Selección de Grandes Crímenes: El país de la Muerte (2/2)

¿Qué tan cierto es eso de que la Policía es más lo que inventa que lo que investiga? Este relato narra un caso real. Se han cambiado algunos nombres

  • Actualizado: 14 de junio de 2026 a las 00:00
Selección de Grandes Crímenes: El país de la Muerte (2/2)

El doctor Emec Cherenfant se acomodó en su silla, se rascó la cabeza con las yemas de dos dedos y después puso los brazos sobre el abdomen; me miró y me dijo con ese acento que siempre guarda una sentencia, una verdad innegable, y una advertencia que no se puede evitar:


“Carmilla, la libertad de expresión es la más grande, pura y solemne de las libertades; sin embargo, es una libertad que no se puede usar siempre con libertad”.

Yo sabía que el doctor es escritor, poeta, dramaturgo y pintor aficionado, pero no tenía la seguridad de que aspirara a filósofo y menos al estilo del fatalismo de Crisipo de Soli, por ejemplo. Cuando le expuse mi opinión, me dijo: “Y, aunque somos humanos, muchas veces no se debe ser demasiado humano”.

Lo miré esperando una explicación mejor.

“Allí está la criminalidad -me dijo-, desatada como un huracán sobre Honduras. Muertes, muchas de ellas por decenas en una sola vez; descuartizamientos; mujeres asesinadas; niños sacrificados; robos; secuestros; saqueo del dinero del pueblo; tráfico de drogas, de órganos humanos, de animales en peligro de extinción, de maderas preciosas y, supuestamente, protegidas; lavado de dinero... ¡En fin! El señor Crimen paseándose como Pedro por su casa en este maravilloso país, digno de un mejor destino”.

Hizo una pausa.

“Y, hablar de esto, decir verdades que dañan intereses y lesionan entes poderosos es parte de esa libertad de expresión que no se debe usar con mucha libertad, porque puede resultar peligroso en este país de la Muerte”.

Empecé a comprender lo que quería decirme. Y le dije:

“Pero, hay verdades que deben decirse”.

“Estoy de acuerdo. Toda verdad debe ser dicha sin miedos, pero eso tal vez suceda en el cielo”.

“Doctor -repliqué-, hace unos días vimos cómo masacraban a veinte campesinos en una aldea del norte; vimos cómo asesinaban a cinco policías que andaban en lo que andaban porque... en eso es en lo que andaban; oímos discursos, explicaciones y justificaciones que más parecen escritos novelescos que resultados de investigaciones policiales serias. Un ministro que parece que sigue un guion, un eslogan ilusorio que resuena todavía entre los que estaban llenos de esperanza: ¡Vamos a estar bien! y, en medio de esto, lágrimas, dolor, luto y desesperación, mientras más y más policías son señalados como delincuentes de uniforme, en el eterno cuento de Alí Babá y los cuarenta ladrones”.

El doctor se movió inquieto en su silla.

“A doña Rosa le llevaron a su hija de escasos quince años, una mañana cálida en la que iba hacia el colegio. No la vio por seis largos días, cuando la encontró en siete pedazos en la morgue. El forense dijo que la habían torturado, violado y quemado sus partes íntimas. Y don Ernesto llora todavía a su esposa que venía del trabajo en un bus rapidito, a eso de las cinco de la tarde. Tres hombres con pistolas en manos se subieron para asaltar a los pasajeros. Ella, que acababa de recibir el pago de su quincena, trató de esconder el dinero en su brasier. Un ladrón la vio, se fue encima de ella, le dio un golpe en la sien izquierda con la cacha de su pistola y la mató en el acto. Luego le robó sin mostrar la menor piedad. Y Patricia, supuestamente, es testigo protegido del Ministerio Público. Vio cuando seis hombres, armados con fusiles que ella no puede reconocer, porque no sabe de armas, detuvieron un camión que supuestamente transportaba palillos de pino, lo desviaron de la carretera y sacaron de él unos cuantos paquetes cuadrados que guardaron en maletines negros. Dice que parecían agentes de la Policía. Se llevaron al chofer del camión y al ayudante; los ejecutaron a balazos cerca de allí. Uno de los asesinos le dijo al chofer: “Lo siento, hermano; pero, estas cosas son así”. Y el hombre, le suplicó: “No me matés, man; tengo familia, vos sabés... Acordate cuando fuimos compañeros en la jura... ¡Pucha, man!”. Y de nada le valió. Pero Patricia vio, desde la espesura de los pinos, escondida como mejor pudo y les ayudó a los dibujantes de la DPI a reconstruir un rostro. Resultó conocido. Hoy ella tiene miedo y ha pedido asilo porque alguien le dijo que ya sabían quién era la testigo protegida del caso Tal y Tal. Por supuesto, por más que le digan que la cuidan, que le garantizan la seguridad y la vida de su familia, ella tiene miedo, y dice que mejor se traga la lengua antes de ir a un juzgado”.

VERDAD

Una mañana, don Juan fue a la Policía a denunciar que acababan de asaltarlo en su ferretería y que le llevaron cuatrocientos mil lempiras que acababa de retirar del banco para pagar proveedores. Dio la descripción de dos de los ladrones y se fue a su casa con la esperanza de que se le haría justicia. Sin embargo, dos horas después, antes de que cerrara su negocio, llegaron dos hombres en moto para saludarlo amablemente y le dijeron: “Dejás las cosas así, o te matamos a vos y a toda tu familia. Tenemos orejas en todas partes, y muchas lenguas también. Así que, si podés entender, entendé; y si querés vivir, te quedas calladito, porque calladito te ves más bonito”.

