DECISIÓN. Laura se bajó de la cama después de besar en los labios a Martín, quien soltó una larga columna de humo celeste del cigarro que estaba fumando. Ella caminó hacia el tocador desmintiendo, tajantemente, a Ricardo Arjona, porque la piel que se ajustaba a su cintura no era su mejor diseño y no quedaba cintura a la que ajustarse; además, el traje de Eva que vestía mostraba los estragos del tiempo. Martín la vio por un momento y no asomó expresión alguna a su rostro. No la que Laura debería esperar, esa que con el balanceo de caderas despierta una mujer en los instintos de un hombre.
Ya todo caía en ella y se agitaba como la gelatina; las estrías y la celulitis eran visibles y escasamente sensuales, destacando sobre la piel blanca, que debió ser como fuego en otro tiempo. En la espalda se marcaban pecas y lunares que Martín había contado en más de una ocasión, después de dejarla rendida sobre la lona del ring del amor, donde él era experto en nocaut; pero también se hacía notar una que otra “llanta”. Ella sintió la mirada de su “macho” y se volteó hacia él, le dedicó una mirada mesalinesca, lujuriosa, y la acompañó con una sonrisa insinuante, con la que le decía: “Ya vuelvo”. Martín siguió serio, la vio como la había visto muchas veces, y ya no les dio importancia a los senos enormes y péndulos que caían a ambos lados del crecido abdomen. Aquí destacaba un ombligo extraño, como un ojo que se cerrara forzadamente y del que bajaba una cicatriz recta, señal de una cesárea antigua. Más allá, el abdomen caía en un pequeño “delantal abdominal” que daba sombra a... lo que seguía. Laura estaba en su propia pasarela de Victoria’s Secret, luciendo su lencería de pura piel, mientras Martín la veía... sin verla. Fue entonces cuando él le dijo:
“¿Ya pensaste en lo que vas a hacer?”.
“Ya te lo dije” -respondió ella de inmediato, yendo de la lascivia a la decepción en un zeptosegundo.
“No quiero que esa niña siga viviendo con nosotros -agregó él, después de darle una larga chupada al cigarro-; me mira de una forma que solo un hombre puede entender y yo no quiero problemas... Te quiero a vos y es con vos con la que quiero ser feliz”.
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“Ya sabía yo que esa niña me iba a traer problemas -rugió la mujer-; y como se cree bonita... hasta ha de creer que me puede quitar a mi hombre... Y, ¡primero la parto en dos!”.
Martín se sintió halagado. No en vano se llamaba a sí mismo “Míster Viagra”.
“¡Pero ya decidí entregársela al papá! -siguió diciendo ella, levantando la voz-. Tiene dinero, es alto funcionario en el gobierno y que vea lo que hace con ella... A mí solo me importa vivir mi vida y ser feliz”.
El papá
Era temprano en la mañana cuando llegaron a la casa de Carlos. Los guardias los dejaron pasar. Carlos abrió la puerta. Martín, Laura y una bonita niña de unos diecisiete años estaban ante él. La niña, con ojos llorosos, tenía baja la cabeza. Estaba angustiada.
“Aquí te traigo a tu hija -le dijo Laura-; yo ya no quiero que viva conmigo... Ahí ve vos lo que vas a hacer con ella”.
“Yo no me quiero quedar aquí, mamá” -dijo Claudia, que así se llamaba la niña.
“Y yo no quiero que viva conmigo” -agregó Carlos.
“Es tu hija, y ahí te la dejo” -lo interrumpió Laura. Y, sin decir nada más, empujó a Claudia hacia la puerta. Martín puso la maleta de la niña a un lado.
“Ya te dije que yo no la quiero” -gritó Carlos, pero Laura ya no lo escuchó. Acababa de subir al carro.
Claudia era bonita, con esa belleza que da la juventud; sin embargo, estaba permanentemente triste. No sonreía, comía poco y se angustiaba por todo. La relación con su papá no mejoraba ni empeoraba. No existía. Él, que salía casi a diario en los medios de comunicación presentándose como “un eficiente funcionario del gobierno”, famoso y poderoso, apenas le dirigía la palabra a su propia hija. Incluso, cuando ella le dijo que acababa de “venirle la menstruación y no tenía toallas”, él le respondió tres lapidarias palabras:
“Ponete un calcetín”.
Y se fue, dejando a Claudia sola en la casa. Sin embargo, un día, el poderoso amigo del presidente de la República, el señor de la farándula, el famoso Carlos, llegó furioso al Ministerio Público. Un fiscal servil y arrastrado como reptil lo atendió, indignándose con “justa ira” conforme escuchaba los detalles de la denuncia que hacía aquel hombre “que había salvado su vida de un ataque alevoso, premeditado y asesino” solo por la “gracia de Dios”.
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“¡Le vamos a hacer justicia, licenciado! -le dijo el fiscal-. ¡Este intento de asesinato no va a quedar sin castigo! ¡Se lo aseguro! Ahorita mismo emito la orden de captura”.
“No esperaba más de ustedes -exclamó Carlos-. Veo que usted hace bien su trabajo y lo voy a recomendar con el propio señor Presidente”.
El fiscal adornó su rostro con una sonrisa, como si fuera la extendida cola de un pavo real.
El crimen
La abogada Anadi Barrientos, bella en toda su belleza, se puso de pie y se acercó al escritorio del abogado Enrique Flores Rodríguez. Él acababa de llamarla.
