MATANZA. Las horas pasaban tranquilas. Hacía calor, pero soplaba un viento fresco que ayudaba a secar el sudor. Aquellos hombres estaban acostumbrados al sol de Colón y no era ningún problema para ellos. El problema era seguir en aquella pobreza, esperando “algo mejor”.
“Es la voluntad de Dios” -decía, con ingenua resignación, el más viejo.
“¿Es la voluntad de Dios que sus hijos vivan en miseria?” -replicó el más joven.
Era alto y delgado, de piel blanca, tostada por el sol y estaba lleno de vida, una vida a la que le quedaban pocos minutos. Leía una Biblia, tal vez, buscando algún versículo especial. Es algo que no se sabrá nunca.
Los hombres conversaban entre ellos y esperaban a que llegara el que les pagaría sus sueldos ese día. Habían trabajado duro y el obrero es digno de su salario; un salario que debe ser digno, por supuesto. Pero, no recibirían nada. Bueno, con excepción de las más de mil balas que llovieron sobre ellos como un diluvio mortal.
Los asesinos aparecieron de pronto. Iban armados de fusiles y pistolas de nueve milímetros. Los dirigía un hombre de mediana estatura, delgado, fornido, de pelo corto y rasgos marciales. Llevaba un fusil R-15 y actuaba como hombre acostumbrado a mandar... y a matar. Detrás de él iban unos doce más; jóvenes, vestidos de paisano, unos con gorros pasamontañas; otros, con gorras. El hombre, que claramente tenía entrenamiento especial, dio una orden, y fue el primero en disparar.
“¡No, por favor! -gritó uno de los trabajadores-. ¡Estamos en la casa de Dios! ¡No...!
NO TE PUEDES PERDER: Selección de Grandes Crímenes: La Desgracia nunca duerme
Y cayó de rodillas, suplicando por su vida. La respuesta fue una bala en la frente. Cayó hacia atrás, quedando con las rodillas dobladas y los brazos extendidos. El muchacho que tenía la Biblia levantó las manos, en señal de rendición, pero los asesinos no buscaban prisioneros. Iban a matar sin piedad. Una bala le deshizo la cabeza y su cerebro se desparramó en el suelo. La Biblia quedó a un lado. Alguien la recogió “como recuerdo de aquella crueldad, que solo Dios puede perdonar”.
“Yo me tiré al suelo -dijo la mujer, con ojos llorosos y temblando todavía; me escondí y lo vi todo. Me tocaba asear la iglesia ese día. Pero me tardé porque estaba ‘aliñando’ la comida de mis niños y eso me salvó. No sé cuántos eran los matones. Solo oí gritos, los hombres que suplicaban, los que trataron de correr, los asesinos que no se detuvieron hasta que estuvieron seguros de que no quedaba uno solo vivo”.
La mujer, joven todavía, aunque envejecida prematuramente por esta tragedia, hizo una pausa, se limpió las lágrimas y dijo:
“¿Dónde estaba Dios cuándo llegaron esos asesinos? ¿Por qué tenían que matarlos a ellos, si solo eran trabajadores honrados? ¡Ay, Dios! ¡Qué dolor! Y lo ‘pior’ es que la Policía sabía de todo esto y no hicieron nada, porque tienen miedo, porque están castrados como bueyes. ¡Ay, Dios!”.
DOLOR
Los tres muchachos caminaban tranquilamente por la calle de tierra, como hay miles en Honduras y que deberían llamarse “calles de sangre”. De repente, los emboscaron y empezaron a dispararles. Murieron uno encima del otro.
“Los policías dicen que los muchachos eran de un grupo contrario al que los mandó a matar, pero eso solo Dios lo sabe”.
El hombre se limpió las lágrimas, y agregó:
“Ya no se puede vivir en Honduras. Mi abuelo decía que en tiempos del general Carías había orden y que cuando estaba el DIN, los delincuentes temblaban. Hoy, la Muerte camina por todas partes, se lleva muchachos en la flor de la vida, destruye a familias enteras y deja un dolor que no se acaba nunca. ¿Y quién va a salvar a la gente? ¿Es que nunca vamos a estar bien? ¡Estamos peor!”.
