EN LA CELDA La niña estaba desesperada, colérica, triste, angustiada y pedía que la sacaran de allí porque era inocente. Su estado de ánimo era una combinación explosiva, por lo que el abogado Flores pidió la ayuda de una psicóloga para calmarse.
“Nosotros somos tus abogados defensores -le dijo el abogado Flores, cuando la niña empezó a tranquilizarse-; ella es la abogada Anadi Barrientos”.
Claudia, que parecía que acababa de escuchar palabras amables y dulces por primera vez en su vida, los miró entre extrañada y llena de esperanzas.
“Necesitamos que nos contés todo -le dijo el abogado-; queremos saber qué fue lo que pasó en tu casa con tu papá”.
Claudia se limpió una lágrima. La psicóloga le puso una mano en el hombro y le sonrió.
“Podés confiar en ellos” -le dijo, con una sonrisa agradable.
“Yo me crie con mi mamá -empezó a decir la niña-, hasta que ella se consiguió otra pareja... Él se llama Martín. Él no quería que yo viviera con ellos y mi mamá, enamorada, dijo que me iba a ir a dejar en la casa de mi papá. Yo no quería, pero mi padrastro y ella me llevaron y me dejaron allí con él. Mi papá se llama Carlos y le dijo a mi mamá que no quería quedarse conmigo, porque no me quería. ‘Yo no quiero a esta niña’, le dijo, pero mi mamá no le hizo caso y se fue. De esto hace tres meses”.
El abogado Flores Rodríguez le dio a Claudia su propio pañuelo y ella se limpió las lágrimas que corrían por sus mejillas.
“¿Cómo te llevás con tu papá?” -le preguntó Anadi.
“Mal” -dijo la niña.
“¿Cómo así?”.
TAMBIÉN PUEDES LEER: Selección de Grandes Crímenes: El asqueroso caso del padre desalmado PARTE 1/2
“Mi papá no me quiere -respondió Claudia, después de un largo silencio-. Él me dice siempre que no me quiere y que no quiere que viva con él... Todos los días, cuando se va a trabajar, me deja encerrada con llave en mi cuarto, me deja un plato de comida para todo el día y me deja una nica para que yo haga allí mis necesidades... después, cuando regresa del trabajo me saca del cuarto para que bote lo que hay en la nica y para que salga a agarrar un poquito de sol y después me vuelve a encerrar... Y, así ha sido desde que mi mamá y su nuevo marido me fueron a dejar a su casa... Hace tres meses”.
“Él dice que vos lo quisiste matar”.
“No es cierto eso -dijo Claudia con voz suave-; no es cierto”.
“¿Qué fue lo que pasó?” -le preguntó Anadi.
Ella esperó un momento; luego dijo:
“Ayer en la tarde mi papá regresó del trabajo... Trabaja con el Gobierno... Y me abrió la puerta para que saliera un rato. Entonces yo salí corriendo para irme de esa casa porque ya no soportaba más lo que él me hace y me dice... Pero, él corrió detrás de mí y me alcanzó en la cocina, me agarró del pelo y me golpeó con todas sus fuerzas, insultándome y diciéndome un montón de barbaridades. Yo no hallaba qué hacer. Creí que me iba a golpear otra vez y agarré la taza de la licuadora para defenderme, pero él es más alto y más fuerte que yo, y me la quitó, y me tiró otro golpe... Pero yo me aparté a tiempo y él pegó con el brazo en el filo de la puerta y se lo quebró... Y, aun así, no me dejó salir, llamó a la Policía, y les dijo que yo lo había querido matar con la licuadora quebrada y que, cuando se defendió de mí, le quebré el brazo... Los policías me llevaron enchachada y él fue a poner la denuncia... y vino el fiscal”.
“¿Eso fue lo que pasó?”.
“Sí”.
“Él dice que vos lo quisiste matar”.
“Es mentira... Yo me quería ir”.
