Tegucigalpa, Honduras.- Bajo el sol de la mañana, César Colindres Hernández se inclina entre los surcos y toma una cabeza de repollo recién cortada. Explica que cada bulto representa meses de trabajo y que todo comienza limpiando y acomodando bien la primera capa de hojas.
“Primero le quitamos las hojas más dañadas y dejamos la primera capa buena, porque así es como el cliente lo quiere ver, limpio y parejo”, dice mientras coloca con cuidado cada repollo sobre el suelo húmedo.
Luego monta la segunda capa hasta completar entre 14 y 15 cabezas por bulto. “Le damos una levantadita para que no vaya flojo y lo amarramos utilizando el mismo palo de la mata”, explica con naturalidad campesina. Antes de cerrar el amarre, al que llaman “socadita” o “tortoleadita”, agrega: “Eso es para que quede bien firme y no se desarme en el camino hasta Tegucigalpa”, comenta mientras aprieta el bulto con fuerza.
Detalle que el cultivo tarda entre tres y cuatro meses. “Primero hacemos el almácigo; al mes trasplantamos a 50 por 50 centímetros y, a los ocho días, abonamos por primera vez”, explica. Al mes se aplica una segunda abonada y luego solo mantenimiento. “Aquí no se descansa, porque si uno descuida la milpa, la tierra misma le pasa la factura”, agrega el agricultor.
“Lo más duro es cuando la plaza está baja, porque entra producto de todos lados y el nuestro casi no vale nada en el mercado; mejor dejamos que se pudra en la parcela”, lamenta Hernández.
En cuanto al apoyo gubernamental, manifiesta: “Nosotros lo hacemos con nuestros propios medios; a veces mandan un saco de abono, pero no ajusta para una repollera grande”.
Cuando el precio no compensa, algunos prefieren no cortar. “Viene costando como 50 lempiras el matate ya puesto en el mercado y, a veces, no recuperamos ni eso”, detalla. Según el agricultor, uno de los mayores problemas es que no hay control en el mercado y los intermediarios se quedan con la mayor ganancia, por lo que piden al gobierno una mejor organización y mayor regulación en los precios de fertilizantes e insumos, ya que cada año suben sin control.
José Alexis Garay, productor en Azacualpa, cuestiona la cadena comercial. “A nosotros solo nos pagan a cinco lempiras la papa, pero en el mercado la venden a 12 o 15; alguien se queda con la diferencia”, reclama. También ejemplifica que, en el caso del repollo, “nos lo pagan a 22 lempiras la cabeza y en el mercado vale entre 50 y 60; la mayor ganancia es para el intermediario”, afirma.
Garay insiste en que el productor carga con el mayor esfuerzo, pero se queda con poco, y que “el gobierno debería velar por nosotros, que somos los que más trabajamos y los que menos ganamos”, enfatiza. Además, denuncian que los fertilizantes aumentan sin control: “Cada año suben y nadie dice nada, y eso nos obliga a invertir más para ganar menos”, señalan.
Los productores de Lepaterique también reportaron pérdidas por bajas temperaturas, lo que redujo el rendimiento de hortalizas y elevó aún más los costos de producción. Ante ese panorama, piden tecnificación y capacitaciones constantes que les permitan mejorar la productividad y enfrentar mejor las variaciones del clima y del mercado hondureño.