Don Juan cerró la ferretería una semana después. Ahora, vive en España, con sus dos hijas, su esposa y su mamá, ya anciana. Con lo poco que pudo vender, dirige un restaurante en un bonito pueblo entre montañas. Por supuesto, no le va tan bien; y vive con miedo, porque “uno de los asaltantes cayó preso después de raptar a un empresario para pedir un rescate exprés. Era policía; y es uno de los dos que él describió en su denuncia.

“BUKELE”Un diputado nuevo, y en apariencia sin experiencia, propuso implementar un plan de control territorial para detener de una vez la delincuencia en Honduras. Miles se rieron de él. Y en el Congreso se propusieron leyes más severas que los hornos de fuego del infierno.

“¿De qué me sirven mil leyes? -pregunta doña Betulia-. ¿Es que me van a devolver a mi hijo raptado, torturado y desmembrado? ¿Es que esas leyes tienen el poder para convertir en santos a los que nacieron para robar, matar y destruir?”.

“¿Mi esposo no tenía derechos humanos? -pregunta doña Julia-. Fui a la Policía porque me dijeron que dos chavalos lo asaltaron para quitarle lo poco que había ganado ese día vendiendo verduras en su carreta; les di los nombres. Todavía siguen investigando. Mis tres hijos y yo quedamos en la calle, casi mendigando. Me mataron al esposo amado y no sé qué voy a hacer en este país de mentiras y de mentirosos”.

Mira hacia el suelo, como si allí hubiera respuestas y como si mirar al cielo es más inútil que un billete de a tres. Luego, dice, después de poner la Biblia sobre una mesita en la que está encendida una candela junto a un vaso lleno de agua, ante la foto del esposo muerto:

“¿Cómo pago luz y agua? ¿Con qué les doy de comer a mis niños? ¿Por qué nadie es capaz de darle seguridad a Honduras? ¿Es que no tienen los blanquillos bien puestos o son solo payasos elegantes que se lucen engañando a la gente que más sufre por los crímenes?”.LIBERTAD

Decir verdades en Honduras es peligroso. Pero, investigar criminales, es peor todavía.

“Mire, Carmilla -me dice un oficial de la DPI-, aquí trabajamos con buena voluntad, queremos hacer bien las cosas y demostrarle a la población que sí puede confiar en su Policía, a pesar de la mala historia y de las manzanas podridas que siguen vistiendo el uniforme. Pero se necesita más personal, más recursos, más apoyo y más moral; pero, sobre todo, un liderazgo genuino, verdadero, fuerte, firme y en el que podamos confiar y que nos haga sentir que tenemos un hombre de agallas dirigiendo la institución, pero hasta ahora, nada. Mire, aquí tengo ciento treinta y dos expedientes; casos en los que estamos trabajando y que se van quedando rezagados porque cada día caen más y más. ¡Y le aseguro que la DPI es profesional y efectiva!, y que nosotros sí tenemos las agallas para enfrentar a los delincuentes en cualquier terreno, incluso, si esos delincuentes visten el sagrado uniforme policial”.

En aquel momento llegaron dos mujeres. Una mayor, mientras que la otra tenía unos veintitantos años. El oficial las atendió.

“Mire -dijo la mujer mayor, con ojos aterrorizados-, lea esto, señor”.

El oficial leyó. Era un papel con unas cuantas letras escritas en él.

“¿Cuándo lo recibió?”.

“Hoy en la mañana”.

“Según esto, tiene hasta mañana temprano para pagar”.

“Sí, si no pago van a matar a uno de mis hijos... Mire”.

Y el oficial vio varias fotografías en un fólder amarillo.

“Es mi familia” -dijo la señora.

“Entiendo”.

Ella agregó:

“Me piden diez mil lempiras... Y no los tengo... Ya les he estado pagando cada semana... pero, ahora quieren más”.

NOTA FINAL

El hombre mira fijamente hacia ninguna parte, piensa y parece que llora por dentro.

“A la señora la mataron hace tres días -dijo-; un solo disparo en el pecho, cuando se puso frente al asesino para defender a su hija”.

Hace una pausa, carraspea para aclarar la garganta y luego agrega, con voz ronca y dientes apretados:

“¡Claro que la Policía Nacional puede detener a la Criminalidad! ¡Claro que podemos hacerlo! Pero, necesitamos que los políticos actúen con sinceridad, que se amarren los pantalones y nos den el poder y la autoridad para sacar a los delincuentes de las calles. Pero, por desgracia, la criminalidad es un buen negocio, y es un excelente tema de campaña para políticos sin escrúpulos, que creen que engañan a la gente multiplicando las leyes, mientras entre el pueblo se multiplican los muertos, el dolor, las lágrimas, y la decepción, porque, ¿cuándo es que vamos a estar bien, Carmilla? ¡Dios que nos ayude!”

Únete a nuestro canal de WhatsApp

Infórmate sobre las noticias más destacadas de Honduras y el mundo.
Te gustó este artículo, compártelo
Últimas Noticias