Tegucigalpa.- Las frías palabras de aquel cipote de ropas rotas pero de sueños ilesos, de inmediato atravesaron como una daga el corazón del padre Ovidio Rodríguez: "¡Lupita, ¿no tiene algo para comer?, mire que en mi casa no tenemos nada... ni para el café hay!".
El camino era estrecho, oscuro y solamente estaban Lupita, una catequista de muchos años de experiencia, el padre Ovidio y el pequeño niño de ojos hundidos, mirada de vértigo y labios secos que buscaba el maná en el desierto mientras caminaba como una masa sin forma rumbo a la escuela pública de Maraita.
"Eso me conmovió y pensé: 'Cómo es la vida, lo que a unos nos sobra, a tantos les hace falta'", recuerda Ovidio Rodríguez, uno de los sacerdotes más cercanos al pueblo hondureño, cuando le preguntamos por el génesis de la Fundación Anawin, un llamado celestial que encontró en una figura terrenal la fórmula perfecta para buscar antídotos contra el hambre en comunidades del sur de Francisco Morazán, en aldeas de Maraita, Sabanagrande y Cantarranas, sobre todo.
- Seguro, padre, que ese encuentro fue como una señal recibida, ¿no?
- Claro. A raíz de eso con los servidores de la parroquia de Suyapa empezamos a gestionar acciones que de alguna manera fueran un paliativo para esa gente. Y así comenzamos con la entrega de la merienda escolar...
- ¿Eso fue hace cuánto tiempo?
- Hace unos 20 años y precisamente ese encuentro con el niño en Maraita fue en un mes de mayo, porque yo iba a esa comunidad por el Día de la Cruz; y así, poco a poco, se fue gestionando más ayuda, se fue sumando más voluntariado y nos fuimos proyectando a más comunidades.
La vena altruista de la Fundación Anawin -que viene del arameo "hombre pobre, cuya única riqueza es tener a Dios"- se entrelaza con el deporte en este 2026: una parte de los fondos recaudados en concepto de inscripciones en la Vuelta Ciclística El Heraldo de esta temporada irán a las arcas de una organización sin fines de lucro que trabaja a pura colaboracionismo y empatía.
"Acá en la Fundación Anawin todos somos voluntarios y gracias a un aporte mensual de mucha gente que nos ayuda, obtenemos el 75 por ciento de los recursos económicos... el resto sale de bingos, rifas y otras actividades que se coordinan mensualmente", explica Ovidio Rodríguez, que pide permiso para contar una de las experiencias que más le ha tocado el alma cuando se trata de ayudar a la comunidad.
"Justamente fue cuando hicimos la primera entrega de la merienda a Maraita: llenamos un carro pick-up de harina, azúcar, arroz, aceite... en fin, granos básicos. No me lo va a creer pero cuando íbamos llegando se asomaba una gran tormenta y no prevenimos nada, ni un cobertor para proteger de la lluvia los alimentos".
- ¿Y qué pasó?
- Con unas religiosas y con unos laicos que íbamos en la cabina, nos pusimos a orar, pidiendo a Dios que nos protegiera. Mire... como un milagro, la tormenta llegó al límite donde nosotros teníamos que entregar a los líderes de la comunidad los insumos para la merienda. Yo podía poner un pie y me mojaba con la tormenta pero el otro podía permanecer seco, no nos mojamos. Se nos rodaron unas lágrimas dándole gloria a Dios por ese milagro que nos había hecho.
Y de repente pasaron 20 años bien vividos en el reino de la hermandad. Aquel niño de Maraita seguramente aprendió a rodar su bicicleta con el estómago lleno y Fundación Anawin no se cansó de ponerle a Honduras su granito de arena para los niños y las niñas del sur de Francisco Morazán tengan mejores condiciones alimentarias...