“Mirá -le dijo-, me llamaron de los Juzgados para decirme que hay un caso que necesita de la Defensoría Pública... Y me parece interesante... Aunque, por lo que veo, es solo un caso más de violencia doméstica”.
Anadi pronto conoció el caso.
“¿Esta muchacha quiso matar a su propio padre?” -preguntó, con voz alarmada.
“Así dice la acusación del fiscal y la acusación del propio papá de la muchacha... Y mirá bien quién es el padre”.
Anadi Barrientos se sorprendió y no dijo nada por unos segundos.
“Pero, este es el famoso...”
“Él mismo”.
“¿Y la hija lo quiso matar? ¿Su propia hija?”.
“Es lo que dice la acusación... Y aquí está el dictamen forense.
“Un brazo quebrado” -musitó Anadi.
El abogado Enrique agregó:
“Asegura que lo quiso matar con una taza de licuadora... De vidrio...”
“Él la quiso detener porque la niña trataba de escapar de la casa...”
“Así es”.
“Pero, ¿por qué trataba de escapar de la casa?”.
“Él dice que es rebelde... -dijo el abogado Flores-. Es lo que le dijo al fiscal. Un caso de pleitos entre padre e hija”.
“Él quiso detenerla -agregó Anadi-, como todo padre que trata de corregir a su hija y llevarla por el camino correcto y ella se le abalanzó con la taza de la licuadora, dispuesta a matarlo”.
“Está claro lo que el señor declara”.
“Vamos a llevar este caso. Me parece interesante, aunque, como te digo, es violencia doméstica... ¿Qué opinás?”.
Anadi Barrientos estuvo de acuerdo. Habían llamado solicitando un defensor público para una muchacha que estaba detenida y el abogado Flores Rodríguez y la abogada Barrientos estaban siempre listos para hacer su trabajo.
“Vamos a visitar a la acusada” -dijo Anadi.
“Para empezar” -respondió el abogado Flores.
Estaban casi listos para salir de la oficina, una hora después de que les habían asignado el caso, cuando llegó a la Defensoría Pública un hombre de porte distinguido, alto, de semblante serio y ademanes de emperador, fumando un cigarro oscuro, largo y delgado, de esos “que te dan risa”, de los que se dice que no son más que un símbolo fálico que sustituye, en el “macho indefinido”, el complejo de succión no resuelto. Llevaba un brazo enyesado, usando un cabestrillo, y, preguntando con voz gruesa:
“¿Usted es el abogado Flores Rodríguez?”.
“Sí, señor -le dijo el abogado Enrique-, yo soy. ¿En qué puedo servirle?”.
“Primero, señor abogado -dijo el poderoso amigo del Presidente-, al visitante se le ofrece una silla; y más cuando este visitante tiene un brazo quebrado, como resultado de una tentativa de asesinato”.
“¡Dios bendito! -exclamó el abogado Enrique, siguiendo la opereta del distinguido funcionario-. ¿Dónde están mis modales? Por favor, señor, siéntese... Y dígame, ¿en qué le puedo servir?”.
Realmente el cigarro que fumaba don Carlos, con gesto teatral, aunque sin una lágrima negra brillando en su mejilla, daba risa, por lo delgado y... por lo ridículo. La abogada Anadi se acercó al abogado Flores.
“Abogado -dijo el hombre, lanzando hacia un lado una larga columna de humo, haciendo un cono volcánico con sus “delicados” labios-, he sabido que usted va a defender a la persona que quiso asesinarme... ¿No es verdad?”.
“Tengo aquí el expediente, señor... Y, sí; mi compañera, la abogada Anadi Barrientos, y yo, vamos a llevar la defensa”.
“¡No hay defensa qué llevar, abogado! -dijo Carlos, levantando la voz-. ¡Esa hija malagradecida quiso matarme, y lo que yo quiero es que se hunda en la cárcel! ¡Quiero que se pudra en la cárcel! No es posible que haya abogado defensor para una hija que es capaz de atentar contra la vida de su propio padre... ¡Eso, ni siquiera el mismo Dios lo perdona!”.
“Señor -dijo el abogado Enrique, con acento tranquilo, viendo a la cara al alterado hombre, y después de que este detuvo su discurso-, para empezar, trabajamos como defensores públicos; las personas acusadas que no pueden pagar una defensa privada vienen a nosotros para que les ayudemos, y aquí solo cumplimos con nuestro deber. Nos llamaron del Juzgado para decirnos que una niña estaba acusada de intentar matar a su padre y que no tenía defensor... Y, por Ley, el Estado nos pone al servicio de la acusada. Además, todo acusado es inocente hasta que no se le demuestre lo contrario y sea vencido en un juicio”.
“¿Qué más pruebas quiere? -gritó don Carlos-. Aquí está mi brazo quebrado, la taza de vidrio de la licuadora con la que quiso matarme y la palabra de un respetado funcionario público, como soy yo... ¡Quiero que esa muchacha se pudra en la cárcel!”.
Entrevista
“Vamos por partes, don Carlos -le dijo el abogado Flores Rodríguez-. Por favor, cuénteme cómo sucedieron los hechos”.
“Ya se lo dije todo al fiscal”.
“Me gustaría escucharlo de usted, señor”.
“Ella quiso matarme...”
No había más qué decir. Todo estaba en el expediente del fiscal; sin embargo, el abogado Flores le dijo a Anadi:
“Como defensores de la muchacha, lo mejor será que hablemos con ella”.
“Vamos”
CONTINUARÁ LA PRÓXIMA SEMANA