La psicóloga les hizo una señal a los abogados y estos se despidieron.
“Vamos a hablar con el papá” -le dijo el abogado Flores a Anadi.
DON CARLOS
“Hablamos con su hija, don Carlos -le dijo el abogado Flores-, y dice que ella se defendió de usted, porque usted la golpeó cuando ella quería irse de la casa... Y dice que usted no la quiere”.
“Es verdad -dijo don Carlos-; yo no la quiero. Yo no quiero a esa niña y nunca la he querido... Y ahora, por lo que me hizo solo quiero que se pudra en la cárcel”.
Las cosas habían cambiado. La niña decía una cosa y ahora, el papá confirmaba que no la quería. Entonces, el abogado Flores y su compañera Anadi decidieron hablar con el fiscal.
“Ayúdenos, abogado -le pidieron-; tenemos las declaraciones de la niña y el papá confirma que no la quiere, y está claro que la fiscalía tiene acusada a la persona equivocada”.
“La fiscalía tiene la acusación -respondió el fiscal-, tenemos la declaración de la víctima, sabemos que la niña es rebelde y violenta, y Medicina Forense ha dado su dictamen acerca del brazo quebrado del señor... Todo la acusa”.Con esto, el abogado Flores decidió llevar el caso a juicio.
“El primero y más sagrado de los deberes del abogado defensor -dice el abogado Enrique- es creer en su defendido y luchar porque se le haga justicia. Cuando sabemos que alguien es culpable hacemos hasta lo imposible por defenderlo, con la misma responsabilidad y entrega, porque todos tenemos derecho a una defensa justa, digna y en igualdad de condiciones. Para eso es el defensor, y, en el caso de Claudia, era mejor que lleváramos el asunto ante un juez”.EL JUICIO
Don Carlos acababa de declarar ante el Tribunal todo lo que había pasado en su casa aquella tarde en la que su hija trató de matarlo. Lo mismo que había dicho en el Ministerio Público, lo que le dijo a la Policía y lo que el fiscal acababa de corroborar después de que se leyera la acusación contra Claudia. Entonces, le tocó el turno a la defensa.
“Honorable Tribunal -dijo el abogado Enrique, después del saludo-, con la venia de la Sala, esta defensa desea contrainterrogar al testigo.
Don Carlos, con su brazo enyesado, y una sonrisa triunfal en el rostro, se sentó en el banco de los testigos. Había buscado al abogado Flores en varias ocasiones para que desistiera en llevar la defensa de su hija y el abogado le dijo que todo se aclararía en el juicio.
“Van a perder -le dijo don Carlos-. Esa niña es una asesina en potencia”.
TE PUEDE INTERESAR: Selección de Grandes Crímenes: Uno después del otro (Primera parte)
Una vez sentado en el banco de los testigos, el abogado Flores comenzó el interrogatorio.
“Don Carlos, ¿desde hace cuánto tiempo vive con su hija Claudia?”.
“Desde hace tres meses”.
“¿Cada cuánto tiempo le da usted los alimentos a su hija?”.
“Yo tengo que trabajar y le dejo la comida en su cuarto”.
“¿Es verdad que usted deja encerrada a su hija en la casa?”.
“No la puedo andar conmigo de arriba para abajo”.
“¿Dónde estudia su hija?”.
“Eso ya lo sabe usted”.
“¿Cómo salió su hija en las calificaciones del último período?”.
Poco a poco, don Carlos cambiaba de color. La ira lo empezaba a dominar. Rechinaba los dientes y se movía incómodo en su silla. Veía al fiscal de vez en cuando y estaba claro de que no sabía qué más responder a las preguntas del abogado Flores Rodríguez. Y, ofuscado como estaba, de pronto dijo algo que sorprendió a todo el mundo, e hizo que el propio juez se estremeciera:
“¡Yo no quiero a mi hija! -gritó.