El hombre calló. Alrededor, huele a flores, a velas que se derriten, a lágrimas, a dolor y a muerte.
“En Honduras hasta Dios tiene miedo” -dijo el hombre, poco
después.
A doscientos cincuenta kilómetros de allí, tres hombres, tres muchachos delgados, vestidos con “ropa urbana”, acababan de subirse a un bus
“rapidito”.
“¡Vaya, pues, hijos de p... -gritó uno de ellos, sacando una pistola con cargador doble-, pónganse buzos con los ‘fons’ y con el billete, si no se quieren morir! Y vos, ‘chiqui’ -le dijo al chofer-, si te parás te meto un tiro en la ‘juma’”.
“Nos robaron todo -dijo Marcela-: teléfonos, dinero, anillos, relojes, y un maldito de esos le metió la mano debajo de la falda a una muchacha que iba a trabajar a un banco, y la tocó riéndose como loco. Cuando los ladrones se bajaron, antes de la Teletón, el chofer del bus, al que no le robaron nada, hizo como que pedía ayuda. Pero, los policías nunca llegaron. ¿En qué país vivimos, Carmilla? ¿Qué tiene que pasar para que de verdad le den seguridad a la gente?”.
LLAMAS
Días antes, dentro de una vieja refrigeradora, quemaron a unos hombres. Dicen que los torturaron antes de matarlos. Cerca de allí, estaba otro cadáver. Un “valiente” oficial de policía, dijo:
“El que se mete a cosas de hombre, que la apriete. Así terminan estos manes”.
Mientras, doña Julia buscaba a su hijo desesperadamente. Le dijeron que se lo llevaron en una camioneta negra. Pero, después de tres días, no sabía nada de él.
“Lo hallé en la morgue -dijo-; ya se estaba pudriendo. Le cortaron la cabeza, las piernas, los brazos y las partes íntimas, y lo dejaron en una bolsa negra. Mi hijo no se metía con nadie. Un policía de la DPI me prometió que agarrarían a los asesinos. Pero, nada. Mi esposo dice que nos vamos a hacer justicia por nuestra propia mano, porque ya sabemos quiénes mataron a mi hijo”.
Doña Julia tembló, se limpió la nariz, pero dejó que las lágrimas se derramaran por sus mejillas pálidas y enflaquecidas.
“El pecado de mi hijo fue enamorarse de esa cipota; era la mujer de un ‘jefe’. Mi hijo no sabía. Ese sábado, ella lo llamó; él se puso guapo. No regresó. De la morgue lo llevamos al cementerio. No lo pudimos velar. ¡Solo tenía diecisiete años!”.
El esposo ya está cerca de los cincuenta; es de baja estatura, de cara de piedra, bigote ralo, ojos negros y achinados, delgado y musculoso, y lleva el pelo cortado al estilo militar.
“Fui ‘Tesón’ y de las Fuerzas Especiales -dijo, con voz gruesa-, y estuve en aquella casa el 28 de junio de 2009. Yo fui el que le dije a ese hombre que dejara el teléfono cuando estaba llamando a saber a quién. Mi teniente coronel Hepburn me detuvo porque casi se me va un tiro. Con esto, lo que le quiero decir es que estoy entrenado para enfrentarme a esos asesinos a los que quieren domar con palabras bonitas, con penas y leyes que dan risa, y con policías sin autoridad. ¡Que les dejen la seguridad a los militares! ¡Nosotros sí tenemos los blanquillos bien puestos! Yo sé quiénes mataron a mi muchacho. ¿Eso es lo que quiere el gobierno? Pues, es lo que va a tener. El pueblo ya está cansado de tanta muerte, de tanto robo, de tanto horror, y está cerca la hora de que nos hagamos justicia por nuestra propia mano”.
¿Qué se le puede decir a un padre que solo quiere justicia para su hijo muerto? ¿Quién puede aplacar el dolor que destroza miles de corazones en toda Honduras?
TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR: Selección de Grandes Crímenes: El asqueroso caso del padre desalmado
“Carmilla, yo no me pierdo EL HERALDO los viernes. Siempre leo sus casos. Míreme. Soy prostituta. Me duele y me da vergüenza, pero mis hijos tienen que comer tres veces al día y mi mamá ya está viejita, y tengo que cuidarla como ella me cuidó a mí. Dos ladrones me mataron a mi marido por robarle la moto. Le dieron dos tiros por la espalda. Un testigo dice que mi esposo vio al que le había disparado, y que, desde el suelo, le dijo: “Rigo, ya me mataste”. Entonces Rigo le dio otro tiro en la cabeza. Gracias a Dios, o al diablo, a Rigo lo hallaron muerto allá por ‘El Infiernito’. Los policías dicen que lo ejecutaron. Estaba amarrado de las manos, a la espalda, y tenía un solo tiro en la nuca. Dice uno de la DPI, que a veces viene a desahogarse conmigo, que Rigo era de una banda “robamotos”, y que en su teléfono hallaron el número de un oficial de la Policía, con el que hablaba bastante... ¿Es justo esto, Carmilla? ¿Es justo que los malos sigan en la calle, robando, violando, matando, y dejando niños sin padres? ¿De qué voy a trabajar yo si en mi casa hemos pasado hambre?
LLAMADA
“¿Listos?"
“Listos, señor”.
“Pónganle, pues. Van a misión a otro lado; hacen la vuelta y regresan. ¿Entendido?”.
“Entendido, señor”.¿Cuál era la misión? ¿Qué había en aquella casa? ¿Qué dijo el informante? ¿Quién traicionó a quién?
“A mí me vale lo que digan -dice un ‘dignísimo’ servidor de la Justicia-; yo gano más en la calle que con el sueldito de policía que tengo. En la ‘jura’ sabemos que nunca vamos a detener a la delincuencia; entonces, ¿qué hacemos? ¿Nos dejamos matar como pend...? O, ¿agarramos el billete, que siempre es más que lo que nos dan aquí?”.
“Pero, usted juró defender a la población cuando se hizo oficial de policía”.
“Seamos realistas”.
¿Qué pasará mañana en Honduras? ¿Seguirá siendo el país de la Muerte? ¿Cuánta sangre y cuántas lágrimas se derramarán mañana? ¿Pueden mil, y hasta cien mil leyes, detener la Criminalidad? ¿Tiemblan los criminales ante las reformas penales que no asustan ni a los niños de pecho?
“Los delincuentes solo entienden con la fuerza. No hablo de matar a nadie; saquémoslos de la calle, para que Honduras viva en paz. ¡No más ministros románticos! ¡No más leyes escritas en papel higiénico! ¡No más Policía castrada por políticos sin sentimientos! ¡Mano dura! Por las personas honradas”.
PUEDE LEER: Selección de Grandes Crímenes: El asqueroso caso del padre desalmado (Segunda parte)
Hizo una pausa, para calmarse:
“Soy policía por amor a esta profesión, y a la gente -agregó-. Desde hace años, Honduras está en una guerra civil no declarada entre la delincuencia y la población honrada. En medio, está el Estado, sus instituciones, y el todopoderoso dinero del Mal. Pero, el que más pierde es el pueblo, que pone los muertos”.
ELLA
Lina se levantó de la silla y caminó despacio hacia el baño, ayudada por su madre. Cuando regresó dijo:
“Mire cómo me dejaron. Me violaron tres desgraciados y me metieron una botella en la vagina; después la quebraron. En el hospital me sacaron los vidrios y la matriz. Y solo porque no quise llevar ‘un encargo’ a Támara. ¡Nunca voy a tener hijos!”.
“Dicen los policías que ya saben quiénes son los violadores -agregó la mamá de Lina-, pero ¿de qué sirve? Cuando Lina se mejore, nos vamos para España. Allá nos van a dar asilo”.
¡La emigración de la muerte en el país de la Muerte! Por supuesto, “la gente tiene demasiada prisa en ver resultados”, porque, de que vamos a estar bien, “¡vamos a estar bien!”.
“Carmilla, que le digan esto a los que lloran a sus muertos”.
Este relato narra un caso real. Se han cambiado algunos nombres.