Selección de Grandes Crímenes: Uno después del otro (Primera parte)

Eran muchas coincidencias, y, forzosamente, debían llevar a alguna parte...

  • Actualizado: 03 de mayo de 2026 a las 00:00
Selección de Grandes Crímenes: Uno después del otro (Primera parte)

EL BATO CRAZY. Salió de su casa en la colonia Iberia, en Comayagüela, a eso de las ocho de la noche. Era su rutina de los viernes y sábados. Los demás días salía esporádicamente, sin embargo, el jueves se desaparecía desde las diez de la mañana y regresaba hasta la noche. Traía “producto” para su negocio. Además, mantenía grandes sumas de dinero en su cuarto “para que a su familia, incluyendo su mamá enferma, no le faltara nada”. Viernes y sábado salía a esa hora, a las ocho de la noche, y regresaba a las dos o tres de la mañana. “Trabajaba” en el bulevar Morazán. Sus amigos dijeron que ese viernes no llegó, pero en su casa afirmaron que salió antes de las ocho en su moto, con una mochila en la espalda llena y con una pistola 9 milímetros en la cintura, como siempre. Lo esperaban, pero no llegó. Llamó unos minutos antes de salir, pero cuando se tardó su ayudante lo llamó. Su teléfono estaba apagado. Llamó a su esposa, a la mamá, y no supieron decirle nada más que “había salido al trabajo”.

“Pero no ha venido y ya es tarde. Y aquí se está poniendo buena la cosa. Ya lleva una hora de retraso y he perdido varios clientes. Si se comunica, dígale que lo estoy esperando”.

Pero no se comunicó. Ni el viernes ni el sábado ni el domingo. Empezaron a buscarlo, a ver noticias, a ir de posta en posta, de hospital en hospital. Ni en la morgue estaba. El martes, cinco días después de desaparecer, unos campesinos que buscaban leña para el fuego, vieron en el cielo una bandada de zopilotes dando vueltas y vueltas. Se acercaron y antes de llegar un olor nauseabundo, como a carne humana podrida, les pegó fuerte en la nariz. Se acercaron más y lo que vieron los hizo dar un grito, a pesar de que lo habían visto casi todo en sus largos años de vida. Llamaron a la Policía.

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ESCENA

Todavía se le notaban los tatuajes alrededor del cuello. Los familiares lo reconocieron. El tatuaje más vistoso era el que decía “Bato Crazy”, con una calavera sonriente abajo, rodeada por una cadena con cabeza de culebra. En opinión del forense, “ese tatuaje era una obra de arte”. Pero los zopilotes habían hecho una obra mayor, aunque no muy artística. Le había comido los ojos, se notaba partes de la calavera, los gusanos “hervían” en el abdomen hinchado y abierto, y las cuerdas con que los había amarrado de pies y manos estaban hundidas en la carne hinchada, azul y que se caía a pedazos. Para el forense no fue difícil saber la causa de muerte.

“Un solo balazo en la frente” -dijo.

Y allí estaba, en el hueso ya sin piel, cubierto de gusanos y moscas. Era un agujero casi circular, de un centímetro de diámetro, aproximadamente.

“Estaba de pie cuando le dispararon -dijo el médico- y cayó hacia atrás, sobre la grama y el zacate húmedos. Lo trajeron hasta aquí para quitarle la vida. Estamos a unos cien metros de la calle principal que va a la aldea”.

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LA DPI

¿Quién había matado al “Bato Crazy”? ¿Por qué? ¿En qué momento lo raptaron? ¿Por qué no se defendió? ¿Pero quién era el “Bato Crazy”? Era algo que la Policía sabía de sobra.

Cuando localizaron al amigo que “trabajaba” con él en el bulevar, les dijo a los policías que el ‘Bato’ no tenía enemigos y que no sabía por qué lo habían matado. Trabajaba en su zona sin quitarle nada a nadie ni invadir el terreno ajeno. Y no le quedaba debiendo nada a nadie. Era muy cuidadoso en eso”.

“¿A qué se dedicaba tu amigo?” -le preguntaron.

“Ustedes ya saben”.

“A ver”.

“Ustedes ya saben... Vendía... Bueno...”

“¿Vos trabajabas con él?”

“Sí”.

“¿En la venta de drogas?”

“Pues, sí... Me pagaba mil por noche y me alivianaba con algo a la semana. Era buena onda”.

“Pero este tipo de muerte o es ajuste de cuentas, pleito por territorio para la venta de drogas o es una venganza. No lo torturaron, solo lo trajeron hasta aquí y lo ejecutaron. ¿Sabés quién o quienes pueden ser los asesinos?”

El muchacho se rascó la cabeza.

“Miren, yo no quiero líos con nadie... En esto, el que se va de la lengua se la cortan con todo y cabeza”.

“Bueno, para empezar, ya estás en líos. ¿Y quién te asegura que los que mataron al “Bato Crazy” no van a buscarte a vos?”

