios policías y un ayudante del fiscal, la mujer temblaba de miedo.
“Era mi amiga” -me dijo. Yo le respondí:
“Ella es el Mal en persona, señora. Usa la máscara de la bondad para engañar a la gente; pero, en verdad, es la máscara del Mal”.
LA MOSCA
La Policía buscó a la doncella siniestra por todo el país. La encontraron en El Porvenir, un pueblito agradable de Francisco Morazán. Buscaban a un comerciante guatemalteco que había desaparecido; y a un señor del pueblo, que se había perdido. El H-3 la visitó, le pidió un poco de agua y vio que una mosca verde, de las moscas carroñeras, volaba en la sala, que también era la cocina de la casa. Iba hacia el fogón que estaba encendido, y donde la señora cocinaba frijoles. Se acercaba, la espantaban el calor y el humo, pero regresaba. El H-3 se preguntó:
“¿Por qué esta mosca insiste en ir hacia ese fogón si está caliente y con humo?”.
Se despidió, llamó a sus compañeros y entraron a la casa. Tiraron la olla al suelo, deshicieron el fogón con picos y barras, y encontraron el cuerpo de un hombre. El H-3 lo jaló de una pierna. La pierna se desprendió y el detective se quedó con ella en la mano. Estaba llena de gusanos. Era el comerciante guatemalteco. En el solar, estaba enterrado el señor de El Porvenir. Había sido “novio de la doncella del diablo”.
NOTA. La historia del crimen no termina. La bruja Cleo es solo una entre miles. Honduras tiene también una historia siniestra. No solo son el hambre, la inseguridad, el desempleo y los engañadores de oficio. Hay gente despiadada caminando entre nosotros, haciendo el mal, dañando, violando, robando, asesinando, adorando a la diosa Corrupción. Y estos temas merecen libros aparte. La historia de Alma Cleotilde Grand Pérez, “La Bruja Cleo”, “la doncella del diablo”, quedará para siempre en la literatura hondureña, escrita con la sangre, el dolor, las lágrimas y la desesperación de sus víctimas en cada página del libro “La máscara del Mal”, de Carmilla Wyler.