Tegucigalpa, Honduras.- Quizá en este instante, en algún rincón de su pecho, un sentimiento está en ebullición. No es la tristeza, que llora, se aquieta y al final se marcha y disipa. Es la ira, ese inquilino callado que jamás paga alquiler y que, poco a poco, le muda de sitio los muebles de la salud si usted lo sigue albergando.
Su corazón no distingue entre un conductor grosero y abusivo que le causa enojo y un peligro verdadero que atenta contra su vida, y a ambos responde con idéntica alarma, desbalance hormonal, cortisol e inflamación. ¿Y si la emoción que menos teme fuera, es en realidad la que más cara y dañina le resulta? Investigadores de la Universidad de Concordia quisieron averiguarlo.
En un estudio publicado en la revista Psychology and Aging, siguieron a 226 adultos de entre 59 y 93 años. Los voluntarios contaban cada día cuán enojados o tristes se sentían, y sus análisis de sangre revelaban el grado de inflamación.
Entre quienes pasaban de los 80, el enojo constante y cotidiano caminaba de la mano de más inflamación y más enfermedades crónicas. Carsten Wrosch, coautor, recordó que la tristeza “no está relacionada con la inflamación o la enfermedad crónica, pero sí lo está el enojo constante y la ira recurrente, que se asocian directamente con males del corazón, artritis y cáncer”.
¿Por qué se libraría la tristeza de la acusación, si todos sabemos que también estar compungido es dañino para la salud? La diferencia es que la tristeza es una emoción lenta, introspectiva y recogida. Nos detiene, nos vuelve hacia dentro y nos empuja a buscar una mano amiga, refugio, descanso o hasta soledad quieta, como una convalecencia natural del ánimo, ¿no es cierto?
La ira, en cambio, nace para el combate y llena el cuerpo de hormonas del estrés que no fueron hechas para trabajar todo el día y que al no apagarse, terminan por causar estragos en su bienestar físico.Otras investigaciones apuntan en la misma dirección. En un conocido estudio con pacientes de infarto, publicado en Circulation, el riesgo de un nuevo episodio se duplicó aproximadamente durante las dos horas posteriores a un arrebato de ira.
Revisiones posteriores de numerosos trabajos hallaron que las personas crónicamente iracundas y hostiles padecen más problemas cardíacos. Nada de esto prueba que una tarde de furia lo destruya a usted, pero sí sugiere que un mal genio desatendido, acumula intereses negativos.
Qué hacer, entonces?
Recuerde que usted heredó su temperamento pero su carácter lo formaron sus experiencias de vida. Comience por el consejo más antiguo. El filósofo romano Séneca escribió que “el mejor remedio contra la ira es la dilación”. Concédase noventa segundos, exhale despacio y póngale nombre a lo que siente, pues los psicólogos han observado que nombrar una emoción aplaca el centro de alarma del cerebro. Una caminata enérgica también ayuda.
El emperador Marco Aurelio, que conocía bien la provocación, se preguntaba cuánto más dolorosas son las consecuencias de la ira que sus causas. ¿Vale el asunto que tiene delante un precio semejante? La ira no es un pecado, y usted no necesita volverse un santo de sosiego perfecto. Le basta con ser el guardián de su propia llama, decidiendo cuándo calienta la casa y cuándo debe quedar arropada entre cenizas para pasar la noche.
La ecuanimidad no es la ausencia de fuego, sino el oficio de saber cuándo avivarlo y cuándo dejarlo reposar, sin olvidar que el mejor estado anímico y emocional del ser humano no es estar eufórico, feliz, ni siquiera es estar enamorado, sino estar en calma y tranquilidad. Por lo tanto, cuide su salud emocional para cuidar su corazón, un tesoro en extremo valioso.