El muchacho tembló.

“¿Ustedes me van a acusar de algo?”

“No tenemos nada de qué acusarte, pero si nos ayudás te vamos a ayudar”.

El muchacho se quedó pensando por largo rato, con la vista fija en el suelo.

“Es que... al ‘Bato’ ya le habían matado dos amigos... Dos chavalos que se llevaban con él como hermanos”.

“¿Dos?”

“Sí”

“¿Quiénes eran?”

“El Chele” y “Gatillero”... Trabajaban con los chavalos... Usted me entiende”.

DOS

El caso iba tomando forma cuando la Policía tuvo la información del celular del “Bato Crazy”, vieron que se comunicaba con escasas personas, y ninguna parecía ser de interés para la DPI.

“Es que tenía otros teléfonos, para hacer los negocios, pero no le daba el número a nadie. Ni a mí”.

“Entiendo”.

“Ahora, vamos a ver lo de ‘El Chele’ y lo del ‘Gatillero’”.

“Al ‘El Chele’ lo agarraron cerca de la Nueva... Y se lo llevaron allá por la Sagastume. Allí lo mataron, con un tiro en la frente, igual que al ‘Bato Crazy’”.

“¿Y al ‘Gatillero’?”

“A ese se lo llevaron de la Flor. Pero, lo torturaron, le quebraron los dedos de las manos, le arrancaron los dientes y le sacaron los ojos cuando estaba vivo. Fue algo horrible. Y la Policía dijo que es que alguien lo odiaba tanto que quiso hacerle todo el daño posible... ustedes deben de tener la información de la morgue...”

“Entonces, a los amigos del ‘Bato Crazy’ los están matando uno por uno”.

“Así parece”.

“Mirá, si sabés algo decilo ahorita, antes de que te agarren a vos también, y termines como los amigos de tu jefe”.

“Yo no me llevaba con ellos...”

“Pero seguro que sabés por qué es que les están haciendo esto”.

“Mire, yo solo sé que hay un cuarto chavalo. Tiene veintitrés años; uno menos que el ‘Bato Crazy’. Se llevaban bien los cuatro”.

¿Y cómo se llama ese chavalo?”

“’El Triste’ le dicen, porque tiene cara de tristeza... pero, es alegre y aventado”.

“¿Dónde está?”

“Si los llevo, ¿no hay bronca para mí?”

“No”.

“Es que yo me quiero salir de esto y mi hermana que está en España me va a mandar el pasaje para que me vaya por Francia... Yo no quiero terminar como estos chavalos”.

“Alguien los está matando, ¿verdad?”

“Pues, parece que sí... Ustedes dicen que la manera como los mataron es parecida... primero se los llevan y después aparecen muertos con un tiro en la frente. Solo a ‘El triste’ lo torturaron, pero también le pegaron un solo plomazo en la frente. A ‘El Triste’ lo encontraron en la salida a Danlí, allí por la Villa...”

“¿Le hicieron algo malo a alguien?

“No sé. Yo les estoy diciendo todo esto porque quiero que me ayuden para esconderme. Tengo miedo. Yo trabajaba con el ‘Bato’, y hay chavalos de las otras bandas que me conocen”.

“Pero el bato no tenía problemas con ellos”.

“No. No tenía problemas, pero como decía Chelato: ‘Nunca se sabe’. Y a saber si es por allí que les vino la desgracia”.

INVESTIGACIÓN

Estaba claro que no se trataba de un ajuste de cuentas. Los agentes tenían los expedientes del “El Gatillero”, del ‘El Chele’ y del ‘Bato’, y las muertes eran tan parecidas que solo se diferenciaban en las torturas del Gatillero.

¿Por qué los habían matado?

Se suponía que eran peligroso y ya que no se dedicaban a nada bueno, estaban siempre armados y habían cometido delitos que la Policía todavía no podía probar, aunque los conocía. Pero, ¿quién los había matado? ¿Por qué? ¿Faltaba alguien más? ¿Le tocaría el turno al ‘El Triste’? ¿Qué es lo que estaban pagando? ¿Quién los odiaba tanto? Además, la Policía estaba segura de que eran los mismos asesinos y que detrás de ellos había alguien con motivos poderosos; odio mortal. Pero, eso había que comprobarlo. Y, para mal de males, no había evidencias suficientes para seguir con el caso, porque los habían ejecutado con revólver, seguramente del calibre 3.57. Pero, el forense solamente sacó del cerebro de las víctimas esquirlas de plomo. Eran balas expansivas. Además, al comparar las escenas, no había huellas de pisadas, de zapatos o de algún tipo de calzado. Pero, había algo en común. Las cuerdas con que los amarraron de pies y manos, eran del mismo color, del mismo tipo y del mismo grosor. Por lo que los policías pensaban que venía de un mismo rollo.

¿Quién seguía? ¿‘El triste’?

CONTINUARÁ LA PRÓXIMA SEMANA.

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