Claudia dio un alarido. Aquella frase, aunque la había escuchado mil veces, le estalló en el corazón y empezó a llorar. La psicóloga, que estaba cerca de ella, trató de calmarla, y Anadi Barrientos se acercó para ayudar.
“Señor -preguntó, de nuevo el abogado Flores-, ¿con quién se queda su hija durante el día?”.
“Sola” -fue la corta respuesta.
“Sola, ¿bajo qué condiciones?”.
“Sola -repitió don Carlos, tartamudeando y tratando de esquivar las respuestas que ya había dado con seguridad-; yo la dejo en la casa sola”.
“¿Tiene su hija llaves de la casa?” -le preguntó el abogado Flores.
“No, no tiene llave. Yo la dejo con llave”.
“Veamos, cuando usted dice que la deja con llave, ¿bajo qué condiciones la deja? ¿Puede decirnos dónde está el baño de la niña? ¿Puede describirnos los ambientes de la casa? ¿Puede decirle a este honorable tribunal en qué condiciones queda su hija sola en su casa?”.
Don Carlos estaba furioso. Dijo:
“Yo le dejo una comida al día, le dejo una nica para que haga sus necesidades y la dejo con llave en su cuarto”.
“Vamos al momento del conflicto, señor don Carlos -le dijo el abogado Flores-. ¿Quién lanza el primer golpe, don Carlos?”.
NO TE PUEDES PERDER LA SEGUNDA PARTE: Selección de Grandes Crímenes: Uno después del otro (Segunda parte)
Este respondió:
“Yo lo lanzo para evitar que ella se escape de la casa”.
“¿Qué hace su hija Claudia cuando usted le da el primer golpe?”.
“Ella agarra el vaso de la licuadora, que es pesado y de vidrio, con la clara intención de golpearme con él”.
“¿Qué hace usted, que es más grande y más fuerte que ella, cuando ve que lo amenaza con el vaso de la licuadora?”.
“Pues, yo la empujo, le doy un golpe fuerte y de la cólera que tenía, porque no es posible que una hija se porte de esa forma asesina con su propio padre, le lanzo otro golpe más fuerte, y, ella lo esquiva, y como el golpe es tan fuerte, me golpeo y allí es donde me quiebro el brazo”.
“Usted acaba de decirle a este honorable tribunal que usted solo se quiebra el brazo al intentar golpear a su hija una vez más... Y acabamos de darnos cuenta, señor juez, que el señor don Carlos, con su propia boca, ha desvirtuado la acusación de la fiscalía que dice que la niña Claudia fue la que le quebró el brazo a su padre en el supuesto intento de matarlo; lo cual, tampoco es verdad”.
El juez, que acababa de escuchar las declaraciones de don Carlos, se hizo hacia atrás en su asiento, impresionado. Nada de lo que decía la fiscalía era cierto. Entonces, tomó su decisión. Resolvió que la acusación no tenía fundamentos de verdad y, por tanto, la niña era inocente.
En ese momento, Claudia dio un grito de alegría, se puso de pie, y cuando el abogado Flores se acercó a ella, le dio un abrazo tan cálido, sincero y agradecido, que no podría describir de mejor manera.
UN FINAL INFELIZ
Claudia fue puesta en libertad de inmediato, pero no había final feliz para ella. Su papá tenía en su poder la custodia, y un día, el abogado Flores quiso saber sobre la niña y lo llamó por teléfono.
“Solo quería saber cómo está Claudia, don Carlos” -le preguntó.
“Esa niña ya no está conmigo -le respondió-. No vive en mi casa”.
“Disculpe -le dijo el abogado-, y ¿con quién vive ahora?”.
“La interné en una institución psiquiátrica, y no quiero saber nada de ella, y no quiero que usted me vuelva a llamar”.
Por mucho tiempo, el abogado Flores buscó a Claudia. Nadie supo decirle donde estaba. Hasta el día de hoy, no sabe nada de la niña; y el señor don Carlos sigue siendo poderoso, conocido, famoso y... muy admirado y querido...